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El cuerpo de la mujer: entre la “burrera” y la trabajadora de maquila

Yolanda Angulo Parra
Universidad Nacional Autónoma de México

 

Resumen

Este trabajo forma parte de un ambicioso proyecto multidisciplinario (cuyo título tentativo que se ha venido manejando genéricamente es “La mujer y el encierro”), en proceso de desarrollo en el Centro de Estudios Genealógicos, A. C. entre varios investigadores, en su mayoría jóvenes filósofos y egresados de otras ciencias sociales, y tiene entre sus propósitos responder a las siguientes preguntas: ¿Cuáles son las características más importantes de las distintas formas de subjetividad femenina en la actualidad? ¿Bajo qué condiciones, prácticas sociales, relaciones de saber-poder, juegos de verdad y procesos de interiorización emergieron? Y ¿De qué manera la clarificación de estos conceptos servirá para lograr mejores formas de vida, comenzando por “atrevernos a pensar de otro modo”, como decía Michel Foucault? Todo lo anterior apunta en última instancia a intentar otras vías para la crítica social.

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Lo que hoy presento constituye sólo un esbozo de la investigación del cuerpo de la mujer como factor de diferenciación de las formas de subjetividad femenina actuales, en una modalidad del “encierro” contemporáneo, esto es, el trabajo.

Con el fin de dar a un trabajo corto un grado de concreción que evite perdernos en un mar de conceptos, tomaremos como guía unos cuantos ejemplos de actividades realizadas como trabajo por dos grupos de mujeres en la zona norte de México (Cd. Juárez, Chih.): la primera actividad cae dentro del marco de la legalidad, corresponde a la industria maquiladora y la desempeñan mujeres por lo regular jóvenes a las que hoy suele denominarse “operadoras de maquila” (En relación a los eufemismos usados para referirse a esta industria, véase, Balderas, Jorge, 29), o simplemente “maquiladoras”. La otra la desarrollan en la clandestinidad las llamadas “burreras”, “burras” o “borregas”, mujeres de todas edades, cuyo trabajo consiste en transportar drogas ilícitas, en muchas ocasiones cruzando la frontera hacia Estados Unidos.

Cuando se toma el tomar al cuerpo que trabaja como categoría central, necesariamente debe incorporar el tiempo libre al análisis Así, tanto el aspecto laboral como el lúdico constituyen dos momentos muy importantes en las manifestaciones de la corporalidad, a través de la cual se van formando subjetividades. Pero son además dos campos problemáticos en los cuales el cuerpo femenino es atravesado por la mirada atenta, asombrada, incisiva, y muchas veces indignada, de científicos, periodistas, activistas y moralistas. Esas miradas generan discursos que tienen como propósito explícito describir, examinar, explicar, clarificar conceptos, fenómenos y situaciones, según sea el caso, pero también se dan a la tarea de clasificar, normalizar, disciplinar, juzgar, aprobar o desaprobar, en forma abierta, a la manera del moralista o bien tácita e incluso inconciente.

En la actualidad hay una proliferación de investigaciones en torno a las trabajadoras de maquila, que van en aumento por la situación de violencia que padecen las mujeres y que ha rebasado a autoridades gubernamentales, ONGs, sectores académicos y a la sociedad civil en general.

Las buenas samaritanas de los primeros años enseñaban economía doméstica, formas de emplear el tiempo libre, círculos de lectura, de Biblia etc. Pero hoy ya no se trata sólo de “economía doméstica”, sino de conservar la vida: “ Mi nombre es Martha y tengo 34 de edad. Comencé a trabajar en las maquiladoras de Ciudad Juárez cuando tenía 16 años. El turno en la maquila donde trabajo ahora es desde las doce de la noche hasta las seis de la mañana. Debido a mi horario de trabajo - y porque soy viuda - tengo que dejar a mis tres hijos solos todas la noches. Cuando salgo de la casa siento mucho miedo de que me pueda pasar algo a mí a uno de mis hijos, por las cosas que le han estado pasando a las mujeres en Juárez. De solo saber que hay gente en la calle asesinando mujeres me pone muy nerviosa y soy cautelosa con las personas que me encuentro camino a mi trabajo. Para no sentir tanto miedo, me junto con otras mujeres que trabajan en mi mismo turno y que viven en mi colonia. Así nos vamos juntas y nos protegemos mutuamente. Todas mis compañeras en las maquiladoras tienen este mismo miedo. Cuando podemos hablar acerca de las trabajadoras asesinadas, las mujeres en Juárez, hablamos de lo injusto de la situación y nos preguntamos que pasa allí con la policía; preguntamos por qué no hay más presencia policial - especialmente de noche. A lo mejor por el hecho de que somos mujeres no le importamos al gobierno o a las maquiladoras donde trabajamos. Hemos tenido que aprender a vivir con este miedo calladamente porque necesitamos trabajar. Las maquiladoras dicen que están tomando medidas preventivas para protegernos, nos han dado pitos y charlas en defensa personal. Pero no necesitamos pitos, lo que necesitamos es mejores salarios, puestos de vigilancia, transportación para y del trabajo y servicios públicos como postes de luz en las colonias. Con la voluntad de Dios, esta pesadilla terminará pronto y los responsables de tantos crímenes serán castigados para que las mujeres de Juárez puedan vivir y trabajar en paz.” (CFO Maquiladoras Org 2005)

Mas no sucede lo mismo con las burreras, cuya actividad clandestina permanece todavía al margen, un tanto en la oscuridad de los ilegalismos. Sin embargo, aunque no se haga patente en discursos explícitos, la mujer que comercia con drogas ilícitas, está cumpliendo una función corporal más “material”, como su calificativo mismo lo indica: burrera.

Tanto en las actividades relacionadas con el narcotráfico (consumo y venta de drogas ilícitas) como en la maquiladora (mercados en expansión que buscan abaratar costos) el cuerpo de la mujer, como centro de todas las miradas, se halla atrapado en el círculo más estrecho de una cadena concéntrica que va desde las relaciones más íntimas, hasta los procesos de globalización, que ha dado como resultado la emergencia de nuevas formas de subjetividad femenina, no del todo comprendidas al momento.

En el contexto de una investigación filosófica que hace suyo un rasgo específicamente genealogista como lo es el pluralismo, en sentido estricto, no se puede hablar de “la mujer” sin más, pues esto supondría una abstracción que es preciso evitar. De ahí cada uno de los grupos o clases sociales (entendidas en sentido mucho más amplio y flexible que la conceptualización marxista), comparte algunas características que convergen en ciertas formas de subjetividad que es posible aislar de las demás. Un estudio genealógico deberá mostrar cómo se han ido gestando hasta llegar a ser lo que en la actualidad son, atendiendo a factores exógenos y endógenos, mismos que, usando el vocabulario del filósofo genealogista Michel Foucault, llamaremos “prácticas sociales” y “procesos de interiorización”. Pero al mismo tiempo arrojará luz sobre las condiciones de la sociedad actual, las relaciones de saber-poder, los juegos de verdad, y multiplicidad de subjetividades que la atraviesan y conforman.

En el caso que nos ocupa, la relación entre corporalidad y subjetividad se entreteje, por un lado, en el marco de las prácticas sociales (trabajo y diversión), así como en los correspondientes discursos, y por el otro, en los “procesos de interiorización” que las propias mujeres han desarrollado, y que se pueden detectar en las descripciones que hacen de sí mismas, en los vocabularios (Rorty) que usan para expresar sus anhelos, en sus críticas a la sociedad, en sus temores y valores.

Desde que las maquiladoras llegaron a México (la información señala que fue entre 1965 y 1969, fecha en que inició sus operaciones la RCA Victor en Juárez), las fronteras fueron los primeros lugares en abrir sus puertas para recibirlas. Decenas de mujeres pronto encontraron un empleo con el que nunca –o tal vez siempre— habían soñado: ya no sería un trabajo de cantinera, ni doméstico, sino en una fábrica; tendrían su propio dinero y gozarían de mayor libertad. Esta situación era válida válido tanto para las nativas de Cd. Juárez, como para quienes habían emigrado de zonas rurales de Chihuahua y otros estados.

Mas ese sueño, convertido en realidad, no siempre fue placentero. En un principio un sector importante de la población de mujeres jóvenes se sintió libre al ser económicamente autosuficiente: “ Un buen componente de las mujeres que trabajan en la frontera dejaron sus comunidades campesinas y/o indígenas con la esperanza de ya no estar sometidas al núcleo familiar”. Mas la anhelada libertad y autosuficiencia, pronto fueron coartadas o cuestionadas:

1. Coartadas por la propia familia que exigía parte o la totalidad del sueldo de las jóvenes: “ suelen mandar parte del dinero que ganan a sus padres o hermanos.” (http://www.icl-fi.org/espanol/oldsite/juarez.htm.

2. Cuestionadas por la sociedad con los cotos puestos a la libertad en la forma de vestir, de divertirse, de hablar, de gastar el dinero que iban asumiendo las trabajadoras de maquila.

3. Cuestionadas por la sociedad y las autoridades como una de tantas causas probables de la ola de feminicidios: "las muchachas se mueven en ciertos lugares, frecuentan a cierto tipo de gentes". (Francisco Barrio, Ibíd.)

La década de los sesenta marca entonces una ruptura en la vida de la sociedad de la frontera norte de México, a partir de aquel día cuando las jóvenes obreras abordaron el autobús para asistir a su primer trabajo en una “maquila”. Actualmente hay unas 200,000 empleadas sólo en Juárez (CFOmaquiladoras.org, 2005), y el impacto que la industria ha ejercido no es exclusivo de ese grupo, sino que afecta a la sociedad en su conjunto, pues ya nadie es el mismo, ni la fisonomía urbana, ni las formas de pensar, sentir y expresarse de sectores simpatizantes, críticos, apologistas o descalificadores.

Nuevas formas de subjetividad comenzaron a emerger al contacto de cuerpos ligados a la línea, moviéndose a su antojo: “ El trabajo en las maquiladoras se caracteriza por ser mecánico y repetitivo. Lo que importa es tener dedos ágiles, ser joven y tener mucha necesidad para estar dispuesta a soportar lo peor.” Y con ello cuerpos padeciendo enfermedades o deformidades desconocidas hasta el momento:

“Mi hermana empezó a trabajar en SILVANIA el 30 de enero de 1974, de ahí pasó a TUBOS ELÉCTRICOS en 1981 y luego a la planta de la HONEYWELL de Juárez donde falleció. La causa de su enfermedad, según el hematólogo que la vio en el hospital fue que tenía una anemia en cuarto grado, provocada por la acetona que es la sustancia que ella venía manejando diariamente en su trabajo....¡Tenía solamente treinta años! Durante el sepelio supe que en esos mismos días había muerto otra operadora." “Una joven de 22 años que llevaba seis años en las maquilas dice haber "durado más que otras". Tiene dedos con deformaciones en los huesos y en las dos manos tiene un enorme callo de color café amarillento que va de la punta del dedo pulgar, por el dorso, casi hasta la muñeca. Mirando sus manos con tristeza, dice: "¡No me van a pagar mis manos!"

Mas la subjetividad emerge no sólo del cuerpo sometido a la tiranía y al ritmo asfixiante de la línea, sino que también se va conformando con las expresiones corporales libres que sólo tienen cabida fuera del trabajo, en la calle, en el hogar, pero sobre todo en el salón de baile. Esto se vuelve más radical aún para las trabajadoras de maquila que emigran del campo: “allá las fiestas eran bien retiradas, no había camiones, se acababan bien temprano, te tenías que regresar de ride y si no llegabas temprano, ¡a cintarazos! Cuando empecé a ir a bailar aquí se me hizo bien diferente, la música era disco, los lugares eran más de ambiente, más liberales para bailar, como mi mamá ya no estaba, me hice más liberal.” (Balderas, 2001, 97-98)

En la relación de círculos concéntricos, la trabajadora urbana goza de mayor “libertad” para sustraer su cuerpo en primer lugar de los inconvenientes de la distancia, en segundo, de los severos castigos corporales que todavía se acostumbran en el campo, y en tercero en el proceso de trabajo: “Yo allá en Durango, estaba acostumbrada al trabajo pesado [...] cuando llegué aquí el trabajo en la maquila se me hizo facilito.” (Balderas 2001, 98)

Las nuevas prácticas sociales y la interiorización de los discursos sobre las mismas abren rupturas y hacen emerger nuevas formas de subjetividad: “Yo al rancho ya no regreso, allá no puedes hacer nada porque la gente empieza a hablar aquí ni quien te moleste, yo ya no vuelvo.” (Balderas 201, 98). En efecto, esta negativa es indicativa de una subjetividad emergente que tal vez ha asumido ya nuevos vocabularios en sus auto-descripciones e interpretaciones del mundo.

De cualquier manera, las trabajadoras de maquila tuvieron que ajustarse en un corto periodo de tiempo a esquemas de trabajo y productividad ajenos, que debieron parecerles como una camisa de fuerza. Estos esquemas las condujeron a procesos de objetivación, plasmados en discursos en los que aparecían como “objeto” “fuerza de trabajo”, “obreras”, “operadoras”; de subjetivación, en discursos que se refieren a ellas como sujetos (morales, de derechos, etc.) responsables o por el contrario mujeres libertinas; y de subjetividad que emerge a partir de la propia asimilación de las nuevas prácticas sociales y de la interiorización de los discursos, códigos, valores y normas morales. (“Interiorización” no significa necesariamente “aceptación”, Foucault 1988, 26-28, Varela 1997, 124)

Como podemos ver, existe en la actualidad en México un amplio sector de la población femenina que soporta de manera formal o informal gran parte de la economía del país, lo que ha dado pie a la apertura de múltiples foros y otros espacios de discusión sobre el tema, como en el que hoy nos encontramos, en donde se lucha por mejores condiciones para las mujeres como parte de una reivindicación de sus derechos y de su dignidad. Estas luchas constituyen un ejercicio del poder frontal, decidido y evidente que, sin embargo, puede conducir a ocultar, soslayar o minimizar formas de resistencia practicadas en silencio, en el anonimato, en la actividad cotidiana, sin bombo ni platillo, por tantas personas de ambos sexos, edades y condiciones sociales.

Desde sus inicios a la trabajadora de maquila se le asocia con una conducta de libertinaje, despilfarro y vicio. Para contrarrestar tales efectos y el impacto negativo que pudieran ejercer sobre el resto de la población, en Juárez se formaron toda clase de grupos, los más conservadores de los cuales, compuestos por buenas samaritanas burguesas, tenían como propósito “enseñarles” a esas muchachas cómo distribuir su ingreso y su tiempo libre, para ayudarles a formar buenos hábitos. Había en el fondo una mirada de menosprecio hacia jóvenes convertidas de la noche a la mañana en jefe de familia, en sentido económico, adolescentes o mujeres jóvenes que imponían nuevos estilos de vida y visiones del mundo. Treinta y tantos años después la perspectiva que se tiene de las maquiladoras ha dividido a la sociedad entre los que son indiferentes a la problemática que concierne a ese sector productivo como la desatada por la violencia colectiva (Varela 1997, 122) ejercida en su contra, quienes abierta o implícitamente piensan que son una “lacra” y que “se merecen” las acciones criminales en su contra, los que con la actitud del avestruz prefieren cerrar los ojos, los que prefieren ocultar o soslayar los acontecimientos para evitar la mala fama y los paladines de la causa contra la violencia.

Ahora bien, si la norma, a partir del establecimiento de la maquila, fue que toda mujer “pobre” debía buscar ahí el sustento económico, muchas se negaron a seguirla y permanecieron en los trabajos tradicionales (cantinera, stripper, trabajadora doméstica, etc.) o se involucraron en prácticas nuevas, como el emergente y próspero negocio del tráfico de drogas. Aunque aún pesan muchos estigmas sobre las trabajadoras de maquila, hoy en día, la balanza se equilibra con los discursos en donde aparecen ahora como las chicas “buenas”, que prefieren ganar un sueldo modesto, pero honestamente. Las malas son, por supuesto, las dedicadas al tráfico de drogas.

¿De qué manera estas mujeres, en su mayoría madres de familia, llegaron a involucrarse en este negocio? Por un lado tenemos que la negativa a ser subsumidas por la fábrica, forma específica de encierro y uso del cuerpo, promueve una relativa autonomía y un mayor ámbito de libertad a quienes optan por el tráfico de drogas. Por otro lado, entre las clases más pobres, es la vía más rápida a su alcance para obtener un mayor beneficio con un mínimo esfuerzo. Se despliega entonces una forma de resistencia a un sistema económico que ofrece ilusoriamente, para muchos, al igual que los países ricos, todos los productos de consumo y formas de vida de ensueño, frente a una realidad de escasez y de mínimas oportunidades para lograrlo. El cuerpo que en su actividad es bestia de carga puede deleitarse realmente con los productos al alcance de quien tiene el dinero para comprarlos. Este sería el panorama que podría atribuirse al caso, y sin embargo, no es así, pues por lo menos de las internas entrevistadas en el CERESO de Juárez, todas habían empleado el dinero obtenido para un propósito específico relacionado con algún miembro de su familia. La burrera está en el último eslabón de la cadena del narcotráfico, es la más expuesta, la que ofrece su cuerpo de fácil inmolación y la que menos beneficios obtiene a la larga.

Conclusión

Frente a la emergencia de las nuevas formas de subjetividad femenina, a raíz del fenómeno de las maquiladoras, que resultan agresivas para ciertos sectores sociales, éstos reaccionaron contra la cultura del exceso y libertinaje oponiendo una cultura del trabajo y el recato, mediante la formación de jóvenes más religiosas, trabajadoras, ordenadas y responsables, hay fracturas de las que se debe dar cuenta. Paradójicamente, junto con ese fenómeno fue cobrando ímpetu el narcotráfico que tendió sus redes a todos los sectores sociales, provocando algunas escisiones internas. Pero en general, en el terreno cultural y social no se han presentado grandes enfrentamientos ni rupturas entre la alta burguesía, que ha llegado a desarrollar un alto índice de tolerancia en relación a individuos y grupos vinculados con actividades ilegales, siempre y cuando haya elementos suficientes para seguir identificándolos como pertenecientes al grupo.

El verdadero choque parece darse en dos frentes: primero en las luchas de poder entre mujeres burguesas y trabajadoras asalariadas cuyo comportamiento no las hace merecedoras de “respeto”. Esto por lo general sucede cuando son patentes las formas de resistencia, muchas de ellas expresadas a través del cuerpo, especialmente en la forma del baile, la ingestión de bebidas alcohólicas, vocabularios “groseros”, etc. Suele interpretarse esta conducta como trasgresión, yo la entiendo como ejercicio del poder para lograr un cierto grado de libertad en la resistencia a someter el cuerpo las 24 horas del día. La dicotomía planteada por Marx entre tiempo de trabajo y tiempo libre ya no se da en términos de acortar o extender la jornada laboral, sino de que las trabajadoras puedan disfrutar el tiempo libre sin otra camisa de fuerza que sociedad y gobierno pretenden imponer “por su seguridad”.

Si bien las actividades nocturnas constituyen en efecto una trasgresión a las normas impuestas por la moralidad vigente, ese es sólo el primer momento pasivo, seguido por la resistencia que ya supone un enfrentamiento más activo en las luchas de poder.

Resulta entonces un tanto más fácil detectar –y en su momento enfrentar— poderes provenientes del encierro en la planta, de la falta de servicios, de discursos oficiales y no oficiales, paternalistas y maternalistas que atraviesan la corporalidad de manera franca y abierta. Pero ya no es tan sencillo enfrentar, ni siquiera detectar, las prácticas discursivas o no que parecen no tener ninguna relación con la corporalidad porque aparecen aislados, inconexos y por consiguiente inocuos en un contexto que se presenta como purificado.

Otra lucha de poder se libra entre los originarios de Juárez, en defensa de lo que consideran su derecho al espacio urbano, la superioridad cultural e incluso “racial” (“gente buena, trabajadora, blanquita, alta, decente”) y los inmigrantes tratando de conquistar otros ámbitos de ese mismo espacio y de hacer valer fisonomías, expresiones, lenguajes y otros rasgos culturales, cuya defensa legítima está avalada por la Constitución.

En suma, de las clases burguesas emergieron grupos de ayuda, protección, apoyo, educación y orientación a obreras, con un marcado propósito de normalización. Pero como la norma no se impone sin resistencia, algunas de las mujeres a quienes iban dirigidos esos objetivos, optaron por la ruta del dinero fácil, en tanto que otras manifestaron su resistencia con una conducta “inmoral” en su forma de vestir, de divertirse o de relacionarse con su familia. El siguiente cuadro resume lo expuesto hasta ahora.

 

Trabajadoras de maquila

Burreras

Saber

Posee el saber en su propio cuerpo, pues por lo menos en algunos casos tiene un alto desarrollo de la destreza

No hay un saber específico que sustente su actividad

Objetivación

Se le objetiva como fuerza de trabajo, cuerpo útil, dócil, disciplinado. Se le exige además un control del tiempo libre. Se trata de descalificar el cuerpo de placer (que baila, fuma, toma, ejerce su sexualidad).

Se le objetiva como animal de carga, con el calificativo de “burras”, “burreras” o “borregas”, pues son literalmente “cargadas” para servir de transporte de la droga.

Subjetivación

Proliferan los discursos sobre este sector de la población, especialmente a raíz de “las muertas de Juárez”.

Se haba poco de ellas

Subjetividad

Interiorización del código (sin datos)

 

Resistencia

Ejercicio de la libertad expresado en el tiempo libre, mediante el propio uso del cuerpo (hipótesis sin confirmar)

El riesgo de una actividad ilegal, ante una sociedad de pocas oportunidades. La negativa a cumplir con las normas legales.

 


Bibliografía

Angulo, Yolanda, Encuesta y entrevistas, en el CERESO de Cd. Juárez, septiembre, 2003.

Balderas, Jorge, Mujeres, antros y estigmas en la noche juarense, Solar, Chihuahua, 2002.

Elias, Norbert, El proceso de la civilización, FCE, México, 1997.

Foucault, Michel, Vigilar y castigar: nacimiento de la prisión, Siglo XXl, México.

— , Los Anormales, Fondo de Cultura Económica, México, 2000.

— , Microfísica del poder , La Piqueta, Madrid, 1985.

—, Vida de los hombres infames, La piqueta, Madrid, 1998.

—, La genealogía del racismo, La Piqueta, Madrid, 1992.

— , Historia de la sexualidad, Vol. 2 el uso de los placeres, Siglo XXI, México, 1988.

— , Saber y verdad, La piqueta, Madrid, 1991.

Varela, Julia, Nacimiento de la mujer burguesa, La Piqueta, Madrid, 1997.

 

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