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La democracia y las Luchas por la Justicia
Social
Cliff Durand
traducción por Otto Begus
Morgan University
Hoy casi
todo el mundo está a favor de la democracia. Casi todas las medidas
tomadas por nuestro gobierno, ya sean de política externa o interna,
son legitimadas invocando el término democracia:
ya sea la invasión de otro país, ya sea la privatización
del sistema de bienestar social (social security). Igualmente,
en el mercado económico, tildado a menudo democrático,
los consumidores votan sus preferencias con sus dólares.
De la misma manera, se ha sostenido que el crecimiento en el número
de propietarios de acciones y valores por medio de sistemas de pension
y Cuentas individuales de jubilación (IRAsIndividual
Retirement Accounts) representa la democratización del capitalismo.
También se habla de la oportunidad para la mobilidad social ascendente
como democrática. Hasta las cadenas de comida rápida que
te dejan tener tu hamburguesa a tu manera sugieren que tal libretad
de elección es democrática. Parece que estos días
todo está siendo comercializado como democrático.
Es decir, es un concepto al que se le ha dado un uso indebido.
Así
que, ¿qué exactamente es la democracia? La realidad es
que democracia es un concepto disputado en su esencia. Es un término
que contiene definiciones que difieren y compiten entre sí, y
que sugieren diferentes construcciones de la realidad. Un concepto tan
reñido presupone supuestos implícitos y funciona como
un concepto ideológico que legitima diferentes prácticas
sociales y relaciones de poder. Lo que me gustaría hacer es desempacar
parte del contenido teórico y político de este tan rebatido
concepto.
Específicamente,
quiero separar dos de los principales y reñidos significados
de la democracia que están en uso corriente hoy en día.
Uno es el concepto de la democracia popular o participativa, el otro
es la democracia elitista. El primero es la idea clásica sugerida
en el griego original el cual se refería al mando o poder, cratos,
del pueblo, demos. En este sentido, democraciaquiere
decir poder del pueblo.
Pero en
el mundo contemporáneo, democracia ha venido a querer
decir el mando por una élite política siempre y cuando
haya sido elegida por voto popular. Al presentar este concepto rival
de esta manera, no estoy simplemente cargando los dados en su contra.
De hecho, estoy meramente reflejando la manera en que lo entienden aquellos
que abogan por este significado. Una teoría elitista de la democracia
se ha convertido en la idea canónica entere los politólogos
(political scientists), políticos, periodistas y otros
formadores de la opinión pública estadounidenses. Para
ellos, la democracia quiere decir la selecciòn de
conductores políticos (decision-makers, lit. tomadores
de decisiones) entre elites rivales por medio de elecciones populares.
En su mayoría, aceptan la definición de Schumpeter de
la democracia como ese arreglo institucional para
llegar a decisiones políticas en el cual los individuos adquieren
el poder de decidir por medio de una lucha competitiva por el voto del
pueblo. Como lo puso él, el papel del pueblo es simplemente
producir un gobierno. El pueblo es soberano sólo el día
de las elecciones. Una vez que hicieron ese trabajo, deben regresar
a sus asuntos privados y dejar el gobierno a la élite que escogieron.
El pensador
francés del siglo XVIII, Jean-Jacques Rousseau, tenía
un concepto diferente. De hecho, anticipándosele a Schumpeter,
el atacó esta idea con las siguientes palabras:
La
nación inglesa se cree libre, pero está muy equivocada,
porque es sólo libre durante la elección de los miembros
del Parlamento. Tan pronto como son elegidos, es esclavizada y cuenta
para nada. El uso que hace de la libertad en breves momentos, hace bien
merecida su pérdida de ella (J.-J. Rousseau, El contrato
social, libro III, capítulo XV).
Para Rousseau,
la soberanía no es enajenable. Sólo esas leyes ratificadas
por el pueblo mismo son válidas. Este punto, al que regresaremos
más adelante, es la médula del concepto popular de la
democracia.
Teóricos
elitistas, sin embargo, son muy sospechosos de las capacidades de los
ciudadanos ordinarios de participar en la toma de decisiones. El retrato
que hace Schumpeter del hombre ordinario es poco halagueño. Estas
son unas cuantas de las características de ese hombre, de acuerdo
a Schumpeter:
Le presta más atención a su vida privada que a los asuntos
de la vida pública, aún aquellos de su localidad que tocan
su vida más directamente. Normalmente, las grandes cuestiones
políticas se clasifican en la economía síquica
del ciudadano típico en el mismo nivel con aquellos intereses
de las horas de recreo que todavía no han alcanzado la categoría
de pasatiempos y con los temas de conversaciones poco serias (Joseph
A. Schumpeter, Capitalism,
Socialism, Democracy, Harper and Row, 1975, pág. 261).
Está mal informado: la ignorancia del ciudadano promedio
y su carencia de buen juicio en cuestiones de política interna
y externa
[aún] en el caso de la gente educada (íbid.,
pág. 262).
No es racional en su pensar sobre materias políticas:
El ciudadano típico discute y analiza de una manera que
él mismo reconocería como infantil en aquellas cuestiones
que caen dentro de la esfera de sus intereses reales
. Su pensamiento
se torna asociativo y afectivo (íbid., pág. 262).
Como consecuencia lógica, Schumpeter considera que la voluntad
popular es fácilmente manipulable: una voluntad manufacturada
es como la llama. La voluntad del pueblo es el producto y no la
fuerza motriz del proceso político
. Los temas y la voluntad
popular sobre cualquier tema son
manufacturados (íbid.,
pág. 263).
Es por
esta visión negativa del ciudadano que Schumpeter limita el rol
de éste a la producción de un gobierno. Puede preguntarse
uno: dadas las que él considera debilidades de la naturaleza
humana, ¿por qué le confiaría aún
éso a la ciudadanía? En todo caso, mientras más
pronto pueda pasar el poder politico a la elite, quienes supuestamente
son inmunes a esas debilidades, mejor. La democracia es por tanto y
simplemente el orden institucional para llevar a cabo esa tranferencia
por medio de un tipo muy limitado de consenso.
La teoría
elitista de la democracia se inspira fuertemente [draws heavily]
en los teóricos sociales italianos de principios del siglo XX,
Gaetano Mosca, Vilfredo Pareto, así como también Roberto
Michels. El pueblo masificado de Mosca necesitaba el mando de una elite.
Lo más que presiones populares podrían alcanzar sería
el reemplazo de una élite por otra, una circulación
de elites, como Pareto lo llamó. Está claro, mantenía
Michels, que un acceso democrático desde abajo solo produciría
nuevos líderes quienes necesariamente se convertirían
en nuevos gobernantes. Existe una ley de hierro de la oligarquía
que gobierna toda vida organizada, dice Michels.
Hay mucho
en el retrato que Schumpeter hace del ciudadano que es descriptivamente
cierto sobre los Estados Unidos de hoy en día. Los ciudadanos
se hallan absortos en las preocupaciones de la vida privada, descomprometidos
con la política, y fácilmente manipulados cuando actúan
políticamente. Pero lo que debemos preguntarnos es si esto es
un hecho natural de la naturaleza humana o si es en vez un producto
del orden político. Una aseveración que se encuentra en
todos estos teóricos de élite es que existe una ley natural
que requiere el mando de elites. Ya sea expresado como la naturaleza
humana o como inherente a la amorfidad de una masa o como una
tendencia sociológica de organización, se tiene un sentido
fatalista de lo inevitable que se nos pide que aceptemos como tal. Hacer
de otra manera sería como tratar de rechazar la ley de la gravedad.
Esta naturalización
de un hecho social es una señal de identificación de lo
que es una ideología: Es decir, el uso de un conjunto de ideas
para influenciar el comportamiento humano, en este caso la aceptación
de una relación de poder existente en vez de luchar para cambiarla.
Por ejemplo, si tomamos el retrato denigrante dibujado por Schumpeter
como correcto, y a menudo lo es, debemos entonces preguntarnos: ¿cómo
fue que ésto acaeció? Mientras que él lo presenta
como la naturaleza humana, sin embargo él también
reconoce que la voluntad política es manufacturada. Pero no se
pregunta quién es que la está manipulando. Tampoco considera
cómo el ciudadano puede ser mejor protegido de tal manipulación
por las elites. Él no toma en cuenta lo qué se necesitaría
para atraer la atención de los ciudadanos a los asuntos públicos
o cómo sus capacidades para la discusión y juicio racionales
podrían ser más completamente desarrolladas. En lugar
de eso, él se dedica a poner los asuntos de estado en manos de
esa misma élite que, en primer lugar, hizo incompetentes a los
ciudadanos y que, por lo tanto, tienen un interés en mantenerlos
de esa manera. En suma, Schumpeter presenta como una teoría científica
y objetiva lo que es en realidad una justificación ideológica
para la dominación ejercida por elites.
La identificación
de la democracia con un conjunto de procedimientos institucionalizados
para seleccionar líderes ha sido llamado poliarquía
por el politólogo Robert Dahl. Es un concepto formal en vez de
participativo. La poliarquía es simplemente la selección
de líderes entre elites competitivas en elecciones multipartidistas.
Bajo este concepto de democracia, el término simplemente quiere
decir, en las palabras de Schumpeter, que el pueblo tiene la oportunidad
de aceptar o rechazar a los hombres que han de mandarlos (íbid.,
pág. 285). Efectivamente, la poliarquía define a la democracia
en los términos del sistema político de los Estados Unidos,
de este modo eliminando la pregunta sobre si los Estados Unidos son
democráticos o no. Desde luego, los Estados Uniodos se convierten
en el modelo de la democracia: los Estados Unidos como la democracia
actualmente existente. Así, el concepto descriptivo de poliarquía
se convierte en la norma prescriptiva de democracia.
La ley
de hierro de la oligarquía de Roberto Michels es a menudo
señalada por aquellos que sostienen que el mando ejercido por
elites es inevitable y que por tanto debe ser aceptado en vez de resistido.
Pero en realidad Michels sólo descubre una tendencia oligárquica,
al mismo tiempo notando una contracorriente democrática.
Escuchen lo que dice en este último párrafo de su libro:
Las
corrientes democráticas en la historia semejan olas sucesivas.
Siempre chocan contra el mismo bajío. Siempre se renuevan. Este
duradero espectáculo es simultaneamente alentador y deprimente.
Cuando las democracias han logrado llegar a una cierta etapa de desarrollo,
sufren una transformación gradual, adoptando el espíritu
aristocrático y en muchos casos también formas aristocráticas
contra las cuales luchan ferozmente al comienzo. Entonces, nuevos acusadores
surgen y denuncian a los traidores; después de una era de gloriosos
combates e ignominioso poder, acaban fusionándose con la vieja
clase dominante, en donde, una vez más, son a su vez atacados
por nuevos opositores quienes recurren al nombre de la democracia. Es
probable que este juego cruel continúe sin fin (Roberto
Michels, Political
Parties: A Sociological Study of the Oligarchical Tendencies of Modern
Democracy, Crowell-Collier Pub., 1962, pág. 371).
Si la oligarquía
es inevitable, lo son también las oleadas democráticas
contra el mando de elites. Esto es una de las causas del pesimismo sólo
si uno piensa que la democracia es parte de una condición política
estática y fija que no necesita de una participación constante.
En realidad, requiere lucha.
Fuimos
testigos de una oleada democrática en los Estados Unidos en los
1960. Esa década de intensificada participación política,
protesta social y compromiso (commitment) ciudadano en los
asuntos públicos fue uno de esos momentos democráticos
de nuestra historia. Los movimientos sociales hicieron demandas a las
elites gobernantes, demandas por igualdad racial, por la paz, por la
justicia social, exigencias de que las instituciones del gobierno fuesen
dirigidas a la resolución (address) de los problemas
sociales urgentes. El espíritu de compromiso ciudadano fue articulado
en el llamado por una democracia más participativa. Así
fue expresado por los Estudiantes por una sociedad democrática
(Students for a Democratic Society-SDS):
Como
sistema social buscamos el establecimiento de una democracia de participación
individual, gobernada por dos objetivos centrales: que el individuo
comparta en esas decisiones sociales que determinan la calidad y dirección
de su vida; [y] que la sociedad sea organizada para promover la independencia
en los hombres y provea los medios para su participación en común
(SDS, The Port Huron Statement, 1964).
Ésto
es un concepto de democracia fundamentalmente distinto, uno que resuena
desde valores americanos profundamente asidos. En vez de ver a los ciudadanos
como sujetos pasivos a ser gobernados por elites, advoca su participación
activa en todas esas decisiones que afectan sus vidas. Ésto se
extiende no sólo al gobierno, sino también a la educación,
el trabajo, la familia, las vecindades: Todas esas esferas, públicas
así como privadas, en las cuales vivimos nuestras vidas diarias.
Es un llamado a que todas las instituciones de la sociedad sean más
democráticamente participativas.
Ahora
bien, es instructivo observar la respuesta de la élite política
a este aumento de la democracia popular. ¿Le dieron la bienvenida
al anhelo de la ciudadanía de hacerse responsables de sus vidas?
No, le tuvieron miedo. Lo llamaron una crisis de la democracia,
un exceso de democracia que estaba haciendo a la sociedad
ingobernable: es decir, ya no estaba más bajo el
control de elites.
No bromeo.
Ésas fueron las mismas palabras de un influyente reporte de 1975
por una comisión especial autorizada (blue-ribbon commission)
de científicos sociales a la Comisión Trilateral. Le echó
un duro vistazo a lo que consideraba un creciente problema de gobernabilidad
en América del Norte, Europa y Japónla tríada
del capitalismo avanzado. Con el título, La crisis de la
democracia, los Estados Unidos fueron analizados por Samuel P.
Huntington, el decano de las ciencias políticas estadounidenses
y frecuente consultor para ministerios del gobierno federal. Lo que
Huntington vio fue un cierto tipo de malestar democrático
(democratic distemper) en el que el pueblo demandaba más
del gobierno y al mismo tiempo cuestionaba la autoridad ya establecida.
La gente ya no sentía la misma obligación hacia
aquellos a quienes habían considerado previamente como sus superiores
en edad, rango, posición, carácter o talento (Michel
Crozier, Samuel P. Huntington, Joji Watanuki, The Crisis of Democracy:
Report on the Governability of Democracies to the Trilateral Commission,
New York University Press, 1975, pág. 75). El gobierno estaba
sobrecargado por las demandas populares que se le habían
impuesto. En un momento de desacostumbrada sinceridad, Huntington dice:
La gestión eficaz de un sistema político democrático
requiere un cierto grado de apatía y de no participación
(noninvolvement) de parte de algunos individuos y grupos
(íbid., pág. 114). Cuando demasiada gente participa demasiado,
hay una avería en la democracia (breakdown of democracy).
Huntington
reconoce que un poquito de democracia puede ser peligroso. Con la poliarquía
la élite otorga al pueblo el derecho a votar. El peligro está
en que éso puede llevar al pueblo a pensar que debería
estar haciendo las decisiones también. Huntington atribuye el
malestar de la democracia a una periódica pasión
debido a [sus] creencias fundamentales (creedal passion)
que aflige al electorado. Éso ocurre cuando la gente se deja
llevar por sus valores democráticos hasta el punto de querer
participar de verdad (actually) en la toma de decisiones. Por
supuesto, eso es un peligro sólo para las elites que se han reservado
ese papel para sí mismas.
Lo que
la avería de la democracia resulta siendo al fin
y al cabo es una pérdida de control social por una élite
incapaz de contener la participación popular dentro de los parámetros
controlados y seguros de la política electoral. La crisis
de la democracia es en realidad la crisis de la poliarquía.
Como dijo un comentarista canadiense toda ladiscusión sobre
gobernabilidad
¡es sólo la inquietud de una élite
intranquila por su posición declinante en la sociedad!
(íbid., pág. 206).
Lo que
preocupa a Huntington y a otros defensores de la poliarquía con
respecto a la avería de la democracia era en realidad
una ruptura en el control social ejercido por las elites. La poliarquía
considera la estabilidad como un valor social fundamental, es decir,
siempre y cuando sea un mando estable por una élite. Como dice
Huntington en otro lugar: El mantenimiento de la política
democrática [es decir, poliárchica] y la reconstrucción
del orden social [es decir, cambio social popular] son fundamentalmente
incompatibles (The Modest Meaning of Democracy, in
Robert A. Pastor, Democracy in the Americas: Stopping the Pendulum,
Holmes and Meier, 1989, pág. 24). En otras palabras, la democracia
no tiene nada que ver con una voluntad popular que dirija el curso de
sus asuntos en común, sino más bien con la contención
de esa voluntad sujeta al control de una élite.
Esta preocupación
con control por elites en la vida política americana se remonta
a su comienzo. Se puede notar en el temor que James Madison le tenía
a una democracia del hombre ordinario. Viviendo en una sociedad ya dividida
entre clases acaudaladas (propertied) y aquellas con poca o
ninguna propiedad, el principal arquitecto de nuestra constitución
buscó la manera de darle forma a instituciones políticas
1) por medio de las cuales los intereses de la clase dirigente serían
protegidos, 2) que no le permitiría a la multitud prevalecer
en esas cosas en que se podrían lastimar los derechos de otros,
en particular los derechos de propiedad de los ricos. Déjenme
citar de sus Ensayos federalistas el # 10:
Las
democracias han sido siempre
incompatibles con
los derechos
a la propiedad
. El interés de [in] una mayoría tiene
que ser impedido
[porque
podría amenazar] la destribución desigual de la propiedad.
Aquellos que tienen y aquellos que no tienen propiedad han siempre formado
dos intereses distintos en la sociedad
y [se] dividen en dos
clases diferentes [énfasis añadido por el autor].
Los Padres
fundadores (The Founding Fathers) que se reunieron en
1787 fueron accionados [moved] por lo que un delegado llamó el
exceso de la democracia representado en los reclamos y peticiones
[demands] de los deudos, así como de pequeños
terratenientes y mecánicos sujetos a impuestos elevados. Otro
[de los fundadores] protestó porque las cosas se
habían tornado demasiado democráticas. Y así,
esta asamblea de comerciantes, esclavistas y manufactureros se decidió
a crear una unión más perfecta. En realidad,
la Convención Constitucional vino a ser una conspiración
de las clases adineradas para crear un sistema de gobierno federal lo
suficientemente fuerte para protegerles de las clases populares, pero
al mismo tiempo lo suficientemente débil para que no se convirtiese
en un peligro a sus intereses. La Constitución fue el documento
fundacional de nuestra poliarquía.
En sistema
político tal, ¿qué es la democracia? No se le encuentra
en las funciones ordinarias de las instituciones políticas en
donde la voluntad de la mayoría está efectivamente impedida,
como lo dijo Hamilton. Éso es una poliarquía. La democracia
se encuentra más bien en esos momentos históricos cuando
las clases populares irrumpen a través de las barreras a su participación
para así formar la política pública de acuerdo
a sus intereses. Son las luchas populares de los movimientos sociales
por la justicia social los que definen la democracia en las sociedaded
divididas en clases. La democracia está en las calles, no en
las salas del congreso.
En tales
sociedades la función del gobierno es mantener la
paz doméstica y la tranquilidad. Es decir, su función
es asegurar la estabilidad social la cual, en una sociedad dividida
en clases, inevitablemente quiere decir preservar las relaciones desiguales
de clase existentes. Como lo indicó el filósofo contemporáneo
Milton Fisk: Preeminente entre los objetivos que el mando ha de
promover es la reproducción de la economía
[para]
que la clase socialmente dominante retenga su dominio (Milton
Fisk, The State and Justice: An Essay in Political Theory,
Cambridge University Press, 1989, pág.12).
Al mismo
tiempo, el estado tiene que ceder [concede], hasta un cierto
punto, a las demandas populares para ganarse el consentimiento de los
gobernados. La alternativa sería gobernar a pura coerción.
Ya en los tiempos de Aristóteles se reconocía que el mando
tenía que que ser vinculado a la justicia. Ésta es una
condición de gobernabilidad. El mando tiene por tanto que adoptar
la forma de la justicia. Pero las demandas populares por que
se haga justicia pueden exceder lo que los gobernantes consideran consecuente
con la función básica del gobierno de reproducir la economía,
protegiendo de esa el orden social desigual existente. Es ahí
cuando la élite tiene una crisis de gobernabilidad y se queja
de que hay un exceso de democracia. La justicia social desde abajo siempre
presiona contra los límites impuestos por la justicia oficial
desde arriba. Qué tan duro presiona depende de qué tan
activas están las clases populares en su lucha. Es decir, depende
de cuánta democracia haya en un momento dado. Las elites no pueden
aguantar demasiada democracia; el pueblo siempre quiere más.
Pero hay
más a esta relación entre el gobierno y la sociedad. Teóricos
políticos acostumbran a distinguir entre el estado (o la esfera
política) y la sociedad civil. Sociedad civil consiste
de todas esas relaciones sociales consensuales de los ciudadanos entre
sí, desde los sindicatos, partidos políticos y asociaciones
voluntarias hasta la familia. Desde los tiempos de Tocqueville, se ha
reconocido que la vitalidad de las asociaciones es esencial para que
una democracia sea saludable; es la sociedad civil la que vincula el
gobierno con los ciudadanos y obliga al primero a ser responsable por
sus acciones. En efecto, el estado se vuelve una extensión de
la sociedad civil en el sentido que él representa a ésta.
En última instancia, el poder radica en la sociedad civil. Eso
es lo que la soberanía del pueblo quiere decir. Ese es por lo
menos el ideal democrático.
En la
poliarquía, sin embargo, la sociedad civil se convierte en una
extensión del estado. Es decir, es por medio de la penetración
de la sociedad civil [por el estado] que la élite acumula para
sí el consenso del pueblo bajo su mando y de esa manera logra
la gobernabilidad. Esta idea del estado extendido es la clave para la
interpretación que hace Gramsci de la hegemonía. Hegemonía
se refiere a la dominación consensual por una élite
que de esa manera obtiene la aceptación de la legitimidad de
su mando. El mando eficaz no puede ser meramente desde arriba.
Depende en la estructuración de la sociedad civil allá
abajo para así sostener al estado. La poliarquía entonces
concierne el mando ejercido por elites por medio de la extensión
del estado hacia la sociedad civil. La democracia popular, al contrario,
concierne la extensión de una sociedad civil autónoma
hacia el estado (compárese con la formulación de
Robinson, op. cit., pág. 58).
Es esta
concepción la que ha guiado los esfuerzos de los Estados Unidos
en promover la democracia por el mundo. Aliándose con elites
amigas y modelando la democracia en base a su propio sistema
político, lo que los Estados Unidos han estado fomentando es
en realidad la poliarquía. En las dos últimas décadas,
una de las principales características de la política
exterior de los Estados Unidos en el Tercer Mundo, así como en
el previo Segundo Mundo de Europa Oriental y Rusia, ha sido el dar ayuda
para el desarrollo político. Esto ha implicado magnos esfuerzos
para el fomento de la sociedad civil. Pero este desarrollo de la sociedad
civil ha sido ajustado al fomento de líderes, organizaciones
y valores que apoyen los intereses de los Estados Unidos. Ha buscado
obstaculizar el cambio social que venga de movimientos sociales populares.
Como el sociólogo William Robinson ha mantenido en su penetrante
libro, Promoting Polyarchy,
El
fomento de la democracia por los E.E.U.U., como de verdad
funciona, pone en marcha no sólo la estabilización y afianzamiento
de sistemas poliárquicos basados en elites, sino que además
busca la penetración a fondo por los Estados Unidos y las elites
locales de la sociedad civil, y desde allí asegurarse para sí
el control sobre las mobilizaciones populares y los movimientos de masas
(William I. Robinson, Promoting
Polyarchy: Globalization, US Intervention, and Hegemony, Oxford
University Press, 1996, pág. 69).
Es a través
de esta penetración de la sociedad civil por las elites que se
asegura la estabilidad social dentro y fuera del país. El fomento
de la poliarquía podría ser llamado con más precisión
la prevención de la democracia, i.e., la prevención de
la democracia popular.
Una de
las cosas claves que las elites poliárquicas buscan proteger
ante la democracia popular es el poder económico. No son solamente
el poder político y los privilegios de una élite los que
deben ser protegidos; es la propiedad de la clase capitalista cuyos
intereses tienen que ser servidos. ¿Por qué es así?
No es tan sólo que las figuras políticas requieran de
grandes sumas de dinero de parte de partidarios ricos para poder alcanzar
un puesto electoral, aunque eso es verdad. Más fundamentalmente,
es porque los intereses del capital mandan en una sociedad donde ellos
son dueños de los recursos productivos de la sociedad y en cuyos
intereses todos los demás son dependientes para su sustento.
Eso es lo que se quiere decir por clase dirigente. Los intereses del
capital mandan y los intereses de todas las otras clases dependientes
pueden ser satisfechos sólo si los intereses del capital son
satisfechos. Es por eso que las elites gobernantes tienen que actuar
para proteger y promover los intereses del capital si ellos han de cumplir
su función de mantener el orden social.
Aunque
existe esta conexión entre las esferas económica y política
en el capitalismo, son al mismo tiempo esferas distintas [separate].
Los capitalistas no gobiernan como tales. En este respecto, el capitalismo
es diferente a previas formaciones sociales, como el feudalismo por
ejemplo. En el feudalismo, los poderes económico y político
fueron combinados en la misma clase: la nobleza. En el capitalismo
éstos poderes están separados.
La separación
de la esfera económica de la esfera política en la sociedad
capitalista tiene consequencias de largo alcance. Por un lado, ha hecho
posible la igualdad de todos los ciudadanos sin importar raza, género,
clase u otras características sociales. Esta nivelación
formal individualiza a los ciudadanos y separa a la ciudadanía
de cualquier identidad social o comunal. Éso es lo que lo hace
democrático. Pero al mismo tiempo, también desautoriza
[disempowers] a los ciudadanos como tales de cualquier control
real sobre su destino económico y sobre la habilidad del capital
de apropiar plusvalor del trabajo de los trabajadores. De este modo,
la democracia es limitada por la separación de las esferas política.
y económica. En la sociedad feudal, estas esferas estaban unidas.
El poder político de la nobleza le permitía extraer valor
de los plebeyos quienes eran excluídos de la participación
política. Al desenganchar la esfera económica, el capitalismo
es capaz de extender los derechos de ciudadanía a los plebeyos
y al mismo tiempo negarles poder económico. Así
que el capitalismo hizo posible la concepción de una democracia
formal, una especie de igualdad civil la cual podría coexistir
con la desigualdad social, y dejar las relaciones económicas
en su sitio (Ellen Meiksins Wood, Democracy Against
Capitalism, Cambridge University Press, 1995, págs. 208-213).
Es esta
separación lo que la democracia popular amenaza con suprimir
[breach]. Los intereses de las clases populares están
en conflicto con los intereses del capital. Como consecuencia, los movimientos
sociales probablemente usarían el poder popular que ellos creasen
contra el poder económico del capital. Hasta peticiones modestas
que buscan limitar los efectos negativos del mercado en las vidas de
la gente y en nombre de la justicia social, le pueden parecer inaceptablemente
radicales al capital y a las elites que lo representan. Esos reclamos
son vistos como un exceso de democracia.
Una expresión
en la actualidad de la democracia popular es el movimiento por la justicia
global. Ejemplifica de nuevo nuestro punto. Ya sean bolivianos protestando
en contra de la privatización del agua, ya sean campesinos mexicanos
protestando en contra del maiz subsidiado de los E.E.U.U., ya sean manifestantes
en contra de la OMC en Cancún, estos movimientos sociales buscan
proteger los intereses de las clases populares y las comunidades ante
el capitalismo global que se expande [expanding global capitalism]
y ante las corporaciones transnacionales que los despojan. Éstos
movimientos debilitan la hegemonía de las elites y el capital
transnacional que ellas representan. A ésto es que se parece
la democracia: la democracia popular.
Con todo,
la democracia popular tiene que ser más que ésto. Tiene
que ser más que una protesta contra las políticas de la
élite o una interrupción [disruption] de las
instituciones por medio de las cuales gobiernan. Es éste el comienzo
de la formación de una sociedad civil autónoma, de una
contra-hegemonía desde abajo; pero en la medida en que la poliarquía
se mantenga, el poder para hacer las grandes decisiones seguirá
con las elites. En tal caso, las fuerzas populares podrán lograr
obligar a las elites a buscar lugares más seguros para sus reuniones,
y a escala mundial quince millones protestarán contra las guerras,
pero las elites todavían tendrán el poder para decidir
e imponer sus decisiones sobre el resto de nosotros. Podremos afectar
las decisiones de las elites en los márgenes, estableciendo quizás
límites de fecha y lugar, pero sin alterar el curso impuesto
por ellas.
La democracia
popular tiene que ser más que ésto si ha de realizar los
valores sugeridos por la palabra original griega que quiere decir mando
o poder, cratos, de el pueblo, demos. La democracia
quiere decir poder popular. Quiere decir participación en las
decisiones que afectan la vida de uno, como lo dijo la Nueva izquierda
en los 1960. Es la anticipación [vision] de la participación
popular en la toma de decisiones colectivas sobre la acción colectiva
para el bien común. Todavía no tenemos una teoría,
un programa, o una estrategia para hacer realidad este ideal [vision].
Pero por medio de la acción colectiva de los movimientos sociales
tenemos la sensación de que tal mundo es posible. Hemos tomado
conciencia de nuestra interconexión, no sólo a nivel personal,
sino también a nivel social y hasta global. Ésto nos crea
un interés común, así como nos facilita la posibilidad
de encontrar un bien común. Y como veremos la próxima
semana, ese bien común puede ser hecho realidad sólo a
través de la acción colectiva. Las decisiones individualizadas
que operan en el mercado nos fragmentan en consumidores impotentes.
El proyecto neoliberal nos masifica, haciendo de nosotros objetos pasivos
de la élite poliárquica. Las luchas por la justicia social
de los movimientos sociales actuales son los dolores del parto de una
nueva democracia participativa que emergerá del vientre de nuestro
mundo actual.
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