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Cuidando de los que nos cuidan: Organización bajo la sombra femenina de la globalización

Ally, Shireen
University of the Witwatersrand, South Africa

traducción: Mara Tubert

 

Introducción

Durante la última década, los estudios sobre la globalización han expuesto de manera clara la reorganización global de la producción pero se ha dicho poco acerca de su “otra ‘parte’”: la reorganización global de la reproducción (Truong, 1996: 47).En este “lado femenino de la globalización” (Enrenreich, 2002:3), las mujeres de color del sur global cada vez trabajan más como trabajadoras reproductivas para familias en el norte1. Con esta división del trabajo reproductivo del hogar basada en el género y la raza, la globalización ha moldeado un “nuevo orden doméstico mundial” (Hondagneu-Sotelo, 2001). No obstante, en la corriente principal de pensamiento sobre la globalización, la esfera femenina de la reproducción se encuentra marginada, y se toma a las trabajadoras como “holgazanas dentro de las redes de la globalización” (Pratt y Yeoh, 2003: 160).

A pesar de encontrarse marginadas de la globalización, este tipo de trabajo es esencial para la reproducción del capitalismo global. Dentro de este tipo de trabajos reproductivos, uno de los más importantes es el trabajo doméstico con remuneración económica, el cual sigue siendo un símbolo de los trabajos de servicios mal remunerados que siguen proliferando en las economías globalizadas (Chang, 2000). Sujetas a una paga injusta y explotadora, a condiciones de trabajo abusivas y a un racismo y sexismo debilitantes, estas “sirvientas de la globalización” (Parreñas, 2001) están comenzando a retar la lógica de que el sector es “inorganizable”. Durante una reciente proliferación de las organizaciones globales alrededor de la lucha de las trabajadoras domésticas, una de las dimensiones más ocultas de la globalización está comenzando a ganar visibilidad y algunas de las trabajadoras más vulnerables están comenzando a levantar la voz.

Este artículo analiza el resurgimiento de las trabajadoras domésticas que se están organizando globalmente para comprender la estructura de la resistencia emergente bajo la sombra femenina de la globalización. Yo argumento que la organización de las trabajadoras domésticas se encuentra marcada por una estructura bipolar de representación. Por un lado, un ‘modelo de asociación’ reconoce y utiliza la reformulación transnacionalista del cálculo de la raza y el género, y ha seguido nuevas políticas de identidad alrededor de la migración. Por otro lado, un ‘modelo de unión’ ha intentado recuperar la movilización tradicional de la identidad de clase, reconfigurada para reconocer la importancia del movimiento del trabajo de asistente doméstico de género bajo la globalización. En este panorama bifurcado, nuevos esfuerzos para ‘organizar lo desorganizado’ han retado al movimiento laboral sindicalizado y nos fuerza a reconsiderar la relación entre ‘organización’ y ‘sindicalización’.

¿Organizando lo ‘inorganizable’?

Con los índices trasnacionales de sindicalización en el sector del servicio doméstico en apenas 1% (OIT, 2004), las trabajadoras domésticas no se encuentran tan sólo desorganizadas, sino que también a nivel mundial se les considera como ‘inorganizables’ (vea Ford, 2004). Esto se suele atribuir a las barreras estructurales en contra de la organización inherentes a la naturaleza del servicio doméstico. Las trabajadoras domésticas trabajan aisladas, detrás de puertas cerradas, lo que hace que la organización y, en específico, que la sindicalización, sea difícil de alcanzar. Como Hondagneu-Sotelo y Riegos (1997) exponen: “La peculiar excepción del trabajo doméstico remunerado se centra en el aislamiento espacial y la atomización de los empleadores, empleados y lugares de trabajo individuales” (56). Para Bujra (2000), este aislamiento significa que, “en términos estructurales, los trabajadores del sector privado no se encuentran agrupados para ser explotados en un contexto donde su conciencia acerca del abuso lleve a la solidaridad con sus compañeros de trabajo” (179). Más aún, las ideologías de los empleadores que convierten a las trabajadoras domésticas como ‘una más de la familia’ y las ideologías sociales que se rehúsan a reconocer que el trabajo doméstico es un trabajo de verdad, provoca que se mitigue la comprensión de las trabajadoras ante el hecho de verse a sí mismas como “trabajadoras” y que, por lo tanto, se lleve a cabo una sindicalización. Incluso cuando las trabajadoras domésticas puedan superar estas mistificaciones ideológicas, las posibilidades de que se lleve a cabo una movilización colectiva basada en una identidad del trabajador se encuentran limitadas dada “la naturaleza personal del la relación empleador-empleado” y “la extrema dependencia del trabajador con su empleador” (OIT, 2004: 43). Estas características del arreglo del trabajo doméstico remunerado junto con la vulnerabilidad social y económica de las trabajadoras domésticas como grupo, hacen difícil que las trabajadoras domésticas ejerciten su derecho a la libre asociación donde ésta existe, y de abogar por tales derechos donde no los hay2. “El aislamiento, la dependencia [y] la invisibilidad” (Gaitskell et al., 1983/4: 87) son, por lo tanto, patrones del trabajo doméstico remunerado que entorpecen la organización en general y la sindicalización en especial.

Sin embargo, mientras la estructura del servicio doméstico establezca límites ante la sindicalización, el enfoque exclusivo en las condiciones que hacen que las trabajadoras domésticas sean ‘inorganizables’ hace que las trabajadoras domésticas se vuelvan víctimas pasivas e impotentes de las características estructurales de su trabajo. Pero esta construcción es inadmisible a la luz de la larga historia no sólo de la organización, sino de la sindicalización, en este sector.

Desde 1881, las lavanderas organizaron la “Washing Society” (Sociedad de lavanderas) para movilizarse para pedir un incremento en los salarios y convocaron a huelga para reforzar su demanda (Van Raaphorst, 1998). Finalmente, tras lograr atraer cerca de tres mil lavanderas, cocineras y niñeras, y con una duración de casi tres semanas, este acto no tan sólo desafía la construcción de que las trabajadoras domésticas son “víctimas pasivas”, sino que también “reveló una interesante forma de conciencia política al hacer que el trabajo de las mujeres saliera de las casas y se convirtiera en un asunto del dominio público” (Hunter, 1993: 205-206). De hecho, Smith (1999) afirma que, más allá de haber sido relegadas al sector privado, las trabajadoras domésticas hicieron que la cuestión del trabajo doméstico fuera “nada menos que ‘la gran cuestión americana’ del siglo XIX” (855). Van Raaphorst (1988) documenta esta temprana historia de la sindicalización del trabajo doméstico en los Estados Unidos y perfila la formación de los sindicatos de trabajadoras domésticas como la American Servant Girl’s Association (la Asociación Americana de Sirvientas) y el Domestic Worker Industrial Union of the International Workers of the World (el Sindicato Internacional Industrial de Trabajadoras Domésticas del Mundo).

La historia más reciente de otras partes del mundo revela un interés similar en la actividad organizacional entre las trabajadoras domésticas. La historia del servicio doméstico en Latinoamérica y el Caribe muestran una tradición de intentos activos de sindicalización en este sector (Chaney y Castro, 1989; Gill, 1994). En África, las trabajadoras domésticas se han organizado en forma intermitente en sindicatos de trabajadoras domésticas en busca de enfrentar tanto la represión política como los temas relacionados al trabajo (Gaitskell et al., 1989/4; Van Onselen, 1982; Bujra, 2000). De hecho, la profunda y activa historia de la movilización de las trabajadoras domésticas remuneradas se encuentra en tal desventaja en África con la prevaleciente construcción del sector como un sector recalcitrante ante la sindicalización, que Bujra (2000) se ve forzada a comentar, en relación con sus experiencias al estudiar el servicio doméstico en el este de África, que

[q]uizás el descubrimiento de que las trabajadoras domésticas podían, dentro de los límites, organizarse a sí mismas como una fuerza de trabajo sindicalizada, realizando alianzas de conciencia de clase con otras trabajadoras, fue lo menos anticipado en este estudio… En contra de todas las posibilidades, las trabajadoras domésticas aquí, y en otras partes de África, se juntaron para protestar como grupo, convirtiéndose en un elemento significativo en la creación de una clase urbana trabajadora tras-étnica y políticamente conciente (179-180).

A pesar de que la historia del sindicalismo de las trabajadoras domésticas que está documentada es limitada, en especial en términos del alcance geográfico e histórico, revela que, más allá de ser resistente a la organización y, en especial, a la sindicalización, las trabajadoras domésticas se han organizado con base en su estatus laboral para formar sindicatos. Esta historia cuestiona la suposición de que el trabajo doméstico remunerado es una rareza ocupacional que desafía a la organización” (Smith, 2000: 47).

Pero, por desgracia, la característica más importante de estos esfuerzos de sindicalización radica en que no son sostenidos. Dado que el trabajo doméstico en muchos países representa en la actualidad, y a lo largo de la historia, el único y más grande sector de la fuerza laboral femenina, y dada su importancia histórica como un punto de entrada de las mujeres de color al mercado laboral (Glenn, 1992), de hecho, resulta interesante que las trabajadoras domésticas hayan fallado en mantener sus esfuerzos de sindicalización con la misma proporción en que se hizo en otros sectores. Quizás la falla para mantener el esfuerzo de sindicalización no es el reflejo de la resistencia de este sector a organizarse como fuerza de trabajo, sino de la resistencia de la fuerza de trabajo organizada a sindicalizar a este sector.

En cada una de las historias documentadas, se puede observar la falla del principal movimiento laboral de trabajadoras domésticas. Por ejemplo, Van Raaphorst (1988) muestra que, en sus esfuerzos para sindicalizarse, las trabajadoras domésticas no podían mantener su actividad debido, en parte, a la indiferencia de la mayoría de la fuerza laboral organizada. Aunque organizaciones tan diversas como la de The Knights of Labour (los Caballeros del Trabajo), the Industrial Wrokers of the World (Los trabajadores Industriales del Mundo) y the Women’s Trade Union League (La Liga de la Asociación Sindical de Mujeres) intentaron organizar a las trabajadoras domésticas, la fuerza de trabajo organizada en general se opuso a la sindicalización de las trabajadoras domésticas y proporcionó poco o nada de apoyo a los nacientes esfuerzos de las trabajadoras. Palmer (1989), quien también escribió acerca de la temprana historia del sindicalismo observa que “las trabajadoras domésticas no eran una prioridad para los sindicatos” (127), y también Christiansen (1999) documenta la exclusión de las trabajadoras domésticas de la agenda de varias organizaciones laborales. Smith (2000), tras investigar más ampliamente en la historia, concluye que

[a]unque pocos sindicatos del servicio doméstico tenían el apoyo de asociaciones sindicales, el movimiento laboral en general ignoró a las muchas mujeres que realizaban un trabajo remunerado en el hogar, a pesar del hecho de que ellas representaban a la mayoría de las mujeres que recibían una remuneración por su trabajo, que en cualquier otra ocupación (67).

Mientras que la relación entre la fuerza de trabajo organizada y los sindicatos de trabajadoras domésticas no se ha explorado lo suficiente en otras partes del mundo, se han llegado a las mismas conclusiones donde sí se ha estudiado. En Gran Bretaña se argumenta que el trabajo doméstico remunerado “ha recibido muy poca atención… por parte de las asociaciones sindicales” (Anderson, 2001: 25). En Bolivia, Gill (1994) afrima que “el movimiento laboral boliviano y sus partidos políticos tradicionales han ignorado a las trabajadoras domésticas” (124). En Sudáfrica, donde el Congreso de Asociaciones Sindicales de África del Sur (COSATU) ha destacado como una federación sindical ejemplar en lo tocante a las trabajadoras domésticas (OIT, 2004), las trabajadoras domésticas han tenido que hacer la siguiente apasionada plegaria para que la federación no las abandone:

COSATU… ahora estamos como basura y ustedes tan sólo nos dejan así. Hablan acerca de cómo ustedes son la sombrilla y cómo ustedes nos dan un refugio. ¿Pero cómo es que no le dan a las trabajadoras domésticas protección?... Ustedes no saben la lucha que enfrentamos en el traspatio… No podemos [sobrevivir] sin un sindicato que conozca nuestra lucha (panfleto de la South African Domestic Service and Allied Workers Union, 1996) (Sindicato sudafricano del servicio doméstico y trabajadores aliadas)

La respuesta a esta plegaria fue tan indiferente que Grossman (1997) concluye que, en general, “hay un apoyo insuficiente por parte de los grandes sindicatos y federaciones, por lo que parece que le dan a las trabajadoras domésticas un ‘estatus de tercera clase’ dentro del movimiento sindical” (63).

En la actualidad, la fuerza laboral organizada reconoce la necesidad de tener una representación efectiva de este sector, pero difiere en la retórica de que el sector es ‘inorganizable’ para justificar la falla para lograr una sindicalización sostenida de las trabajadoras domésticas. Por ejemplo, la International Conferetation of Free Trade Unions (Confederación Internacional de Organizaciones Sindicales Libres), en una declaración representativa argumentó que, mientras que es necesario organizar a las trabajadoras domésticas, “[h]oy en día, sin embargo, este sector permanece en gran medida impermeable a la sindicalización” (CIOSL, 2002: 2). Cobble (1996) argumenta que antes de que las trabajadoras tuvieran éxito sindicalizándose, se dijo que las mujeres eran ‘inorganizables’. Ahora, “un nuevo mito... ha reemplazado al anterior… [L]a vieja idea de que las mujeres eran inorganizables ahora ha sido substituida por la noción no confirmada de que ciertos tipos de trabajos (en la mayoría de los cuales predominan las mujeres) son inorganizables” (Cobble, 1996: 336-337). La deconstrucción de este mito jamás ha sido más probable o necesaria que en esta era de globalización.

Dada la discontinuidad de la globalización con respecto a las definiciones estándares del empleo, del trabajo y de la organización, las peculiaridades del trabajo doméstico remunerado “ya no parece tan anormal” (Smith, 2000: 48). A pesar de su marginación por la corriente principal de la globalización y por la corriente principal del movimiento laboral, las trabajadoras domésticas en la nueva economía global se rehúsan a someterse a la noción de que el trabajo doméstico es ‘inorganizable’. Los abusos sistemáticos de las trabajadoras domésticas en la economía global, en particular de las migrantes, ha generado una respuesta sistemática equivalente: un “sentimiento general de que las trabajadoras domésticas se están organizando”: Lo anterior, de acuerdo a un reporte, representa un “resurgimiento de la actividad de grupos de trabajadoras domésticas que se están organizando, como aquellos que no se han visto desde la depresión” (comunicado de prensa, Domestic Workers Rights Partnership, Agosto 6, 2001).

Un análisis de este “mar de fondo” de la organización de las trabajadoras domésticas y de los retos que trae consigo para la construcción de este sector como ‘inorganizable’, revela que la proliferación de los esfuerzos globales de organización de las trabajadoras domésticas está caracterizado por una estructura bifurcada de representación en la que un ‘modelo de asociación’, que involucra principalmente a mujeres migrantes no sindicalizadas y una fuerza de trabajo organizada, compite contra un ‘modelo sindical’ que busca superar la falla histórica de la fuerza laboral organizada para representar a las trabajadoras domésticas.

Organizando a las trabajadoras domésticas: el ‘modelo de asociación’

En 1995, Flor Contemplación, una empleada doméstica filipina en Singapur, fue ejecutada tras haber sido condenada, aunque la mayoría dice que de manera falsa, por asesinato. La ejecución generó una respuesta masiva cuando varias organizaciones que representan a mujeres inmigrantes participaron en protestas y denuncias de lo que ellos vieron como una condena equivocada y una ejecución injusta. El nivel de protesta que se alcanzó en Filipinas incluso se comparó “con el fermento que precedió a la caída de la dictadura de Marcos” (Bakan y Stasiulis, 1997: 4). En ese mismo año, Sarah Balabagan, una joven filipina de quince años que trabajaba en los Emiratos Árabes Unidos, fue sentenciada a muerte por matar a su empleador en defensa propia cuando éste la violó a punta de cuchillo. De nuevo se activaron las organizaciones globales con asociaciones trasnacionales como la Gabriele Network (Red Gabriele) que jugó papeles específicos en la defensa (Chang, 2000), y otros grupos de trabajadoras domésticas inmigrantes prestaron sus voces para realizar las protestas. La respuesta que siguió a ambos incidentes confirma el resurgimiento del activismo de las trabajadoras domésticas a nivel global, y es el síntoma de las características sistemáticas de esta movilización contemporánea: fueron las organizaciones no tradicionales las que se movilizaron ante las injusticias de la migración, más que los sindicatos nacionales tradicionales organizados alrededor de la explotación de las clases.

Las trabajadoras domésticas siempre han estado dentro de las trabajadoras más explotadas ya que están canalizadas al trabajo doméstico remunerado con base en varios ejes de diferenciación: raza, clase y género. Éstos reflejan y generan la estratificación social en forma más amplia (Glenn, 1992). La globalización ha transferido estas realidades históricas del trabajo doméstico remunerado a un circuito global combinando las dimensiones preexistentes de vulnerabilidad de las trabajadoras domésticas con su comprometido estatus ciudadano (Parreñas, 2001). La codificación de la ciudadanía como un marcador de la desigualdad bajo la globalización y la reinscripción del género en el trasnacionalismo han sido tan poderosas que la migración de género ha enmarcado una política de identidad que ahora predomina en la organización de las trabajadoras domésticas a nivel global.

Como resultado de ello, la organización de la fuerza de trabajo femenina en la actualidad se da principalmente a través de un ‘modelo de asociación’, un modelo no sindicalizado de representación en el que se movilizan las organizaciones de migrantes, de diferentes etnias, de mujeres, de derechos humanos, de defensa legal y no gubernamentales, y tocan muchos más temas que tan sólo el del empleo. En América del Norte, Asia y Europa (las tres principales constelaciones geográficas regionales en las que se reubican trasnacionalmente los recursos de este tipo de trabajos), este modelo de representación domina la organización del trabajo doméstico, donde las identidades de las mujeres inmigrantes se han convertido en la base de la movilización.

En los Estados Unidos, la Coalición pro Derechos Humanos para Inmigrantes de Los Ángeles (CHIRLA) continúa siendo una de las organizaciones más exitosas que ayudan a las trabajadoras domésticas en la costa oeste del país, y se trata de una asociación que se moviliza basándose en la fuerza que tienen las alianzas de las trabajadoras alrededor del género, en “las relaciones de la identidad de las [m]ujeres y en las orientaciones de grupo” (Hondagneau-Sotelo y Riegos, 1997: 71). Mientras que esta asociación se enfoca en mejorar la calidad del trabajo, lo logra, en parte, al obtener confianza a través de los acontecimientos culturales y al movilizar otras identidades alrededor de las trabajadoras. Mujeres Unidas y Activas (MUA), también en California y definido como un “grupo de apoyo para las trabajadoras domésticas inmigrantes latinas” (Chang, 2000: 57), se enfoca en particular en organizar a las mujeres ‘inmgrantes’. De acuerdo a Chang (2000), ambas organizaciones representan modelos de “organización no tradicional de la fuerza de trabajo y de la comunidad entre las mujeres inmigrantes y las mujeres de color” (Chang, 2000: 202). El ‘modelo de asociación’ se basa menos en las formas tradicionales de organización del trabajo y se enfoca en proporcionar defensa y representación a través de organizaciones que cuentan con una base más amplia y que están orientadas en particular a las trabajadoras inmigrantes.

Así mismo, en la costa este de los Estados Unidos se ha dado una proliferación de organizaciones similares de trabajadoras domésticas. La Domestic Workers Rights Partnership (Sociedad pro derechos de las trabajadoras domésticas) es una coalición que combina a por lo menos ocho de los grupos defensores de las trabajadoras domésticas más organizados en la ciudad de Nueva York, grupos que van desde los étnicos hasta los de defensa de las trabajadoras. El enfoque principal de esta asociación se dirige a los derechos de las trabajadoras, pero no se trata de un sindicato. Incluye a organizaciones comunitarias y no gubernamentales, así como grupos pro derechos humanos y de defensa de las trabajadores no sindicalizadas3. Como resultado, la sociedad se define por las identidades de las trabajadoras migrantes y sus actividades van más allá del simple alcance del empleo, defendiendo incluso algunas veces asuntos de inmigración no relativos al trabajo. Por supuesto no es sorprendente la existencia de este tipo de organización de asociaciones laborales no sindicalizadas en los Estados Unidos, donde un movimiento laboral débil ha sido desplazado durante algún tiempo por organizaciones étnicas y asociaciones de trabajadores inmigrantes y de color de distintos sectores; que son más fuertes (vea Cranford y Ladd, 2003). Sin embargo, la organización de las trabajadoras domesticas también se encuentra dominada por este modelo de representación de manera global.

En Canadá, donde históricamente el movimiento laboral ha sido más fuerte, el ‘modelo de asociación’ es una estrategia dominante para organizar a las trabajadoras domésticas, trabajando tanto en temas relacionados con la inmigración y la ciudadanía, así como en asuntos relacionados a los lugares de trabajo tradicionales. La Asociación pro defensa de los derechos de las trabajadoras domésticas (Association for the Defence of the Rights of Domestic Workers) es una de las más activas y es una organización que busca legislar el cambio para mejorar las condiciones de trabajo del servicio doméstico. Su modelo de organización es visto como el único disponible para el sector: “en este momento, la única cosa que podemos hacer es reforzar las organizaciones de las trabajadoras del hogar, como con esta asociación” (Elvir, 1997: 155). Otra organización importante en Canadá es la Organización pro derechos de las trabajadoras domésticas (INTERCEDE: Toronto Organization of Domestic Workers Rights), una organización con base en Toronto que ha hecho campaña en alianza con otros grupos defensores para tener un campo de negociación más amplio, así como para los cambios en las políticas de inmigración que afectan la ciudadanía y los derechos laborales de las trabajadoras (Fudge, 1997). En esencia enfocada en las inmigrantes, INTERCEDE refleja la importancia de la migración como una base de la movilización y de la acción, así como de la importancia de la ciudadanía no tan sólo como un eje de la desigualdad, sino también como una base movilizadora alrededor de la cual se realizan las denuncias sobre los lugares de trabajo (vea Fudge, 1997).

La organización de las trabajadoras domésticas fuera de los Estados Unidos también se basa en sobre todo en organizaciones laborales no sindicalizadas enfocadas en la inmigración a través de un ‘modelo de asociación’. En Asia y el Medio Oriente, en especial donde la capacidad local es limitada, las organizaciones no gubernamentales (ONGs), en asociación con otros grupos, se han vuelto las principales organizadoras de las trabajadoras domésticas en vez de los sindicatos. En Líbano, por ejemplo, la organización de las trabajadoras domésticas está dominada por las ONGs que se han organizado en particular con base en las identidades de las inmigrantes y defienden los temas relacionados con los lugares de trabajo junto con otros temas relacionados con los derechos de las inmigrantes (Jureidini, 2002). De manera parecida, Battacherjee (2002) reporta que en India las ONGs han desplazado a los sindicatos en lo que respecta a la organización del trabajo y han tomado la responsabilidad de organizar a las trabajadoras domésticas extranjeras. Esto mismo ha sucedido en Indonesia (Ford, 2004), donde la organización movilizadora de trabajadoras domésticas más elocuente es Solidaritas Perempuan, una ONG más que un sindicato tradicional (Silvey, 2004). Por lo tanto, Ford (2004) concluye que “en Asia, la defensa para los derechos de las trabajadoras migrantes en el extranjero y la organización de las trabajadoras domésticas extranjeras han sido, en gran medida, de la incumbencia de organismos no sindicalizados” (101).

Una gran cantidad de las organizaciones de trabajadoras domésticas en países receptores en Asia se concentra en Hong Kong, donde muchas mujeres, casi todas inmigrantes filipinas, son las representantes de un gran incremento de las trabajadoras inmigrantes. El Centro Asiático de Inmigrantes (Asian Migrant Centre:AMC) es una ONG que permanece entre los centros más importantes para la organización de las trabajadoras domésticas en el mundo, y es representativa del ‘modelo de asociación’ en la organización de las trabajadoras domésticas en Hong Kong. De las más de 2,500 organizaciones y asociaciones que organizan a las mujeres inmigrantes extranjeras en Hong Kong, tan sólo tres de ellas, el sindicato de trabajadoras inmigrantes filipinas, el sindicato de trabajadoras inmigrantes indonesias y el sindicato de trabajadoras domésticas asiática (The Filipino Migrant Workers Union, The Indonesian Migrant Workers Union, y The Asian Domestic Workers Union), están formalmente registradas como sindicatos (Ford, 2004). Los miles de grupos restantes se organizan en un rango más amplio de identidades y temas de lo que las organizaciones sindicales tradicionales lo harían.

En Europa, la organización de trabajadoras domésticas también se basa en el ‘modelo de asociación’. En el Reino Unido, Kalayaan, una coalición de organizaciones de apoyo a los inmigrantes, se encuentra entre los organismos más activos que realizan una intensa campaña para la protección de las trabajadoras domésticas inmigrantes. Al movilizar a las trabajadoras con base en su comprometida ciudadanía, Kalayaan ha buscado activamente, como sus contrapartes canadienses, realizar un cambio estructural a través de la legislación enfocado tanto al trabajador como a los derechos de los inmigrantes, mientras que, al mismo tiempo, ofrece varios servicios a las trabajadoras domésticas, que incluyen, entre otros, servicios legales y para encontrar vivienda de emergencia, y clases de inglés. La organización también funciona como parte de la red de respeto (Respect Network) que ha adoptado una carta constitucional de 10 puntos sobre los derechos de las trabajadoras domésticas, muchos de los cuales tienen implicaciones políticas que van más allá de los lugares de trabajo. En muchas formas, la exportación de los anteriores patrones nacionales del trabajo doméstico hacia un plano más global ha trasladado a las trabajadoras a ambientes ricos en recursos y, por lo tanto, ha facilitado la proliferación de los esfuerzos por organizarlas.

El resultado ha sido un aumento en la organización de las trabajadoras domésticas, pero no siempre, de su sindicalización. Por lo tanto, el trabajo organizado se relaciona con el ‘modelo de asociación’, y ,mientras que algunos sindicatos han unido fuerzas con otras organizaciones para crear asociaciones que representen a las trabajadoras domésticas, otros se han antenido distantes debido a que ven tales asociaciones como un substituto, más que un complemento, para la organización tradicional del trabajo.

¿Organización contra sindicalización?

En el debate sobre si las formas organizacionales no sindicalizadas en el sector son legítimas o no, algunos argumentan que se deben alentar este tipo de modelos de organización laboral. Abu-Habib (1998), por ejemplo, argumenta que las ONGs se acoplan mejor para llenar el hueco que ha dejado la representación de las trabajadoras domésticas: “las ONGs locales e internacionales y los grupos y redes de mujeres necesitan tomar una posición más firme con respecto a este tema… los abusos enfrentados por las trabajadoras domésticas son serios y deberíamos tratarlos en la comunidad de las ONGs” (56). Otros pelean que las formas no tradicionales de organización laboral se acoplan mejor a las especificidades del trabajo doméstico remunerado de lo que lo hace el sindicalismo tradicional. Por ejemplo, Hondagneu-Sotelo y Riegos (1997) dicen que, “ni la sindicalización tradicional ni los modelos de proveedores de servicios pueden lograr mejorar las condiciones laborales de esta profesión” (75). Otros no están a favor de ninguna forma de organización laboral ya que argumentan que, tanto los sindicatos como las formas no sindicalizadas de organización, aumentan la disponibilidad de representación de estas trabajadoras vulnerables. Para Ford (2004: 105), este debate es importante dada “[l]a evidencia empírica acerca de la extensión y la profundidad de la organización no sindicalizada que ocurre alrededor de temas concernientes al trabajo doméstico extranjero”. ¿Es que esta proliferación de formas no sindicalizadas de organización incrementan o inhiben las posibilidades de una organización sindicalizada en el sector? Es decir, ¿las formas alternadas de organización del trabajo complementan los esfuerzos de sindicalización o los amenazan?

En algunos casos, el ‘modelo de asociación’ en realidad ha sido fundamental para impulsar el papel de los sindicatos en este sector anteriormente marginado. Es notable papel que juega el Centro de inmigrantes asiáticos (Asian Migrant Centre), una ONG dedicada al establecimiento y la expansión de algunos sindicatos, incluyendo el relativamente exitoso Sindicato de trabajadores inmigrantes indonesios (Indonesian Migrant Worker’s Union: IMWU) en Hong Kong. También lo ha sido el papel de dos asociaciones que tienen su base en el Reino Unido: la Waling Waling y la Kalayaan. Éstas han contribuido al apoyar y expandir las actividades sindicales de las trabajadoras domésticas para el Sindicato general y de trabajadores del transporte (Transport and General Workers Union (TGWU).

Sin embargo, un estudio de caso representativo del ‘modelo de asociación’ en acción sugiere que la desconfianza de los sindicalistas acerca del modelo de representación emergente merece ser tomada en cuenta. El caso de la exitosa defensa de las trabajadoras domésticas unidas (Domestic Workers United) para el establecimiento de la ley local 33 de la ciudad de Nueva York, sugiere que la organización de las trabajadoras domésticas a veces se puede llevar a cabo a expensas de su sindicalización. Domestic Workers United, es, discutiblemente, uno de los grupos más activos que organizan a las trabajadoras domésticas en la ciudad de Nueva York. A pesar de que la campaña para la ley local 33 fue exitosa y representó una victoria para las trabajadoras, no fue, como demuestra Hyde (2004), una victoria para la representación sindical tradicional. Los sindicatos compitieron contra una asociación formada por grupos de defensa legal, por las clínicas de las escuelas de leyes, por los grupos defensores étnicos o de inmigrantes, e incluso por las entidades públicas como la fiscalía general del estado de Nueva York. En esta “tetralogía de la representación” como la llama Hyde, la sindicalización se vio amenazada, no impulsada. Este tipo de organización logran una derrota potencial ante los objetivos de las organizaciones colectivas de trabajadores, ya que no le da el poder a ningún grupo de trabajadores a tomar posesión de su propia representación. “Los grupos defensores se auto designan”, comenta Hyde, generando un sistema de representación que, con frecuencia, no se puede mantener a sí mismo más allá de las campañas particulares de defensa. Como resultado encontramos el ‘modelo de asociación’ que no siempre busca un substituto de una organización sindical, y que algunas veces puede minar la causa del sindicalismo. Lo anterior produce una ecuación destructiva en la que la organización de las trabajadoras domésticas puede llegar a minar su proceso de sindicalización.

Por ello, el ‘modelo de asociación’ continuará siendo problemático, donde funcione como un substituto para la sindicalización. Al organizarse con la base específica de las identidades inmigrantes de género, algunas trabajadoras domésticas pueden repetir inconscientemente la lógica de que el trabajo doméstico es un trabajo sólo de mujeres y de mujeres de color, lo que menoscaba la conciencia de las dinámicas de clase estructurales que son importantes para moldear la institución. En la defensa de las reformas legales, en particular de las formas de ayuda legal centradas en casos individuales, la raíz de la explotación de este tipo de trabajo permanece incuestionable (vea Silvey, 2004). Como lo resume Constable (1997): “[e]l problema es que, a pesar de las importantes mejoras que las organizaciones de trabajadoras domésticas han ayudado a llevar a cabo, en realidad la posición estructural de las trabajadoras domésticas en general permanece sin cambio” (209).

Esta falla en realizar un cambio estructural se ve complicada con la falla del ‘modelo de asociación’ en distinguir entre la defensa de la trabajadora doméstica motivada por las mismas trabajadoras, y el suministro de servicios para las trabajadoras domésticas por parte de organizaciones establecidas por no trabajadoras. Por ejemplo, muchas de las asociaciones para las trabajadoras domésticas existen en asociación con otros grupos que ofrecen los servicios de ayuda y defensa legal y juntos movilizan a las trabajadoras, pero que no son originados por las trabajadoras. Esto fomenta que las trabajadoras domésticas se conviertan en clientes, en vez de ayudarlas a impulsar su capacidad para innovar y convertirse en las herramientas de su propia organización (vea Hondagneu-Sotelo, 1997). Algunas ONGs establecieron y se dotaron de personal de fuera de la comunidad de trabajadoras domésticas en sus esfuerzos por ayudarlas y, paradójicamente, las convirtieron en víctimas y recipientes de la buena voluntad, acabando así con la posibilidad de formar su propio organismo (Gibson, Law y Mckay, 2001).

Aún cuando se atraiga a las trabajadoras a participar en las actividades diarias de tales organizaciones, los sindicalistas permanecen legítimamente desconfiados de la representación de tales organizaciones defensaras laborales no sindicalizadas. Debido a que un número limitado de organizaciones cuyos líderes no son elegidos ni justificados, continúa siendo incierto el que el alcance de dicho tipo de organización realmente represente un modelo de representación auténtico para las trabajadoras domésticas. Y, la mayoría de las veces, los fundadores y directores de las distintas organizaciones que intentan organizar a las trabajadoras domésticas, sin importar lo bien intencionados que sean y lo comprometidos que estén con el sector, suelen no ser trabajadores ni, de hecho, pertenecer a las comunidades que buscan representar.

Al final, mientras que el ‘modelo de asociación’ puede ser útil para expandir el rango de representación disponible para las trabajadoras domésticas, cuando sirve para minar más que impulsar el trabajo de los sindicatos, este nuevo modelo de representación puede llegar a debilitar las intenciones de las trabajadoras. Por ello ha surgido un nuevo modelo de representación que compite con el anterior, uno que organiza a las trabajadoras domésticas como trabajadoras, mientras que al mismo tiempo adapta creativamente las estrategias existentes de la organización sindical para las especificidades de este tipo de trabajo en una era de globalización.

La sindicalización de las trabajadoras domésticas: el ‘modelo sindical’

 La erosión de los sectores basados en la producción formal de las economías nacionales ha traído dramáticas consecuencias para el movimiento laboral sindical durante la globalización. Sin embargo, de manera irónica, bajo la sombra de la globalización se encuentra una fuerza de trabajo que ofrece la posibilidad de una revitalización contemporánea del movimiento laboral. Tras más de un siglo de indiferencia de la fuerza de trabajo organizada, las trabajadoras reproductivas comienzan a atraer la atención de los sindicalistas. En un floreciente ‘modelo sindical’ de organización de las trabajadoras domésticas en las economías globales, los sindicalistas han reconocido las oportunidades que hay en este sector para incrementar la densidad sindical (Gaspasin y Yates, 1997; Chang, 2000; Cranford y Ladd, 2003). Como resultado se ha visto un esfuerzo concentrado para desconstruir el mito prevaleciente de que este sector es ‘inorganizable’ gracias a los esfuerzos activos por incorporar a esta fuerza de trabajo inmigrante y predominantemente femenina a los rangos del movimiento laboral organizado.

Esta elevada sensibilidad ante los asuntos del sector de servicios mal remunerados, en particular del que incluye a las trabajadoras domésticas, ha desencadenado nada menos que “un ‘renacimiento’ del tipo laboral” (Smith, 2000: 50). A través de los sindicatos globales del norte, los sindicatos han buscado establecer una representación efectiva para las trabajadoras domésticas y, donde se ha hecho, estas trabajadoras han respondido de manera que reflejan su avidez por sindicalizarse. En este ‘modelo sindical’, las trabajadoras domésticas se han organizado con base en sus identidades laborales, por lo que los sindicatos han tenido que adaptar con creatividad sus estrategias de organización laboral tradicional para representar en forma más efectiva a la fuerza de trabajo reproductiva, inmigrante y predominantemente femenina.

En los países europeos donde viven y trabajan muchas trabajadoras domésticas inmigrantes, se han realizado campañas para la sindicalización de las trabajadoras domésticas y se han adoptado estas estrategias creativas con lo que han ido ganando terreno. En Suiza, el Sindicato interprofesional de trabajadores (Interprofessional Worker’s Union: SIT) ha organizado de manera activa a trabajadoras domésticas inmigrantes, abandonando la organización en el lugar de trabajo para realizar una movilización comunitaria y enfocándose en ambos tipos de defensa y en el fortalecimiento de las trabajadoras (CIOSL, 2002). En Bélgica, las trabajadoras domésticas filipinas se han organizado a través de la Federación general del trabajo en Bélgica (Fédération Générale du Travail de Belgique: FGTB), que les proporciona asistencia legal y administrativa. De manera similar, en Portugal el Sindicato general de trabajadore (União Geral de Trabalhadores: UGT) ha organizado varios congresos sobre el tema de las trabajadoras inmigrantes y su afiliada en el sector de limpieza, la SLEDA, está organizando a las trabajadoras domésticas en el campo (CIOSL, 2002) al enfocarse en sus necesidades específicas, más que en la imposición de modelos de organización de otros sectores. En Gran Bretaña, la TGWU ha alcanzado cierto éxito al representar y movilizar a trabajadoras domésticas inmigrantes hacia un cambio al establecer vínculos con organizaciones comunitarias, pero, al mismo tiempo, privilegiando los modelos de representación colectiva controlados por el trabajador.

Es irónico que sea el movimiento laboral de los Estados Unidos, un movimiento laboral sindical más débil, el que ha estado a la vanguardia del ‘modelo sindical’. Ahí el reto de los trabajadores ha sido ocupado por los sindicatos de manera muy creativa con resultados fenomenales. En 1995, en la Federación americana del trabajo el director en jefe de inmigración (American Federation of Labour, Chief Inmigration Officer: AFL-CIO) reconoció el impacto que tiene el rechazar la membresía sindical en la ‘nueva economía’ y lanzó un programa para priorizar la organización de lo inorganizable (Delp y Quan, 2002). Durante la década de los 90, hubo algunos éxitos en la organización sindical del sector inorganizable de servicios mal remunerados, en especial el de la campaña de ‘Justice for Janitors’ (Justicia para los conserjes). Pero fue la campaña local 434B del Sindicato internacional de empleados de servicios (Service Employees International Union: SEIU) para la organización de las trabajadoras domésticas, la que produjo la mayor victoria individual para el movimiento laboral de los Estados Unidos desde la victoria que alcanzaron los Trabajadores de automóviles unidos (United Auto Workers) en la planta de Ford en River Rouge en 1941 (Stone, 2000). A pesar de tratarse de una fuerza de trabajo fragmentada en distintas casas, que trabajaba para distintos empleadores, y que habla más de cien lenguas, el SEIU sindicalizó con éxito alrededor de 74,000 trabajadoras, principalmente mujeres de etnias minoritarias y que recibían un salario bajo (Delp y Quan, 2002).

Lo importante es que el éxito se basó en una estrategia dual con organización innovadora y con un enfoque político. Las estrategias tradicionales de organización laboral, que suponen la existencia de un solo lugar de trabajo, de un solo empleador y de un trabajador masculino, se dejaron a un lado para dar lugar a estrategias que se acoplaban más a las características estructurales de este tipo de trabajo. La campaña local 434B se enfocó en las vidas de las comunidades de mujeres y desarrolló estrategias dedicadas al activismo popular y de ‘estación’ para movilizar a las trabajadoras en espacios públicos. El éxito de la campaña local 434B del SEIU fue, por lo tanto, “basada en nuevos acercamientos a los atributos estructurales únicos” del trabajo doméstico (Smith, 2000: 75).

Esta campaña también persiguió objetivos políticos. Más que establecer servicios que proporcionaran una defensa de cada caso individual para las trabajadoras, o de dedicarse a obtener ganancias legislativas a corto plazo, características de muchas de las organizaciones contemporáneas para las trabajadoras domésticas, el sindicato vertió sus recursos a una campaña política que se dirigió a las fuentes estructurales de explotación de este grupo de trabajadoras. David Rolf, el líder de la campaña local 434B del SEIU, argumentó que se trató de una estrategia integral: “[la] clave del activismo fue el enfoque político que se le dio” (Entrevista, citada por Delp y Quan, 2002). Este enfoque en el cambio político y estructural sigue siendo crítico ya que ha establecido el ‘modelo sindical’ como un modelo de representación que reconoce la economía política de este tipo de trabajo de una manera que, a veces, las ONGs, las organizaciones comunitarias y los grupos que proporcionan un servicio de defensa, no lo hacen. Kirk Adams, ex-director de la organización de la AFL-CIO confirma que este tipo de trabajo “se trata de mucho más que un problema de organización. Es un asunto político” (Entrevista, citada en Delp y Quan, 2002).

Fue este discernimiento crítico el que definió la victoria de la campaña local 434B. Mientras que el éxito de esta campaña se define con frecuencia en términos del número de personas movilizadas, su éxito real radica en el avance significativo que se obtuvo sobre los derechos de este grupo de trabajadoras a través de ganancias legislativas innovadoras que se enfocaron en la estructura básica del trabajo y el sistema de vínculos industriales. Al mismo tiempo, el éxito de esta campaña pasó de ser un éxito individual de estas trabajadoras a serlo también del movimiento laboral como un todo.

De hecho, el ‘modelo sindical’ de organización de las trabajadoras domésticas es un importante modelo paralelo de representación que está emergiendo entre las trabajadoras trasnacionales y que la corriente principal del movimiento laboral ya no puede ignorar. Mientras que las trabajadoras inmigrantes han sido reconocidas como un nuevo elemento significativo de la transformación de la fuerza de trabajo en la globalización (Milkman, 2000), también sigue siendo un elemento importante para el movimiento sindical al organizarse con base en las categorías de las trabajadoras. La sindicalización de las trabajadoras es alentadora porque está siendo reconocida como importante, no tan sólo para la representación de las trabajadoras domésticas, sino para la vitalidad del movimiento laboral.

La extensión que la fuerza de trabajo organizada ha alcanzado para apoyar los esfuerzos existentes de las trabajadoras domésticas para sindicalizarse es mucho más limitado, y señala un área importante a considerarse más adelante. Smith (2000) acentúa varias iniciativas (por ejemplo, las bolsas de trabajo) que pueden representar oportunidades para la expansión de los sindicatos existentes de trabajadoras domésticas. El apoyo de los sindicatos mejor establecidos a los esfuerzos embrionarios que las trabajadoras realizan para establecer sus propios sindicatos debe continuar siendo la meta de esta energía revitalizada dentro de la fuerza laboral organizada ante la difícil situación de las trabajadoras domésticas.

Donde esto todavía no se ha llevado a cabo, y donde los sindicatos existentes han intentado movilizar a las trabajadoras domésticas, con creatividad se ha adaptado una forma de sindicalismo tradicional para enfrentar las especificidades de una fuerza de trabajo reproductiva predominantemente de mujeres inmigrantes . Cobble (1996) argumenta que el “movimiento laboral, tal y como lo conocemos hasta hoy, fue creado para cubrir las necesidades de una fuerza de trabajo industrial y masculina. Si se busca que atraiga a las mujeres y, en particular, a la mayoría de las mujeres que trabajan en el servicio doméstico, se deben replantear los fundamentos sobre la organización y la representación” (336). El caso de la organización de las trabajadoras domésticas a través de un ‘modelo sindical’ sugiere que la organización laboral tradicional impuesta en trabajadoras desorganizadas, sin tener ninguna consideración ante la especificidad del sector, no puede tener ningún éxito. Al mismo tiempo, la referencia constante a la especificidad del sector al negar sus esfuerzos sostenidos de sindicalización es ilegítima bajo la luz del potencial de organización demostrado por estas trabajadoras a nivel mundial. Donde el movimiento laboral sindicalizado ha tenido éxito en desmitificar el supuesto estatus de ‘inorganizables de este grupo de trabajadoras, se han abierto las posibilidades para una representación efectiva controlada por las trabajadoras de una de las más importantes, aunque descuidadas, fuerzas de trabajo de la globalización. Al hacer esto, no solamente han incrementado la capacidad de organización dirigida por las trabajadoras en este sector laboral tan explotador, sino que también han impulsado el movimiento laboral en el momento en que la globalización se ha comprometido con su vitalidad.

Conclusiones

Las trabajadoras domésticas se encuentran invisibles prestando algo más que tan sólo su trabajo físico tras puertas cerradas. Los relatos de la globalización callan su papel en la economía política contemporánea del capitalismo global, y la corriente laboral principal ha fallado a lo largo de la historia en reconocer su presencia como trabajadoras capaces de sindicalizarse. Esta invisibilidad se ve forzada en principio por la construcción discursiva de que las trabajadoras domésticas son ‘inorganizables’.

En un poderoso reto ante esta invisibilidad, las trabajadoras domésticas han salido de la sombra de la globalización para establecer su presencia precisamente al demostrar que, de hecho, sí se pueden organizar. En forma global, una proliferación de la organización de las trabajadoras domésticas ha generado un entusiasmo generalizado sobre las posibilidades de organización de este sector. Sin embargo, la estructura de la representación en esta expansión contemporánea de la organización de las trabajadoras domésticas está bifurcada.

Un ‘modelo de asociación’ de organización moviliza cada vez más a trabajadoras con base en la inscripción de la globalización de las identidades de inmigrantes que sufren de la explotación. En las organizaciones, coaliciones y campañas, este modelo de representación ha definido, por lo tanto, la naturaleza y alcance de la representación de las trabajadoras. Tanto en los países receptores como remitentes, las organizaciones no gubernamentales y otras organizaciones para la defensa del trabajo no sindicalizado continúan proliferando, lo que sugiere una ‘revolución de trabajadoras domésticas’. Más aún, gran parte de lo que esta forma de organización representa se trata de una estrategia poco clara de representación colectiva sostenible, orgánica y controlada por las trabajadoras. De hecho, en algunos casos, el ‘modelo de asociación’ ha minado las posibilidades de sindicalización.

Un ‘modelo de unión’ moviliza de manera alterna a las trabajadoras domésticas basándose en sus identidades como trabajadoras, recuperando así la importancia de esta clase en la ‘nueva economía’. A lo largo del tiempo han sido ignoradas por la corriente principal del movimiento laboral como ‘inorganizables’, aunque ahora la fuerza de trabajo organizada en el contexto de la globalización depende irónicamente en la capacidad de sindicalización, alguna vez cuestionada, de las trabajadoras domésticas. Pero más que tan sólo incorporarse al movimiento laboral, este tipo de trabajo se ha posicionado para transformar al sindicalismo y para desarrollar de manera creativa estrategias para organizar a las trabajadoras reproductivas, quienes en su mayoría son mujeres de color, basándose en su diversidad. Relacionado con esto, estos esfuerzos de sindicalización necesitan ir más allá de la incorporación para activar el apoyo a las trabajadoras domésticas en sus esfuerzos por establecer sus propios sindicatos.

Mientras que es importante disgregar los diferentes tipos de organización que en la actualidad caracterizan el panorama de la movilización de las trabajadoras domésticas, y rastrear las respectivas consecuencias de los diferentes modelos de organización para lograr una representación efectiva de las trabajadoras, en realidad el simple hecho de la organización de este sector es lo que resulta más importante de analizar. En el contexto de la redistribución desigual del trabajo reproductivo en la globalización, las trabajadoras domésticas han tenido éxito al desestabilizar la construcción de que forman un sector ‘inorganizable’. Ahora la lucha radica en asegurarse que sus esfuerzos de organización rompan exitosamente las políticas de reproducción concebidas por la globalización.


NOTAS

1 El ‘trabajo de asistente doméstico’ es el trabajo de la reproducción social que se requiere para mantener la vida humana a través del ciclo de la vida (Truong, 1996), o lo que los neo-Marxistas llamaron el ‘trabajo reproductivo’ en la década de los 70.

2 En muchos estados del Golfo Pérsico como Jordania, Kuwait y los Emiratos Árabes Unidos, así como Brasil y la provincia canadiense de Ontario, no se les permite a las trabajadoras domésticas formar asociaciones sindicales (CIOSL, 2002)

3 De las ocho organizaciones afiliadas, el Fondo para la Defensa Legal de los Asiáticos-Americanos (AALDEF) y el Comité contra la Violencia Anti-Asiáticas (CAAAV), son los únicos dos que no tienen como finalidad explícita la de representar a las trabajadoras. Los otros seis representan a las trabajadoras (por ejemplo, Workers Awaaz, Workplace Project, DAMAYAN, Domestics Workers Association, etc.), pero todas sus organizaciones son no sindicalizadas.

 

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