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¿ES CAPITALISTA EL IMPERIALISMO?

Ross Gandy*
Universidad Nacional Autónoma de México

“Hoy vemos que se extiende el capitalismo reforzado y sin frenos por el mundo. . . . Ha caído el descrédito sobre la idea misma de socialismo, entra otras razones por los desastres en los países que usaban el nombre de ‘socialistas’ y la caída de esos regímenes. Tenemos que reivindicar una vez más la idea de socialismo”.
— Adolfo Sánchez Vázquez y Adolfo Gilly (
La Jornada, 23 de enero de 2004, 19)

TESIS: Esta opinión de dos de los teóricos más destacados de la izquierda de Amércia Latina es general. Es un grave error que todos compartimos. Decir que el capitalismo es casi universal y denunciarlo como el enemigo no es correcto y hace daño. El poder del capitalismo está encogiendose, es un reliquia. Debemos eliminar la palabra “capitalismo” de nuestro vocabulario cuando atacamos al neoliberalismo, a las transnacionales y a su programa globalizador. Desde el punto de vista teórico y desde el punto de vista propagandístico es erróneo hablar del “capitalismo” como el enemigo principal. También hace daño abogar por el “socialismo”, aunque ¡claro que la colectivización de la propiedad es la meta de la izquierda revolucionaria! Pero debemos evitar la palabra.

El concepto de clase socioeconómica todavía es útil, pero hay que actualizarlo. Hay que actualizarlo porque Adam Smith, James Madison, David Ricardo, Carlos Marx y John Stuart Mill estaban analizando la sociedad de mercado del siglo XVIII y del siglo XIX. En el siglo XVIII la mayoría de las empresas tenían no más de 20 obreros; en los años 1840s hasta 50 obreros; ya para 1873 la fábrica más grande del mundo, una fábrica de textiles en Manchester donde Federico Engels era socio de los dueños, esta fábrica solamente tenía 300 obreros. En los años 1850s las empresas estaban bajo la dirección del dueño o una familia de socios. Ya para los 1860s un pequeño estrato de supervisores, contadores y capataces surgía y las sociedades anónimas se organizaban. Pero el capitalismo competitivo todavía existía con propietarios-gerentes poseyendo las fábricas como su propiedad privada y el mercado libre predominaba.

Estamos dos siglos más allá de los pensadores de la economía clásica. En el siglo XXI la situación ha cambiado: en los Estados Unidos 10,000,000 de microempresas, pequeñas empresas y medianas empresas solamente representan 25 porciento de la producción industrial. Por ejemplo, una mediana empresa que produce software especializado para la industria, una pequeña empresa de construcción que construye casas residenciales, una empresa que fabrica un producto para la limpieza y el manteniminto de los autos, una pequeña empresa que produce y repara válvulas para el uso industrial, un taller que ensambla comptuadoras a bajo costo. En los servicios las micro y pequeña empresas representan un poco más de 25 porciento : restaurantes, lavanderías, tienditas, florerías, tintorerías, guarderías, servicios de plomeros, salones de belleza, talleres mecánicos, clinicas veterinarias, un servicio de consultoría de proyectos de alta tecnología, un servicio de transporte de carga, una pequeña empresa de servicio financiero, un ministro evangélico que está escribiendo e imprimiendo decenas de miles de sermones acerca del fin del mundo para satisfacer las necesidades religiosas del pueblo.

Relativamente pocas empresas transnacionales (con decenas de miles de obreros) como los gigantes de la “Fortune 500” representan 75 porciento de la producción industrial y cada empresa es la propiedad colectiva de tal vez un millón de accionistas—los directores de la empresa no la poseen como propiedad privada. No, y tampoco están expuestos estos gigantes a los vientos del mercado libre: practican la planificación parcial y reciben protección y subsidios del Estado cuando son necesarios. Pero, si la propiedad privada y el mercado libre faltan, ¿que clase de sistema económico es? No es el sistema que analizó Adam Smith y Carlos Marx. ¿Es capitalismo?

Cuando Marx estaba envejeciendo, el capitalismo entró en una época de transición. En el capítulo XXIII del tercer tomo de El Capital Marx comprendió que un nuevo estrato social estaba surgiendo, los gerentes de las sociedades anónimas—concentraciones de capital colectivo. “Ya no son los capitalistas industriales, sino los gerentes industriales quienes constituyen el alma de nuestro sistema industrial”. En el capítulo XXVII observó que las sociedades anónimas (con 300 obreros) son “una fase transitoria hacia una nueva forma de producción”. Las capas medias sociales estaban creciendo continuamente y convirtiendose en una nueva categoría social. En Teorías de la plusvalia, una obra que pocos marxistas leen, Marx escribió lo siguiente: “Lo que se le olvida a Ricardo es el número de las clases medias en aumento constante, las que están entre el obrero y el capitalista. Las clases medias se mantienen cada vez más de las entradas”, o sea, de los buenos sueldos (cap. XVIII, sec. 81d). También Marx dice: “Malthus espera que la clase media crezca y que el proletariado disminuya continuamente como proporción de la población total (aunque crezca en términos absolutos). De hecho, ésta es la tendencia de la sociedad burguesa” (cap. XIX, sec. 14). ¡El proletariado crecía lentamente y la clase media crecía más aprisa! Marx no sacó la conclusión que sí era evidente una generación después, que una nueva clase socioeconómica estaba formandose—la burocracia gerencial. Esta clase poseía un nuevo factor de producción—la organización.

A finales del Libro I de La riqueza de las naciones Adam Smith explica que hay tres factores de producción que entran en el proceso productivo que nos da los bienes que necesitamos. Son el trabajo, la tierra y el las máquinas que poseen las tres clases—los obreros, los terratenientes y los capitalistas. En el capítulo VII de su primer tomo Marx sigue este análisis y en el último capítulo del tercer tomo explica que los tres factores están poseídos por las tres clases fundamentales de la sociedad: los obreros, los terratenientes y los capitalistas. Después de 1873, el año en el que la nueva máquina de escribir de Remington mecanizó el trabajo de los oficinistas, surgieron pirámides de organización económica en los países avanzados—las grandes empresas industriales. Estas sociedades anónimas eran la propiedad colectiva de los accionistas. En la cumbre estaban los directores, en un segundo nivel los ingenieros y contadores. En un nivel más proletario los oficinistas, mecanógrafos, archivistas, pagadores, mensajeros, secretarias y, finalmente, una masa de miles de obreros. En 1890 el economista más destacado de la época, el barbado Alfred Marshall de Cambridge University, publicó su gran obra, Principles of Economics. Marshall agregó un cuarto factor de producción a los tres de la economía política clásica, el factor organización.

Hasta los 1870s el capitalista individual que poseía la empresa como su propiedad privada la administraba con la ayuda de algunos dependientes y capataces: con frecuencia él mismo llevaba los libros de contabilidad de su peqeña fábrica. De los líderes empresariales norteamericanos nacidos entre 1831 y 1875 solamente dos terceras partes tenían una educación de preparatoria. No se necesitaba más: una persona inteligente que sabía leer podía manejar la empresa. Pero con la “centralización” de las empresas en “concentraciones” cada vez más grandes, para usar los términos de Marx, mucho del trabajo administrativo cayó a un nivel de gerentes medios, expertos y funcionarios. Ya para 1900 había facultades de Administración de Empresas en Harvard, en Dartmouth, en Pennsylvania y en Inglaterra, había hasta escuelas de postgrado en business con revistas de investigación y había asociaciones de profesionistas. Dos terceras partes de los gerentes nacidos entre 1875 y 1920 habían asistido a una universidad. Institutos politécnicos y agrónomos empezaron a producir ingenieros. Ya para 1925 había 183 instituciones de educación superior dando clases a la nueva élite gerencial. “The business of America is business!” llegó a ser la consigna de millones. Estaban aprendiendo a utilizar “la organización”.

En 1900 cien mil máquinas de escribir estaban funcionando en los Estados Unidos. Este trabajo rutinario se dejó a las mujeres. Las oficinistas estaban cerca de la gran base de la pirámide, donde los obreros manuales marchaban para acá y para allá como miles de hormigas, también con trabajos aburridos. Todos éstos eran los organizados. Los mismos procesos de organización ocurrían en Europa.

De modo que cuando Alfredo Marshall escribió su obra monumental Principles of Economics en 1890, consideró los factores de producción de los economistas clásicos—el trabajo, la tierra y el capital físico—y agregó un cuarto factor: la organización. El profesor de Cambridge era el teórico más brillante de su época. (Según los chismes de los historiadores, al lado de cada gran hombre hay una mujer: Mary Marshall era el cerebro en este equipo.)

Entre 1885 y 1910 la teoría de la gerencia científica fue inventado por Frederick Taylor: dividió los trabajos manuales en unidades de tiempo y los convirtió en rutinas miserables de eficiencia fantástica. Desde su juventud Taylor había contados sus pasos, midiendo el tiempo que tomaba para rasurarse y bañarse, analizando sus movimientos para hacerlos más eficaces. ¿Neurótico? Sí, pero sabía aumentar la productividad. El Taylorismo llegó a ser la filosofía de los gerentes del siglo XX.

El Fordismo levantó su cabeza productiva: miles de obreros se paraban en la línea de ensamblaje con las manos volando y los ojos vacíos. Henry Ford proclamó que “cualquier cliente puede tener un coche pintado del color que prefiere, siempre a condición de que sea negro”. Ordenó que todo en sus fábricas se moviera continuamente y envió el trabajo al hombre en lugar de mandar al hombre al trabajo.

En los años veinte la contabilidad llegó a ser una profesión de peritos. La gerencia la convirtió en el análisis y el control. En la misma década la gerencia desarrolló la planificación empresarial con las estadísticas. Analizó la distribución y la comercialización de los productos e inventó la mercadotecnia.

En 1932 Adolf Berle, un abogado que llegó a la Academia desde afuera con nuevas hipótesis, publicó su obra clásica The Modern Corporation and Private Property y demostró que las 200 empresas industriales más grandes de los Estados Unidos dominaban la economía. La revolución gerencial avanzaba a pasos gigantescos.

Las enormes empresas tenían burocracias de administradores en dos niveles, desde la alta burocracia de los presidentes y vice presidentes con jugosos sueldos, pasando abajo a la pequeña burocracia de los jefes de división, los ingenieros, los mercadotécnicos, los economistas, los contadores, los diseñadores y los abogados—con sueldos más modestos pero buenos. En un nivel proletario estaban los archivistas, los mensajeros, las recepcionistas, los mecanógrafos, los pagadores y las telefonistas con bajos salarios, como los de los obreros manuales.

Bureau significa en francés “escritorio”, y cada burócrata tiene su escritorio, símbolo de su pericia. Los altos burócratas poseen el cuarto factor de producción—la organización. Esta fuerza de cerebro la adquieren en las universidades y la venden por un sueldo alto, exactamente como los obreros venden su fuerza de trabajo por un salario bajo. La burocracia es la nueva clase economicamente dominante del siglo veinte.

Max Weber, el sociólogo histórico más destacado de Europa, predijo que el siglo veinte sería “die Diktatur der Bürokratie”.

He hablado de la organización como el cuarto factor en el proceso productivo. Pero la organización es solamente un componente del cuarto factor y necesitamos una noción más amplia para expresar nuestro concepto adecuadamente. De aquí en adelante concebimos el cuarto factor como LA PERICIA. La pericia adquirida mediante la educación superior tiene muchos componentes. Ejemplos: la investigación en los laboratorios de biotecnología, informática, nanotecnología, y energía solar, el conocimiento expecializada como la ley corporativa o la estrategia militar, la ciencia social como la economía o la sociología, la dominación del estudio de las relaciones internacionales, el “know how”de los video-periodistas, la organización de las empresas gigantescas. El último componente fue importante en el pensamiento económico neoclásico.

Los burócratas profesionales y gerenciales en las tecnoestructuras de las empresas gigantescas que producen el grueso del excedente en la economía de hoy influyen directamente en los profesionistas en el ejecutivo del gobierno de los Estados Unidos. Los peritos empresariales también financían las campañas de los políticos profesionales que quieren ser senadores y gobernadores de los Estados de la Federación. Y cuando 200 presidentes corporativos de la Business Round Table mandan un mensaje al Presidente de la República, este hombre se despierta y presta atención. Cuando 300 Company Executive Officers telefonean al secretario de la Tesorería, pidiendo que el Presidente se olvide de una propuesta de ley impositiva, el Primer Mandatario esconde el borrador de la ley en un cajón de su escritorio. Cuando la élite corporativa se organiza para presionar al Presidente para que movilice al Congreso para aprobar el NAFTA, la Casa Blanca marcha hacia la batalla. Cuando la mayoría corporativa de los cabildos en la Calle K en Washington aboga por una ley, la propuesta sale del comité del Senado y pasa al debate sin demoras. Hay una puerta giratoria entre las transnacionales y el Gabinete ejecutivo: los directores caminan por una calle de dos sentidos. Un estudio típico descubrió que en 1970 el 40 porciento de los 3,500 directores de las empresas norteamericanas más grandes había ocupado puestos en las alturas del gobierno por un tiempo.

En el gobierno norteamericano los profesionistas corporativos y los políticos profesionales colaboran con los burócratas militares. El alto mando del Pentágono constituye una tercera fracción de la nueva clase dominante. Los generales y los almirantes tienen escritorios, símbolos de su capacidad para organizar tremendas fuerzas armadas y también chupan el excedente económico mediante sueldos altos. Cuando se reune el Consejo de Seguridad Nacional, el Jefe del Alto Mando está presente y participa en las decisiones importantes.

Una fracción subordinada de la nueva clase dominante de profesionistas está constituída por los altos administradores y los académicos de las universidades de élite tal como Harvard, Yale, Princeton, MIT, Michigan, Chicago, Texas, Stanford y California. También los rectores y decanos de las universidades con sus equipos de funcionarios tienen sus escritorios y organizan la docencia para que los alumnos aprendan la ideología de la sociedad y las técnicas necesarias en la producción. En las “fábricas de conocimiento” los estudiantes adquieren el cuarto factor de producción—la pericia. Aprenden la gerencia, la administración de empresas, la sociología industrial, la publicidad, la ingeniería, la ley de empresas, la economía, la administración pública, las ciencias sociales, el conocimiento de las profesiones liberales, la medicina y la ley, la comunicación social, en fin, las disciplinas de los profesionistas.

Otra fracción subordinada de la nueva clase son los ejecutivos de un puñado de empresas gigantescas que controlan la mayor parte de las estaciones de la radio y de la televisión, los periódicos, las revistas, las casas editoriales y las películas—empresas como Time Warner, Disney y American Telephone and Telegraph. Los editores y los redactores de periódicos, los ejecutivos, los directores, los comunicólogos y los locutores de los medios masivos (ABC; CBS; NBC) que elaboran las noticias son los organizadores de la manipulación de la opinión pública. Desde sus escritorios colaboran con la división de Relaciones Públicas del Presidente, que todos los días pone videos bien preparados a disposición de las emisoras de televisión. Así se producen las noticias de la noche.

Otra fracción subordinada de la nueva clase es la burocracia sindical de la AFL-CIO. Estos burócratas, que también chupan el excedente mediante sueldos astronómicos, parcialmente representan a los trabajadores de la aristocracia obrera para desempeñar su papel verdadero como sus gerentes. Los sueldos y prebendas de los jefes laborales les dan mucho en común con la tecnoestructura corporativa. Exactamente como la tecnoestructura organiza la producción, como los políticos organizan el gobierno, como los generales organizan las fuerzas armadas, como los rectores organizan las universidades y como los comunicadores organizan los medios masivos, los líderes sindicales organizan a los trabajadores. En los sindicatos, los presidentes y secretarios-tesoreros han aceptado el Taylorismo y la filosofía de la tecnoestructura. Los jefes sindicales son los gerentes de los obreros.

Los Estados Unidos es el país más avanzado en la evolución socioeconómica y les enseña a los otros países una imagen de su propio futuro. La nueva clase dominante burocrática tiene seis fracciones: gerencial, política, militar, educacional, comunicativa y sindical. El núcleo lo constituyen los directores de las empresas transnacionales, los políticos de la rama ejecutiva del gobierno, y los generales del Pentágono.

Cada gran organización transnacional es un sistema de planificación parcial: la empresa planifica el flujo de materias primas mediante la captura de las fuentes, planifica el abasto del equipo mediante la conglomeración, planifica la producción con sus ingenieros en la línea de ensamblaje, planifica los salarios colaborando con los sindicatos, planifica el mercado para sus productos mediante la mercadotécnia, planifica la demanda con la publicidad, planifica los precios usando “gentelmen´s agreements”, planifica el intercambio internacional comerciando con sus filiales, planifica el financiamiento de la empresa con los banqueros, planifica la estrategia de nuevos productos con sus economistas, planifica la legislación estatal favorable a sus intereses mediante sus cabildos.

Existe una competencia entre las 300 “globocorps”, las empresas más grandes de nuestro mundo que dominan 75 porciento del comercio internacional. Pero también, paradojicamente hay acuerdos y entendimientos entre ellas, arreglos y “backscratching”, toda clase de “gentlemen´s agreements” y tratos informales, alianzas estratégicas y acuerdos de subcontratación, redes de colaboración, carteles secretos y pautas gubernamentales acerca de “market entry” para empresas nacionales con operaciones internacionales.

Pueden conseguir subsidios, como hicieron las empresas agrícolas internacionales. Pueden obligar a los gobernantes a protegerlas, como la Chrysler y la Ford impusieron aranceles al Lexus 400 de Toyota. Pueden conseguir “bailouts” de 500 mil millones de dólares como recibieron las Compañías de Ahorro y Préstamo en los Estados Unidos a finales de los ochentas y a principios de los noventas. Cada año el gobierno regala a las grandes empresas miles de millones en la forma de exenciones de impuestos, apoyos a los precios, garantías de los préstamos, pagos en especie, subsidios a los exportadores, tasas de seguro subsidiados, servicios de “marketing”, programas de irrigación y dotaciones para la investigación.

El sistema de mercado. Los millones de pequeñas empresas nadan en el mar de la libre competencia. Esta producción capitalista predominaba en el siglo diecinueve en el Norte industrializado y todavía pulula en los países de América Latina, Africa y Asia. En el Tercer Mundo el “sistema de mercado” ocupa la mayoría de los asalariados. Pero esta sociedad capitalista desangra bajo los golpes de la sociedad burocrática que la está invadiendo en la forma de las transnacionales. Hay miles y miles de quiebras, la marginación permanente de los desempleados y la ruina de las capas medias.

El sistema de planificación. Las miles de empresas transnacionales son grandes pirámides de organización que pueden planificar parcial pero eficazmente sus operaciones e influir directamente en el Estado burocrático. Las grandes empresas, que son propiedad colectiva, compiten entre sí, pero también colaboran entre sí: hay fusiones, alianzas, consorcios, carteles secretos, intercambios de pericia, acuerdos acerca de precios en distintos mercados nacionales—la planificación informal de la sociedad burocrática.

EL LIBRE COMERCIO—ésta es la consigna de la sociedad gerencial burocrática en el Norte para quitar las barreras arancelarias de la política de sustitución de importaciones en el Sur. El libre comercio abre el Sur a los superiores productos de masa importados, lo que entraña la ruina de las pequeñas industrias locales y artesanales y el triunfo de las grandes empresas norteamericanas: así capturan nuevos mercados y así Washington puede apretarse más los cordones de su zapato latino. “Aquí,” escribe John Kenneth Galbraith, “tenemos la forma verdadera del imperialismo contemporáneo”. (La frase del destacado economista institucional de los Estados Unidos se puede encontrar en la página 175 de Economics and the Public Purpose, editado por Houghton en Boston en 1973.)

Bajo el neoliberalismo en México el crecimiento que ha habido fue en la plataforma exportadora—solamente uno porciento de las empresas industriales, un porcentaje de la economía constituído principalmente de 300 Titanics semimaquilas que importan sus insumos y exportan los productos. Ya que importan sus insumos y exportan los productos, los Titanics no jalan las numerosas lanchas del “sistema de mercado”: los neoliberales no tienen una política industrial de conectar los Titanics a las lanchas (como sí se ha hecho en Italia del norte). Casi no hay asesoría técnica que le enseñe a una lancha a proporcionar materias primas a un Leviatán: la política de laissez-faire no permite a los neoliberales intervenir en la economia. La política de atraer la inversión extranjera directa tampoco permite a los neoliberales requerir la cooperación de las empresas transnacionales para mantener las cadenas de producción que ya existen. Las empresas extranjeras insisten en su libertad de maniobrar en la economía. Volkswagen canceló su contrato con una pequeña empresa mexicana que le proporcionaba balatas de alta calidad porque el gigante alemán decidió importarlas de su filial en Ghana. ¿Por qué tomó esta decisión? Volkswagen explicó: no tenemos nada en contra de las balatas mexicanas, sencillamente queremos favorecer a nuestra propia empresa en Africa.

El 98 porciento de las empresas industriales está excluído del crecimiento dinámico de las exportaciones: pequeñas compañías de bienes manufacturados, empresas chicas de construcción, firmas artesanales de propiedad familiar. Todo esto más cientos de miles de empresas de servicios constituyen el “sistema de mercado”.

La ley de la oferta y la demanda aparece en la metáfora de “la mano invisible” que mantiene el mecanismo delicado del mercado balanceado. El modelo presupone que los empresarios sean capitalistas y que tengan un conocimiento adecuado del mercado y que se comporten racionalmente. El resultado es un “sistema de mercado” en equilibrio. La oferta se ajusta a la demanda y al revés: finalmente los precios reflejan el valor de cada mercancía: un péndulo se detiene en el mismo punto por muy amplia que sea su oscilación. Cuando el Estado toca el mecanismo delicado, el equilibrio se pierde. Entonces la única política racional es “laissez-faire”—manos afuera.

Los economistas académicos y los directores transnacionales han leído esta tesis en una Biblia sagrada—La riqueza de las naciones de Adam Smith, editado en 1776. Son creyentes. Su fe en una cualidad mágica—”la mano invisible”—es mucho más importante que la realidad del siglo XXI, la predominación del “sistema de planificación”. Además de su Biblia, los economistas académicos y los directores transnacionales tienen un móvil inconsciente para propagar la tesis como ideología: la necesidad de un disfraz. En la prensa, en los trabajos académicos y en los mensajes sociales de los altos directivos, el “sistema de planificación” se describe como “la iniciativa privada”, “el mercado libre”, “el capitalismo triunfante”, “la libre empresa”, “la magia del mercado”, y “el sector privado”. Los directores predican su mensaje a la clase media de pequeñas empresas:

“Oigan, Ustedes del ‘sistema de mercado’, nosotros de las grandes entidades colectivas no somos otro sistema con otros intereses, no los amenazamos a Ustedes, somos nada más que capitalistas privados y compartimos sus intereses”.

En la lucha de clases la ideología de “todos los productores tenemos los mismos intereses” ayuda a ganar el apoyo de los pequeños capitalistas para los directores transnacionales. A lo largo de la historia, las clases dominantes siempre han interpretado sus intereses como el interés universal.

Los grandotes se engañan a sí mismos, para poder engañar a los pequeños y comerselos facilmente.

A veces hay uno que no se engaña, como uno de los 358 hombres más ricos del mundo, George Soros, en la página 136 de su bestseller La crisis del capitalismo global, editado en 1999 por Plaza Janes. “El sistema”, escribe el famoso financiero, “ exhibe algunas tendencias imperialistas . . .está empeñado en la expansión. No puede descansar en cuanto exista algún mercado o recurso que permanezca sin incorporar. En este sentido, presenta escasas diferencias con respecto a Alejandro Magno o Atila el huno”. Soros, un discípulo del filósofo Karl Popper, tiene la capacidad de pensar con una actitud crítica. (Dice Soros que su actividad especulativa es inmoral pero que eso no importa porque su filantropía es--¡moral!)

Pero casi siempre las tendencias imperialistas del sistema transnacional son inconscientes. Los directores no se imaginan a sí mismos como imperialistas. Generalmente los líderes del sistema predican que el libre comercio es la salvación para todos, que es el motor del desarrollo de los países pobres, que es la libertad.

Soy afiliado de la American Society, una organización social de los gerentes transnacionales en la Ciudad de México y escribo artículos sobre la cultura mexicana para su revista mensual, Amistad. Con frecuencia hablo con estos directores en eventos sociales—cenas, recepciones, picnics, fiestas, conferencias, reuniones con el embajador norteamericano—que la American Society patrocina. Los gerentes son simpáticos, son filántropos que regalan dinero a las caridades, son creyentes que hablan de la voluntad de Dios, son idealistas que piensan que están en México para desarrollar al país y disminuir la pobreza y la miseria del pueblo.

La esencia de toda ideología es el autoengaño.

(Pobre George Soros. El europeo es tan inteligente que no puede engañarse a sí mismo como los directores norteamericanos lo hacen. De modo que George regala más dinero que nadie para tener la conciencia tranquila.)

A veces el Estado (en un momento de autonomía relativa) tiene que representar al interés público contra el interés de un gigante irresponsable e imponerle la regulación ecológica o laboral. Entonces, los altos directores—discípulos de Adam Smith—pueden gritar las consignas del “laissez-faire”. ¡Abajo con la regulación que nos molesta!

Los ideólogos gerenciales rugen sus amenazas: ¡”Manos afuera”! “Big Government—ahí está el mal de nuestro tiempo”, “El problema es el ineficiente sector público; solamente el sector privado es realmente productivo y nosotros somos el sector privado: si hay problemas de desempleo e inflación, el gobierno tiene la culpa”.

Con esta ideología que disfraza las enormes concentraciones de propiedad colectiva como si fueran pequeñas empresas capitalistas de propiedad privada, General Motors, General Electric y General Dynamics movilizan el apoyo de las masas para la política de “laissez-faire”: si el gobierno deja a los Generales en paz, la magia del mercado traerá la estabilidad. La mano invisible impondrá el equilibrio. El Estado, guardián de la mano invisible del mercado, solamente tiene una función legítima: la defensa de los Generales contra sus enemigos.

Pero, ¿cuál es la realidad? ¿La propiedad privada? Un millón de accionistas poseen la Ford como propiedad colectiva. Sears, la enorme empresa mercantil, está totalmente en manos del fondo de pensiones de--¡sus empleados! En los Estados Unidos los fondos de pensiones de los empleados poseen 40 porciento de las acciones y las demás son de fondos mutuos, aseguradoras y bancos—instituciones de propiedad colectiva. Con frecuencia en un gigante transnacional hay un millón de accionistas.

Los modelos de los economistas neoliberales son como castillos de fantasía en El Libro de Amadís: estos ideólogos no hacen ciencia, sino ciencia ficción. La ideología neoliberal del “sector de planificación” ha dominado las administraciones del senil Reagan, del belicoso Bush, del sensual Clinton y del funnydumbmentalist George W. Después de una ofensiva ideológica internacional, en los años noventa Washington y las transnacionales finalmente convencieron a los gobernantes nacionalistas y populistas de América Latina que el neoliberalismo era la solución de sus problemas económicos. Fue fácil: los políticos son ignorantes.

Convencieron a las clases medias de pequeños empresarios capitalistas en cada país: “todos somos capitalistas”. Fue fácil: las clases medias no saben nada.

Pero en las universidades federales los nacionalistas y marxistas también aceptan elementos de la ideología transnacional. Por ejemplo, los marxistas les dicen a todos que el capitalismo es (casi) universal y que las transnacionales son capitalistas. Así, sin darse cuenta, apoyan a la ideología reaccionaria de sus enemigos.

El discurso nacionalista y marxista que ataca al “capitalismo” asusta a los pequeños empresarios de la clase media en América Latina. Suponen que ellos son el blanco verdadero de la oposición al neoliberalismo. Decir lo contrario no quita las sospechas. Esto explica ( en parte) el comportamiento reaccionario de las clases medias que apoyan a sus opresores transnacionales y a los gobernantes que favorecen a los gigantes.

Sería mejor eliminar la palabra “capitalismo” de nuestro discurso y hablar del “sistema transnacional.”

¿De veras?

A principios del capítulo X del primer tomo de El Capital Marx explica que la clase que posee los factores de producción principales es la clase dominante. Esta clase obliga a los trabajadores a producir un excedente para los propietarios, no importa que sean "aristócratas atenienses, teócratas etruscos, ciudadanos romanos, barones normandos, eclavistas norteamericanos, boyardos válacos, señores feudales o capitalistas modernos". En el penúltimo capítulo del tomo III Marx define el excedente económico como lo que sobra después de que los trabajadores han producido su subsistencia y reemplazado las herramientas y el material gastados. La clase economicamente dominante se lleva la mayor parte del excedente. En el siglo dieciocho los economistas franceses inventaron el concepto del excedente económico y fue utilizado por Adam Smith, David Ricardo, Carlos Marx y los economistas institucionales contemporáneos. En el capítulo IX del primer tomo Marx dice que la forma de extraer el excedente a los trabajadores determina la formación social: en la civilización clásica se extraía a los esclavos en la forma de trabajo forzado, en la época feudal se extraía a los siervos en la forma de renta de la tierra y en el capitalismo se extrae en la forma de ganancias. En el siglo veinte el excedente tomó una nueva forma y vivimos en un nuevo modo de producción burocrático con su forma de organización política y racionalidad administrativa correspondiente.

La clase social que toma la mayor parte del excedente económico es la clase dominante. Sabemos que los grandes capitalistas que cortan cupones y reciben dividendos no han desaparecido de la sociedad y que también hay millones de pequeños empresarios que todavía son capitalistas clásicos viviendo de las ganancias de sus negocios chicos. Entonces, ¿como sabemos que la nueva clase profesional toma la mayor parte del excedente económico en la forma de sueldos altos?

Donald Clark Hodges, investigador en la Facultad de Ciencias Políticas de Florida State University en Tallahassee, es un anarquísta que ha publicado varios libros con casas editoriales universitarias analizando la burocracia. Los siguientos datos y el razonamiento se encuentran en el capítulo II de America's New Economic Order, editado por Avebury en 1996 simultaneamente en Inglaterra, en los Estados Unidos, en Hong Kong, en Singapur y en Australia . Cada año en los Estados Unidos el Bureau of the Census publica el Statistical Abstract. Cada año hay una cifra que representa la suma de todos los salarios y sueldos--ésta es el Sueldo Total. El Salario Mínimo representa la subsistencia, y si lo multiplicamos por el número de gente recibiendo remuneración por trabajo de cualquier clase, desde el Presidente hasta el portero, tenemos el Salario Básico. Si restamos el Salario Básico del Sueldo Total tenemos el Sueldo Excedente. La aristocracia obrera de la AFL-CIO percibe una pequeña parte del Sueldo Excedente. Pero, ¿cuánto percibe la clase profesional? Ahora al Sueldo Total entre el número de todos los empleados que reciben una remuneración desde el Presidente hasta el portero y resulta el Sueldo Medio. (Si cada empleado en los Estados Unidos recibiera el Sueldo Medio, desde el Presidente hasta el portero, los norteamericanos vivirían en una sociedad igualitaria sin explotación--una república de iguales.) Ahora, si restamos el Sueldo Medio del Sueldo Total, tenemos la parte del Sueldo Excedente que la clase profesional y burocrática percibe en la forma de sueldos altos. Desde 1965 el tamaño de esta parte ha superado el monto total de las ganancias, de los intereses y de los dividendos de los capitalistas.

La clase burocrática profesional toma el grueso del excedente económico. Con este razonamiento estamos hablando de la economía real. La economía de papel--los juegos de los especuladores en los mercados internacionales de divisas, de bonos y de acciones, estos mercados con sus oscilaciones psicóticas, movimientos espasmódicos, corridas especulativas que dan lugar a devaluaciones profundas y las burbujas, pánicos y colapsos del "capitalismo casino"--no nos interesa todo esto. Puede desaparecer la economía de papel de la noche a la mañana en otro gran Crac como el de 1929. La economía de papel se basa en algo real. La economía real tiene que ver con la producción y sobretodo nos interesa la producción de un excedente. La discusión de la economía real gira alrededor del excedente económico.

Vivimos en un sistema postcapitalista.

¡Pero todo el mundo sabe que el capitalismo es universal! Sí. En el siglo XV todo el mundo sabía que la tierra era plana, en el siglo XVI todos sabían que el cuerpo humano contenía cuatro humores, en el siglo XVII todos sabían que era posible transformar el plomo en oro, en el siglo XVIII todos sabían que las especies biológicas eran inmutables, en el siglo XIX todos sabían que la materia se constituía de átomos indivisibles, en el siglo XX todos sabían que el éter luminífero permeaba el espacio.

En el siglo XXI todos saben que el capitalismo es universal. Y lo saben porque los sociólogos funcionalistas, los politólogos pluralistas, y los economistas neoliberales lo predican en todas partes-- una ofensiva ideológica de nuestros enemigos. Su hegemonía ideológica se llama en inglés “the conventional wisdom”.

La afirmación de la izquierda mundial que el capitalismo es (casi) universal es un grave error teórico.

Si los argumentos teóricos no convencen a los activistas de la izquierda, queden argumentos prácticos. La izquierda dificilmente puede ganar el apoyo necesario para su cruzada antiliberal si proclama que su enemigo es el capitalismo y su meta es el socialismo. Pero eso es lo que la izquierda revolucionaria proclama al mundo. Veamos de nuevo la cita que empieza este artículo:

“Hoy vemos que se extiende el capitalismo reforzado y sin frenos por el mundo. . . . Ha caído el descrédito sobre la idea misma de socialismo, entre otras razones por los desastres en los países que usaban el nombre de ‘socialistas’ y la caída de esos regímenes. Tenemos que reivindicar una vez más la idea de socialismo”.

Adolfo Sánchez Vázquez y Adolfo Gilly son dos de los teóricos y activistas revolucionarios más influyentes de América Latina; sus artículos y sus libros se editan en los países del Norte y del Sur del mundo. Su actitud es típica de la izquierda revolucionaria.

Para los pueblos de nuestro mundo contemporáneo, ataques al capitalismo significan que el crítico está en favor del “socialismo” y los pueblos piensan que la palabra “socialismo” se refiere a los sistemas totalitarios de las clases burocráticas que explotaban a las clases bajas de los países “socialistas” hasta 1989. Para casi todo el mundo, después de 1989 “el socialismo” describe los sistemas burocráticos que todavía prevalecen en Vietnam, Corea del Norte y Cuba--países sin elecciones y con economías en dificultades. (Los medios oficiales informan a las masas acerca de las tiendas vacías de Cuba sin mencionar los logros en la salud y la educación, los medios subrayan que los comunistas perciben sueldos cuatro veces mejores que los de los trabjadores sin mencionar que el sueldo del Presidente de la Chrysler supera al del obrero cuatrocientas veces.)

En los Estados Unidos y en América Latina 90 porciento de las poblaciónes cree en un Dios personal que gobierna al mundo. Son creyentes también mil millones de musulmanes. Hay cientos de millones de cristianos en Africa. Después de un siglo de propaganda occidental durante la Guerra Fría, tachando “el socialismo” del pecado de ateísmo, los fieles ven con malos ojos a los que predican este sistema social. No importa que nosotros tengamos otra definición del concepto “socialismo”, las masas lo entienden así.

Ahora, consideremos la estratificación social en América Latina--simplificada.

En los países de América Latina de 5 a 10 porciento de la población se beneficia de la globalización y la transnacionalización de sus economías. Este 10 porciento arriba percibe sueldos altos, posee muchas acciones, paga pocos impuestos, saca capitales, se alia al imperialismo norteamericano y domina las elecciones mediante la televisión. Esta clase alta, la cual representa la sociedad postcapitalista, generalmente controla la mayoría de las instituciones políticas.

En la estratificación social, ¿qiénes constituyen el siguiente 20 porciento? Forman la clase media los profesionistas que trabajan por cuenta propia, los peritos en las medianas empresas, los profesores en las universidades privadas, los burócratas políticos del nivel medio, y los millones de pequeños empresarios. Estos últimos son los verdaderos capitalistas, los que van a la quiebra en su competencia con las transnacionales. En México el promedio de vida de una pequeña empresa es dos años.

¿El 70 porciento abajo? Los obreros, los campesinos, los indígenas y los MARGINADOS sufren la superexplotación, el hambre, las enfermedades y la muerte. En México uno de cada tres niños padece de la anemia debido a la desnutrición. Cada año aumenta la marginación de las clases populares. Apenas sobreviven en la calle: vendedores de chicles, trabajadores eventuales, los plomeros y los albañiles buscando chamba, los cargadores en los mercados, los boleros, los taqueros, los comefuegos, los payasitos, las trabajadoras domésticas, las trotacalles, los fayuqeros, los pepenadores, los comerciantes de la calle, los cerillos, los billeteros, los limpiadores de parabrisas, los “ayudantes” en las gasolineras, los papeleros, los vigilantes de coches, las cabareteras, las ancianas pidiendo limosna, los músicos ambulantes, las costureras cuenta propistas, los mensajeros, los polleros, las ruleteras, los migrantes agrícolas siguiendo las cosechas, los carpinteros eventuales, las que te dicen la suerte, los campesinos cultivando la amapola, los carteristas, los “mil usos”, las Marías, los que venden la mota en las secundarias, las sexoservidoras en los burdeles, los coyotes que te guían por la burocracia kafkiana, los tutores que dan clases particulares, los maestros jubilados hambreados haciendo traducciones, los ingenieros despedidos en talleres ilegales, los transportistas de cocaína, los licenciaditos que hacen toda clase de trabajo para los tribunales, los arquitectos ociosos construyendo una reja, los pastores predicamdo el fin del mundo para hacer una colecta. ¿Un panorama desolador? No te desesperes: un bolero llegó a ser Presidente de la República en 1994.

En la Revolución mexicana (1910), la boliviana (1952), la cubana (1959) y la nicaragüense (1979), 90 porciento de la población se unificó contra una pequeñisima clase de explotadores para derrocar al viejo régimen. La polarización de la sociedad favoreció a los que querían el cambio social. En cada caso se logró la unidad del 90 porciento de la población con una ideología populista, nacionalista y multiclasista.

Pero durante las luchas de la izquierda marxista contra los viejos régimenes en Brasil (1968-1972), en Uruguay (1967-1971), en Chile (1970-1973), y en Argentina (1976-1979), el 20 porciento de en medio apoyó al 10 porciento arriba. Una parte del 70 porciento abajo o vaciló o permaneció netural. La izquierda radical polarizó la sociedad, pero la polarización favoreció a los explotadores. En cada caso la izquierda predicaba una ideología clasista y anti-capitalista. Esta ideología enajenó al 20 porciento de en medio--estratos sociales claves--y dejó a gran parte de los de abajo indiferentes. En Chile muchas mujeres marginadas votaron contra Allende porque temían al marxismo atea de la Unidad Popular. (Anoche soñe con Dios y me dijo el Señor: “Yo soy comunista”. Los intelectuales no sueñan con Dios y todavía no saben que el Señor está con nosotros.)

La misma tedencia se veía en las democracias electorales de América Latina en los años noventa. El 10 porciento arriba movilizó al 20 porciento de en medio para que lo apoyara en las elecciones y dividió al 70 porciento abajo, ganando votos en algunas partes y causando la abstención en otras. El 10 porciento logró el apoyo del 20 porciento mediante la proclamación de una ideología capitalista y confundió a muchos del 70 porciento con falsas promesas populistas y demagogia religiosa. La oposición revolucionaria enajenó a varios estratos del pueblo con su retórica anticapitalista.

El 29 de marzo de 2004 Vicente Fox pronuncó un discurso ante la CANACINTRA, la organización de los pequeños y medianos empresarios. El Presidente Fox dijo: “la economía de mercado no es la más perfecta pero no hay mejor modelo económico. Este gobierno realiza muchos cambios, pero uno que no hará es el del modelo económico, porque es uno hecho para Ustedes, es un modelo empresarial”. (La Jornada, 30 de marzo, 22)

Fox mintió.

Su modelo no es la economía de libre mercado con millones de empresas compitiendo entre sí bajo condiciones de igualdad. Las grandes empresas como Cementos Mexicanos, Grupo Alfa, Wal Mart, Kimberley Clark, Del Monte y CocaCola dominan la economía y arruinan a los pequeños empresarios y reciben el apoyo del gobierno de Fox--un gerente de la empresa transnacional COCA COLA. Bajo la política económica de Fox los pequeños empresarios no pueden conseguir crédito. Pero en 2002 dos mil gigantescas empresas dedicadas al comercio exterior recibieron 5,000,000,000 de dólares de apoyos crediticios de Banamext. El gobierno federal otorga créditos blandos a empresas importadoras de café y otros productos agrícolas a precios más bajos que los vigentes en el país. La intención es arruinar a los granjeros mexicanos y dejar sólo islotes altamente productivos. De esa manera las transnacionales se están convirtiendo en los agentes dominantes. En los Estados Unidos las leyes obligan a las oficinas gubernamentales a adquirir al menos 23 porciento de sus requirimientos a empresas pequeñas norteamericanas, pero México no tiene tales leyes. Tampoco le interesa al gobierno de Fox construir cadenas de producción que conectan las pequeñas empresas mexicanas a la plataforma exportadora como proveedores de insumos. Volkswagen de México dejó de comprar las balatas excelentes de una pequeña empresa mexicana para comprarlas a su filial en Ghana, porque quería favorecer a su propia transnacional. El gobierno mexicano se sonrió. Debido a la competencia de Wal Mart que paga solamente salarios mínimos, 5,000 pequeños comerciantes cerraron en 2001. Cientos de miles de pequeñas empresas mexicanas quiebran cada año, resultando en millones de desempleados.

Sí, compañeros, el 29 de marzo Fox mintió. DIJO: ¡Estoy con Ustedes--los pequeños empresarios, estoy en favor del capitalismo!

CANACINTA lo aplaudió.

El Partido de Acción Nacional (de Fox) pasó una ley en el Estado de Morelos ilegalizando las ventas de la co-operativa refresquera Pascual en todos los puestos de la burocracia estatal, en la Universidad Autónoma del Estado de Morelos, en la feria de Cuernavaca, en los sistemas estatales. La ley declaró que solamente se podía vender la Coca Cola. De la noche a la mañana la co-operativa mexicana Pascual perdió la tercera parte de su mercado.

¿Quién es el enemigo principal? Es el sistema de grandes empresas transnacionales que manipulan los gobiernos para favorecer sus intereses, para contaminar el aire y el suelo, para arruinar a los artesanos y a los pequeños empresarios, para ilegalizar a las co-operativas, para explotar a los trabajadores mediante salarios de miseria, para desmantelar los servicios de salud y educación con su política neoliberal.

¿Cuál es nuestra meta política? ¿Cuál es nuestra visión del futuro? La decentralización de las economías, la producción co-operativa, la tecnología simplificada, las agro-ciudades, la autosuficiencia de comunidades que comercian con otras solamente para conseguir algunas necesidades, la democracia participativa en niveles regionales. Podemos describir este mundo ideal sin emplear los términos arruinados por la Guerra Fría.

*autor de INTRODUCCIÓN A LA SOCIOLOGÍA HISTORICA MARXISTA; coautor de MEXICO, THE END OF THE REVOLUTION; EL DESTINO DE LA REVOLUCIÓN.