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NOTICIAS Y REPORTAJES

     


Sept, 2004
REPORTAJE ESPECIAL
Filósofos, Caracoles y Letizia:
Una Visita a Chiapas

por Graciela Monteagudo

Gracias a un grupo de filósofos radicales norteamericanos, agrupados en la Radical Philosophy Association, me encontré en territorio zapatista. Estos filósofos me invitaron a participar en la conferencia inaugural de un nuevo centro de investigación y práctica en San Miguel de Allende, México. Dado que me cubrían todos los gastos y que había conseguido un poco de ayuda de unos amigos, pensé que era una oportunidad ideal para viajar al sur de México y conocer la experiencia zapatista.

En San Miguel conoci a gente muy interesante, tanto norteamericanos como mexicanos, cubanos y nicaraguenses. El Centro para la Justicia Global promete ser un espacio único en donde convivirán tanto intelectuales como activistas y será de vital importancia en nuestra lucha por el cambio social dado que es uno de los pocos espacios en donde convivirán miembros de movimientos sociales e intelectuales de las Américas.

Me quedé un tanto desmoralizada con la increíble invasión de yankis que vive ese pueblito con estilo colonial de simpáticas callecitas empedradas. Muchos estadounidenses se mudan allí después de jubilarse. La tendencia cambió un tanto en los últimos años y norteamericanos de clase alta se están mudando a San Miguel, desplazando a la comunidad progresiva originaria. Pensé que todo se iba a compensar una vez que llegara a San Cristobal de las Casas. Mis únicas imagenes de ese pueblo eran las que se hicieron famosas en enero de 1994 cuando los zapatistas tomaron el pueblo.

Pues no. Ningun compensación. Hoy, San Cristobal es un sitio turístico por excelencia. En las calles se escucha desde italiano hasta ingles, pasando por el francés, el alemán y otros idiomas que no pude identificar. Un tanto desilusionada por la falta de contacto con mexicanos comunes, me dije a mi misma que una vez que llegara a Oventic, el Caracol de los zapatistas en esa zona, todo cambiaría.

Llegar a Oventic es un viaje en sí mismo. Desde San Cristobal de las Casas hay que tomar una kombi. La kombi no sale hasta que no esta llena, por lo tanto nunca se sabe exactamente cuanto tiempo va a tomar. El camino sube y sube por la selva, con curvas muy cerradas, sin ningun tipo de protección. Los precipicios me sacaron el aliento. Tambien me impresionó la belleza de la selva contrastando con la pobreza de las comunidades. Debo confesar que lo que me impresionó aun mas fueron las caras de los policías que detuvieron nuestra kombi y comenzaron a hacer preguntas y pedir documentos. Yo decidí poner cara de gringa. Con aire aburrido, miré fijamente hacia adelante y fingí ignorarlos. Quiero creer que el truco funcionó pero lo mas probable es que estuvieran buscando a alguna persona local, porque no me molestaron y al rato pudimos continuar.

Hay una comunidad, sin embargo, que no es pobre,San Juan Chamula. Amaranta, del Chiapas Media Project (Promedios en Chiapas: http://promedios.org/eng/index.html) me cuenta que es una comunidad no católica, pero que ha desarrollado un interesante sincretismo entre el catolicismo y su propia religion. Me aconseja que visite uno de sus servicios religiosos. Tambien han desarrollado una curiosa relacion con el gobierno. Curiosa en estas latitudes, porque siempre se han entendido. Por eso y por las expulsiones que les garantizaron a algunos el control de la tierra y de sus productos, la comunidad es mucho mas rica que otras. Pasamos cerca de sus lindas casitas de material y seguimos subiendo. Pronto, se terminan las casas de material y empiezan las de madera.

Despues de subir una hora, mas o menos, veo un cartel que me informa que ahora estoy en territorio zapatista, aquellos que mandan obedeciendo. Ahora estoy en casa, entre compañeros.

Llego a Oventic. En este Caracol reside la Junta de Buen Gobierno. Hace unos meses, los zapatistas decidieron separar al EZLN del gobierno de las comunidades. El Caracol también sirve para distribuir la ayuda y las visitas del Norte en forma mas equivativa entre las diferentes comunidades. En el Caracol se encuentran el hospital, la escuela primaria y la secundaria, el centro de medios -con su antena satelital, y oficinas de diferentes cooperativas.

Desde la ruta, se ven solo unas casitas. Pero las casitas estan pintadas con consignas zapatistas y tambien hay una bandera que dice Euskadi. Más adelante esta la escuela primaria, con un mural hermosísimo de una niña leyendo.

Rápidamente me doy cuenta que la "invasión del Norte" también se replica en el Caracol, solo que aquí son todos compañeras y compañeros. Hay por lo menos dos docenas de europeos esperando para hablar con la Junta, por diversas cuestiones. Siguiendo a dos italianos de Ya Basta, entro en una tienda, abarrotada de memorabilia zapatista, comida y Coca Cola (si, Coca Cola). Le explico a la compañera indígena que me atiende que quiero hacer una obra de titeres sobre los movimientos sociales argentinos en la comunidad que ellos me asignen. Le entrego mi pasaporte y procedo a comprar un regalito para los compañeros que me dieron la plata para viajar desde la ciudad de México hasta aqui. A mi hijo, Jan, de casi 9 años, le compro un camioncito de madera lleno de zapatistas de lana, vestidos de negro, con un palo por fusil y con la cara tapada con un pasamontañas. Me divierte pensar que cuando sea grande va a tomar plena conciencia de que su juguete es muy poco común en Vermont, Estados Unidos, donde vivimos la mayor parte del año.

Cuando termino de pagar, me dicen que me esperan para platicar. Una compañera me acompaña por el unico camino del Caracol, pavimentado. Un hombre, con barbijo y guantes, levanta pequeñas cantidades de desperdicios. Paso por la clinica, por una tienda de artesanias de mujeres y por una casa con un mural bellisimo, del que nacen zapatistas de adentro de un maiz.

Golpeo en la puerta que dice "Junta de Buen Gobierno, Mandar Obedeciendo". Al rato me abre un hombre bajito, con la cara tapada por un pañuelo zapatista. Le explico a que vengo y me dice que tengo que llamar en la otra puerta, la del mural, para que me atienda la comision, primero. Voy alli y espero un rato largo, hasta que finalmente me abren la puerta. Esta vez es un hombre con un pasamontañas. Me hace pasar a un cuarto extremadamente limpio, donde hay varios bancos y una mesa. El hombre que me abrió, otro hombre y una mujer, todos con pasamontañas, se sientan en una mesa y abren sus cuadernos.

Me da vuelta ver a estos indígenas revolucionarios con sus pasamontañas y saber que son uno de los focos de resistencia mas importantes a la globalización capitalista del mundo. Les digo que estoy emocionada, la mujer se sonrie -lo leo en sus ojos. Muchas preguntas, a pesar de que vengo con una buena recomendación. Finalmente, le muestro las fotos de la obra de titeres y les explico que trabajo en relacion directa con los MTD autónomos de Argentina. Miran las fotos y me escuchan con paciencia. Las pausas son largas. Yo respiro y trato de adaptarme a un tiempo de otra cultura. No hablo si no me preguntan. A veces hablan entre ellos en su lengua. Escucho que mencionan a Argentina. Finalmente, sonriendo, me dicen que si voy a ser tan amable de esperar. Yo sigo muy emocionada y quisiera poder estar con ellos sin sus pasamontañas. Ser una de ellos en la intimidad de su comunidad.

Despues de esperar cinco horas, la comisión del Caracol me llama para informarme que esta aprobada mi obra, para ser presentada en la comunidad de San Pedro Polhó, municipio independiente. Espero a que la Junta de Buen Gobierno me dé una autorización escrita para entrar a la comunidad mañana, donde me dicen que hombres, mujeres, niños y jóvenes van a ver la historia de la resistencia argentina. Los compañeros y la compañera de la comisión tienen mucha dificultad para escribir en español.

Cuando finalmente me atienden los compañeros de la Junta, me encuentro en otro cuarto muy limpio, en donde veo en las paredes un pañuelo de los HIJOS de Argentina, donde se lee "30,000 desaparecidos" y un poster de mis amigos de Estados Unidos, el colectivo de la Colmena, contra el Alca. Hay fotos de las mujeres empujando al ejército en las Abejas, otra de la toma de San Cristobal y hasta una pintura de una virgen. Es la Virgen de los Caracoles, con la cara tapada por un pañuelo zapatista.

Estos compañeros son tres hombres, que escriben en sus cuadernos con mas facilidad que los companeros de la comisión. Después de mostrarles las fotos de la obra en la computadora, me entregan un papel con un sello en el que se especifica que tengo autorizacion para hacer una obra de titeres en San Pedro Polhó.

En total, la Junta está compuesta de cinco miembros, de distintas comunidades, que cambian todas las semanas. Dado que no tienen salario, deben volver a sus hogares a atender sus trabajos. Es un buen arreglo, que contribuye a que no se cree una burocracia, pero también genera todo tipo de problemas de falta de comunicación y de coordinación. De esto me informa, mientras esperamos la kombi que me llevara a San Cristobal, una voluntaria de Promedios, Maite, videógrafa independiente del país vazco. También me muestra el lugar en donde comienzan las casas de la comunidad, cuyo acceso esta prohibido, a menos que la Junta lo autorice.

Polhó es un centro de refugiados zapatistas. No pueden volver a sus tierras por la amenaza del PRI y los paramilitares. Allí se encuentran los sobrevivientes de la masacre de Acteal, del 97.

La pensión en la que estoy durmiendo es precaria. Todas las noches tengo que esforzar mi imaginación y mi paciencia para encontrar un lugar en la cama que me permita dormir sin que los resortes se me incrusten en las caderas o en las costillas. Hoy a la mañana, producto de mis contorsiones para evitar los resortes, amanezco con el cuello duro. A veces falta el agua y no puedo lavarme. Tengo que subir tres pisos por escalera. Asi y todo, me produce mucha inquietud pensar que esta noche quizás no pueda volver y tenga que dormir en el campamento zapatista. No tengo bolsa de dormir y a la noche hace bastante frio.

Salí a la maña temprano, rumbo a Polhó. El taxista me roba descaradamente con la tarifa, pero no se me ocurre otra manera de llegar hasta alli. Son casi dos horas subiendo por las montañas de la selva. Paso por pueblitos llenos de indígenas vestidos tradicionalmente. Hombres con túnicas blancas y sombreros llenos de cintas multicolores. Mujeres con blusas bordadas y el infaltable infante atado a sus espaldas. Mucha gente, tanto hombres como mujeres, acarreando leña, que cuelgan de su espalda y atan en su frente.

Le pido al taxista que vuelva a buscarme a las 6 de la tarde. En el fondo, sé que no va a volver y que me tendré que quedar a dormir. Otra vez, como en Oventic, desde la ruta sólo se ven un par de casitas, pero el campamento, de chozas de madera y cimientos de cemento, crece barranca abajo y se pierde en la selva. Dos adolescentes con caras cubiertas toman mi pasaporte y mi papel sellado. Al ratito, viene otro adolescente, con cara descubierta esta vez, y me invita a pasar. Llegan tres mujeres de la peninsula ibérica y bajamos todas juntas. Un compañero me ayuda con la valija de los títeres. Un hombre de unos cuarenta años me dice que no se puede hacer la obra hasta las 6 o 7 de la tarde. Que tengo que quedarme a dormir ahi. Nos llevan hasta el cuarto en el que duermen los "campamentistas". También nos muestran los baños y la cocina en la que podemos cocinar nuestros alimentos. Nos dan gratis tortillas caseras de maíz, café y frijoles.

El campamentitsta es normalmente un blanco o una blanca que cumple la función de testigo en caso de producirse violaciones a los derechos humanos. La semana pasada, me cuentan, los paramilitares mataron a tiros a un joven de Polhó que salió un poco tarde, solo, a buscar leña. El caso no tuvo mayor repercusión. El gobierno local niega el asesinato.

En el campamento hay unas nueve mil personas. Todos desplazados sin tierra. Es evidente que hay hambre y algunos de los niños muestran signos de desnutrición. La semana que viene los zapatistas convocaron a una reunión para exigirles a los organizaciones de derechos humanos que les den ayuda alimentaria. En San Cristobal, en una tienda y cafe ciber zapatista, me cuentan que mueren niños por desnutrición allí. Pero en Polhó mismo no me entero de mucho. Solo unos pocos niños se acercan a hablarnos. Los hombres jóvenes juegan durante horas y horas al basketbol. Cuando se cansan de eso, juegan al voleibol. Tienen dos canchas enormes de cemento. Otro de sus entretenimientos es mirar a los hueritos (blancos) y reirse. Las mujeres pasan caminando rápido y nos sonrien.

Letizia, la piel marrón y los ojos negros. Una boca que es como un mundo. Un mundo en el que caben muchos mundos. Cinco años. Un hermanito atado a la espalda. Duerme. El bebe duerme. Leticia salta y el bebe duerme. Leticia se rie y el bebe duerme. Leticia juega con mis titeres y el bebe duerme. Leticia pierde un poquito el equilibrio, se rie, se endereza y el bebe duerme. Una boca llena de verdades.

Leticia era bebe hace cuatro años atrás. La más chiquita de la mamá. Sentada en la mirpa y jugaba con la tierra. El maiz era una inmensidad verde y dorada sobre su cabeza. La mama trabajaba y si Leticia lloraba fuerte, le daba la teta. El mundo era marron, tibio y dulce. Pero los hombres con los machetes vinieron y cortaron al papa, a la abuela y a la tía. Sangre en el maizal. Gritos y piernas corriendo. La policía, tan cerca que Letizia podía verlos desde su escondite, no escuchó nada.

Letizia, su mamá y sus hermanitos viven hoy en Polhó. Las piernas flacas que saltan entre las piedras balanceando un bebe. No hay zapatos para Leticia. Hay sonrisas, hay hombres y mujeres de caras cubiertas naciendo al sol.

Leticia me enseñan palabras en tsotsil. Empiezo a darme cuenta que mi idea de hacer una obra en español carece de sentido. Me da la impresión que la mayoría habla muy poco castellano. Las horas pasan y solamente puedo hablar con los europeos. Dos hombres se acercan cuando empiezo a armar los titeres, pero no hablan mucho y se excusan enseguida. Comemos y me resigno a no hacer la obra. Cada tanto llueve torrencialmente. Casi de inmediato sale el sol.

Cuando casi es la hora de dormir, viene el hombre que nos recibió y pregunta si ya contribuimos para la garrafa con la que cocinamos. Después se acuerda que se olvidó completamente de mi obra de títeres. Le digo que no hay problema. Me dice que nadie me corre de alli, que quizás mañana. Pero yo yo tengo que volver a mi trabajo.

Las europeas me ayudan a cargar mis valijas colina arriba. Mientras esperamos al costado del camino que venga una kombi colectiva para llevarme a San Cristobal, pasan tres camiones del ejército, cargando varios soldados. Son muy jóvenes. Sin sus uniformes, no podría distinguirlos de los zapatistas. Si bien la táctica del gobierno ha cambiado ultimamente y en lugar de masacrar a los zapatitas los tratan de comprar con dinero (y en algunos casos lo consiguen), el ejército mantiene una presencia importante y constante. Uno de los destacamentos se encuentra inmediatamente arriba del campamento de desplazados. Está en una posición estratégicamente ideal para barrer al campamento entero si decidieran atacarlos. Sin embargo, tengo la fuerte impresión que compañeros y compañeras del EZLN están en el campamento para proteger a la comunidad.

Los zapatistas han logrado algo maravilloso: le han devuelto la dignidad a gente que ha sido masacrada, tratada como animales y abandonada a morir de hambre durante 500 años. Cuando el EZLN tomó San Cristobal de las Casas, protagonizando la acción directa más exitosa contra NAFTA que se conozca, presentaron esa contradicción al mundo. Este movimiento no tiene una receta que lo llevará a tomar el poder en México ni en ningún otro lado. Esto perturba a la izquierda tradicional. Pero entrando en el territorio zapatista, aproximadamente 2/3 del estado de Chiapas, encontré indígenas que son pobres, si, pero que se han liberado de esa opresión histórica.

Yo veo a los zapatistas creciendo desde el infierno económico de la globalización, organizando a los mas pobres de los pobres para luchar contra el saqueo global capitalista de sus vidas. Veo a los trabajadores desempleados autónomos de Argentina, al MST de Brasil, los desempleados de Sud Africa, las comunidades de Bolivia, los okupas de Europa, y otros en ese mismo camino. Los votantes de España dijeron que no a la guerra. Medio millón de personas marcharon hace un par de semanas en Nueva York para decirle No a la agenda de terrorismo global de Bush. La resistencia crece en todo el mundo. Pero hay una necesidad de conceptualizar a este movimiento para entender hacia donde va. Una necesidad de crear teorías que no provendrán de intelectuales ajenos a los procesos sociales sino de aquellos que eligen trabajar en conexión directa con los nuevos movimientos sociales. En el Centro para la Justicia Global de San Miguel estamos abriendo un espacio para eso. Estan todos y todas invitados a sumarse.