EL SOCIALISMO Y LA RESISTENCIA AL CAPITALISMO.
XIX CONFERENCIA DE FILÓSOFOS Y CIENTÍFICOS SOCIALES NORTEAMERICANOS Y CUBANOS.
LA HABANA. 18-24 JUN 07.
Armando Cristóbal.
Dr. Ciencia Política
Octubre 2009
La construcción de un Estado nuevo: una necesidad.
Existen muchas maneras de abordar teóricamente la lucha entre el capitalismo y el socialismo en nuestra época. A mi me parece útil hacer referencia a la necesidad, una vez alcanzado el poder, de construir un nuevo Estado. En ocasiones, quienes defendemos el socialismo –incluso ya posesionados-, olvidamos la experiencia histórica de la burguesía y sus aliados en la construcción social y política de su régimen.
Porque el socialismo se construye de manera consciente. Es decir, mediante la elaboración de una propuesta teórica con objetivos a mediano y largo plazo, que se lleva a cabo con la posibilidad de hacer rectificaciones en la práctica, sin dejar de reflexionar sobre la experiencia histórica.
Es oportuno recordar que la burguesía inició la construcción de la base económica de su sistema mucho antes de asumir de manera plena la dirección política de las sociedades en las que se ha establecido. Y tampoco debemos olvidar las varias alternativas de retroceso –incluso de aparente desaparición definitiva- que debió superar, antes de alcanzar la actual hegemonía mundial.
Podemos acudir al caso de Francia. Tras su revolución triunfante en 1789, la burguesía instauró un Estado republicano. Quienes lucharon por ello y murieron en los primeros tiempos del nuevo régimen, lo hicieron con la convicción de haber alcanzado su objetivo. Sin embargo, tras el Terror y la Reacción, se produjo el Imperio. Y no había transcurrido un siglo cuando se producía la restauración monárquica. Es que el tiempo histórico no es el de un individuo.
Por su parte, las fuerzas de la realeza supusieron restablecido su poder. Como sabemos ya, desde entonces se producían las primeras insurrecciones obreras. Retornó la República burguesa y de nuevo un Imperio, ahora aburguesado. Y en un lapso de apenas 40 años, reapareció la República y, casi de inmediato, el gran ensayo obrero de la Comuna. Los comuneros que murieron tras sus batallas, suponían haber alcanzado su objetivo. Pero la burguesía recuperó el poder y lo ha mantenido hasta ahora.
Mientras todo ello ocurría, el modo de producción burgués, sus relaciones productivas, las relaciones de propiedad y todo el sistema ideológico que le acompañan, han continuado fortaleciéndose a través de diversos sistemas políticos. Y en buena medida ocurrió así por la existencia previa de un mismo tipo de Estado, propicio a esa variabilidad formal y dúctil, afín al mejor desarrollo económico del capitalismo a nivel mundial.
El Estado Moderno, que ha acompañado con diversas formas todo este proceso, fue construido por las monarquías estamentales europeas cuando todavía la burguesía no poseía las condiciones necesarias para desempeñar el papel histórico que le correspondía. Ese Estado Moderno, autócrata, vertical, antidemocrático, expansivo, comenzó a construirse en el siglo XV como reacción a la atomización del poder político en la Europa feudal. Y fue el instrumento utilizado, aprovechado, adaptado y recreado por la burguesía para posesionarse de manera hegemónica y defenderse.
No voy a establecer aquí un paralelo con el proceso histórico de la construcción del socialismo -para el que podría tomar como primer momento, precisamente el de la Comuna-, porque existen diferencias sustanciales muy conocidas entre ambos procesos.
Yo sólo subrayaré dos de estas diferencias: (a) la base económica, propia del socialismo no puede desarrollarse en una sociedad donde se encuentre establecido políticamente el sistema capitalista; y (b) el nuestro es un proceso de construcción consciente.
Por eso, sí creo que es necesario pensar en el acceso a ese Estado y destruirlo, de una manera u otra. Podría decirse que es una situación inversa a la que tuvieron los burgueses al arrebatar el poder político a la débil clase feudal europea, cuando ya desarrollaban su modo de producción económico. Porque el necesario desarrollo tecnológico y material de las fuerzas productivas que servirán de base a nuestras relaciones de producción y propiedad, se encuentra en plena desarrollo gracias a la burguesía, pero su modo de producción no puede ser el nuestro.
Permítanme avanzar hasta el momento en que las condiciones históricas y la lucha de la población en todo el mundo hayan logrado de diversas maneras –mediante avances y retrocesos- alcanzar el dominio político en sus respectivas sociedades y a través de él, el resto de los resortes del poder para desplegar nuestro propio modo de producción. Es aquí donde quiero detenerme.
Si el Estado Moderno, en construcción y perfeccionamiento desde el siglo XV, tan eficaz para cualquier sociedad asentada en la explotación de unos hombres por otros, no es el instrumento idóneo para construir la sociedad socialista y es destruido, ¿con qué debemos sustituirlo? Con uno nuevo. ¿Y cómo?
Ante todo voy a recordar que cada Estado –cualquier Estado- posee dos esferas de acción íntimamente vinculadas: una interna, la de la sociedad que lo origina; y otra externa, la del resto de los Estados con que interactúa. Sin entrar en el problema teórico de la construcción del socialismo en un solo país o en un conjunto, no asumiré tampoco el cómodo punto de vista de cuando toda la sociedad mundial se encuentre inmersa en el pleno desarrollo socialista.
Porque antes, como le ocurrió a la monarquía y a la burguesía, atravesaremos numerosas alternativas. Ya ahora es así. Y como la del socialismo es una sociedad que se construye conscientemente, el desconocer las condiciones concretas y contradictorias que a cada paso nos acercarán a ese objetivo, puede desviarnos hacia una utopía, en el sentido de proyecto no realizable.
Nuestro proyecto es una utopía ética en sus objetivos, pero que se construye en la realidad, de acuerdo a las condiciones que vamos aprovechando o estableciendo; es por lo tanto realizable, si a la hora de decidir, no equivocamos el rumbo. Y para ello, creo que su construcción en el plano ideológico, político, social, cultural, hay que comenzarla -todavía sin una base económica propia-, mucho antes de la tan discutida “toma del poder”.
Es decir, que si la construcción y desarrollo económicos del socialismo como sistema concreto, sólo puede realizarse después que ha sido destruido el Estado Moderno burgués, la construcción ideológica, social y política del nuevo Estado que debe sustituirlo, debe comenzar desde antes.
Y un elemento esencial de esta preparación –que quiero adelantar desde ahora-, es el desarrollo de nuevas formas democráticas en todas las relaciones que origine ese proceso. Desde la relación interpersonal de los revolucionarios hasta las que se establezcan entre grupos, movimientos, frentes, partidos y países. Y en la concepción de las que deben existir en los órganos del nuevo poder popular que será. Porque no es posible crear nuevas relaciones democráticas desde el poder, si quienes lo desempeñan no las han desarrollado previamente entre sí, desde abajo, mientras suben.
Como habrán advertido ya, no concibo la nueva sociedad sino es como un ejercicio sistemático, profundo, creciente de la democracia entendida ésta todavía –a pesar de sus limitaciones- a la manera de los clásicos: un régimen político en el cual el pueblo ejerza la soberanía por sí mismo. Durante mucho tiempo se necesitarán formas e instrumentos diversos que permitan acceder a nuevos estadios de este objetivo, pero lo importante es que la democracia se convierta en el sustento real de la cultura política popular.
La sociedad que se proponga construir el socialismo, al asumir el poder político debe estar consciente –como dijera el Che- de los peligros que entraña hacerlo con los instrumentos heredados de quienes abrigan intereses contrarios, es decir, los del Estado Moderno burgués. Pero –en el mundo contemporáneo de hoy- no resulta posible desconocer algunas condiciones y requerimientos vitales e indispensables para la sobrevivencia y desarrollo interno, y frente al enemigo. Es una contradicción insalvable.
Pongo ejemplos: el ejército, es uno. En algunos momentos –mientras sea necesario- resultará necesario el ejercicio de la fuerza para defender la gobernabilidad del proyecto. Esto implica, como ustedes saben, aspectos económicos y tecnológicos. Y también formas de disciplina autoritaria. Y riesgos mortales en el uso de esa fuerza, tanto externa como internamente. Pero, a pesar de ello –como también demuestra la historia-, no necesariamente un ejército tiene que ser discriminador, abusivo, brutal, arbitrario. Eso depende de las ideas que lo animen, de la formación que hayan recibido sus integrantes y de la legitimidad de la autoridad de quiénes lo dirijan. Permítanme citar experiencias cubanas: la de nuestro ejército libertador en el siglo XIX y la del ejército rebelde del siglo XX, que continúa actuante como nuestras actuales Fuerzas Armadas Revolucionarias.
Otro ejemplo que considero indispensable mencionar: el de la burocracia. No me refiero, ni sólo ni principalmente, al grupo social de personas que -en función del trabajo que realizan en los distintos niveles organizativos y administrativos de un Estado- es conocido desde hace siglos con esta denominación, muchas veces de carácter peyorativo. Tal institución es en realidad más antigua que el Estado Moderno y posee, en su conjunto, un significativo papel político y de presión en las sociedades explotadoras. Pero tal función no es inherente a la necesaria labor técnica de administrar los bienes de la sociedad en su conjunto.
Sólo el desarrollo continuado, sistemático, participativo, de los más altos niveles democráticos en el desempeño de la sociedad socialista ya constituida, y en el nuevo Estado que la dirija, administre y defienda -desde abajo hacia arriba, desde arriba hacia abajo-, puede garantizar la desaparición, en el sentido justamente peyorativo que se le asigna, de la burocracia como institución. Y, más aún, como hábito del pensar y actuar individual y colectivamente.
Por supuesto, es fácil decirlo. Y muy difícil, lograrlo. Acudo de nuevo a nuestra experiencia. Adolecemos de muchos defectos, tanto en el funcionamiento de nuestro Estado, como en el ejercicio colectivo de la democracia. Varias veces ha habido que actuar enérgicamente sobre la manera burocrática de funcionar y sobre su estructura misma. Pero lo importante es la madurez y la ponderación con la que tales fenómenos son reconocidos y rectificados por nosotros, en tanto ciudadanos –a partir de la larga tradición democrática que ya existe-, para mantenernos alertas, al mismo tiempo, en medio de un mundo hostil y agresivo que permanente busca una fisura que permita la destrucción de nuestro proyecto.
Es un equilibrio muy complejo el que se requiere para llevar a cabo simultáneamente ambos objetivos: desarrollar la más amplia democracia, según nuestra vocación y deseo; y responder a la necesidad imperiosa de defendernos. Así funciona un Estado de nuevo tipo que pretende construir el socialismo. Y permítanme, para concluir, subrayar el inmenso valor que en tal sentido nos ofrece la solidaridad –incondicional en los principios, crítica en los defectos- que, como la de ustedes, nos ofrecen personas, grupos, instituciones, y países.
Dr. Armando Cristóbal.
Taller Ciencia Política/SCIF/ UNIV. Habana
La Habana, 2007
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