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De la economía política del Imperio
a la filosofía latinoamericana de la dependencia
Mario
Sáenz
Universidad de Le Moyne
La ideología
globalista y la crítica del imperio de Hardt y Negri nos vienen
de diferentes extremos del espectro político. Mientras que el
primero le canta panaceas al capitalismo global, el segundo busca métodos
revolucionarios de vencerle. Pero comparten un punto en común:
la globalización es total y la realidad no es, por tanto, dialéctica.
…
[E]l fin de la historia al que Fukuyama se refiere es el fin de la crisis
en el centro de la modernidad, el conflicto coherente y definitorio
que fue el fundamento y razón de ser de la soberanía moderna..
La historia ha finalizado precisamente y solo en el sentido concebido
en términos hegelianos: como el movimiento de una dialéctica
de contradicciones, un juego de negaciones absolutas y subsunciones.
Los binarios que definían el conflicto moderno se han empañado.
El Otro que podría delimitar a un Yo moderno soberano se ha fracturado
y desdibujado , y no hay más un exterior que marque el lugar
de la soberanía.
En este
artículo critico ambas posiciones: la primera por su mito sobre
un mundo más integrado y mejor, la segunda por su rápida
transición de imperialismo al imperio dejando atrás formas
“territorializadas” de resistencia radical y teoría
revolucionaria (desde la toma popular de mecanismos de estado hasta
la teoría de la dependencia con conciencia de clase).
El neoliberalismo
global ha sido mejor conocido por los cambios políticos y sociales
con los cuales ha sido asociado. El decaimiento del “estado-benefactor”
(welfare-state) ha sido interpretado por algunos como el ocaso
del estado-nación mismo, mientras que el consecuente aumento
en la facilidad del capital de moverse a través de fronteras
ha llevado a algunos a hablar de la aparición de “mundos
fenomenales compartidos” (David Harvey y Anthony Giddens), así
como el surgimiento de una sociedad de red informática global
(Manuel Castells). Pero es en la economía donde se revelan sus
verdades más profundas. En vez de destruir al estado-nación,
lo ha transformado en un órgano directriz para las privatizaciones,
ya sea por medio del terrorismo (Chile bajo Pinochet) o de las leyes
de las democracias burguesas. En muchos casos, el capitalismo global
se ha establecido como la norma, inscrita en el cuerpo político,
y en los comportamientos de la clase trabajadora en la medida que ésta
internaliza la nueva disciplina laboral de competencia global o migraciones
inter-estatales. En este sentido podemos hablar de un mundo fenoménico
compartido: El capital, en la forma de capital-dinero, capital-mercancía
y capital-productivo circula libremente y su libre circulación
se presenta como el orden natural de las cosas.
La ideología
de la globalización, es decir, de un mundo más integrado,
gozando los beneficios de tecnología de punta con crecimiento
en el consumo de artículos hechos con recursos no-renovables,
bajo condiciones de una idealmente completa comodificación de
la vida, acompañada de una proyectada privatización total
de la producción de mercancías, tiene que ser contrastada
con la realidad económica de exclusión y la dramática
condición de pobreza para la mayor parte del mundo. No todos
los botes se han alzado con la marea alta de la ideología neoliberal:
1,200 millones viven en la pobreza aguda o extrema. Áunque éso
representa una reducción de 200 millones desde 1970, han habido
en los últimos 30 años un crecimiento en la pobreza general
de unos 500 millones, llegando así a los 2,500 millones, y un
crecimiento en la desigualdad global en los ingresos, a pesar de que
el ingreso per capita ha crecido 38 % en ese mismo período. De
acuerdo a la Comisión Económica para América Latina
y el Caribe de la ONU, la desigualdad en los ingresos ha aumentado en
Latinoamérica. Mientras que la rata de pobreza se mantuvo en
37 % de 1980 a 1997, la pobreza ha subido en términos absolutos,
de 135 millones a 204 millones (de una población de aproximadamente
450 millones). Además, las plazas en el sector informal (irregular
y no regulado) han aumentado hasta el punto que hoy en día 4
de 5 plazas se encuentran en ese sector. Dicho sea de paso, el número
de personas que sufren pobreza aguda o extrema en lo que era el mundo
socialista de Europa Oriental saltó de 0,3 millones en 1980 y
0,2 millones en 1990 a 15,7 millones en 1999, y el número de
aquellos que sufren pobreza general creció de 6,4 millones en
1980 y 5,9 millones en 1990 a 72 millones en 1999.
La intensidad
del comercio mundial, representada por su dramático aumento,
la internacionalización de la producción (30 % del comercio
internacional está compuesto del “intercambio a través
de fronteras de partes y componentes semi-acabados” ), y la explosión
de servicios a través de fronteras tales como servicios financieros,
es naturalmente notable. La internacionalización de la producción
doméstica es otra faceta importante de esta intensificación
del comercio mundial. Así por ejemplo, en los países ricos
como los Estados Unidos, el 70 % de su producción doméstica
está sujeta a la competencia internacional (de 4% en los 1960).
Esa situación ejerce presiones serias sobre el trabajo y crea
condiciones en las cuales los trabajadores confrontan una disciplina
laboral adaptada a las vicisitudes del mercado mundial, el cual trata
de imponer con diferentes grados de éxito una ideología
que es impermeable e intolerante a los retos lanzados contra el capital
desde una perspectiva global. Ésto se explica por los esfuerzos
en manipular la conciencia de los trabajadores para hacerles creer en
la piel misma que están compitiendo por trabajos, no sólo
con sus vecinos, sino también con trabajadores en otras partes
del mundo.
Pero no
debemos olvidar que, de acuerdo a Ankie Hoogvelt, no ha habido una extensión
del comercio mundial que corresponda a su intensificación. Mientras
que el número de países ha aumentado en los últimos
200 años, de tal manera que pareciera que la globalización
ha aumentado la extensión del comercio internacional (simplemente
porque hay más países comerciando), una división
del mundo en ungrupo rico de países del centro y una periferia
pobre revela que las parte del comercio mundial que corresponden a las
gentes del centro y de la periferia se han mantenido notablemente estables.
Así, mientras que las partes correspondientes (en las figuras
de Kuznets citadas por Hoogvelt) del comercio mundial de mercancías
fueron en 65 % y 18 % para las regiones desarrolladas y subdesarrolladas
respectivamente en 1800, en 1913 fueron 74,3 % y 20 %, en 1953 fueron
68,9 % y 26,3 % (ó 65,1 % y 25,5 % en figuras de la ONU); en
1965 fueron 69,5 y 19,6; en 1975 fueron 66,9 y 22,5; en 1996 fueron
67,2 y 29,1. El salto grande en los últimos números citados
para los países de la periferia se debió a la actividad
económica de los llamados Tigres del Asia: Hong Kong, Corea del
Sur, Taiwán y Singapur. Pero estas “economías recientemente
industrializadas”, que representaron en 1996 un 10,8 % del comercio
mundial, tienen una población combinada de 71 millones ó
1,5 % de la población mundial (en 1998, de acuerdo a estadísticas
de la ONU). Es decir, mientras que la parte del comercio mundial correspondiente
a los países periféricos en desarrollo era 20 % en 1913,
al fin del siglo XX fue 18,3 %.
Lo que
estamos viendo como un fenómeno global, a saber, el aumento de
la marginalización, fue experimentada como un fenómeno
nacional a principios de la era moderna con el surgimiento
del capitalismo. El robo de tierras comunales y la pauperización
de la población agrícola, al ser ésta robada de
sus implementos de trabajo y de la tierra, fue hecho originalmente contra
el grano de leyes ineficaces, comenzando en Inglaterra en los 1700 y
continuando en la periferia (p. ej. América Latina) en los siglos
XIX y XX. La pauperización contemporánea obedece a distintos
procesos de transformacion, por supuesto, pero todavía dentro
de la unidad del sistema capitalista; como hemos visto éstos
son representados como fenómenos de marginalización y
exclusión. Le añadiría al énfasis que hace
Hoogvelt en los procesos sociológicos de la globalización
(es decir, un mundo fenoménico compartido), el más básico
fenómeno de pauperización como una condición para
el plusvalor por encima del representado (fenoménicamente) por
el “salario social” o “ético” en las
regiones del “centro” durante el período fordista.
Antonio
Negri y Michael Hardt sostienen que una forma de soberanía está
emergiendo detrás de estos fenómenos de marginalización
global y exclusión: Una forma de soberanía sin un centro
territorial de poder o bordes fijos, y sin los tres mundos de la vieja
ideología geo-política. Parece que para Hardt y Negri
la diferencia esencial entre imperialismo e imperio radica en las categorías
de poder estatal soberano y territorialidad. Bajo el imperialismo el
estado-nación soberano e imperialista ejerce su poder central
sobres sus propios y otros territorios, p. ej., el poder imperial de
la Gran Bretaña sobre territorios en Africa, Asia y el Caribe.
Hemos
sido testigos desde el fin de la Segunda Guerra Mundial, de acuerdo
a Hardt y Negri, de una disminución del poder de estado soberano
de las estados-naciones imperialistas, y del surgimiento del imperio.
Imperio, contrastándolo al imperialismo, no tiene “centro
territorial de poder”; es un “aparato de gobierno descentrado
y desterritortializado que progresivamente incorpora el entero ámbito
global dentro de sus fronteras abiertas y expansibles”.
Unos pocos
años atrás, el filósofo colombiano Santiago Castro
Gómez había articulado una posición similar, la
cual él decribió como posmoderna: Del mismo modo, diría
yo, que la posmodernidad de la existencia personal se ha caracterizado
por la desarticulación del sujeto y de su papel central en la
constitución de la realidad, así también en la
condición política posmoderna el estado pierde, para Castro
Gómez, su papel como la instancia central organizadora de los
sistemas económicos, políticos y geográficos.
En Hardt
y Negri encontramos también el uso de la división moderno-posmoderno
como metáfora para la distinción entre imperialismo e
imperio, por un lado, y el estado-nación moderno y organos de
gobierno supranacionales, por el otro. De hecho, tomando prestada una
crítica que Marx y Engels le hicieron al socialismo utópico
como reaccionario en el contexto industrial, Hardt y Negri sostienen
que el esfuerzo por reconstruir el estado-nación contra el capitalismo
global es retrógrado. No obstante, Hardt y Negri mantienen silencio
con respecto a la distinción fundamental entre los socialistas
utópicos criticados por Marx y Engels, y la naturaleza reaccionaria
del imperio contra el cual la gente lucha hoy en día. También,
no parece haber para Hardt y Negri una clase revolucionaria que reemplazaría
las ahora supuestamente reaccionarias luchas por la auto-determinación
nacional de los países dominados, excepto por la emergente “multitud”
heterogénea, compuesta de un proletariado redefinido como “todos
aquellos explotados por la dominación capitalista y sujetos a
ella” . Con respecto a luchas reales contra el imperialismo, Hardt
y Negri nos dejan con lo siguiente:
La
entera cadena lógica de representación podría ser
resumida así: El pueblo representa a la multitud, la nación
representa al pueblo y el estado representa a la nación. Cada
eslabón es un esfuerzo por mantener suspendida la crisis de la
modernidad. La representación en cada caso significa un paso
más de abstracción y control. De la India a Algeria y
de Cuba a Vietnam, el estado es el regalo envenenado de la liberación
nacional.
¿Es
eso verdaderamente lo que esas revoluciones significaron: esfuerzos
por ponerle un freno a la crisis de la modernidad? Claro que fueron
revoluciones modernas, pero ¿cómo defendería una
revolución posmoderna a Cuba o a Vietnam del imperialismo estadounidense?
Es, creo
yo, una expresión de “perspectiva del centro”, muy
provincial (así como una meramente aparente objetividad, porque
este tipo de conocimiento tiene el poder de crear la realidad a conocer),
argumentar que el estado-nación se ha convertido en
una herramienta reaccionaria que detiene las verdaderas posibilidades
revolucionarias en el imperio de hoy en día. Es algo extraño
encontrar tales absolutos en Hardt y Negri cuando enfatizaron que a
menudo no se le ha dado valor a los movimientos que luchan contra el
capitalismo. Pero es allí, donde los trabajadores y los pobres
se han vuelto partícipes en el estado-nación, que vemos
el florecer de lo que Hardt y Negri llaman la subjetividad. No es de
extrañarse que es en la revolución bolivariana venezolana,
y nó en los ONG que dicen no perseguir el poder del estado, dónde
el imperialismo estadounidense encuentra el peligro real.
Hardt
y Negri condenan todos los movimientos progresistas que buscan preservarse
por medio del estado-nación. Parecen hacer ésto sobre
la base de lo que es para ellos la ambiguedad de la liberación
nacional: Por un lado, fue una lucha progresista contra el colonialismo;
por el otro, se traga “el regalo envenenado”—el estado.
Si es así, entonces Cuba, Venezuela y Vietnam están condenados
a tener revoluciones que se marchitarán, no por la soberanía
y el poder imperial, sino más bien por ser eminentemente reaccionarias.
¿Es ésto realismo o derrotismo? Creo que Hardt y Negri
tendrían dificultades en mostrar cómo el imperio, aún
si fuera la “máquina” del futuro, es más progresista
que lo que estas revoluciones han alcanzado o están tratando
de alcanzar. Pero aun si la llamada vieja izquierda ha de ser dejada,
junto con la dialéctica, a la vera del camino que lleva
a través del imerio hacia el fin del imperio, ¿cómo
se explican Hardt y Negri el éxito de los llamados “tigres
del Asia” si no toman en cuenta el papel central que el estado
asumió en la economía o las medidas que asociaciones regionales
inter-estatales tomaron para frustrar los designios del imperialismo
económico de los Estados Unidos? Hasta en uno de los ensayos
tempraneros de Gunder Frank vemos una propuesta de economía política
notablemente parecida a lo que fue propuesto por Ankie Hoogvelt para
contrarestar la hegemonía económica de los Estados Unidos
(siguiendo esta autora el ejemplo de las economías orientales
que han tenido más éxito).
Esta ausencia
de alternativas prácticas en Hardt y Negri explica las agudas
críticas contra su concepción de imperio por el aparente
abandono de teorías sobre el imperialismo, a decir verdad por
la posición que ellos toman de que el imperialismo ha sido sobrepasado
por un Imperio descentrado y desterritorializado, la fuente del cual
no se encuentra más en los centros imperialistas. Atilio Boron
y James Petras han criticado a Hardt y Negri por la idea de éstos
de un imperio sin imperialismo. No sólo crean Hardt y Negri a
un pelele para representar a la izquierda tradicional en sus supuestamente
ineficaces combates a nivel local contra lo que es nada más y
nada menos que un proceso global, sino que también Hardt y Negri
no pueden identificar al enemigo excepto por el atributo demasiado general
de ser “un régime específico de relaciones globales”
.
Áunque
algunos de los criticismos que Boron le hace a Imperio parecen
hallar respuesta en el texto mismo, por ejemplo, la afirmación
de Boron que Hardt y Negri no están concientes de las dificultades
de los emigrantes que tratan de viajar a países ricos como Francia
y los estados Unidos, creo que Boron está correcto al culpar
a Hardt y Negri por haber abandonado la idea de que el imperialismo
es central y esencial para la realidad contemporánea.
El imperio
puede ser la distinción característica del imperialismo
contemporáneo, la declinación genitiva del imperialismo,
por así decirlo, de tal manera que el imperio pertenece
al imperialismo contemporáneo como una de sus características
centrales y que así lo define. Una mejor expresión sería
entonces la de Petras, “imperio con imperialismo” , para
caracterizar la realidad de hoy, en vez de la transición absoluta
que Hardt y Negri proponen cuando marchan del imperialismo al imperio.
Tienen
Hardt y Negri buenas razones, sin embargo, para buscar las herramientas
conceptuales que se necesitan para entender los fenómenos globales
sociales y económicos contemporáneos. Me enfocaré
en algunas de las razones Hardt y Negri ofrecen para mantener que el
imperio se caracteriza por la ausencia de un espacio exterior. Por último
ofreceré un enfoque alternativo para mostrar como una teoría
de la dependencia puede articular los fenómenos que Hardt y Negri
tratan de explicar.
De acuerdo
a Hardt y Negri, una de las características de la sociedad contemporánea
posmoderna reposa en la transición de la sociedad disciplinaria
foucaultiana hacia la sociedad de control (también siguiendo
Foucault), donde los bordes espaciales de las instituciones disciplinarias
de la primera (p. ej., la clínica, la prisión, el hospital
mental, la fábrica) se rompen y se diseminan a través
de la sociedad, implicando no sólo la producción de objetos
sino también la producción de la vida misma: la producción
biopolítica.
Marx había
hecho referencia de paso, pero germinal, a las características
de la disciplina en la fábrica, notablemente en la manera en
que el dualismo moderno de un “alma” dirigente, unificadora,
sobre el trabajo asociado de los trabajadores a “detail”
de las manufactureras se convierte en el orden natural de las cosas
desde el punto de vista de los trabajadores mismos:
El
avance de la producción capitalista desarrolla una clase trabajadora
la cual por educación, tradición, costumbre, ve las condiciones
de ese modo de producción como leyes manifiestas de la Naturaleza.
La organización del proceso capitalista de producción,
una vez que ha sido plenamente desarrollado, rompe toda resistencia….
Es distinto durante el génesis histórico de la producción
capitalista. La burguesía en ascenso quiere usar y usa el poder
del estado para “regular” los salarios, es decir, para forzarles,
dentro de los límites adecuados, a crear plusvalor, alargar el
día de trabajo y mantener al trabajador en un grado normal de
dependencia.
Análogo
a la concepción contemporánea de que existen estructuras
suprapersonales (la escuela, la prisión, el hospital, la fábrica)
que constituyen o producen la subjetividad humana en el acto mismo de
disciplinar individuos para que funcionen mejor en un sistema, y que,
además, se han convertido en nódulos para el libre flujo
de producción biopolítica en una sociedad de control,
así de esa manera ni siquiera permitiendo la continua existencia
de un foro interno “exterior” a estas instituciones disciplinarias
modernas, Hardt y Negri desarrollan la idea de una naciente
estructura imperial en la edad de la globalización en la cual
nuevos mecanismos tecnológicos y formas de capital, tales como
el capital financiero, constituyen o producen órganos de poder
(p. ej., el FMI, el Banco Mundial, la OMC) que, o circunvalan el estado-nación,
o lo reducen a, en las palabras de Manuel Castells, un nódulo
dentro de una red de flujos en una sociedad de informatización.
Así, el estado pierde algunas de sus funciones de bienestar social
y centralizadoras para un mejor flujo del capital. En ese sentido, puede
uno hablar de desterritorialización. Algunas funciones, particularmente
aquellas del estado-benefactor, son tomadas de la esfera de regulación
territorial porque una de las características esenciales del
territorio se ha perdido, a saber, el espacio alrededor de un centro
que es configurado como la “instancia organizadora central”
de la vida política y social, así como también
el árbitro de conflictos entre clases.
Pero un
árbitro no tiene que ser neutral, como lo hemos aprendido con
respecto a la conducta de la OEA hacia la Revolución cubana o
de Human Rights Watch hacia la Revolución bolivariana en Venezuela.
Parece existir en el pensamiento posmoderno un énfasis exagerado
en la diferencia y en las relaciones, sin las matrices dentro de las
cuales aquellas tienen sentido. La “descentralización”
de las relaciones del poder que caracterizaron al “estado-benefactor”
y el reforzamiento de operaciones del estado-policía contra los
pobres responden a la lógica de la economía neoliberal
tanto como las leyes contra la vagancia, que fueron conjuntas con las
prácticas de caridad semi-oficial hacia los trabajadores para
que éstos pudiesen alcanzar lo mínimo requerido para la
subsistencia física, y por tanto para la creación de plusvalor,
fueron útiles en la legitimación de las funciones
del estado durante le ascenso del capitalismo en Inglaterra. La “naturalización”
de la fuerza del capital requiere de esa fuerza misma si ésta
ha de ser interiorizada.
Es de
notar que Hardt y Negri se basan en gran parte en las teorías
de Luxemburg y de Lenín para explicar el surgimiento de lo que
ellos han denominado imperio.
Hardt
y Negri enfatizan que para Luxemburg el capitalismo necesitaba un medio
no-capitalista para aquel realizar plusvalor; de allí, la creación
del imperialismo de “consumidores externos como otros-que-capitalistas”
.
Ella también
vio en este proceso lo que Marx y Engels habían visto en El
manifiesto comunista, a saber, la tendencia hacia la proletarianización
del medio no-capitalista, su capitalización. En otras palabras,
había un pasaje de la subsunción formal del trabajo colonizado
bajo el capital a su subsunción real: Del robo, pillaje y la
explotación de materias primas como capital constante a la transformación
del poder laboral de los pueblos colonizados en capital variable. No
obstante, es aquí, en este pasaje, que el capitalismo se quebranta,
de acuerdo a Luxemburg:
Lo
más violenta, implacable y completamente que el imperialismo
causa la caída de las civilizaciones no capitalistas, lo más
rápidamente que remueve las bases de la acumulación capitalista.
Áunque el imperialismo es el método histórico para
prolongar la carrera del capitalismo, es también el medio seguro
de llevarle a un rápido fin.
Este descubrimiento
requiere teóricamente, dice Luxemburg, una reconsideración
de las presuposiciones del Capital, especialmente del volumen
II, el cual asume que “el mundo entero es una nación capitalista,
que todas las otras formas de economía y sociedad han desaparecido”,
que no existe por lo tanto un exterior al capitalismo.
Ya
que la acumulación de capital se vuelve imposible en todos los
puntos sin medios circundantes no-capitalistas, no podemos obtener un
retrato fidedigno de ella si asumimos la dominación exclusiva
y absoluta del modo de producción capitalista.
De acuerdo
a Hardt y Negri, mientras que Luxemburg pensaba que el capitalismo no
podía avanzar más allá del imperialismo, “Lenín,
más que cualquier otro marxista, fue capaz de identificar el
pasaje a una nueva fase del capital más allá del imperialismo,
e identificar el lugar (o más bien, el no-lugar) de la soberanía
imperial emergente” .
Para Lenín,
dicen Hardt y Negri, el imperialismo es “una fase estructural
en la evolución del estado moderno”, el cual es a su vez
un mecanismo para la incorporación progresiva de una “multitud”
en un “pueblo”. El imperialismo es por tanto para Lenín
un “elemento hegemónico de la soberanía”.
Hardt
y Negri mantienen que Lenín previó que, por medio del
desarrollo del imperialismo, basado éste en la distinción
interior-exterior, el exterior (al capital) sería eliminado
en los países subordinados. “El capital tiene que eventualmente
sobrepasar el imperialismo y destruir las barreras entre el interior
y el exterior” . Por “interior” y “exterior”,
Hardt y Negri quieren decir aquí de nuevo un medio capitalista
y no-capitalista respectivamente. El imperio no sólo elimina
el exterior por medio de una completa capitalización del mundo,
pero también elimina la posibilidad de crítica desde el
exterior. Lenín se dio cuenta que el momento había llegado
cuando existían solo dos alternativas: “O la revolución
comunista o el imperio…” . Para Hardt y Negri, las intuiciones
de Lenín (¿o es más bien lo que ellos intuyen en
el trabajo de Lenín?) prefigura la situación de hoy cuando
el capital y la multitud se confrontan uno al otro a escala global,
cada vez más directamente, cada vez menos mediados en esa confrontación
por el estado:
Habiendo
alcanzado el nivel global, el desarrollo capitalista es confrontado
directamente por la multitud, sin mediación. De aquí que
la dialéctica, la ciencia del límite y su organización,
se evapora. La lucha de clases, empujando al estado-nación hacia
su abolición y así yendo más allá de las
barreras puestas por él, propone la constitución del Imperio
como el sitio de análisis y conflicto…. El capital y el
trabajo se oponen en una forma directamente antagónica. Ésta
es la condición fundamental de toda teoría sobre comunismo.
¿Pero
es el estado-nación de verdad abolido por el imperio? ¿Es
esta concepción hiper-globalista de la relación entre
el estado y el mercado mundial de hoy en día certera en lo que
se refiere a una tendencia clara a corto plazo en el capitalismo?
Áunque
hay buenas razones para pensar que el estado será abolido con
el derrumbamiento del poder del capital, cualquier tendencia con ese
resultado tiene que ser mediada por un proceso que requiera del estado-nación.
Pero hoy la destrucción de estados-naciones expresa la estrecha
relación entre el neoliberalismo económico, el gran capital
y elementos protofascistas en las élites políticas de
los estados-naciones imperiales. También la reducción
o eliminación de espacios democráticos de la sociedad
civil en su concepción estrecha (subsistemas políticos
y legales burgueses) por las decisiones tomadas por oficiales no elegidos
en, por ejemplo, la OMC, pueden ser mejor interpretadas como representativas
de la pérdida de previas conquistas por la clase trabajadora
y como una ventaja, en el juego de suma-zero que los neoliberales juegan,
para el gran capital. El aparato de estado actua consecuentemente, y
de acuerdo a su lugar en la jerarquía global de relaciones de
poder.
Supongamos,
de cualquier manera, que tal tendencia hacia el fin del estado-nación
existe. ¿Ha sido explicada en los términos de la necesidad
capitalista por la capitalización? ¿Pero por qué
debería la necesidad capitalista por la capitalización
requerir el marchitamiento del estado-nación y el ascenso de
la constitución imperial? De requerir algo, me parece que necesitaría
más aun el fortalecimiento del estado en dos de sus más
significativos mecanismos: La represión y la propaganda. Los
Estados Unidos es hoy un buen ejemplo de la unión de los dos:
La ley “Patriot”, la tortura de prisioneros de guerra, y
el desplazamiento de violencia de estado organizada para la supresión
de manifestaciones anti-imperialistas en Sadr City y de manifestaciones
an contra de la globalización capitalista en Miami, han sido
complementadas con una ideología imperialista ultra-nacionalista,
lo que es llamado “patriotism” en los Estados Unidos.
¿No
podría esa tendencia ser mejor explicada como una novedosa expresión
a flor de piel de la relación ente centro y periferia al nivel
del sistema-mundo? Es de verdad sorprendente, como Atilio Boron lo ha
notado, que Hardt y Negri completamente ignoran la teoría de
la dependencia, la cual desarrolla hipótesis sobre relaciones
internacionales y globales, no en los términos de las relaciones
entre naciones en sí, como si las unidades en las relaciones
globales fuesen el fundamento capaces de existir en aislamiento y separables,
por lo tanto, en su desarrollo o subdesarrollo de otras naciones, sino
más bien, en los términos del estructuramiento de las
relaciones y sistemas económicos para el beneficio de las regiones
centrales del mundo, estén éstas organizadas como estados-naciones
o, si Hardt y Negri están en lo cierto, no así organizadas
en un futuro no muy distante.
De acuerdo
a Hardt y Negre, teóricos del subdesarrollo
deducen
una conclusión inválida: Si las economías desarrolladas
alcanzaron articulación completa en aislamiento relativo y las
economías subdesarrolladas se tornaron desarticuladas y dependientes
por su integración a circuitos globales, entonces un proyecto
para el aislamiento relativo de las economías subdesarrolladas
resultará en su desarrollo y completa articulación. En
otras palabras, como opción alternativa al “falso desarrollo”
que los economistas de los países capitalistas dominantes alcahuetean,
los teóricos del subdesarrollo promueven un “desarrollo
real”, el cual supone desconectar a una economía de sus
relaciones dependientes y articular, en aislamiento relativo, una estructura
económica autónoma. Ya que las economías dominantes
se desarrollaron de esta manera, ha de ser entonces el verdadero sendero
para escapar el ciclo del subdesarrollo. Este silogismo, sin embargo,
nos quiere hacer creer que las leyes del desarrollo económico
trascenderán de alguna manera las diferencias en el cambio histórico.
Pero conceptos
tales como el desarrollo autocéntrico y dependiente de dependentistas
como André Gunder Frank no son usados por ellos para referirse
al desarrollo independiente o aislado de un centro autocéntrico
como modelo a seguir (desarrollo original desde un no-desarrollo). En
vez de eso, tales conceptos buscan capturar el desplegamiento de la
periferia en base de un subdesarrollo impuesto o, alternativamente,
de un desarrollo autocéntrico proyectado.
Sin embargo,
la dependencia de la periferia tiene que ver con el desarrollo estructurado
de su economía para satisfacer los intereses del centro. A la
inversa, el desarrollo del centro o metrópolis está predicado
en la explotación de la periferia o satélites. Así
que el mito del estado-nación que se desplega en y por sí
mismo no es un concepto operativo en la teoría de la dependencia.
Todo intento
de la periferia de desarrollarse autocentricamente requiere por supuesto
un cambio en la relación, pero no necesariamente un aislamiento.
De nuevo, el centro no se desarrolló en aislamiento de su explotación
de la periferia. Enrique Dussel aptamente denominó esa noción
de un desarrollo aislado del centro el “mito de la modernidad”
.
Cuando
Gunder Frank habla sobre la desconección de las economías
satélites o dependientes, ya sea como una cuestión de
hecho histórico o como propuesta política, se refiere
él a un deseslabonamiento de su condición como economía
dependiente, no a un desarrollo aislado de la economía mundial.
Sus ejemplos en este contexto son a mi parecer ejemplos de economías
que, por accidente en diferentes fases del colonialismo y del imperialismo,
fueron acopladas débilmente a las metrópolis coloniales
o imperiales. Ésto no esconde una propuesta aislacionista que
es abstraída de las “diferencias en el cambio histórico”;
al contrario, está íntimamente conectado a fenómenos
globales característicos de fases colonialistas, imperialistas
y expansionistas, cuando ciertos eventos debilitaron al colonialismo,
o retardaron el expansionismo, o cuando el imperialismo capitalista
nos llevó a guerras mundiales. De manera similar, cuando teóricos
de la dependencia hacen referencia al desarrollo autocéntrico
de la economía capitalista en Europa, la referencia para la mayoría
de ellos es a un desarrollo que no estuvo eslabonado a otro centro con
el cual era dependiente. Más bien, ya sea como causa o como efecto,
el desarrollo del capitalismo en Europa está obviamente “conectado”
al saqueo de América, Africa y Asia. Es claro que éso
no es un desarrollo bajo condiuciones de aislamiento.
La caricatura
de la teoría de la dependencia dibujada en Imperio nos
ayuda indirectamente a darnos cuenta que Hardt y Negri tratan y fallan
en desarrollar un paradigma conceptual para cimentar la transición
del imperialismo al imperio. Colegimos, es verdad, numerosas referencias
y sugerentes comentarios sobre la decadencia del fordismo, el surgimiento
de una consitución imperial, la manifestación de nuevas
formas de resistencia. Pero también leemos enunciados algo vagos
sobre el fin de la dialéctica (la principal crítica contra
Fukuyama, i.e., ¡que sus opiniones no son ya pertinentes en la
era pos-dialéctica!), el reemplazo del topo de Marx por la undulante
culebra posmoderna de las luchas por la liberación que no comunican
la universalidad de sus principios y fines una a la otra, etc. Pero
el mecanismo preciso de esos cambios, ya sean reales o imaginados, no
es elucidado.
El paradigma
conceptual de la teoría de la dependencia, un paradigma que debe
ser complementado con el análisis de clase, como muchos serios
dependentistas de Gunder Frank a Enrique Dussel han hecho, podría
ser útil aquí. La desarticulación de lo que se
convirtieron en economías periféricas y su rearticulación
en un sistema-mundo debería apuntarnos hacia una reconceptualización
del papel del estado-nación dependiente en una variedad de situaciones:
De mere estado clientelista del capitalista metropolitano; a representante
de ciertos sectores de la burguesía dependiente que trata de
romper sus nexos de dependencia (su estatus lumpen, en la terminología
de Gunder Frank) con la metrópolis; a una matriz llena de contradicciones
en la unión de políticas burguesas “autocéntricas”
de sustitución de importaciones, movilizaciones obreras, y redistribución
egalitaria en la medida en que se incorporan al mismo tiempo elementos
burgueses nacionalistas y socialistas dentro del estado, ya sea en la
estela de guerras nacionales de liberación o en los esfuerzos
para alcanzar un desarrollo autónomo de los 1940 a los 1980 en
varios lugares de Africa, Asia y América Latina.
La disolución
del estado-nación en general, o del estado-nación imperialista
en particular, no es una de las características de la globalización.
Al contrario, el estado-nación está cambiando sus funciones
de nuevo, esta vez para representar directamente (¿una vez más?)
intereses corporativos globalizantes bajo el velo de una ideología
globalista que reduce las libertades civiles a las vicisitudes de un
mercado global a beneficio del gran capital. Este cambio de funciones
del estado puede en parte explicar cómo, por ejemplo, los países
de la Unión Europea se hicieron entre 50 y 70 % más ricos
de 1980 a 2000 mientras que, en ese mismo período, sufrían
severas crisis en sus sistemas de bienestar social. Gobiernos representativos
del capitalismo neoliberal “están teniendo dificultades
crecientes en cobrar impuestos a las ganancias de las corporaciones”
.
Además,
a pesar de que el gran capital (pero no todo el capital) puede moverse
más libremente bajo condiciones de globalización, también
es el caso que restricciones a la migración del trabajo se mantienen.
Si uno le añade a esta restricción la muy importante característica
del libre flujo del capital, a saber, que el capital más fuerte
generalmente destruye y absorbe al más débil, entonces
las crisis de los países pobres tienden a convertirse en sistemáticamente
insoportables. La privatización de industrias y el desmantelamiento
del estado-benefactor en los países pobres lleva a una pérdida
dramática de capital doméstico en esos países,
o a la super-explotación del trabajo para competir con el capital
más eficiente de los países ricos.
El empeoramiento
de las condiciones de trabajo, el desempleo masivo y la reducción
de la democracia a un ejercicio electoral formal bajo condiciones de
extrema pobreza han comenzado a caracterizar las situación de
muchos países latinoamericanos en los últimos 20 años.
De hecho, hace 10 años los neoliberales señalaban a Latinoamérica
como un ejemplo de la exitosa implementación de las políticas
de mercado impuestas por el FMI y articuladas en el llamado Consenso
de Washington (con énfasis en Washington). Hoy, la dependencia
tecnológica ha aumentado, mientras que influjos de capital no
siquiera se aproximan a las cantidades necesarias para pagar el interés
de la deuda externa.
Con vista
a esta situación, es importante repensar las relaciones contemporáneas
de acuerdo a los principios de la teoría de la dependencia, contrario
a lo que los desarrollistas y los posmodernos piensan sobre su continua
relevancia o carencia de ella.
La teoría
de la dependencia tiene, agrandes trazos, componentes filosófico-culturales
y económicos. Los discuto brevemente en lo que sigue.
No debemos
descartar la obvia correlación entre los dos. Como un ejemplo
de esta correlación de dependencia económica y dependencia
socio-cultural se se pueden mencionar las ideas del argentino Juan Bautista
Alberdi (1810-1884), uno de los más significativos filósofos
de la Latinoamérica del siglo XIX, bien conocido por su llamado
a la creación de una filosofía práctica (aplicada)
en América basada en el pensamiento europeo, así como
por su propuesta de adaptar las ideas del liberalismo económico
y político a este continente.
Alberdi
asoció, en una relación proporcional directa, la emigración
de europeos a América con el orden económico liberal.
Sus ideas sobre un mestizaje desde abajo eran explícitamente
negativas. Contrasta por un lado los “superiores” (para
él) orden económico liberal e inmigración
europea blanca con los “inferiores” (de nuevo, para
él) proteccionismo económico y mestizaje, por el
otro, todo esto dentro de un contexto sexista. Me parece ese contraste
una afirmación clara de que la definición “formal”
del estado promovida por el liberalismo era en realidad una preferencia
muy “material” por un grupo sobre y contra la mayoría.
También nos sugiere que la dependencia ideológica de muchos
de los latinoamericanos “románticos” era más
que una expresión de apoyo a las ideas producidas en Europa o
en los Estados Unidos. También implicaba la opresión activa
y la marginalización de la mayoría de los latinoamericanos
y su expresiones culturales. En un pasaje de su libro El crimen
de la guerra, Alberdi propone libre comercio y lo que hoy llamamos
globalización, en una síntesis con ideales sexistas y
racistas:
La
industria de una nación que pide al gobierno protección
contra la industria de otra nación que la hostiliza por su mera
superioridad, saca al gobierno de su rol y da ella misma prueba de su
cobardía vergonzosa.
El
gobierno no ha sido instituido para el bien especial de este o aquel
oficio, sino para el bien del Estado todo entero. El gobierno no es
el patrón y protector de los comerciantes, o de los marinos,
o de los fabricantes; es el mero guardian de las leyes, que protegen
a todos por igual en el goce de su derecho de vivir barato, más
precioso que el producir y vender caro.
Limitar
o restringir la entrada de los bellos productos de fuera, para dar precio
a los productos inferiores de casa, es como poner trabass a la entrada
en el país de las bonitas mujeres extranjeras, para que se casen
mejor las mujeres feas nativas del paíss; es impedir que entren
los rubios y los blancos, porque los mulatos, quienes forman el fondo
de la nación, serán excluidos por las mujeres, a causa
de su inferioridad.
Esta conjunción
de liberalismo laissez faire, racismo y sexismo podría parecer
conjunción arbitraria y accidental de discursos, disciplinas
y perjuicios los cuales estamos a unos pocos pasos de transcender en
el movimiento contemporáneo hacia la globalización y un
renacido liberalismo económico. Sin embargo, Alberdi y muchos
otros representantes intelectuales del capitalismo y el imperialismo
tomaron la conexión de presumida superioridad europea en cultura,
raza y política económica como una conjunción empíricamente
verdadera.
El recientemente
fallecido filósofo mexicano Leopoldo Zea (1912-2004), fue el
primer filósofo latinoamericano que analizó sistemática
y extensivamente esa actitud intelectual de negación enajenada
de la realidad “interna” como un peculiar esfuerzo por intelectuales
latinoamericanos de negar su ser en nombre de su conciencia (a decir
verdad, conciencia-para-otro). Al fin y al cabo, los latinoamericanos
eramos, de acuerdo a Alberdi, “Europeos nacidos en América”
. Este proyecto de occidentalización, en vez de sobrepasar el
pasado colonial y las circumstancias nacidas de él, estaba destinado
a recrearlo de otras maneras como una forma de dependencia en la supuesta
filosofía universal, pero en realidad en un pensamiento eurocéntrico,
nos dice Zea.
Zea ha
propuesto lo que él llamó un proyecto asuntivo: es decir,
una asimilación del pasado y nuestra circunstancia americana
como nuestra, en vez de continuar tratando de cortarnos tajante y formalmente
de ellos. Basándose en las enseñanzas del español
trasterrado José Gaos, quien había sido estudiante de
José Ortega y Gasset antes de la victoria del fascismo en España,
el “yo” ideal (el segundo “yo” de la definición
Ortegueana, “yo so yo y mi circunstacia” ) se separa del
“yo” circunstancial—un “yo” que no aparece
como “yo”, sino más bien como lo-del-sujeto—“mi
circunstancia”. Pero no está claro quién es el “yo”
(o el “nosotros” intersubjetivo, ya que Zea está
haciendo referencia a la idea de una identidad cultural auténtica)
en este proyecto para reclamar nuestra identidad. El latinoamericanismo
de Zea, su crítica a la interferencia foránea en los asuntos
latinoamericanos, particularmente por los Estados Unidos, es admirable.
Fue en el siglo XX una de las afirmaciones más influyentes sobre
nuestra identidad que recuperaba elementos importantes de nuestra historia
intelectual. Pero topa con su límite cuando los retos a la identidad
latinoamericana vienen desde Latinoamérica, específicamente
de esos sectores que no forman parte de la historia visible del estado-nación.
Es importante
afirmar un liberarse de la dependencia y dominación externa,
como se hace en concepciones historicistas de la identidad latinoamericana
( la posición de Zea), pero al mismo tiempo también cuestionar
el significado de esa identidad en relación a la colonización
interna y la desigualdad económica. En la Ética de
la liberación en la edad de la globalización y la exclusión
por Enrique Dussel se representa una liberación de marginados
o explotados desde una afirmación originaria de sus vidas formalmente
excluídas y materialmente negadas por sistemas de dominación.
Es por eso que la afirmación de las vidas negadas por sistemas
contemporáneos de dominación requieren la reconstrucción
económica y política desde las víctimas de esos
sistemas pero como constructores de nuevas comunidades y prácticas
de liberación. Filosóficamente, la afirmación que
Dussel hace de lo negado por sistemas de dominación pasa por
tanto de ser una filosofía de la identidad a una de la alteridad.
La economía
de la teoría de la dependencia se desarrolló en parte
como una teoría anti-desarrollista con el desplegamiento
de los debates de mediados del siglo XX. Para los desarrollistas, el
subdesarrollo es una etapa original y el desarrollo de los países
subdesarrollados tiene que ser “generado o estimulado por la difusión
del capital, instituciones, valores, etc., a [esos países], desde
las metrópolis internacionales y nacionales capitalistas”
. Pero, sostiene Gunder Frank, una distinción debe ser hecha
entre no-desarrollado (una fase verdaderamente “original”)
y subdesarrollado.
Subdesarrollo
es el resultado de estructuras coloniales y neocoloniales que forman
o deforman de tal manera la economía de los países o regiones
subordinados (es decir, periféricos o satélites), que
aquellas funcionan de acuerdo a los intereses de los países o
regiones dominantes (es decir, las metrópolis o las regiones
del centro). La teoría sostiene que el subdesarrollo y el desarrollo
desigual pueden ser “distorsiones” o “deformaciones”
del desarrollo, pero aun así, son “sistémicas”
a las relaciones entre países y regiones del mundo.
Disfunciones
tales como la pobreza, el desempleo alto, los salarios bajos y las dislocaciones
económicas, son producidas y reproducidas por patrones de dominación
ejercidas por los países o regiones del “centro”
(o los países colonialistas y neocolonialistas) sobre el “tercer
mundo” para el beneficio del aumento de la riqueza de la clase
capitalista de las regiones del centro (ya sea en los tiempos coloniales,
neocoloniales y poscoloniales). Las consecuencias resultantes, de acuerdo
a la teoría, son patrones de desarrollo en los países
periféricos que están subordinados a las necesidades e
intereses de la clase capitalista de los países del centro; estos
patrones de desarrollo no responden a las necesidades e intereses de
los pueblos de la periferia. La región periférica se convierte
en instrumento para succionar plusvalía económica de los
trabajadores de la periferia para las corporaciones multinacionales.
Durante el período fordista, estas super-ganancias hicieron posible
en parte el “salario ético” o “social”
en los países del centro; en el período posfordista, la
situación es más caótica, ya que los salarios bajos
del mundo periférico hacen posible bajar los salarios de los
trabajadores de los países del centro, al mismo tiempo que se
acrecientan indirectamente las ganancias capitalistas (y la pobreza
de los trabajadores) con el desmantelamiento del estado-benefactor.
El mecanismo
de esta transferencia de plusvalor de la periferia al centro se basa
en diferencias en la composición orgánica del capital,
de acuerdo a Enrique Dussel. A una relativamente mayor composición
orgánica del capital corresponden una producción tecnológicamente
más avanzada y un trabajo más productivo, así como
un valor más bajo transferido del trabajo vivo usado en la producción
a las mercancías producidas por él y, por lo tanto, un
valor relativamente menor de esas mercancías. Inversamente, a
una relativamente menor composición orgánica del capital
corresponden una producción tecnológicamente menos avanzada
y un trabajo menos productivo, así como un valor más alto
transferido del trabajo vivo usado en la producción a las mercancías
producidas por él y, por lo tanto, un valor relativamente mayor
de esas mercancías. Siguiendo la teoría de Marx, Dussel
sostiene que la más alta composición orgánica del
capital de las naciones más desarrolladas permite al capital
de esas naciones vender mercancías por encima de su valor (para
ese capital en particular) y, aun así, más baratamente
que las de sus competidores cuando entablados en competencia externa.
Por lo tanto, el plusvalor es transferido de las burguesías de
las naciones más pobres a las burguesías de las naciones
más ricas; o, más exactamente, del proletariado de las
regiones más pobres a las burguesías de las regiones más
ricas.
De acuerdo
a Dussel, la competencia transfiere plusvalor vía la igualización
de los precios, no de los valores: Primero, diferentes valores de las
mercancías producidas por diferentes capitales son puestas, y
este es el segundo punto, cara a cara en la competencia; esto lleva,
tercero, a la igualización de los precios de las mercancías
en competencia, y, así, a obtener el promedio de las ganancias
al sacar la media de los precios; pero, cuarto, ésto resulta
en la obtención, por el capital más desarrollado, de un
precio más alto para sus mercancías de el actual valor
de ellas y, por contraste, en la obtención por el capital menos
desarrollado de un precio para sus mercancías por debajo de su
valor. En resumen, el capital más desarrollado vende sus productos
por encima de su valor y el menos desarrollado por debajo de su valor,
cuando en competencia entre sí.
Ésto
lleva a Dussel a redefinir la teoría de la dependencia de acuerdo
a la teoría económica de Marx:
[L]a
dependencia … consiste en la relación social internacional
entre burguesías poseedoras de capitales globales nacionales
de diverso grado de desarrollo. En el marco de la competencia, el capital
global nacional menos desarrollado se encuentra socialmente
dominado (relación de personas), y, en último
término, transfiere plusvalor (momento formal
esencial) al capital más desarrollado, que lo realiza como ganancia
extraordinaria.
Ésta
me parece ser la condición económica fundamental que cimienta
ambos, el impulso por importantes sectores de la “intelligentsia”
(p.ej., juristas, académicos, profesionales, los oficiales de
las instituciones religiosas), especialmente de las regiones del centro,
hacia la extensión de la democracia formal, así como su
intolerancia hacia la intensificación y extensión de mecanismos
democráticos para que éstos incluyan una redistribución
global de los ingresos y de la riqueza.
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