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LOS IMPACTOS DE LA GLOBALIZACIÓN Y LOS TRANSGENICOS EN LA AGRICULTURA

Alejandro Calvillo,
Greenpeace-México

I. LOS IMPACTOS DE LA GLOBALIZACIÓN

Para estimar los impactos de la llamada “liberalización comercial”, o de lo que debería ser llamada la competencia global desigual contra la agricultura mexicana es necesario dar algunos elementos sobre la realidad rural del país. En primer lugar, mas de la mitad del territorio nacional esta en posesión de las comunidades indígenas e “indios des-indianizados”. Se trata de 3 millones de familias pertenecientes a 30 mil ejidos y comunidades que disponen de 103 millones de hectáreas, que representan cerca del 70 por ciento de las unidades productivas del país (Toledo, V.M. 2000:62).

A pesar de la magnitud de esta población y su presencia territorial, las políticas agrícolas, que incluyen la “liberación comercial”, no solo no la han tomado en cuenta, sino que todo indica que han estado dirigidas a desaparecer este sector como sujeto productivo. En especial, se ha aplicado una política conscientemente dirigida a desaparecer la producción maicera en nuestro país. Esto tiene serias implicaciones para una cultura agraria sustentada en el maíz y gestada a través de miles de años. ¿Se puede hablar de etnocidio cuando las políticas publicas se dirigen a menoscabar la fuente de sustento básica de una sociedad y una cultura campesina?

Contra la Vía Campesina

Durante los años 60-80 los agricultores comenzaron a enfrentar el dominio de la agroindustria trasnacional que comienzo a orientar la estructura productiva, imponer la tecnología y subordinar a los productores convirtiéndolos en asalariados a su servicio (Rubio, B. 1999:35).

A partir de los años 80 se inicia una escalada de políticas publicas contra la vía campesina. En este proceso hay tres momentos importantes. En el primero, la participación del Estado en el sector agrícola sufre una drástica reducción, mientras que en Europa y Estados Unidos los subsidios a este sector se fortalecen. En el segundo, se da una apertura comercial que incluye a todo el sector agropecuario en el Tratado de Libre Comercio de América del Norte (TLCAN), sin ninguna protección frente a las graves disparidades. En el tercer momento, se reforma la legislación agraria para suprimir el carácter de inalienable, inembargable e imprescriptible de la propiedad campesina y comunal (Calva, J.L., 1998).

Las Importaciones de Maíz

La producción de maíz representa mas de 60 por ciento de la producción agrícola nacional en términos de volumen y valor y ocupa alrededor de 62 por ciento de la superficie cultivada. Entre 2.5 y 3 millones de productores participan en su cultivo, lo que lleva a estimar que 18 millones de personas dependen del maíz para su sustento. Al firmarse el TLCAN , el gobierno acordó el ingreso de 2.5 millones de toneladas métricas de maíz libre de aranceles. Estas importaciones se expandieran a un interés compuesto de 3 por ciento anual. Sin embargo, como explica Alejandro nadal “las importaciones de maíz desde Estados Unidos excedieron la cuota de importaciones sin arancel del TLC. Al mismo tiempo, los precios nacionales cayeron al nivel de los precios internacionales. A pesar de ello, la producción total de maíz en México se mantuvo y en algunos casos se incremento” (Nadal, A. 1999:71).

En 1994 con la firma del TLCAN se abrió el mercado a las importaciones de maíz estableciendo una cuota que es de inmediato rebasada. Millones de toneladas de este grano, que exceden la cuota establecida, ingresan al país sin cubrir arancel alguno y sin que el gobierno de una explicación al respecto. Esto ha creado una crisis para los productores nacionales. Entre 1993 y 1999 las importaciones de maíz crecieron 3,500 por ciento al pasar de 152 mil toneladas a 5.4 millones de toneladas. En ese periodo se adquirieron en total 29 millones, de las cuales 12.9 millones estuvieron por encima de las cuotas de importación, entrando sin pagar ningún arancel (La Jornada, 22/05/00). La única razón que podría justificar que el gobierno decidiera aumentar las cuotas de importación de maíz sin que estas cubrieran aranceles seria una crisis de abasto acompañada de una intervención estatal para mantener bajos los precios del grano. Esto no ocurrió. Las importaciones corresponden directamente a una política, que expresada en las palabras del actual secretario de agricultura, consiste en “la desaparición del campesino y su sustitución por el agroempresario” y “dejar de producir maíz por no ser competitivos en el mercado internacional”. La política agrícola y comercial desde la presidencia desde Carlos Salinas de Gortari en 1994 hasta la de Vicente Fox actualmente ha tenido el propósito de que los ingresos de maíz importado a precios “dumping” obligaran a los maiceros mexicanos, por la vía de los hechos, a abandonar el cultivo de este grano. Sin embargo no ha sido así. Nadal sedla en su estudio “El maíz en México: algunas implicaciones ambientales del Tratado de libre Comercio de América del Norte”, elaborado para la Comisión para la Cooperación Ambiental del TLCAN, después de describir que las importaciones excedieron las cuotas de importación sin arancel y que los precios nacionales cayeron al nivel de los internacionales, señala “a pesar de ello, la producción total de maíz en México se mantuvo y en algunos casos se incremento”.

Enrique Dussel en su trabajo “El Tratado de Libre Comercio y el desempeño de la economía en México”, elaborado para la Comisión Económica para América latina y el caribe (CEPAL), informa que entre 1980 y 1998, a pesar de las políticas de las trasnacionales agrícolas y de las gubernamentales contrarias a la vía campesina y a la siembra del maíz, la superficie cultivada de maíz creció, al pasar de 6.8 millones de hectáreas a 7.9 millones y el rendimiento paso de 1.8 toneladas a 2.3 (La jornada, 13/10/00: p.49).

La magnitud del impacto de las importaciones del maíz libres de aranceles sobre los productores nacionales del grano, no podría evaluarse sin considerar los bajos precios del maíz estadounidense altamente subsidiado. De esta manera se enfrento a los maiceros mexicanos, abandonados en la practica por los programas gubernamentales de apoyo al campo, con los maiceros estadounidenses, uno de los sectores agrícolas con mayores subsidios en el mundo. De acuerdo con Victor Suárez, en ese entonces presidente de la asociación Nacional de Empresas Comercializadoras de Productos del Campo (ANEC), los subsidios en Estados Unidos representan hasta 30 por ciento de los costos de producción, mientras en México a lo mucho llegan a 9 por ciento. Suárez afirmo que los recursos fiscales para apoyar el agro en estados unidos pasaron de 7,800 millones de dólares en 1996 a 28 mil millones en el 2000 (El Financiero, 6/11/00, p.30). En el estudio “¿Cuánta liberalización aguanta la agricultura? Impacto del TLC en la agricultura mexicana” elaborado para la Comisión de Agricultura de la Cámara de Diputados por Ana de Ita y Rita Schwentesius, se concluye que el gobierno mexicano favoreció el “dumping” al abrir las importaciones libres de arancel por encima de la cuota establecida en el TLC. Señalan que al liberar de arancel las importaciones de maíz y frijol el gobierno mexicano regalo 2,140 millones de dólares a las trasnacionales importadoras y productoras de nuevos granos. El impacto ha sido drástico sobre otros cultivos: la producción de trigo a partir del TLC se redujo en casi un tercio y la superficie cultivada cayo 43 por ciento, la soya que llego a ocupar 500 mil hectares ahora solo es sembrada en 88 mil (La Jornada, 30/05/00, p.22).

Los términos en los cuales se han firmado los acuerdos de libre comercio estan literalmente sacrificando al sector agrario, en especial, a los campesinos e indígenas de las naciones del sur.

Funcionarios de organismos tradicionalmente poco sensibles a la realidad social de los países llamados en “vías de desarrollo” reconocen que los acuerdos se han establecido favoreciendo a las naciones ricas. Adolfo Brizzi, representante de la división México del Banco Mundial en agricultura y medio ambiente, ha reconocido los “mediocres resultados” de las negociaciones del Acuerdo general de tarifas y Aranceles (GATT) y de la Organización Mundial de Comercio (OMC) para reducir las barreras arancelarias y los subsidios que se otorgan a las exportaciones en las naciones industrializadas (El Financiero, 7/10/00, p.26). Los impactos negativos de la llamada globalización y del libre comercio impuesto bajo las diurectrices de las grandes empresas trasnacionales no se circunscriben al mundo “en desarrollo”, también están teniendo un fuerte impacto en el mundo desarrollado. La propia Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico (OCDE) advirtió que de darse la liberalización de los mercados, de los siete millones de agricultores que existían en Europa a fines de los 90, quedaran menos de un millón en el 2020 y el 2025 (Yves, Pierre G.,1999:p.245).

La pregunta que queda es cuál ha sido el impacto de estas políticas en los pequeños productores, en aquellos que vendían su producción excedente a la Comisión Nacional de Subsistencia Popular (Conasupo) con un precio de garantía y que ahora no son atendidos por las grandes comercializadoras, como Cargill. Esta empresa trasnacional es la principal exportadora de granos de los Estados Unidos, es también la principal importadora de granos en México y ha comprado gran parte de la estructura de la CONASUPO. Los vínculos de Cargill con los productores de granos estadounidenses y con las empresas trasnacionales productoras de transgénicos y agroquímicos son profundos. No queda duda a que intereses responde Cargill, corporación que ha jugado un papel fundamental en el proceso de desmantelamiento de la soberanía alimentaria mexicana.

Desde fines de los noventa era claro el proceso: “La crisis de la vía campesina en los países latinoamericanos llevo por tanto a una marginalidad productiva, un proceso de descampenización y un fortalecimiento de la exclusión de los campesinos como agentes productivos que trajo miseria, migración, desnutrición y levantamientos campesinos armados y pacíficos en todo el continente” (Rubio, B. 1999:p.44).

II. EL IMPACTO DE LOS TRANSGENICOS

El Contexto Internacional de la Nueva Tecnología

El siglo XX termina con graves daños al conjunto del planeta y a la salud de los seres vivos. Decenas de miles de productos químicos se introdujeron sin evaluar sus impactos en el medio ambiente. Por ejemplo, en los años treinta se introdujo un gas refrigerante, los CFCs patentados por Dupont, entre otras empresas. Se impuso el uso de este gas en el mercado, aunque había otras alternativas no patentadas como el uso de la mezcla de gas propano y butano. El uso masivo de los CFCs es la causa principal de la destrucción de la capa de ozono al nivel planetario generando aumento de cánceres de piel en zonas pobladas, diversas afecciones e impactos en poblaciones vegetales marinas y terrestres en los extremos del hemisferio sur y del norte. Otro ejemplo es el uso del DDT que puede encontrarse en organismos vivos de todo el planeta, en la leche materna de humanos y animales, incorporado en las cadenas alimenticias en organismos vivos ubicados a miles de kilómetros de distancia de donde fueron utilizados estos productos. Existe una larga lista de compuestos orgánicos persistentes con efectos cancerígenos, mutagénicos, que fueron introducidos, utilizados e incorporados al medio ambiente sin evaluar sus riesgos. El siglo terminó, entre otras cosas, con la primera reunión internacional de todos los gobiernos del mundo reconociendo la situación insostenible de destrucción del medio ambiente por las prácticas industriales prevalecientes, me refiero a la Cumbre de la Tierra en Río de Janeiro en 1992. Como resultado de este reconocimiento se acordó un principio con categoría de universal: EL PRINCIPIO PRECAUTORIO. En este principio se estableció que ningún nuevo producto debería ser liberado si existía algún riesgo para el entorno.


Sin duda, puede decirse que el siglo XX fue el siglo de la industria química. En cambio, el siglo XXI aparece como el siglo de la biotecnología y de la introducción de organismos modificados genéticamente o transgénicos al medio ambiente y a nuestra alimentación. Podríamos pensar que la experiencia vivida en el siglo XX con la industria química y sus productos y el reconocimiento del Principio Precautorio nos podría llevar a un escenario que evitaría realmente la liberación de productos que representaran un riesgo para el medio ambiente. Lo que está ocurriendo es lo contrario: los riesgos con la ingeniería genética son superiores a los generados por la industria química y los mecanismos para evitarlos, como la aplicación del Principio Precautorio, están siendo destruidos por el debilitamiento mundial de las regulaciones ambientales, que es una expresión del debilitamiento global de los gobiernos frente a las corporaciones, y el control de estas últimas sobre los primeros. Y no es de extrañar que las corporaciones que dominaron la industria química en el siglo XX sean las mismas que ahora dominan la industria de la biotecnología, a la vez que controlan gran parte del mercado mundial de farmacéuticos y agroquímicos. El poder que están adquiriendo las corporaciones está transformando el orden internacional y dominando las políticas nacionales con consecuencias enormes tanto en la situación ambiental como en las condiciones de vida de las personas. En el orden internacional, la OMC aparece como un organismo que está poniendo en riesgo los avances logrados en los Acuerdos Ambientales Internacionales construidos con grandes esfuerzos a lo largo de más de treinta años.

El Poder Corporativo

Al inicio del siglo XXI, de las 100 economías más poderosas del planeta, 51 son corporaciones y 49 países. Es decir, en términos económicos el mundo está dominado por las corporaciones. Las 200 corporaciones más poderosas controlaron el 28% de la actividad económica global aunque sólo dieron empleo al 1% de la fuerza de trabajo en el 2000. Las ventas de las 500 corporaciones más poderosas fueron equivalentes al 47% del producto nacional bruto en todo el mundo, dando empleo únicamente al 1.59% de la fuerza laboral. Esto explica claramente la causa central del desempleo en el mundo.

La concentración de las corporaciones se aceleró a partir de las administraciones de Ronald Reagan en Estados Unidos y de Margaret Thatcher en el Reino Unido que se encargaron de destruir las leyes antimonopolio. A la concentración de las corporaciones corresponde la concentración de la riqueza. Según el programa de Naciones Unidas para el Desarrollo, el 1% de la población más rica del mundo tiene los mismos ingresos que el 57% de la población más pobre. Al control del mercado se suma el control de las patentes. Entre EUA, Japón y Europa concentran el 97% de todas las patentes y las corporaciones globales cuentan con el 90% de la tecnología y los productos patentados.

Como señalamos, las corporaciones de la ingeniería genética se han concentrado y dominan a la par que el mercado de semillas, el de agroquímicos y el farmacéutico. En el 2000, Syngenta (Novartis+AstraZeneca) fue la número 1 en agroquímicos, la número 3 en semillas y la número 4 (AstraZeneca) y la 7 (Novartis) en farmacéuticos. Pharmacia (incluye a Monsanto) fue la número 2 en agroquímicos, la 2 en semillas y la número 8 en farmacéuticos. Aventis fue la 3 en agroquímicos, la 10 en semillas y la 5 en farmacéuticos.

Hace 20 años había miles de empresas semilleras, ninguna dominaba el 1% del mercado global. Actualmente 10 controlan la tercera parte del mercado mundial, facturando 24,000 millones de dólares estadounidenses.

Hace 20 años existían 65 empresas de agroquímicos. En el 2000, las 10 mayores empresas controlan el 84% del mercado mundial, valuado en 30,000 millones de dólares.

En 1989, las 10 empresas farmacéuticas más poderosas controlaban el 29% de las ventas mundiales. En el 2000 controlaron alrededor del 50%, sus ventas fueron estimadas en 317,000 millones de dólares.

Y como advertimos anteriormente, en varios casos son las mismas empresas las que dominan en el área de semillas, agroquímicos y farmacéuticos.

La Introducción de los Transgénicos

Es este el contexto histórico y económico en el cual se da la liberación de los organismos genéticamente modificados o transgénicos al medio ambiente y en nuestros alimentos. Esto explica que la evaluación de riesgos que los estudios para evaluar sus posibles impactos en el medio ambiente y la salud no se realicen por los organismos gubernamentales. Este poderío económico explica también por qué existen cada vez menos expertos investigando los riesgos de los transgénicos, por qué varios de ellos han visto cortados sus presupuestos o, incluso, han sido despedidos de sus centros de investigación e instituciones académicas cada día más dependientes de los recursos de las corporaciones.

Michael Hansen, del Consumer Policy Institute se ha dedicado a analizar cómo han sido aprobados por la Administración de Drogas y Alimentos de los Estados Unidos los organismos genéticamente modificados. Sus conclusiones son firmes “”las pruebas para la seguridad humana que se han hecho con estas cosechas han sido completamente inadecuadas”. En mayo de 1992 la FDA decidió que la ingeniería genética era sólo una extensión del mejoramiento tradicional de los cultivos y dejo de exigir que las empresas realizarn evaluaciones de seguridad. Los nuevos OGM solo siguieron un proceso de consulta voluntaria.

El último cultivo evaluado de manera obligatoria fue el tomate Flavr Savr que contenía un gen para retardar su maduración y aumentar su vida de comercialización. Belinda Martineau que realizó la evaluación de este transgénico para la empresa Calgene escribió:

“En realidad la aprobación formal de la FDA para los productos posteriores no fue, de hecho, necesaria. En lugar de ello, la Agencia reemplazó esta aprobación por un proceso de consulta voluntaria”.

Como parte de una demanda judicial interpuesta por la Alianza por la Bio-integridad se obtuvieron documentos internos de la FDA en los que se comprobó que varios científicos de este organismo estaban preocupados por el tomate Flavr Savr, en especial por el uso del gen marcado de resistencia a la kanamicina (un antibiótico) y no creían que este producto podría cumplir con la norma de seguridad de “razonable certeza de ausencia de daño”, que es la norma de seguridad para los nuevos aditivos en los alimentos.

Hansen estudió las 52 cartas de consulta enviadas por la FDA. En ellos “la FDA no dice que estos alimentos son seguros, más bien señala que la empresa, de acuerdo a su buen entender, ha determinado que el alimento es seguro”. En el caso del maíz StarLink, que no fue autorizado para consumo humano y que se introdujo a la producción de alimentos, lo que significó costos millonarios para retirarlo del mercado, la FDA había señalado “no han surgido cuestiones que requerirían una revisión o aprobación pre-mercado por parte de la FDA”.

Menciono estos ejemplos para dejar claro que los análisis de riesgo sobre los nuevos productos transgénicos no están siendo realizados por las instancias gubernamentales responsables de garantizar la seguridad alimentaria y la protección ambiental, no son exigidos ni monitoreados por las autoridades y se dejan a voluntad de las empresas.

No habría espacio para exponer aquí la larga lista de nuevos productos introducidos al medio ambiente y a la cadena alimenticia que han tenido efectos sumamente graves sobre la salud y el medio ambiente, al no ser evaluados o dejar en manos de las corporaciones su evaluación. Las corporaciones están regidas por la competencia y la búsqueda de la mayor ganancia, no son los indicados, ni cuentan con la parcialidad que requiere la evaluación de la liberación de estos nuevos organismos.


Los Riesgos Más Allá de los Estudios

El problema de la introducción de los OGMs es la gran incertidumbre existente sobre sus riesgos. Esto se debe a que la ciencia no ha avanzado lo suficiente para evaluar estos riesgos. No hay duda alguna que los preceptos fundamentales en los que se ha basado el desarrollo de los OGMs están equivocados. La realidad es mucho más compleja de lo que se había considerado bajo una óptica reduccionista que consideraba que un gen generaba una proteína, que este gen podría ser retirado de una especie y ser introducido en otra y, por lo tanto, pasar la característica de un organismo a otro totalmente diferente.

Hasta hace unos años se suponía que cada gen producía una proteína. Por lo tanto, concluyeron que a las aproximadamente 100,000 proteínas en el cuerpo humano, correspondían 100,000 genes. Posteriormente se dio a conocer que había solo 36,000 genes en el humano y que en una hierba había 26,000.

Se descubrió así que cada gene podría producir muchas proteínas diferentes. Un gen de una mosca podría producir hasta 38,610 proteínas.

Barry Comoner del Center for the Biology og Natural Systems escribió en 2002 “El hecho de que un gene pueda producir múltiples proteínas destruye la teoría fundamental en la que está basada la multimillonaria industria de la biotecnología de los cultivos alimenticios”. Los genes insertados en los organismos manipulados genéticamente pueden crear muy diferentes proteínas no calculadas “con impredecibles efectos en los ecosistemas y en la salud humana”.

Lo que se ha descubierto y que no esta incorporado en las evaluaciones de riesgo de los trangénicos son, entre otras cosas:

1.- la expresión de los genes depende de su entorno genético y celular. La mutación genética tendrá no efecto según el escenario genético en el que se encuentre.
2.- Los genes tienen habitualmente múltiples efectos, por lo que efectos indeseables suprimidos en una especie pueden perfectamente expresarse cuando ese gen es transferido a otra.
3.- Muchos rasgos implican la intervención de múltiples genes, tal vez incluso de cromosomas distintos, que muestran gran resistencia a ser manipulados.

Martha R. Herbert, M.D., Ph.D., Pediatric Neurology, Massachusetts General Hospital
Harvard Medical School, señala algo muy simple “la ingeniería genética no ha controlado dónde se insertarán los genes en el genoma y tampoco pueden controlar como va a reaccionar el organismo modificado, o el fenómeno denominado “pliotropía” (pleiotropy), que significa que los genes tienen múltiples efectos”.

Efectos posibles en salud

La doctora Martha Herbert señala que “La modificación genética implica introducir en los alimentos genes provenientes de otras especies (u organismos). No podrían transmitirse dichos genes a través de los métodos sexuales tradicionales como la reproducción. En su lugar se introducen ya sea inyectándolos o utilizando métodos basados en la acción viral.

La inyección introduce códigos genéticos de una proteína que nunca estuvo presente en el organismo y que, muy probablemente, nunca estuvo en la cadena alimenticia de los seres humanos. Está acompañado por otros genes, entre ellos un gen promotor que activa al gen y que probablemente tomaron prestado de virus de plantas y que modificaron para hacerlo más eficiente. Asimismo, hay un gen marcador que permite que los ingenieros genéticos prueben si el gen está presente. Este último ha tendido a ser un gen resistente a antibióticos.

Con estos antecedentes se puede hablar de los riesgos potenciales para la salud. El primer riesgo es el de las alergias. Los genes codifican las proteínas, y cualquier proteína puede provocar alergias. Ningún examen puede prevenir con certeza la alergenicidad. Hay varias razones para que así suceda. Primera, la mayor parte de las proteínas que son alergénicas son estables en el calor y permanecen estables en la digestión pero algunos alergénicos no son estables en ambos casos, los procedimientos de prueba convencionales los pasarían por alto. Segunda, muchos alergénicos comparten secuencias genéticas con alergénicos que ya conocemos, pero otros no. Tercera, porque las proteínas se doblan, las secuencias genéticas que causan la alergia no tienen que estar todas en el mismo lugar en el gene, por lo que no puedes simplemente filtrar el gene ante la sospecha de secuencias misteriosas.

Los agentes alergénicos y toxinas pueden surgir no sólo de los propios genes insertos. También pueden surgir debido a que el comportamiento de los organismos cambia después de ser genéticamente modificados. Puede haber una producción mayor o menor de proteínas; una sustancia que normalmente podría producirse en cantidad muy limitada podría hacerlo en cantidad mayor lo que podría significar cierto riesgo. Además, el gene podría insertarse en medio de otros genes, interrumpiendo con ello sus funciones. La producción de proteínas podría verse afectada de diversas formas, mientras que la respuesta del organismo ante la presión de ser genéticamente modificado podría alterar el metabolismo de distintas maneras, lo cual podría originar reacciones secundarias con efectos dañinos para la salud.

El uso de genes resistentes a antibióticos para poder identificar cuando la inserción se ha realizado y de virus utilizados por las bacterias para intercambiar genes y que son utilizados para realizar las transferencias pueden traer el riesgo de producir nuevos virus y resistencia a antibióticos en el organismo humano o de animales. Mae Wan Ho biólogo molecular señala que la emergencia de una plétora de nuevos virus y de resistencia a antibióticos en la década pasada podría muy bien estar directamente relacionada con las aplicaciones durante el mismo periodo. Desde el inicio de la aplicación de la ingeniería genética, los científicos comenzaron a advertir estos riesgos. En 1975 un grupo importante degenetistas redactaron la Declaración de Asilomar, California, que pedía la interrupción de las investigaciones hasta que se hubieran establecido normas reguladoras adecuadas. Los intereses de las grandes corporaciones se impusieron sobre este llamado a la prudencia.

Las Amenazas Sobre el Ecosistema

Las plantas modificadas por ingeniería genética contienen genes y características totalmente nuevas tanto para la planta transgénica como su ambiente y su pasado genético. En las cruzas tradicionales los genes que se intercambian son sólo aquellos de variedades relacionadas o especies emparentadas, las técnicas de la ingeniería genética permiten el intercambio de genes entre especies completamente distintas. Ningún reproductor de plantas tradicionales podría cruzar un pez con una papa, o una bacteria con el maíz. La evolución y la selección natural de miles de años no permitiría que el gen de un pez entrase a formar parte de la planta de papas, maíz o de una fresa. El efecto de genes y fragmentos de genes ajenos en la planta liberada al ambiente, en distintas condiciones o en reacción a nuevas plagas o enfermedades, es completamente impredecible, lo que significa un riesgo no sólo para los cultivos, sino también para las especies relacionadas y para todo el ecosistema.

Por otro lado, las técnicas de ingeniería genética no son tan precisas como se promueve, sino más bien azarosas. El gen introducido puede fijarse en cualquier parte del genoma (toda la cadena del ADN) de la planta. No se puede dirigir hacia un punto concreto entre los genes de una planta, ni se conoce su posición una vez insertado. Se conocen diversos mecanismos naturales que influyen en la expresión de un gen introducido (pleitropía, epistasis o efectos de posición) los cuales no se pueden prever con aterioridad a la inserción.

Estas son algunas de las diferencias entre los cultivos tradicionales y los creados por la ingeniería genética., con genes de especies distintas. Estas diferencias, entre otras, son las que pueden provocar consecuencias imprevistas al liberar las plantas transgénicas al ambiente.

Riesgos Mayores en los Centros de Origen

Liberadas al medio ambiente, las plantas transgénicas no se pueden contener, son organismos vivos que se reproducen y dispersan sus genes más allá de la zona en que crecen. Los pájaros toman las semillas y las transportan a otros lugares, los mamíferos pueden escarbar y llevarse tubérculos y el viento puede transportar las partes reproductoras de las plantas, así como los insectos transportar el polen. El polen contiene el nuevo material genético que puede traspasar a otras plantas y fertilizarlas, las semillas así producidas contendrán los nuevos genes. Si son introducidos los transgénicos, el flujo de genes se vuelve inevitable en los centros de origen de los cultivos. Esto pasó en México a pesar de las advertencias, por la irresponsabilidad de las autoridades que fueron advertidas y por las campañas de las corporaciones de los cultivos transgénicos que minimizaron el problema y que seguramente buscaron que la contaminación de las variedades criollas de maíz fuera un hecho tan extendido que tuviera que aceptarse como un mal irreversible, dando paso al dominio de estas semillas y su tecnología sobre la agricultura del maíz y las variedades criollas.

Los Transgénicos: solución o agravamiento del hambre

Los transgénicos son promovidos como la solución al hambre, serán resistentes a la sequía, los insectos y las malas hierbas. Los frutos no se marcarán en el transporte ni se pudrirá. La agricultura ya no dependerá de la química y, por lo tanto, respetará el medio ambiente. Curiosamente, las mismas corporaciones que promueven los transgénicos con estos discursos promovieron en su tiempo la Revolución Verde hace unas décadas. El resultado fue el agotamiento de la fertilidad de la tierra por los monocultivos, el elevado riesgo de destrucción masiva de los cultivos por una única plaga, el impacto en la salud humana y de un número inmenso de especies por los agroquímicos.

Porque podemos afirmar que los transgénicos aumentaran el hambre. Para la visión reduccionista de las corporaciones y los biotecnólogos: el hambre se debe a la falta de alimentos. Algunos creen sinceramente que así es. Sin embargo esto es parte de su visión reduccionista. Están ciegos frente a la realidad social y política en que viven y que es la causa del hambre. El Instituto para los Alimentos y el Desarrollo tras un detallado análisis ha demostrado que la característica que mejor describe la producción actual de alimentos no es la escacez, sino la abundancia. En las tres últimas décadas la producción de alimentos ha rebasado el crecimiento de la población mundial en un 16 por ciento.

El asunto del hambre es un asunto de falta de producción de alimentos, es un asunto de acceso a los alimentos. Fritjof Capra señala “La gente pasa hambre porque los medios de producción, la tierra y la distribución están controlados por los ricos y poderosos: el problema del hambre en el mundo no es técnico, sino político”. Miguel Altieri concluye “Si no se tratan las causas fundamentales el hambre persistirá sean cuales fueran las tecnologías empleadas”.

Las corporaciones que han dominado el mercado mundial de los productos agroquímicos y farmacéuticos pretenden dominar el mercado de semillas. Existen cientos de millones de campesinos en el mundo que durante años han probado, experimentado y desarrollado una gran diversidad de semillas. Las corporaciones buscan que estos campesinos compren cosecha tras cosecha su semilla o que les paguen permanentemente regalías. Un ejemplo: la contaminación por transgénicos de cultivos de Colsa en Canada, donde los agricultores contaminados fueron demandados por Monsanto por poseer, en sus semillas de Colsa, el gen patentado por esa empresa.

Las corporaciones de los transgénicos buscan expropiar el control campesino de las semillas, con ello, provocarían la crisis de sustento de millones de personas.