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¿ES CAPITALISTA EL IMPERIALISMO?
Ross Gandy*
Universidad Nacional Autónoma de México
“Hoy
vemos que se extiende el capitalismo reforzado y sin frenos por el mundo.
. . . Ha caído el descrédito sobre la idea misma de socialismo,
entra otras razones por los desastres en los países que usaban
el nombre de ‘socialistas’ y la caída de esos regímenes.
Tenemos que reivindicar una vez más la idea de socialismo”.
— Adolfo Sánchez Vázquez y Adolfo Gilly (La
Jornada, 23 de enero de 2004, 19)
TESIS:
Esta opinión de dos de los teóricos más destacados
de la izquierda de Amércia Latina es general. Es un grave error
que todos compartimos. Decir que el capitalismo es casi universal y
denunciarlo como el enemigo no es correcto y hace daño. El poder
del capitalismo está encogiendose, es un reliquia. Debemos eliminar
la palabra “capitalismo” de nuestro vocabulario cuando atacamos
al neoliberalismo, a las transnacionales y a su programa globalizador.
Desde el punto de vista teórico y desde el punto de vista propagandístico
es erróneo hablar del “capitalismo” como el enemigo
principal. También hace daño abogar por el “socialismo”,
aunque ¡claro que la colectivización de la propiedad es
la meta de la izquierda revolucionaria! Pero debemos evitar la palabra.
El concepto
de clase socioeconómica todavía es útil, pero hay
que actualizarlo. Hay que actualizarlo porque Adam Smith, James Madison,
David Ricardo, Carlos Marx y John Stuart Mill estaban analizando la
sociedad de mercado del siglo XVIII y del siglo XIX. En el siglo XVIII
la mayoría de las empresas tenían no más de 20
obreros; en los años 1840s hasta 50 obreros; ya para 1873 la
fábrica más grande del mundo, una fábrica de textiles
en Manchester donde Federico Engels era socio de los dueños,
esta fábrica solamente tenía 300 obreros. En los años
1850s las empresas estaban bajo la dirección del dueño
o una familia de socios. Ya para los 1860s un pequeño estrato
de supervisores, contadores y capataces surgía y las sociedades
anónimas se organizaban. Pero el capitalismo competitivo todavía
existía con propietarios-gerentes poseyendo las fábricas
como su propiedad privada y el mercado libre predominaba.
Estamos
dos siglos más allá de los pensadores de la economía
clásica. En el siglo XXI la situación ha cambiado: en
los Estados Unidos 10,000,000 de microempresas, pequeñas empresas
y medianas empresas solamente representan 25 porciento de la producción
industrial. Por ejemplo, una mediana empresa que produce software
especializado para la industria, una pequeña empresa de construcción
que construye casas residenciales, una empresa que fabrica un producto
para la limpieza y el manteniminto de los autos, una pequeña
empresa que produce y repara válvulas para el uso industrial,
un taller que ensambla comptuadoras a bajo costo. En los servicios las
micro y pequeña empresas representan un poco más de 25
porciento : restaurantes, lavanderías, tienditas, florerías,
tintorerías, guarderías, servicios de plomeros, salones
de belleza, talleres mecánicos, clinicas veterinarias, un servicio
de consultoría de proyectos de alta tecnología, un servicio
de transporte de carga, una pequeña empresa de servicio financiero,
un ministro evangélico que está escribiendo e imprimiendo
decenas de miles de sermones acerca del fin del mundo para satisfacer
las necesidades religiosas del pueblo.
Relativamente
pocas empresas transnacionales (con decenas de miles de obreros) como
los gigantes de la “Fortune 500” representan 75 porciento
de la producción industrial y cada empresa es la propiedad colectiva
de tal vez un millón de accionistas—los directores de la
empresa no la poseen como propiedad privada. No, y tampoco
están expuestos estos gigantes a los vientos del mercado libre:
practican la planificación parcial y reciben protección
y subsidios del Estado cuando son necesarios. Pero, si la propiedad
privada y el mercado libre faltan, ¿que clase de sistema económico
es? No es el sistema que analizó Adam Smith y Carlos Marx. ¿Es
capitalismo?
Cuando
Marx estaba envejeciendo, el capitalismo entró en una época
de transición. En el capítulo XXIII del tercer tomo de
El Capital Marx comprendió que un nuevo estrato social
estaba surgiendo, los gerentes de las sociedades anónimas—concentraciones
de capital colectivo. “Ya no son los capitalistas industriales,
sino los gerentes industriales quienes constituyen el alma de nuestro
sistema industrial”. En el capítulo XXVII observó
que las sociedades anónimas (con 300 obreros) son “una
fase transitoria hacia una nueva forma de producción”.
Las capas medias sociales estaban creciendo continuamente y convirtiendose
en una nueva categoría social. En Teorías de la plusvalia,
una obra que pocos marxistas leen, Marx escribió lo siguiente:
“Lo que se le olvida a Ricardo es el número de las clases
medias en aumento constante, las que están entre el obrero y
el capitalista. Las clases medias se mantienen cada vez más de
las entradas”, o sea, de los buenos sueldos (cap. XVIII, sec.
81d). También Marx dice: “Malthus espera que la clase media
crezca y que el proletariado disminuya continuamente como proporción
de la población total (aunque crezca en términos absolutos).
De hecho, ésta es la tendencia de la sociedad burguesa”
(cap. XIX, sec. 14). ¡El proletariado crecía lentamente
y la clase media crecía más aprisa! Marx no sacó
la conclusión que sí era evidente una generación
después, que una nueva clase socioeconómica estaba formandose—la
burocracia gerencial. Esta clase poseía un nuevo factor de producción—la
organización.
A finales
del Libro I de La riqueza de las naciones Adam Smith explica
que hay tres factores de producción que entran en el proceso
productivo que nos da los bienes que necesitamos. Son el trabajo, la
tierra y el las máquinas que poseen las tres clases—los
obreros, los terratenientes y los capitalistas. En el capítulo
VII de su primer tomo Marx sigue este análisis y en el último
capítulo del tercer tomo explica que los tres factores están
poseídos por las tres clases fundamentales de la sociedad: los
obreros, los terratenientes y los capitalistas. Después de 1873,
el año en el que la nueva máquina de escribir de Remington
mecanizó el trabajo de los oficinistas, surgieron pirámides
de organización económica en los países avanzados—las
grandes empresas industriales. Estas sociedades anónimas eran
la propiedad colectiva de los accionistas. En la cumbre estaban los
directores, en un segundo nivel los ingenieros y contadores. En un nivel
más proletario los oficinistas, mecanógrafos, archivistas,
pagadores, mensajeros, secretarias y, finalmente, una masa de miles
de obreros. En 1890 el economista más destacado de la época,
el barbado Alfred Marshall de Cambridge University, publicó su
gran obra, Principles of Economics. Marshall agregó
un cuarto factor de producción a los tres de la economía
política clásica, el factor organización.
Hasta
los 1870s el capitalista individual que poseía la empresa como
su propiedad privada la administraba con la ayuda de algunos dependientes
y capataces: con frecuencia él mismo llevaba los libros de contabilidad
de su peqeña fábrica. De los líderes empresariales
norteamericanos nacidos entre 1831 y 1875 solamente dos terceras partes
tenían una educación de preparatoria. No se necesitaba
más: una persona inteligente que sabía leer podía
manejar la empresa. Pero con la “centralización”
de las empresas en “concentraciones” cada vez más
grandes, para usar los términos de Marx, mucho del trabajo administrativo
cayó a un nivel de gerentes medios, expertos y funcionarios.
Ya para 1900 había facultades de Administración de Empresas
en Harvard, en Dartmouth, en Pennsylvania y en Inglaterra, había
hasta escuelas de postgrado en business con revistas de investigación
y había asociaciones de profesionistas. Dos terceras partes de
los gerentes nacidos entre 1875 y 1920 habían asistido a una
universidad. Institutos politécnicos y agrónomos empezaron
a producir ingenieros. Ya para 1925 había 183 instituciones de
educación superior dando clases a la nueva élite gerencial.
“The business of America is business!” llegó
a ser la consigna de millones. Estaban aprendiendo a utilizar “la
organización”.
En 1900
cien mil máquinas de escribir estaban funcionando en los Estados
Unidos. Este trabajo rutinario se dejó a las mujeres. Las oficinistas
estaban cerca de la gran base de la pirámide, donde los obreros
manuales marchaban para acá y para allá como miles de
hormigas, también con trabajos aburridos. Todos éstos
eran los organizados. Los mismos procesos de organización
ocurrían en Europa.
De modo
que cuando Alfredo Marshall escribió su obra monumental Principles
of Economics en 1890, consideró los factores de producción
de los economistas clásicos—el trabajo, la tierra y el
capital físico—y agregó un cuarto factor: la organización.
El profesor de Cambridge era el teórico más brillante
de su época. (Según los chismes de los historiadores,
al lado de cada gran hombre hay una mujer: Mary Marshall era el cerebro
en este equipo.)
Entre
1885 y 1910 la teoría de la gerencia científica fue inventado
por Frederick Taylor: dividió los trabajos manuales en unidades
de tiempo y los convirtió en rutinas miserables de eficiencia
fantástica. Desde su juventud Taylor había contados sus
pasos, midiendo el tiempo que tomaba para rasurarse y bañarse,
analizando sus movimientos para hacerlos más eficaces. ¿Neurótico?
Sí, pero sabía aumentar la productividad. El Taylorismo
llegó a ser la filosofía de los gerentes del siglo XX.
El Fordismo
levantó su cabeza productiva: miles de obreros se paraban en
la línea de ensamblaje con las manos volando y los ojos vacíos.
Henry Ford proclamó que “cualquier cliente puede tener
un coche pintado del color que prefiere, siempre a condición
de que sea negro”. Ordenó que todo en sus fábricas
se moviera continuamente y envió el trabajo al hombre en lugar
de mandar al hombre al trabajo.
En los
años veinte la contabilidad llegó a ser una profesión
de peritos. La gerencia la convirtió en el análisis y
el control. En la misma década la gerencia desarrolló
la planificación empresarial con las estadísticas. Analizó
la distribución y la comercialización de los productos
e inventó la mercadotecnia.
En 1932
Adolf Berle, un abogado que llegó a la Academia desde afuera
con nuevas hipótesis, publicó su obra clásica The
Modern Corporation and Private Property y demostró que las
200 empresas industriales más grandes de los Estados Unidos dominaban
la economía. La revolución gerencial avanzaba a pasos
gigantescos.
Las enormes
empresas tenían burocracias de administradores en dos niveles,
desde la alta burocracia de los presidentes y vice presidentes con jugosos
sueldos, pasando abajo a la pequeña burocracia de los jefes de
división, los ingenieros, los mercadotécnicos, los economistas,
los contadores, los diseñadores y los abogados—con sueldos
más modestos pero buenos. En un nivel proletario estaban los
archivistas, los mensajeros, las recepcionistas, los mecanógrafos,
los pagadores y las telefonistas con bajos salarios, como los de los
obreros manuales.
Bureau
significa en francés “escritorio”, y cada burócrata
tiene su escritorio, símbolo de su pericia. Los altos burócratas
poseen el cuarto factor de producción—la organización.
Esta fuerza de cerebro la adquieren en las universidades y la venden
por un sueldo alto, exactamente como los obreros venden su fuerza de
trabajo por un salario bajo. La burocracia es la nueva clase economicamente
dominante del siglo veinte.
Max Weber,
el sociólogo histórico más destacado de Europa,
predijo que el siglo veinte sería “die Diktatur der
Bürokratie”.
He hablado
de la organización como el cuarto factor en el proceso productivo.
Pero la organización es solamente un componente del cuarto factor
y necesitamos una noción más amplia para expresar nuestro
concepto adecuadamente. De aquí en adelante concebimos el cuarto
factor como LA PERICIA. La pericia adquirida mediante la educación
superior tiene muchos componentes. Ejemplos: la investigación
en los laboratorios de biotecnología, informática, nanotecnología,
y energía solar, el conocimiento expecializada como la ley corporativa
o la estrategia militar, la ciencia social como la economía o
la sociología, la dominación del estudio de las relaciones
internacionales, el “know how”de los video-periodistas,
la organización de las empresas gigantescas. El último
componente fue importante en el pensamiento económico neoclásico.
Los burócratas
profesionales y gerenciales en las tecnoestructuras de las empresas
gigantescas que producen el grueso del excedente en la economía
de hoy influyen directamente en los profesionistas en el ejecutivo del
gobierno de los Estados Unidos. Los peritos empresariales también
financían las campañas de los políticos profesionales
que quieren ser senadores y gobernadores de los Estados de la Federación.
Y cuando 200 presidentes corporativos de la Business Round Table
mandan un mensaje al Presidente de la República, este hombre
se despierta y presta atención. Cuando 300 Company Executive
Officers telefonean al secretario de la Tesorería, pidiendo
que el Presidente se olvide de una propuesta de ley impositiva, el Primer
Mandatario esconde el borrador de la ley en un cajón de su escritorio.
Cuando la élite corporativa se organiza para presionar al Presidente
para que movilice al Congreso para aprobar el NAFTA, la Casa Blanca
marcha hacia la batalla. Cuando la mayoría corporativa de los
cabildos en la Calle K en Washington aboga por una ley, la propuesta
sale del comité del Senado y pasa al debate sin demoras. Hay
una puerta giratoria entre las transnacionales y el Gabinete ejecutivo:
los directores caminan por una calle de dos sentidos. Un estudio típico
descubrió que en 1970 el 40 porciento de los 3,500 directores
de las empresas norteamericanas más grandes había ocupado
puestos en las alturas del gobierno por un tiempo.
En el
gobierno norteamericano los profesionistas corporativos y los políticos
profesionales colaboran con los burócratas militares. El alto
mando del Pentágono constituye una tercera fracción de
la nueva clase dominante. Los generales y los almirantes tienen escritorios,
símbolos de su capacidad para organizar tremendas fuerzas armadas
y también chupan el excedente económico mediante sueldos
altos. Cuando se reune el Consejo de Seguridad Nacional, el Jefe del
Alto Mando está presente y participa en las decisiones importantes.
Una fracción
subordinada de la nueva clase dominante de profesionistas está
constituída por los altos administradores y los académicos
de las universidades de élite tal como Harvard, Yale, Princeton,
MIT, Michigan, Chicago, Texas, Stanford y California. También
los rectores y decanos de las universidades con sus equipos de funcionarios
tienen sus escritorios y organizan la docencia para que los alumnos
aprendan la ideología de la sociedad y las técnicas necesarias
en la producción. En las “fábricas de conocimiento”
los estudiantes adquieren el cuarto factor de producción—la
pericia. Aprenden la gerencia, la administración de empresas,
la sociología industrial, la publicidad, la ingeniería,
la ley de empresas, la economía, la administración pública,
las ciencias sociales, el conocimiento de las profesiones liberales,
la medicina y la ley, la comunicación social, en fin, las disciplinas
de los profesionistas.
Otra fracción
subordinada de la nueva clase son los ejecutivos de un puñado
de empresas gigantescas que controlan la mayor parte de las estaciones
de la radio y de la televisión, los periódicos, las revistas,
las casas editoriales y las películas—empresas como Time
Warner, Disney y American Telephone and Telegraph. Los editores y los
redactores de periódicos, los ejecutivos, los directores, los
comunicólogos y los locutores de los medios masivos (ABC; CBS;
NBC) que elaboran las noticias son los organizadores de la manipulación
de la opinión pública. Desde sus escritorios colaboran
con la división de Relaciones Públicas del Presidente,
que todos los días pone videos bien preparados a disposición
de las emisoras de televisión. Así se producen las noticias
de la noche.
Otra fracción
subordinada de la nueva clase es la burocracia sindical de la AFL-CIO.
Estos burócratas, que también chupan el excedente mediante
sueldos astronómicos, parcialmente representan a los trabajadores
de la aristocracia obrera para desempeñar su papel verdadero
como sus gerentes. Los sueldos y prebendas de los jefes laborales les
dan mucho en común con la tecnoestructura corporativa. Exactamente
como la tecnoestructura organiza la producción, como los políticos
organizan el gobierno, como los generales organizan las fuerzas armadas,
como los rectores organizan las universidades y como los comunicadores
organizan los medios masivos, los líderes sindicales organizan
a los trabajadores. En los sindicatos, los presidentes y secretarios-tesoreros
han aceptado el Taylorismo y la filosofía de la tecnoestructura.
Los jefes sindicales son los gerentes de los obreros.
Los Estados
Unidos es el país más avanzado en la evolución
socioeconómica y les enseña a los otros países
una imagen de su propio futuro. La nueva clase dominante burocrática
tiene seis fracciones: gerencial, política, militar, educacional,
comunicativa y sindical. El núcleo lo constituyen los directores
de las empresas transnacionales, los políticos de la rama ejecutiva
del gobierno, y los generales del Pentágono.
Cada gran
organización transnacional es un sistema de planificación
parcial: la empresa planifica el flujo de materias primas mediante la
captura de las fuentes, planifica el abasto del equipo mediante la conglomeración,
planifica la producción con sus ingenieros en la línea
de ensamblaje, planifica los salarios colaborando con los sindicatos,
planifica el mercado para sus productos mediante la mercadotécnia,
planifica la demanda con la publicidad, planifica los precios usando
“gentelmen´s agreements”, planifica el intercambio
internacional comerciando con sus filiales, planifica el financiamiento
de la empresa con los banqueros, planifica la estrategia de nuevos productos
con sus economistas, planifica la legislación estatal favorable
a sus intereses mediante sus cabildos.
Existe
una competencia entre las 300 “globocorps”, las empresas
más grandes de nuestro mundo que dominan 75 porciento del comercio
internacional. Pero también, paradojicamente hay acuerdos y entendimientos
entre ellas, arreglos y “backscratching”, toda clase de
“gentlemen´s agreements” y tratos informales, alianzas
estratégicas y acuerdos de subcontratación, redes de colaboración,
carteles secretos y pautas gubernamentales acerca de “market entry”
para empresas nacionales con operaciones internacionales.
Pueden
conseguir subsidios, como hicieron las empresas agrícolas internacionales.
Pueden obligar a los gobernantes a protegerlas, como la Chrysler y la
Ford impusieron aranceles al Lexus 400 de Toyota. Pueden conseguir “bailouts”
de 500 mil millones de dólares como recibieron las Compañías
de Ahorro y Préstamo en los Estados Unidos a finales de los ochentas
y a principios de los noventas. Cada año el gobierno regala a
las grandes empresas miles de millones en la forma de exenciones de
impuestos, apoyos a los precios, garantías de los préstamos,
pagos en especie, subsidios a los exportadores, tasas de seguro subsidiados,
servicios de “marketing”, programas de irrigación
y dotaciones para la investigación.
El
sistema de mercado. Los millones de pequeñas empresas
nadan en el mar de la libre competencia. Esta producción capitalista
predominaba en el siglo diecinueve en el Norte industrializado y todavía
pulula en los países de América Latina, Africa y Asia.
En el Tercer Mundo el “sistema de mercado” ocupa la mayoría
de los asalariados. Pero esta sociedad capitalista desangra bajo los
golpes de la sociedad burocrática que la está invadiendo
en la forma de las transnacionales. Hay miles y miles de quiebras, la
marginación permanente de los desempleados y la ruina de las
capas medias.
El
sistema de planificación. Las miles de empresas transnacionales
son grandes pirámides de organización que pueden planificar
parcial pero eficazmente sus operaciones e influir directamente en el
Estado burocrático. Las grandes empresas, que son propiedad colectiva,
compiten entre sí, pero también colaboran entre sí:
hay fusiones, alianzas, consorcios, carteles secretos, intercambios
de pericia, acuerdos acerca de precios en distintos mercados nacionales—la
planificación informal de la sociedad burocrática.
EL
LIBRE COMERCIO—ésta es la consigna de la sociedad
gerencial burocrática en el Norte para quitar las barreras arancelarias
de la política de sustitución de importaciones en el Sur.
El libre comercio abre el Sur a los superiores productos de masa importados,
lo que entraña la ruina de las pequeñas industrias locales
y artesanales y el triunfo de las grandes empresas norteamericanas:
así capturan nuevos mercados y así Washington puede apretarse
más los cordones de su zapato latino. “Aquí,”
escribe John Kenneth Galbraith, “tenemos la forma verdadera del
imperialismo contemporáneo”. (La frase del destacado economista
institucional de los Estados Unidos se puede encontrar en la página
175 de Economics and the Public Purpose, editado por Houghton en Boston
en 1973.)
Bajo el
neoliberalismo en México el crecimiento que ha habido fue en
la plataforma exportadora—solamente uno porciento de las empresas
industriales, un porcentaje de la economía constituído
principalmente de 300 Titanics semimaquilas que importan sus insumos
y exportan los productos. Ya que importan sus insumos y exportan los
productos, los Titanics no jalan las numerosas lanchas del “sistema
de mercado”: los neoliberales no tienen una política industrial
de conectar los Titanics a las lanchas (como sí se ha hecho en
Italia del norte). Casi no hay asesoría técnica que le
enseñe a una lancha a proporcionar materias primas a un Leviatán:
la política de laissez-faire no permite a los neoliberales intervenir
en la economia. La política de atraer la inversión extranjera
directa tampoco permite a los neoliberales requerir la cooperación
de las empresas transnacionales para mantener las cadenas de producción
que ya existen. Las empresas extranjeras insisten en su libertad de
maniobrar en la economía. Volkswagen canceló su contrato
con una pequeña empresa mexicana que le proporcionaba balatas
de alta calidad porque el gigante alemán decidió importarlas
de su filial en Ghana. ¿Por qué tomó esta decisión?
Volkswagen explicó: no tenemos nada en contra de las balatas
mexicanas, sencillamente queremos favorecer a nuestra propia empresa
en Africa.
El 98
porciento de las empresas industriales está excluído del
crecimiento dinámico de las exportaciones: pequeñas compañías
de bienes manufacturados, empresas chicas de construcción, firmas
artesanales de propiedad familiar. Todo esto más cientos de miles
de empresas de servicios constituyen el “sistema de mercado”.
La ley
de la oferta y la demanda aparece en la metáfora de “la
mano invisible” que mantiene el mecanismo delicado del mercado
balanceado. El modelo presupone que los empresarios sean capitalistas
y que tengan un conocimiento adecuado del mercado y que se comporten
racionalmente. El resultado es un “sistema de mercado” en
equilibrio. La oferta se ajusta a la demanda y al revés: finalmente
los precios reflejan el valor de cada mercancía: un péndulo
se detiene en el mismo punto por muy amplia que sea su oscilación.
Cuando el Estado toca el mecanismo delicado, el equilibrio se pierde.
Entonces la única política racional es “laissez-faire”—manos
afuera.
Los economistas
académicos y los directores transnacionales han leído
esta tesis en una Biblia sagrada—La riqueza de las naciones
de Adam Smith, editado en 1776. Son creyentes. Su fe en una cualidad
mágica—”la mano invisible”—es mucho más
importante que la realidad del siglo XXI, la predominación del
“sistema de planificación”. Además de su Biblia,
los economistas académicos y los directores transnacionales tienen
un móvil inconsciente para propagar la tesis como ideología:
la necesidad de un disfraz. En la prensa, en los trabajos académicos
y en los mensajes sociales de los altos directivos, el “sistema
de planificación” se describe como “la iniciativa
privada”, “el mercado libre”, “el capitalismo
triunfante”, “la libre empresa”, “la magia del
mercado”, y “el sector privado”. Los directores predican
su mensaje a la clase media de pequeñas empresas:
“Oigan,
Ustedes del ‘sistema de mercado’, nosotros de las grandes
entidades colectivas no somos otro sistema con otros intereses, no los
amenazamos a Ustedes, somos nada más que capitalistas privados
y compartimos sus intereses”.
En la lucha
de clases la ideología de “todos los productores tenemos
los mismos intereses” ayuda a ganar el apoyo de los pequeños
capitalistas para los directores transnacionales. A lo largo de la historia,
las clases dominantes siempre han interpretado sus intereses como el
interés universal.
Los grandotes
se engañan a sí mismos, para poder engañar a los
pequeños y comerselos facilmente.
A veces
hay uno que no se engaña, como uno de los 358 hombres más
ricos del mundo, George Soros, en la página 136 de su bestseller
La crisis del capitalismo global, editado en 1999 por Plaza
Janes. “El sistema”, escribe el famoso financiero, “
exhibe algunas tendencias imperialistas . . .está empeñado
en la expansión. No puede descansar en cuanto exista algún
mercado o recurso que permanezca sin incorporar. En este sentido, presenta
escasas diferencias con respecto a Alejandro Magno o Atila el huno”.
Soros, un discípulo del filósofo Karl Popper, tiene la
capacidad de pensar con una actitud crítica. (Dice Soros que
su actividad especulativa es inmoral pero que eso no importa porque
su filantropía es--¡moral!)
Pero casi
siempre las tendencias imperialistas del sistema transnacional son inconscientes.
Los directores no se imaginan a sí mismos como imperialistas.
Generalmente los líderes del sistema predican que el libre comercio
es la salvación para todos, que es el motor del desarrollo de
los países pobres, que es la libertad.
Soy afiliado
de la American Society, una organización social de los gerentes
transnacionales en la Ciudad de México y escribo artículos
sobre la cultura mexicana para su revista mensual, Amistad.
Con frecuencia hablo con estos directores en eventos sociales—cenas,
recepciones, picnics, fiestas, conferencias, reuniones con el embajador
norteamericano—que la American Society patrocina. Los gerentes
son simpáticos, son filántropos que regalan dinero a las
caridades, son creyentes que hablan de la voluntad de Dios, son idealistas
que piensan que están en México para desarrollar al país
y disminuir la pobreza y la miseria del pueblo.
La
esencia de toda ideología es el autoengaño.
(Pobre
George Soros. El europeo es tan inteligente que no puede engañarse
a sí mismo como los directores norteamericanos lo hacen. De modo
que George regala más dinero que nadie para tener la conciencia
tranquila.)
A veces
el Estado (en un momento de autonomía relativa) tiene que representar
al interés público contra el interés de un gigante
irresponsable e imponerle la regulación ecológica o laboral.
Entonces, los altos directores—discípulos de Adam Smith—pueden
gritar las consignas del “laissez-faire”. ¡Abajo con
la regulación que nos molesta!
Los ideólogos
gerenciales rugen sus amenazas: ¡”Manos afuera”! “Big
Government—ahí está el mal de nuestro tiempo”,
“El problema es el ineficiente sector público; solamente
el sector privado es realmente productivo y nosotros somos el sector
privado: si hay problemas de desempleo e inflación, el gobierno
tiene la culpa”.
Con esta
ideología que disfraza las enormes concentraciones de propiedad
colectiva como si fueran pequeñas empresas capitalistas de propiedad
privada, General Motors, General Electric y General Dynamics movilizan
el apoyo de las masas para la política de “laissez-faire”:
si el gobierno deja a los Generales en paz, la magia del mercado traerá
la estabilidad. La mano invisible impondrá el equilibrio. El
Estado, guardián de la mano invisible del mercado, solamente
tiene una función legítima: la defensa de los Generales
contra sus enemigos.
Pero,
¿cuál es la realidad? ¿La propiedad privada? Un
millón de accionistas poseen la Ford como propiedad colectiva.
Sears, la enorme empresa mercantil, está totalmente en manos
del fondo de pensiones de--¡sus empleados! En los Estados Unidos
los fondos de pensiones de los empleados poseen 40 porciento de las
acciones y las demás son de fondos mutuos, aseguradoras y bancos—instituciones
de propiedad colectiva. Con frecuencia en un gigante transnacional hay
un millón de accionistas.
Los modelos
de los economistas neoliberales son como castillos de fantasía
en El Libro de Amadís: estos ideólogos no hacen
ciencia, sino ciencia ficción. La ideología neoliberal
del “sector de planificación” ha dominado las administraciones
del senil Reagan, del belicoso Bush, del sensual Clinton y del funnydumbmentalist
George W. Después de una ofensiva ideológica internacional,
en los años noventa Washington y las transnacionales finalmente
convencieron a los gobernantes nacionalistas y populistas de América
Latina que el neoliberalismo era la solución de sus problemas
económicos. Fue fácil: los políticos son ignorantes.
Convencieron
a las clases medias de pequeños empresarios capitalistas en cada
país: “todos somos capitalistas”. Fue fácil:
las clases medias no saben nada.
Pero en
las universidades federales los nacionalistas y marxistas también
aceptan elementos de la ideología transnacional. Por ejemplo,
los marxistas les dicen a todos que el capitalismo es (casi) universal
y que las transnacionales son capitalistas. Así, sin darse
cuenta, apoyan a la ideología reaccionaria de sus enemigos.
El discurso
nacionalista y marxista que ataca al “capitalismo” asusta
a los pequeños empresarios de la clase media en América
Latina. Suponen que ellos son el blanco verdadero de la oposición
al neoliberalismo. Decir lo contrario no quita las sospechas. Esto explica
( en parte) el comportamiento reaccionario de las clases medias que
apoyan a sus opresores transnacionales y a los gobernantes que favorecen
a los gigantes.
Sería
mejor eliminar la palabra “capitalismo” de nuestro discurso
y hablar del “sistema transnacional.”
¿De
veras?
A principios
del capítulo X del primer tomo de El Capital Marx explica
que la clase que posee los factores de producción principales
es la clase dominante. Esta clase obliga a los trabajadores a producir
un excedente para los propietarios, no importa que sean "aristócratas
atenienses, teócratas etruscos, ciudadanos romanos, barones normandos,
eclavistas norteamericanos, boyardos válacos, señores
feudales o capitalistas modernos". En el penúltimo capítulo
del tomo III Marx define el excedente económico como lo que sobra
después de que los trabajadores han producido su subsistencia
y reemplazado las herramientas y el material gastados. La clase economicamente
dominante se lleva la mayor parte del excedente. En el siglo dieciocho
los economistas franceses inventaron el concepto del excedente económico
y fue utilizado por Adam Smith, David Ricardo, Carlos Marx y los economistas
institucionales contemporáneos. En el capítulo IX del
primer tomo Marx dice que la forma de extraer el excedente a los trabajadores
determina la formación social: en la civilización clásica
se extraía a los esclavos en la forma de trabajo forzado, en
la época feudal se extraía a los siervos en la forma de
renta de la tierra y en el capitalismo se extrae en la forma de ganancias.
En el siglo veinte el excedente tomó una nueva forma y vivimos
en un nuevo modo de producción burocrático con su forma
de organización política y racionalidad administrativa
correspondiente.
La clase
social que toma la mayor parte del excedente económico es la
clase dominante. Sabemos que los grandes capitalistas que cortan cupones
y reciben dividendos no han desaparecido de la sociedad y que también
hay millones de pequeños empresarios que todavía son capitalistas
clásicos viviendo de las ganancias de sus negocios chicos. Entonces,
¿como sabemos que la nueva clase profesional toma la mayor parte
del excedente económico en la forma de sueldos altos?
Donald
Clark Hodges, investigador en la Facultad de Ciencias Políticas
de Florida State University en Tallahassee, es un anarquísta
que ha publicado varios libros con casas editoriales universitarias
analizando la burocracia. Los siguientos datos y el razonamiento se
encuentran en el capítulo II de America's New Economic Order,
editado por Avebury en 1996 simultaneamente en Inglaterra, en los Estados
Unidos, en Hong Kong, en Singapur y en Australia . Cada año en
los Estados Unidos el Bureau of the Census publica el Statistical
Abstract. Cada año hay una cifra que representa la suma
de todos los salarios y sueldos--ésta es el Sueldo Total. El
Salario Mínimo representa la subsistencia, y si lo multiplicamos
por el número de gente recibiendo remuneración por trabajo
de cualquier clase, desde el Presidente hasta el portero, tenemos el
Salario Básico. Si restamos el Salario Básico del Sueldo
Total tenemos el Sueldo Excedente. La aristocracia obrera de la AFL-CIO
percibe una pequeña parte del Sueldo Excedente. Pero, ¿cuánto
percibe la clase profesional? Ahora al Sueldo Total entre el número
de todos los empleados que reciben una remuneración desde el
Presidente hasta el portero y resulta el Sueldo Medio. (Si cada empleado
en los Estados Unidos recibiera el Sueldo Medio, desde el Presidente
hasta el portero, los norteamericanos vivirían en una sociedad
igualitaria sin explotación--una república de iguales.)
Ahora, si restamos el Sueldo Medio del Sueldo Total, tenemos la parte
del Sueldo Excedente que la clase profesional y burocrática percibe
en la forma de sueldos altos. Desde 1965 el tamaño de esta
parte ha superado el monto total de las ganancias, de los intereses
y de los dividendos de los capitalistas.
La clase
burocrática profesional toma el grueso del excedente económico.
Con este razonamiento estamos hablando de la economía real. La
economía de papel--los juegos de los especuladores en los mercados
internacionales de divisas, de bonos y de acciones, estos mercados con
sus oscilaciones psicóticas, movimientos espasmódicos,
corridas especulativas que dan lugar a devaluaciones profundas y las
burbujas, pánicos y colapsos del "capitalismo casino"--no
nos interesa todo esto. Puede desaparecer la economía de papel
de la noche a la mañana en otro gran Crac como el de 1929. La
economía de papel se basa en algo real. La economía real
tiene que ver con la producción y sobretodo nos interesa la producción
de un excedente. La discusión de la economía real gira
alrededor del excedente económico.
Vivimos
en un sistema postcapitalista.
¡Pero
todo el mundo sabe que el capitalismo es universal! Sí. En el
siglo XV todo el mundo sabía que la tierra era plana, en el siglo
XVI todos sabían que el cuerpo humano contenía cuatro
humores, en el siglo XVII todos sabían que era posible transformar
el plomo en oro, en el siglo XVIII todos sabían que las especies
biológicas eran inmutables, en el siglo XIX todos sabían
que la materia se constituía de átomos indivisibles, en
el siglo XX todos sabían que el éter luminífero
permeaba el espacio.
En el
siglo XXI todos saben que el capitalismo es universal. Y lo saben porque
los sociólogos funcionalistas, los politólogos pluralistas,
y los economistas neoliberales lo predican en todas partes-- una ofensiva
ideológica de nuestros enemigos. Su hegemonía ideológica
se llama en inglés “the conventional wisdom”.
La
afirmación de la izquierda mundial que el capitalismo es (casi)
universal es un grave error teórico.
Si los
argumentos teóricos no convencen a los activistas de la izquierda,
queden argumentos prácticos. La izquierda dificilmente puede
ganar el apoyo necesario para su cruzada antiliberal si proclama que
su enemigo es el capitalismo y su meta es el socialismo. Pero eso es
lo que la izquierda revolucionaria proclama al mundo. Veamos de nuevo
la cita que empieza este artículo:
“Hoy
vemos que se extiende el capitalismo reforzado y sin frenos por el mundo.
. . . Ha caído el descrédito sobre la idea misma de socialismo,
entre otras razones por los desastres en los países que usaban
el nombre de ‘socialistas’ y la caída de esos regímenes.
Tenemos que reivindicar una vez más la idea de socialismo”.
Adolfo
Sánchez Vázquez y Adolfo Gilly son dos de los teóricos
y activistas revolucionarios más influyentes de América
Latina; sus artículos y sus libros se editan en los países
del Norte y del Sur del mundo. Su actitud es típica de la izquierda
revolucionaria.
Para los
pueblos de nuestro mundo contemporáneo, ataques al capitalismo
significan que el crítico está en favor del “socialismo”
y los pueblos piensan que la palabra “socialismo” se refiere
a los sistemas totalitarios de las clases burocráticas que explotaban
a las clases bajas de los países “socialistas” hasta
1989. Para casi todo el mundo, después de 1989 “el socialismo”
describe los sistemas burocráticos que todavía prevalecen
en Vietnam, Corea del Norte y Cuba--países sin elecciones y con
economías en dificultades. (Los medios oficiales informan a las
masas acerca de las tiendas vacías de Cuba sin mencionar los
logros en la salud y la educación, los medios subrayan que los
comunistas perciben sueldos cuatro veces mejores que los de los trabjadores
sin mencionar que el sueldo del Presidente de la Chrysler supera al
del obrero cuatrocientas veces.)
En los
Estados Unidos y en América Latina 90 porciento de las poblaciónes
cree en un Dios personal que gobierna al mundo. Son creyentes también
mil millones de musulmanes. Hay cientos de millones de cristianos en
Africa. Después de un siglo de propaganda occidental durante
la Guerra Fría, tachando “el socialismo” del pecado
de ateísmo, los fieles ven con malos ojos a los que predican
este sistema social. No importa que nosotros tengamos otra definición
del concepto “socialismo”, las masas lo entienden así.
Ahora,
consideremos la estratificación social en América Latina--simplificada.
En los
países de América Latina de 5 a 10 porciento de la población
se beneficia de la globalización y la transnacionalización
de sus economías. Este 10 porciento arriba percibe sueldos altos,
posee muchas acciones, paga pocos impuestos, saca capitales, se alia
al imperialismo norteamericano y domina las elecciones mediante la televisión.
Esta clase alta, la cual representa la sociedad postcapitalista, generalmente
controla la mayoría de las instituciones políticas.
En la
estratificación social, ¿qiénes constituyen el
siguiente 20 porciento? Forman la clase media los profesionistas que
trabajan por cuenta propia, los peritos en las medianas empresas, los
profesores en las universidades privadas, los burócratas políticos
del nivel medio, y los millones de pequeños empresarios. Estos
últimos son los verdaderos capitalistas, los que van a la quiebra
en su competencia con las transnacionales. En México el promedio
de vida de una pequeña empresa es dos años.
¿El
70 porciento abajo? Los obreros, los campesinos, los indígenas
y los MARGINADOS sufren la superexplotación, el hambre, las enfermedades
y la muerte. En México uno de cada tres niños padece de
la anemia debido a la desnutrición. Cada año aumenta la
marginación de las clases populares. Apenas sobreviven en la
calle: vendedores de chicles, trabajadores eventuales, los plomeros
y los albañiles buscando chamba, los cargadores en los mercados,
los boleros, los taqueros, los comefuegos, los payasitos, las trabajadoras
domésticas, las trotacalles, los fayuqeros, los pepenadores,
los comerciantes de la calle, los cerillos, los billeteros, los limpiadores
de parabrisas, los “ayudantes” en las gasolineras, los papeleros,
los vigilantes de coches, las cabareteras, las ancianas pidiendo limosna,
los músicos ambulantes, las costureras cuenta propistas, los
mensajeros, los polleros, las ruleteras, los migrantes agrícolas
siguiendo las cosechas, los carpinteros eventuales, las que te dicen
la suerte, los campesinos cultivando la amapola, los carteristas, los
“mil usos”, las Marías, los que venden la mota en
las secundarias, las sexoservidoras en los burdeles, los coyotes que
te guían por la burocracia kafkiana, los tutores que dan clases
particulares, los maestros jubilados hambreados haciendo traducciones,
los ingenieros despedidos en talleres ilegales, los transportistas de
cocaína, los licenciaditos que hacen toda clase de trabajo para
los tribunales, los arquitectos ociosos construyendo una reja, los pastores
predicamdo el fin del mundo para hacer una colecta. ¿Un panorama
desolador? No te desesperes: un bolero llegó a ser Presidente
de la República en 1994.
En la
Revolución mexicana (1910), la boliviana (1952), la cubana (1959)
y la nicaragüense (1979), 90 porciento de la población se
unificó contra una pequeñisima clase de explotadores para
derrocar al viejo régimen. La polarización de la sociedad
favoreció a los que querían el cambio social. En cada
caso se logró la unidad del 90 porciento de la población
con una ideología populista, nacionalista y multiclasista.
Pero durante
las luchas de la izquierda marxista contra los viejos régimenes
en Brasil (1968-1972), en Uruguay (1967-1971), en Chile (1970-1973),
y en Argentina (1976-1979), el 20 porciento de en medio apoyó
al 10 porciento arriba. Una parte del 70 porciento abajo o vaciló
o permaneció netural. La izquierda radical polarizó la
sociedad, pero la polarización favoreció a los explotadores.
En cada caso la izquierda predicaba una ideología clasista y
anti-capitalista. Esta ideología enajenó al 20
porciento de en medio--estratos sociales claves--y dejó a gran
parte de los de abajo indiferentes. En Chile muchas mujeres marginadas
votaron contra Allende porque temían al marxismo atea de la Unidad
Popular. (Anoche soñe con Dios y me dijo el Señor: “Yo
soy comunista”. Los intelectuales no sueñan con Dios y
todavía no saben que el Señor está con nosotros.)
La misma
tedencia se veía en las democracias electorales de América
Latina en los años noventa. El 10 porciento arriba movilizó
al 20 porciento de en medio para que lo apoyara en las elecciones y
dividió al 70 porciento abajo, ganando votos en algunas partes
y causando la abstención en otras. El 10 porciento logró
el apoyo del 20 porciento mediante la proclamación de una ideología
capitalista y confundió a muchos del 70 porciento con falsas
promesas populistas y demagogia religiosa. La oposición revolucionaria
enajenó a varios estratos del pueblo con su retórica anticapitalista.
El 29
de marzo de 2004 Vicente Fox pronuncó un discurso ante la CANACINTRA,
la organización de los pequeños y medianos empresarios.
El Presidente Fox dijo: “la economía de mercado no es la
más perfecta pero no hay mejor modelo económico. Este
gobierno realiza muchos cambios, pero uno que no hará es el del
modelo económico, porque es uno hecho para Ustedes, es un
modelo empresarial”. (La Jornada, 30 de marzo, 22)
Fox mintió.
Su modelo
no es la economía de libre mercado con millones de empresas compitiendo
entre sí bajo condiciones de igualdad. Las grandes empresas como
Cementos Mexicanos, Grupo Alfa, Wal Mart, Kimberley Clark, Del Monte
y CocaCola dominan la economía y arruinan a los pequeños
empresarios y reciben el apoyo del gobierno de Fox--un gerente de la
empresa transnacional COCA COLA. Bajo la política económica
de Fox los pequeños empresarios no pueden conseguir crédito.
Pero en 2002 dos mil gigantescas empresas dedicadas al comercio exterior
recibieron 5,000,000,000 de dólares de apoyos crediticios de
Banamext. El gobierno federal otorga créditos blandos a empresas
importadoras de café y otros productos agrícolas a precios
más bajos que los vigentes en el país. La intención
es arruinar a los granjeros mexicanos y dejar sólo islotes altamente
productivos. De esa manera las transnacionales se están convirtiendo
en los agentes dominantes. En los Estados Unidos las leyes obligan a
las oficinas gubernamentales a adquirir al menos 23 porciento de sus
requirimientos a empresas pequeñas norteamericanas, pero México
no tiene tales leyes. Tampoco le interesa al gobierno de Fox construir
cadenas de producción que conectan las pequeñas empresas
mexicanas a la plataforma exportadora como proveedores de insumos. Volkswagen
de México dejó de comprar las balatas excelentes de una
pequeña empresa mexicana para comprarlas a su filial en Ghana,
porque quería favorecer a su propia transnacional. El gobierno
mexicano se sonrió. Debido a la competencia de Wal Mart que paga
solamente salarios mínimos, 5,000 pequeños comerciantes
cerraron en 2001. Cientos de miles de pequeñas empresas mexicanas
quiebran cada año, resultando en millones de desempleados.
Sí,
compañeros, el 29 de marzo Fox mintió. DIJO: ¡Estoy
con Ustedes--los pequeños empresarios, estoy en favor del capitalismo!
CANACINTA
lo aplaudió.
El Partido
de Acción Nacional (de Fox) pasó una ley en el Estado
de Morelos ilegalizando las ventas de la co-operativa refresquera Pascual
en todos los puestos de la burocracia estatal, en la Universidad Autónoma
del Estado de Morelos, en la feria de Cuernavaca, en los sistemas estatales.
La ley declaró que solamente se podía vender la Coca Cola.
De la noche a la mañana la co-operativa mexicana Pascual perdió
la tercera parte de su mercado.
¿Quién
es el enemigo principal? Es el sistema de grandes empresas transnacionales
que manipulan los gobiernos para favorecer sus intereses, para contaminar
el aire y el suelo, para arruinar a los artesanos y a los pequeños
empresarios, para ilegalizar a las co-operativas, para explotar a los
trabajadores mediante salarios de miseria, para desmantelar los servicios
de salud y educación con su política neoliberal.
¿Cuál
es nuestra meta política? ¿Cuál es nuestra visión
del futuro? La decentralización de las economías, la producción
co-operativa, la tecnología simplificada, las agro-ciudades,
la autosuficiencia de comunidades que comercian con otras solamente
para conseguir algunas necesidades, la democracia participativa en niveles
regionales. Podemos describir este mundo ideal sin emplear los términos
arruinados por la Guerra Fría.
*autor
de INTRODUCCIÓN A LA SOCIOLOGÍA HISTORICA MARXISTA; coautor
de MEXICO, THE END OF THE REVOLUTION; EL DESTINO DE LA REVOLUCIÓN.
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