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Bienes
Públicos Mundiales y Interés Propio
Milton Fisk
Indiana University
1
El contexto neoliberal
Los bienes
públicos representan una alternativa a la carrera desenfrenada
por obtener ganancias que se da bajo la insignia de la competencia en
el mercado libre. Ubicarlos como la piedra angular de las economías
nacionales o la economía mundial implicaría realizar cambios
estructurales extensos. Estos cambios aumentarían la certeza
de tener acceso a bienes y servicios importantes. De igual importancia
es la posibilidad de que por medio de la gerencia participativa y el
control público real estos bienes públicos fuesen justos
para aquellos que trabajan dentro de ellos.
Sobra
decir que estos cambios no son suficientes. Podría ser el inicio
de una serie de cambios estructurales, pues el tener bienes públicos
es, por lo menos al principio, compatible con la empresa privada. Así
que, a pesar de ello, aquellos que promueven la inversión como
medio para producir el lucro privado aun podrían oponerse a los
bienes públicos. La dialéctica entre lo público
y lo privado podría siempre abrir la posibilidad de la contra-reforma,
tal como ocurrió hacia finales del siglo veinte.
En la
actualidad, sin embargo, el objetivo es de vigorizar y expandir los
bienes públicos a medida que la reacción negativa contra
el neoliberalismo mundial se profundiza. Las oportunidades para alcanzar
este objetivo que ofrecen la caída de Enron y la economía
argentina deben ser aprovechadas. El clima deregulatorio que el mismo
Enron ayudó a crear conducirá a la corrupción masiva
de los mismos estándares que hacen posible hacer negocios en
los mercados capitalistas. La obsesión del Fondo Monetario Internacional
por la austeridad laboral como forma de atraer la inversión aumento
la pobreza y el desempleo en Argentina hasta el punto que la economía
en su totalidad colapsó. Existe la posibilidad de que un buen
número de países rechacen la disciplina bancaria impuesta
por los EE. UU. y las organizaciones financieras internacionales que
éste apoya.
Existen
varias maneras en que un renacimiento de los bienes públicos
impida el desarrollo del neoliberalismo global. La dominación
que ejerce el capital financiero podría ser
disminuida al dársele mayor importancia a las necesidades básicas,
lo cual llevaría a regular más el flujo de capital y a
darle un tratamiento a los recursos de modo que no los convierta en
fuentes de lucro – en otras palabras un tratamiento descapitalizador.
La globalización neoliberal, promotora de la flexibilidad
laboral, también sería limitada por los bienes
públicos que ofrecen protecciones laborales tales como la seguridad
laboral, regimenes laborales decentes, y salarios dignos. Las instituciones
para estas protecciones serían bienes públicos que podrían
ser nacionales e internacionales. Por último, el dominio de una
política neoliberal de comercio de servicios,
que sirva a los intereses del capital, sería reducida por un
mecanismo de fijación de políticas de comercio y servicio
guiadas por metas sociales ampliamente aceptadas. Para que esto último
suceda, tal mecanismo tendría que representar las gentes de las
naciones del globo.
2
El concepto estandarizado de bienes públicos
Desde
la década de los cincuenta los bienes públicos se les
han visto como remedios para las fallas del mercado, y por ende, como
pequeños oasis en el desierto de la competencia de mercado. Según
esta concepción los bienes públicos son excepcionales,
pues por lo general el mercado funciona bien. Que sean excepcionales
o no es una cuestión superficial, ya que a un nivel más
profundo los que apoyan la anterior concepción creen que existe
una base común entre el mercado y los bienes públicos.
Ellos creen poder demostrar que los bienes públicos no son una
excepción a la ideología liberal que sustenta el mercado.
Se refieren, por supuesto, a la tesis que el egoísmo es una motivación
adecuada para una sociedad buena. El interés propio promueve
los bienes públicos, según dicen, pues hasta aquellos
que no se benefician directamente de ellos se benefician de los efectos
colaterales de tener otros que sí lo hacen. Luego, no hay necesidad
de apelar a la solidaridad con el otro para motivarme a cooperar junto
a ellos en el apoyo a los bienes públicos.
En realidad
el concepto de estándar de bien público tiene dos partes
independientes. Este concepto juega un papel importante en el reciente
fenómeno de extender la discusión de bienes públicos
a nivel global. La primera parte tiene que ver con la accesibilidad
a los bienes públicos, mientras que la segunda se ocupa de la
motivación para formarlos.
La primera
parte enfatiza que los bienes públicos no pueden ser agotados
fácilmente y que normalmente no excluyen a nadie. De ser la oferta
que provee un bien público inagotable, la obtención
de un beneficio individual adicional no acarrea un costo adicional.
Al tener los beneficios de un bien público un valor eficiente
de mercado de cero, para un empresario no tiene sentido intentar obtener
una ganancia de la venta de sus beneficios. La falta de fondos sí
agota los bienes públicos – cuantitativa y cualitativamente
– lo cual resulta en la venta de sus beneficios por parte de los
empresarios. La baja asignación de fondos para el agua, la educación,
y la salud representa la táctica neoliberal básica para
promover la intrusión empresarial. Los prolongados apagones,
los salones de clase atiborrados de estudiantes y las largas esperas
para un procedimiento médico son señales del agotamiento
de un bien público, al igual que la baja calidad del agua, la
educación, y la salud.
Si ha
de haber un acceso general a los beneficios de un bien público,
es necesario que el inagotamiento se complemente con la no exclusión.
Si nadie es excluido de un bien público, sería inútil
intentar venderlo, ya que en la “tienda” de al lado es gratis.
La no exclusión ha sido seriamente erosionada por la aceptación
generalizada del mito del abuso por parte del pueblo. El aumento en
las tarifas son un mecanismo de exclusión que se justifica alegando
que demasiadas personas están sobre utilizando la infraestructura
pública y que sería injusto aumentar los impuestos de
todos porque sencillamente se deja que continúe el abuso. Quienes
no pueden pagar las tarifas son excluidos de los beneficios. Gradualmente,
los bienes públicos se convierten en bienes de uso discrecional
para los que menos los necesitan.
La segunda
parte del concepto estándar se dirige a la motivación
última para formar y mantener las instituciones que ofrecen los
beneficios de forma inagotable e inexcluyente. Al abordar la motivación,
nos enfrentamos al ejercicio de intentar ajustar lo que es una cuestión
fundamentalmente social a la sicología individualista que fundamenta
la teoría económica neoclásica. El contexto, es
pues, la presunción de que el interés propio es
adecuado para arribar a la cooperación. La pregunta
a contestar es: ¿Qué beneficio debo obtener para motivarme
a pagar mi parte del costo de un bien público que será
beneficioso para usted y muchos otros? Uno puede obtener beneficios
de dos fuentes. La primera proviene directamente del bien público
y la segunda proviene indirectamente de los demás a medida que
ellos se beneficien directamente. Muchas veces puede suceder que el
beneficio directo que recibe un individuo resulte menor que el costo
que pagó. ¿Por qué, entonces, pagar mi parte del
costo? Lo pagaría si la suma de los beneficios directo e indirectos
que recibo de los demás por lo menos iguala el costo que pagaría.
En suma, factores externos fuertemente positivos producen el tipo de
cooperación que requieren los bienes públicos.
El tipo
de factor externo que aquí está en juego se puede ilustrar
acudiendo a los esfuerzos por reducir la polución. El calentamiento
de la tierra puede ser controlado si los países reducen sus emisiones
de dióxido de carbono. ¿Por qué un país
habría de cooperar en esta labor si al hacerlo estaría
gastando más de lo que ganaría con la reducción
del daño ambiental dentro de sus fronteras? Para encontrar la
respuesta se debe tomar en cuenta otros factores como por ejemplo el
efecto que produce la reducción del calentamiento sobre las economías
de otros países. Esas economías pueden seguir siendo robustas
evitando así un colapso en el comercio y la inversión
con nuestro propio país. Estos efectos adicionales entre nuestros
países bien podrían ser lo que se requiere para promover
la cooperación.
Sin embargo,
siendo ventajiste más que cooperante todavía permitiría
al país en cuestión beneficiarse. Esto representa un serio
problema para aquellos que dependen únicamente del interés
propio. Un país podría hacer nada y aun beneficiarse de
los factores externos positivos que produce la cooperación entre
otros países, cuyos propios intereses los mantendría comerciando
e invirtiendo, a pesar de la no cooperación de otros países.
Un país no cooperante recibe los mismos beneficios a menor costo.
Consecuentemente, varios países, entre ellos algunos grandes
emisores de dióxido de carbono, podrían elegir no cooperar
bajo la misma premisa. De suceder lo anterior, la reducción sería
tan mínima que cesaría de haber beneficios para los países
que habían mantenido la cooperación. Una vez se hace evidente
que su cooperación es inútil, el interés propio
acabaría por liquidar la tarea de reducir las emisiones de gas.
Un colapso
total de la cooperación podría evitarse mediante una estrategia
de incentivos para quienes se encuentran tentados a abandonar la cooperación.
Un país líder podría, por ejemplo, extenderle créditos
a ciertos países para sus proyectos de inversión nacional
como incentivo para que le sigan en el financiamiento de un bien público
global. Aun asumiendo que una estrategia de este corte pueda generar
un nivel de cooperación, queda la pregunta de si el interés
propio, en ausencia de la solidaridad, puede producir la cooperación
al alto nivel que se necesita para formar y mantener los bienes públicos.
3
La Solidaridad como móvil de los Bienes públicos
El elemento
clave de una respuesta al concepto de bien público estándar
basada en el interés propio es el concepto de meta social.
Ya he indicado que nuestros bienes públicos han de ser entendidos
como instrumentos para la consecución de nuestras metas sociales,
las cuales definen el tipo de sociedad en la cual queremos vivir. La
inclusión del los bienes públicos en el contexto de las
metas sociales no se da en lo que llamo el concepto estándar
de bienes públicos. Esta ausencia es relevante ya que el concepto
estándar considera los bienes públicos como instrumentos
para el beneficio de los individuos, ya sean personas, grupos, o países.
El conflicto que se presenta aquí es entre que tipo de fin se
debe enfatizar en el debate sobre los bienes públicos.
Así
pues, los bienes públicos nos ayudan a alcanzar un cierto tipo
de sociedad, por ejemplo una sociedad saludable que nos protege de la
radiación dañina, que es financieramente estable y democrática.
Cualquiera que sea el tipo de sociedad a la que se apunta, ésta
no debe tratarse sólo como un potencial de beneficio individual.
Naturalmente, este potencial se dará al realizarse una meta social
y no tendríamos ninguna razón para querer una sociedad
de cierto tipo aparte del potencial de beneficios individuales normalmente
asociados con ese tipo de sociedad. Sin embargo, desarrollar el potencial
correspondiente a los beneficios individuales, no es lo único
que se persigue al alcanzar una cierta clase de sociedad.
¿Qué
entonces le falta al concepto estándar? Consiste en que tener
una sociedad de cierto tipo ofrece una fuerte resistencia a eliminar
el potencial de obtener los beneficios individuales correspondientes.
El potencial se vuelve robusto ya que está en la raíz
misma de cómo la sociedad se ve a sí misma. Esta apelación
a lo social involucra varias cosas. Por un lado, existe un amplio acuerdo
sobre una o más metas sociales. Por otra parte, realizar estas
metas se convierte en el proyecto de la sociedad y no de un benefactor
que, aunque ostensiblemente apoye las metas, puede tener una agenda
diferente a las de la sociedad. Claramente, no todos los potenciales
de beneficio individuales están dados de una forma que satisfaga
estas condiciones; por ende, no serán protegidos con la misma
fuerza que los producidos en la consecución de un tipo de sociedad.
A través
de una de sus fundaciones Open Society, George Soros podría decidir
comprar medicamentos antiretrovirales HIV para las personas infectadas
en Sudáfrica, lo cual podría ser visto como la promoción
de un tipo de sociedad en la cual los medicamentos son accesibles. No
obstante, al comprarle los medicamentos a las transnacionales farmacéuticas,
la generosidad de la fundación también podría ser
vista como manteniendo el estatus quo de los derechos de patente, lo
cual, en un contexto más amplio, significaría que los
medicamentos costosos seguirían inaccesibles para muchos.
Por tanto,
la fuente clave de esta resistencia a eliminar un bien público
no se encuentra en la tecnología de un bien público, en
la burocracia que lo opera, o en un Mesías financiero. Por el
contrario, proviene del continuo acuerdo y compromiso con una meta social
por parte de las personas que integran una sociedad. Así es el
caso en Canadá, donde los recientes gobiernos neoliberales no
se han atrevido a desmontar el sistema público de seguridad social
universal. El compromiso de tener una sociedad saludable de parte de
los canadienses ha creado un potencial robusto de extender los beneficios
de salud a todos. Lo que quiere una sociedad es la garantía ofrecida
por los potenciales robustos de que su visión de sí misma
no es ilusoria.
Una de
las razones de oposición a la privatización es la eliminación
de dicha garantía. Bajo la presión de las instituciones
financieras internacionales, la resistencia que surge de la visión
que tiene una sociedad de sí misma puede ser ahogada. La privatización
de servicio de agua, por ejemplo, elimina la garantía de tener
agua potable. En Sudáfrica en 1998 la federación de sindicatos,
COSATU, permitió que el agua fuera privatizada en Dolphin Coast
después de debilitar su oposición bajo presión
del gobierno neoliberal del Congreso Nacional Africano, del cual son
aliados. Sin embargo, en Bolivia en el 2000, una alianza popular derrocó
la privatización del agua en Cochabamba que había sido
recomendada por el Banco Mundial y que estaba siendo llevada a cabo
por un consorcio dirigido por Bechtel. La naturaleza dramática
de la resistencia de la alianza surgió del compromiso generalizado
de ser parte de una sociedad con acceso al agua.
Otro problema
que tiene el concepto estándar es que depende enormemente de
factores externos. Apela a los factores externos para mantenerse en
la orbita del interés propio. Donde los factores externos son
ignorados en dos regiones, habrá un equilibrio con respecto a
lo que cada uno contribuye hacia un bien público que es sub-óptimo.
Es decir, su bienestar total podría ser mejorado haciendo mayores
aportes de lo que hacen. El equilibrio, llamado el equilibrio de Nash,
podría cambiar hacia un nivel de bienestar más alto si
cada región tomará en cuenta los derrames a dentro (spillins)
provenientes de la otra. En otras palabras, saber esto llevaría
a mayores aportes a la provisión de un bien público de
parte de cada región.
Este tipo
de razonamiento, a pesar de ser el producto de una “mente brillante,”
es en gran medida irrelevante a la dinámica necesaria para dar
inicio y mantener los bienes públicos. Tomemos como ejemplo las
campañas para tener un salario mínimo digno que se están
dando en los Estados Unidos. Estas se enfocan en los empleados cuyos
salarios involucran, directa o indirectamente, el uso de dineros públicos.
Casi todas las personas que desarrollan estas campañas ganan
mucho más que un salario mínimo digno. La mayoría
de los contribuyentes que pagarían el incremento de impuestos
para tener un salario mínimo digno también ya tienen un
salario digno. Es más, ni unos ni otros anticipan un cambio,
ya sea hacia arriba o hacia abajo, de su situación económica
como resultado del éxito de las campañas. ¿Por
qué apoyarían un salario mínimo digno que involucra
el uso del erario público?
La respuesta
que yo encuentro convincente es que quienes promueven las campañas
y quienes pagan impuestos piensan que es equitativo. Un sentido de la
equidad está ampliamente difundido, de tal manera que al enterarse
que una madre soltera se gana seis dólares la hora, sin subsidio
familiar o de transporte, tendiendo camas y lavando inodoros en un hotel,
las personas responden que es una lástima, que es cruel, o que
se da por la avaricia. Este tipo de reacciones indican que las personas
tienen un sentido de la equidad. Además, tener un sentido de
la equidad, si es genuino, no sólo presupone la compasión
por las víctimas de la inequidad; también presupone estar
dispuesto a apoyar hacer algo para que se elimine la inequidad. Por
tanto, la solidaridad está en juego. El tipo
de solidaridad requerida para construir una sociedad de acuerdo a las
aspiraciones que tenemos para ella. Recientemente vimos un ejemplo de
solidaridad cuando los agentes del libre comercio nos dijeron que las
mujeres en las maquilas de la Republica Dominicana o en la China les
pagaban un salario por debajo del mínimo digno para que la ropa
fuera más barata para quienes reciben más altos ingresos
en Estados Unidos. La respuesta, según una encuesta entre los
consumidores en este país, fue que estarían dispuestos
a pagar alrededor de un dólar más por prenda, si esto
contribuía a sacar a los trabajadores de la pobreza, y no que
el dinero fuera a parar en manos de los intermediarios.
El concepto
estándar de bien público yerra doblemente. No sólo
yerra en no especificar que los bienes públicos no existen por
fuera del contexto de fuerte resistencia a debilitarlos que provee el
compromiso con un cierto tipo de sociedad. También falla porque
no reconoce que la solidaridad es el móvil necesario para tener
bienes públicos ya que el interés propio conduce al abandono
de la cooperación, aun donde se toman en cuenta los factores
externos positivos y que la solidaridad es el móvil necesario
para tener bienes públicos.
4
Los Problemas Asociados con los Bienes Públicos
Al referirme
a los bienes públicos mundiales asumiré que el concepto
de bienes públicos en cuestión es la que he elaborado
en términos de metas sociales y no la que he criticado. Primero
plantearé varios problemas muy difíciles con referencia
a los bienes públicos mundiales. En las dos últimas secciones
los enfrentaré utilizando el concepto nuevo de bien público.
En primer
lugar está la visión estatal de los bienes
públicos. Nos hemos acostumbrado a pensar que los bienes públicos
son instituciones financiadas por el Estado y le responden a éste
considerado como una formación de lo público. Son instituciones
ya que su existencia exige garantías que ningún objeto
natural puede ofrecer. Aun los bienes públicos considerados “comunes”
están rodeados por costumbres o instituciones más formales.
En ausencia de dichas garantías, el poder dominante en una región
podría distribuir agua, por ejemplo, de forma que se le niegue
el acceso adecuado a quienes están subordinados. La garantía
de acceso y los fondos necesarios para su mantenimiento sugieren que
los bienes públicos son parte de un Estado. No obstante, en el
caso de los bienes públicos mundiales no tenemos la contraparte
del Estado, tan importante en los bienes públicos nacionales.
Aun no existe algo que podamos llamar un Estado mundial. Sin embargo,
si intentamos usar algo menos que un estado, nos encontramos con dificultades.
Por una parte, no tenemos el poder coercitivo suficiente para respaldar
un llamado a la financiación o las garantías que se necesitan
para tener un acceso equitativo.
Un segundo
problema tiene que ver con la dominación del interés
propio. Debe haber cooperación en el mantenimiento de
los bienes públicos. Sin ella las personas o la naciones toman
caminos separados para encontrarle soluciones particulares a lo que
de hecho son problemas generales. Una presunción hobbesiana conocida
acerca de las naciones es que funcionan solo de manera auto-interesada.
Naturalmente, la cooperación puede ser compatible con el interés
propio. Esto se puede ilustrar con el caso de los esfuerzos por reducir
el deterioro de la capa de ozono mediante la disminución del
uso de clorofluocarbonos. En este caso la cooperación internacional
satisfizo los intereses nacionales. El costo de reducción de
los clorofluocarbonos para los Estados Unidos, tal como lo pide el Protocolo
de Montreal, fue menor que los beneficios de salud que le trajo. Empero,
hay numerosos casos donde el auto-interés parece descartar la
cooperación. Este podría ser el caso de la cooperación
que pide el Protocolo de Kyoto. Se estima que el costo de reducción
de las emisiones de gases que le corresponde a los Estados Unidos, según
el protocolo, es igual o mayor que el costo que acarrea el daño
ambiental aun si se duplicaran esas emisiones. El problema general es,
entonces, si las naciones poderosas preferirán su interés
propio por encima de la cooperación, moviéndole así
el piso a los esfuerzos de crear ciertos bienes públicos mundiales
cruciales.
Un tercer
problema tiene que ver con los desacuerdos entre naciones
sobre metas sociales. Ya es bastante difícil determinar la opinión
nacional, pero intentar hacerlo a escala mundial es entrar en el campo
de la especulación. Esta duda es importante ya que un bien público
no es algo que un individuo privado o una elite puedan crear. Es un
instrumento para avanzar hacia una meta social ampliamente aceptada.
Por supuesto, aun como instrumento, un bien público es cuestión
de un acuerdo, pues sin un acuerdo la cooperación sería
difícil de conseguir.
Es precisamente
debido a la bisección del mundo en tantos modos diferentes que
la idea de un consenso mundial sobre metas sociales parece tan remota.
Para superar este problema, Amartya Sen ha sugerido que dejemos de pensar
en los bienes públicos en términos universales y que mejor
lo hagamos en términos de categorías de afiliación
que atraviesen las fronteras. Una afiliación según la
clase social, el género, o la identidad ocupacional. No sería
utópico pensar que se pueden lograr acuerdos sobre metas sociales
dentro de cada categoría. Por supuesto que es verdad que sería
más fácil llegar a acuerdos dentro de cada categoría,
pero muchas de estas categorías nunca podrían ir más
allá de las exigencias parroquiales si no fuese por su capacidad
para proyectarse hacia un público más amplio. Para superar
tal parroquianismo, empero, es necesario resolver el problema del acuerdo
entre categorías de afiliación.
5
Soluciones a los Problemas de los Bienes Públicos Mundiales:
El Estatalismo y el Interés Propio
Los bienes
públicos mundiales necesitan un compromiso cosmopolita
más que un Estado mundial. Este sería un compromiso para
mejorar la existencia social en todas partes por medio de acuerdos amplios
para coordinar fuerzas autónomas. En años recientes, en
Sudáfrica, donde más ha golpeado la epidemia del SIDA,
hubo coordinación entre diversas fuerzas con el fin de obtener
acceso a medicamentos esenciales. Estuvieron presentes Médicos
Sin Fronteras, la Campaña De Desafío Sudafricana, y la
Coalición del SIDA Para Desencadenar El Poder (ACT-UP). Las transnacionales
farmacéuticas estaban listas para actuar en contra de Sudáfrica
si la ley que amenazaba sus derechos de patente se implementaba. La
campaña en contra de los intereses miopes de las transnacionales,
en contra de la actitud dubitativa del gobierno de Sudáfrica
y en contra de la defensa por las naciones ricas de las patentes tuvieron
éxito en dar un modesto paso hacia volver los medicamentos un
bien público mundial. La clase de compromiso cosmopolita ejercido
por estas fuerzas no gubernamentales será vital en la lucha por
los bienes públicos mundiales.
Lo que
hace falta en esta coordinación de fuerzas es la permanencia
que crea un potencial robusto. Es imperativo institucionalizar la coordinación
que realice esta permanencia, la cual no necesariamente requiere de
un Estado mundial. Después de todo, las mismas transnacionales
coordinan sus actividades por medio de la Organización Mundial
del Comercio y del Banco Mundial y ellas no son ni Estados ni partes
de un Estado mundial. Naturalmente, como se entiende el término
aquí, las transnacionales, a pesar de su alcance global, no tienen
un compromiso cosmopolita, toda vez que no están comprometidas
con el mejoramiento social mundial sino con su nivel de ganancias. Con
todo, las instituciones que surgen de los compromisos cosmopolitas podrían
que tener que depender de los Estados de diversas maneras, de la misma
forma que las instituciones que promueven las ganancias de las transnacionales
deben depender de los Estados. En la medida que los bienes públicos
mundiales se desarrollen mediante el compromiso cosmopolita, ellos tendrán
que depender, por lo menos en parte, de recursos provenientes del Estado.
Esta dependencia no ha de desviar la búsqueda de metas sociales
si ellos siguen basados en organizaciones no gubernamentales con compromisos
cosmopolitas.
Nuestra
respuesta a la tesis de que los bienes públicos, y en particular
los bienes públicos mundiales, deben ser estatales tiene dos
partes. Primero, los bienes públicos mundiales no requieren de
un Estado mundial. Segundo, aun cuando dependen de
los Estados nacionales, esta dependencia se mitiga
con un compromiso cosmopolita por parte de una variedad de grupos no
gubernamentales.
En cuanto
al interés propio, hemos visto que las personas trabajarán
por los bienes públicos por un sentido de solidaridad aun donde
no existen miopes razones auto-interesadas para hacerlo. Si el Estado
actuara únicamente por interés propio, no aceptaría
perseguir metas sociales cuyos beneficios serían
menores que el costo a pagar para su consecución. Para arreglar
las cosas, no estamos obligados a recurrir a la indignante tesis que
los Estados, en su actual forma capitalista, están de hecho ligados
por la solidaridad. Sus propios intereses estrechos los conduce con
mucha frecuencia a hostilidades y manipulaciones. En cambio, es suficiente
observar que los Estados pueden ser llevados a mostrar moderación
en vista de las actividades de las organizaciones no gubernamentales
con sentido de compromiso cosmopolita. Aun donde existen Estados capitalistas,
esto abre la posibilidad de dar inicio a los bienes públicos
mundiales.
La visión
hobbesiana del Estado les da demasiada autonomía con respecto
a las actividades no gubernamentales con intención cosmopolita.
La presión de grupos ambientales, de derechos humanos, de paz
y de salud han llevado a los Estados a abrir espacios donde se puede
progresar hacia los bienes públicos mundiales. Es importante
resaltar que dichas aperturas se han dado por la solidaridad de estos
grupos con las víctimas dispersas de una u otra forma de opresión.
Luego, sí existe un tipo de justicia de base que imposibilita
que los Estados busquen únicamente sus intereses propios más
estrechos. Este permite que los mismos Estados, aun en su forma capitalista,
jueguen un papel en el proceso de construcción de los bienes
públicos mundiales.
6
Soluciones A Los Problemas De Los Bienes Públicos Mundiales:
El Desacuerdo
Finalmente,
¿cómo es posible que un mundo tan fracturado como el nuestro
logre acuerdos sobre un conjunto de metas sociales que puedan ser institucionalizadas
como bienes públicos mundiales? El acuerdo sobre metas sociales
es, como vimos en la sección 4, un elemento importante en el
nuevo concepto de bienes públicos mundiales, uno que hace falta
en el concepto estándar, lo cual lo deja expuesto a que las élites
elijan las metas que los proyectos públicos realizarían.
Si pensamos en términos del conflicto entre musulmanes e hindúes,
blancos y negros, palestinos e israelíes y el Acuerdo General
de Comercio de Servicios y los pobres, se haría del proyecto
de bienes públicos basada en acuerdos algo inútil.
Para encontrarle
una solución a este problema, quizá sea necesario empezar
por cambiar de perspectiva levemente. Necesitamos reconocer que los
acuerdos sobre metas sociales, las cuales son el objetivo de los bienes
públicos, se logran más fácilmente entre los pobres
que entre los pobres y los ricos. Los ricos, por ejemplo, no tienen
el mismo interés por un seguro social nacional que los pobres.
En vez de posponer la satisfacción de las necesidades urgentes
de los menos favorecidos, es quizá más sabio enfocar nuestra
atención sobre los problemas comunes de la gran mayoría.
También se debe tomar en cuenta la división entre los
Estados y las mayorías que viven en ellos. Los Estados con frecuencia
se ponen de acuerdo entre ellos sobre cuestiones de riqueza y poder
mientras están en desacuerdo con las mayorías en su interior.
Nuevamente, en vez de posponer la satisfacción de las necesidades
urgentes de quienes tienen poca influencia política, se haría
bien en adoptar la perspectiva de quienes se encuentran en esta posición.
Es posible remover los obstáculos que presenta la exigencia de
un acuerdo total si nos concentramos en los problemas comunes de la
mayoría de personas a lo largo del planeta.
Con lo
anterior se cambia la perspectiva de un acuerdo universal elusivo a
un acuerdo mayoritario más plausible. Necesitamos este cambio
no sólo porque el acuerdo total a lo largo del mundo es elusivo,
sino además porque muchas de las mismas divisiones hacen que
el acuerdo sea elusivo aun dentro de un mismo país. El cambio
requerido es entonces pasar del consenso a un punto de vista mayoritario.
Los ricos y los poderosos, ya sea a nivel nacional o global, con frecuencia
se verán por fuera del punto de vista mayoritario; sin embargo,
tienen los recursos para intentar evitar su desarrollo, y de fallar
en esto, de anular el mandato de las mayoría de los más
vulnerables. Quienes tienen menos riqueza y poder no necesitan pedir
disculpas por defender su punto de vista social mediante la implementación
de bienes públicos nacionales o mundiales. Lo que sí requiere
de una disculpa es que rara vez se les ha dado la oportunidad de lograrlo.
Hay muchos
ejemplos a nivel mundial donde los acuerdos amplios han perdurado a
pesar de los esfuerzos de las corporaciones y los Estados por socavarlos.
El deseo de tener una fuente de agua segura y al alcance económico
de todos es una meta generalizada a lo largo del mundo. Esta meta requiere
tratados internacionales que más protejan la distribución
de agua de las transnacionales predadoras y establezcan su distribución
equitativa a través de las fronteras. También existe el
deseo generalizado de tener acceso a servicios de salud adecuados, lo
cual no se realizará hasta que las naciones del mundo puedan
hacer parte de un sistema internacional que tenga los fondos suficientes
para distribuir los recursos que mejoren los servicios de salud. Un
comité de la Organización Mundial de la Salud encabezado
por Jeffrey Sachs, ha estimado que se pueden salvar ocho millones de
vidas cada año a un costo de cien billones de dólares.
El efecto difusión en términos de ingresos producidos
por estas personas al estar sanas sería del orden de los ciento
ochenta y seis billones de dólares. Se podría seguir dando
ejemplos en áreas como la educación, la paz, el desarrollo
sostenible, y la seguridad laboral donde ya existen acuerdos amplios
a escala mundial. Los grandes opositores son las transnacionales y los
Estados que las cortejan.
Lo que
hace falta es la movilización de mayorías mundiales para
crear los bienes públicos que ayudarán a alcanzar las
anteriores metas. Por supuesto, existe una fuerte oposición no
sólo con referencia a los acuerdos sino también a la movilización.
Esta oposición ha sido instrumental en evitar que los acuerdos
amplios se conviertan en acciones y en la actualidad está presionando
el establecimiento de un Acuerdo General de Comercio de Servicios que
obligaría a cualquier país miembro de la Organización
Mundial del Comercio a no discriminar en contra de las corporaciones
extranjeras que quieran tomar el control de la distribución del
agua, los servicios de salud, la educación, o casi cualquier
otro servicio que tenga una nación.
Con la
existencia de unas mayorías que favorecen la consecución
de las metas sociales necesarias para darle seguridad a su existencia,
los ataques a estas metas y a su implementación pueden ser considerados
antidemocráticos. La respuesta de estas mayorías no debe
debería ser el abandono de la democracia, a menos que las élites
recurran a la fuerza en contra de ellas. Las mayorías, en cambio,
deberían tomar plena ventaja de la democracia mediante movilizaciones
que las lleve a inclinar la balanza de poder en las instituciones democráticas
en su favor. De esta forma, el nuevo concepto de bienes públicos
mundiales puede ser implementado en la ausencia de un consenso universal
por medio de una mayoría. Así, el poder del neoliberalismo
será recortado mediante los bienes públicos mundiales,
pues esos bienes apuntan hacia metas sobre las cuales existe un amplio
acuerdo, en vez de un acuerdo entre miembros de una élite. Se
construyen sobre la base de acuerdos y no mediante el cálculo
del efecto de difusión. Finalmente, dependen del compromiso cosmopolita
de grupos no gubernamentales para hacerle contrapeso al auto-interés
de los Estados.
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