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indice de las ponencias de 2005
Masculinidad Vaquera, Globalización y la Guerra de los Estados Unidos de América contra el Terrorismo
Ann Ferguson
University of Massachusetts, U.S.
Traducido por Esther Cuesta
Universidad de Massachusetts, U.S.
RESUMEN
El gobierno de EEUU con el presidente George W. Bush ha cambiado de una imagen multilateral cosmopolita a una masculinidad vaquera unilateral en sus negociaciones con otras naciones. El cambio indica un cambio en forma, entre un tipo de estado patriarcal a otro, el cual muestra más claramente las prioridades neoliberales y los intereses de las potencias mundiales en un período de creciente globalización corporativa. En los últimos 20 años, el gobierno de EEUU ha estado cambiando su imagen de un estado de bienestar paternalista-capitalista hacia un estado de tendencia neoliberal y mala, mientras instituciones globales como el Banco Mundial y el Fondo Monetario Internacional han impuesto políticas estructurales de ajuste en préstamos a países con escasos recursos económicos. Sin embargo, el desarrollo de la política neoconservadora de guerra preventiva bajo George W. Bush, la cual ha sido usada para justificar las llamadas “guerras contra el terrorismo” en Afganistán e Irak después de las explosiones en las Torres Gemelas del 11 de Septiembre del 2001, ha significado un incremento masivo en gasto militar y un cambio hacia un estado más militarizado. El aumento de gastos públicos para financiar estas guerras “preventivas” contra el terrorismo contradice la lógica de políticas estructurales de ajuste neoliberal que abogan por una masiva reducción de gasto público. La ideología de Masculinidad Vaquera ha sido una estrategia usada por neoconservadores para oscurecer esta contradicción. El proceso de continuación del Imperio de EEUU es una parte importante del proceso de globalización corporativa. EEUU sigue actuando como el policía del mundo por la invasión de capital corporativo sin restricciones, en todas las esferas de vida humana que más le sea posible. En este proceso, la globalización corporativa continúa debilitando y empobreciendo más mujeres que hombres, y de esta manera, contribuye a que se perpetúen otras tradiciones y controles patriarcales.
La administración de George W. Bush en EEUU llegó al poder con una nueva agenda derechista que recibió un enorme incentivo, especialmente en sus planes sobre política en relaciones exteriores, debido a los eventos del 11 de Septiembre del 2001. Con una coalición de cristianos fundamentalistas, partidarios de rabinos pro-Israel, y diplomáticos Real Politik pragmáticos y hombres de negocios petroleros, la campaña presidencial de Bush hizo un llamado a sentimientos aislacionistas del pueblo estadounidense. Bush alegó estar en contra de las intervenciones humanitarias de EEUU del tipo que se atribuyen a la administración de Clinton en Somalia, Bosnia y Kosovo. Sin embargo, después del 11 de Septiembre, la política en relaciones exteriores de Bush tomó un giro de 180 grados hacia el intervencionismo estadounidense, con las llamadas guerras contra el terrorismo en Afganistán y en Irak. La administración de Bush ha sido criticada por no cumplir sus obligaciones para reconstruir Afganistán, después de haber pulverizado un país pobre—y donde guerras anteriores ya habían causado daños en la infraestructura. Sin embargo, después de la guerra en Irak—nación abundante en petróleo—se ha usado una política de reconstrucción muy distinta, la cual incluye un compromiso para construir la nación.
Estas evidentes inconsistencias en la política de asuntos exteriores de EEUU—tanto la declarada como la operacional—obliga a formular las siguientes preguntas: 1) ¿Qué causó este cambio dramático en la política de asuntos exteriores de EEUU y cómo se conecta con la globalización corporativa? 2) ¿Por qué el pueblo estadounidense, pese a una minoría substancial en contra de la guerra, eventualmente apoyó mayoritariamente las guerras en Afganistán e Irak? 3) ¿Por qué el partido Demócrata tenían dificultades en hablar abierta y claramente en contra de las doctrinas y acciones preventivas de guerra de la administración Republicana de Bush? Y 4) ¿Cómo esta política estadounidense de asuntos exteriores afecta a las mujeres?
En respuesta a la primera pregunta, mantengo que los neoconservadores dentro de la administración de Bush—que propugnan apoyo ilimitado a Israel y una nueva postura estadounidense como Imperio (con el unilateralismo e intervención extranjera que esto requiere)—convencieron a otros en la administración en adoptar una nueva política de guerra intervencionista-preventiva. Las razones para este cambio son muchas; por ejemplo, los intereses petroleros, apoyo a favor de los intereses israelíes por sobre intereses palestinos y una nueva estrategia política con el propósito de apoyar programas económicos neoliberales para una hegemonía capitalista. Sin embargo, un efecto de este cambio de política es que presenta al Presidente y sus colaboradores (y la “mujer emblema” Condolezza Rice) tomando una postura dura y protectora en contra de las amenazas terroristas a nivel mundial. Los hombres de negocios petroleros vieron que sus intereses por controlar el acceso a la producción petrolera en el Medio Oriente a largo plazo y las ganancias derivadas de ésta podrían servir para eliminar el Talibán en Afganistán y a Saddam Hussein en Irak, y así establecer supuestas democracias capitalistas in estos países que fuesen fieles a los intereses corporativos estadounidenses. Los ideólogos neoconservadores (Bush, Wolfowitz, Perle) estuvieron convencidos de que intervenciones estadounidenses en el Medio Oriente prepararían el terreno para democracias al estilo estadounidense.
Hay quienes cuestionen qué tan diferentes sean las políticas internacionales de Bush Junior con las de los gobiernos anteriores. Noam Chomsky apunta que “los principios básicos de la gran estrategia imperialista [estadounidense] se remontan a las primeros días de la Segunda Guerra Mundial. Planificadores y analistas concluyeron que en el mundo de la posguerra, EEUU procuraría ‘tener el poder sin cuestionamiento’, actuando para garantizar las ‘limitaciones de cualquier ejercicio de soberanía” de estados que pudieran interferir con sus diseños globales”.
Pero en relación a guerras preventivas, la actual Estrategia para la Seguridad Nacional (véase < www.newamericancentury.org>), que se anunció como una nueva política internacional de la administración en el otoño del 2001, se había anulado anteriormente en 1993 por el Presidente Clinton, cuya postura en política internacional era más afín al estilo de negociación multilateral y pragmática del gobierno de Bush padre. Aunque se podría decir que las anteriores estrategias multilateralistas estadounidenses tenían los mismos fines que las estrategias unilateralistas—poder máximo para el gobierno de EEUU y promover los intereses de la élite política y sus partidarios de la clase capitalista— los medios y el estilo que se utilizaron para obtener estos fines fueron, fundamentalmente, diferentes.
Este cambio es de suma importancia en cuanto a la presentación propia del gobierno estadounidense. Con ambas estrategias (multilateral y unilateral), nuestras élites políticas masculinas se han presentado a sí mismas como los protectores masculinos de la población en contra de adversarios y enemigos foráneos. En un modelo feminista del estado, el estado-nación siempre ha sido patriarcal y, en tiempos de amenazas externas, se espera que los ciudadanos jueguen un papel análogo al de las esposas sumisas con sus esposos fuertes, y unirse patrióticamente detrás de nuestros benévolos líderes masculinos y paternales. [cf. Iris Young 2003. “Feminist Reactions to the Contemporary Security Regime,” Hypatia, v. 18 #1, p223].
Pero la forma de género simbólica y especifica del estado estadounidense como protector masculino ha cambiado, de aquel que abogaban los Presidentes del Partido Demócrata: de Roosevelt a Clinton. El estado ha cambiad—del Estado de Bienestar Social Paternalista-Cosmopolita de los Demócratas al Estado Imperial Justo, Vaquero y Militarizado del Presidente Bush Jr. En breve, estamos siendo testigos de un cambio en forma entre una clase de estado patriarcal capitalista a otro—de un estado paternalista pro-bienestar social a otro neoliberal autoritario y patriarcal. Simbólicamente esto se ejemplifica con Bush I and II como el Papi Grande (Big Daddy) y el hijo Macho (Rudo) y Rebelde, respectivamente. Con el cambio de imagen, paralelamente, surge un cambio material: una reducción del estado de bienestar social y un cambio hacia un estado neoliberal más militarizado y más elitista, con la mayoría de los servicios privatizados, rebajas en los impuestos de la clase adinerada, el cual ha creado un margen mucho más grande entre los ricos y los pobres en EEUU.
Hay razones económicas, políticas e ideológicas o simbólicas para este cambio en la política. Los intereses económicos de corporaciones multinacionales claramente están del lado de este tipo de estrategia neoliberal de privatización, la cual desliga la propiedad estatal de servicios básicos y el apoyo para servicios públicos, por consiguiente se elimina la protección de poblaciones vulnerables y dependientes. Ciertamente, uno de los motivos para la participación estadounidense en las guerras en Afganistán e Irak es el deseo por mantener acceso al petróleo en el Medio Oriente. Otro motivo es cambiar la dirección de los gastos gubernamentales, de bienestar social a gastos de guerra, como un impulso para el complejo militar-industrial de los EEUU. Además, el efecto de la reacción política ha influenciado la adopción de una clase de poder patriarcal que es menos paternalista y más violento para contrarrestar los logros de los movimientos de la mujer y cómo cada vez más la mujer se independiza del hombre, tanto económica como políticamente.
Mi análisis de las causas de este cambio en las políticas nacionales, domésticas e internacionales desafía la idea de que el poder estatal es unívoco. Estoy de acuerdo con Wendy Brown (1995, States of Injury, Princeton University Press), que apunta que el estado no es una cosa o un sistema. Al igual que Michel Foucault, cuyo “poder disciplinario” es la base para el poder burocrático del estado estadounidense contemporáneo, Brown sostiene que existen otras modalidades de poder específicas en el estado estadounidense contemporáneo que incluyen la dimensión liberal del poder (en sistemas legales y políticos), la dimensión capitalista del poder en el sistema económico y la dimensión prerrogativa del poder en el aparato coercitivo del estado. Estos poderes operan, sin un centro, a través de discursos, reglas y prácticas que son multidimensionales y pueden llegar a contradecirse una a otro.
El poder prerrogativo del estado-nación, que Machiavelli analizó por primera vez en el siglo XVI, tiene como propósito la coerción exitosa de su propia población y de estados-naciones que se opongan a éste. Su éxito depende, no solamente del poderío militar en sí, sino también del convencimiento de la representación propia del estado como protector poderoso de su gente en contra de enemigos y amenazas a la paz provenientes del exterior o del interior.
Género Simbólico y Material, Lógica de Género Patriarcal y Racismo
Para entender la forma en que la ideología de género funciona al nivel de la representación gubernamental de sus políticas y acciones hacia con los ciudadanos, debemos distinguir el género simbólico del género material. Mientras el género material involucra las relaciones económicas reales entre hombres y mujeres, tal como la división sexual de trabajos domésticos y remunerados, y el consecuente poder relativo que los hombres tienen en relación a las mujeres como resultado de estas divisiones, el género simbólico involucra la representación del hombre como ente masculino y la de la mujer como ente femenino, con un conjunto de características de género, normas y valores asociados con la masculinidad y un conjunto diferente asociado con la feminidad. Es por esto que mientras el poder material real del hombre y de la mujer puede variar según la clase económica, raza y etnia, el poder simbólico de género del hombre y de la mujer en sistemas patriarcales tiende a darle la ventaja al hombre frente a la mujer de todas clases y razas, legitimando la dominancia masculina en esferas de poder legales, políticas y personales, aunque los hombres en puestos de razas y clases subordinadas tendrán menos poder (en todo sentido) que los hombres en puestos de clases y razas dominantes.
En un sistema de género simbólico patriarcal, se considera moral y socialmente superiores a aquellos que tienen una masculinidad simbólica (que a veces son mujeres) y se justifica el hecho que tienen más poder en relación a aquellos con feminidad simbólica (que a veces son hombres). Estos últimos son considerados moral y socialmente inferiores y requieren la guía moral, así como el poder social y físico de los primeros (con masculinidad simbólica) para mantenerlos con moral. Como esta es un lógica binaria de las representaciones del bien vs. el mal, de lo superior vs. lo inferior, de lo racional vs. lo irracional, de lo moderno vs. lo retrógrado, esto se puede aplicar en relaciones entre entidades que no sean hombres ni mujeres, tales como grupos sociales (por ejemplo, blancos vs. de color) o gobiernos y estados-naciones (por ejemplo, EEUU vs. Irak).
La forma en que la lógica simbólica de género patriarcal se usa en formas racistas y etnocéntricas en nuestros debates políticos contemporáneos sobre cómo las políticas de relaciones exteriores se conectan con el imperialismo Occidental y el Orientalismo. Se consideran religiones retrógradas a las religiones no Occidentales, como el Islam. Las evidencias de las prácticas patriarcales del Talibán y de los fundamentalistas iraníes se usan para sugerir que Occidente es más progresista, más liberado que esas culturas inferiores; y por ende, que nuestros hombres, nuestros líderes masculinos son más racionales e igualitarios que sus líderes masculinos que se los presenta como “lunáticos” (Saddam Hussein) o “fanáticos” (Osama Bin Laden), oprimen a sus mujeres y no tienen consideración con la vida humana. Mientras tanto se podría alegar que una lógica patriarcal inconsciente también se puede aplicar: que aquellos que nosotros denominamos “lunáticos” y “fanáticos” son los líderes masculinos del Medio Orientes que—cuando son nuestros aliados en contra de la Unión Soviética e Irán fundamentalista—fueron hijos simbólicos de nuestros “grandes papás” simbólicos en la Casa Blanca; y ahora que ellos se han rebelado en contra de la autoridad paternal, aquellos deben ser despojados de cualquier autoridad masculina en un intento de nuestro gobierno por presentarlos como fracasados, irracionales, por ende femeninos, hombres de color revirtiendo a la inferioridad. Esto, por supuesto, sitúa sutilmente a nuestros líderes vaqueros para que asuman la “carga del hombre blanco” de salvar al mundo de sus males.
La administración de Bush Junior parece haber decidido que puede potenciar al máximo su poder para promover los objetivos de sus aliados capitalistas y sus intereses imperialistas al cambiar su imagen de protector de género simbólico masculino a un modelo más autoritario, usando su poder prerrogativo del estado para iniciar guerras preventivas. Así, dicha administración tuvo la esperanza de usar los temores de la mayoría de la población estadounidense después del 11 de Septiembre para reforzar su poder. También tuvo la esperanza de menospreciar los logros del feminismo liberal y así promover un control masculino más estricto sobre la mujer en el ámbito privado—para sus seguidores fundamentalistas cristianos y judíos. Su nuevo llamado autoritario a un patriotismo sumiso ha sido exitoso: los antiguos liberales del estado del bienestar social en el Partido Demócrata no han podido para nada enfrentar esta nueva imagen masculina protectora que los neoconservadores (seguidores de Bush) han adoptado. El antiguo liberalismo es ahora catalogado como demasiado débil, demasiado femenino, y por ende, demasiado impotente para ser parte del juego—real, rudo y masculino—de fuerzas, que ahora se despunta como necesario para proteger a los estadounidenses de una nueva marca del terrorismo fundamentalista.
Pero por qué la mayoría de la población estadounidense ha aceptado este giro drástico en la estrategia de la política de relaciones exteriores estadounidenses: de multilateralismo al unilateralismo, de la imagen de los EEUU como un líder democrático en el mundo de naciones a los EEUU presentado como el soberano preventivo de un imperio mundial de justicia en contra de las fuerzas del Mal? La respuesta breve a esta pregunta es el temor y el trauma que causaron las explosiones de las Torres Gemelas el 11 de Septiembre del 2001 y el deseo irracional de ser protegido por un tipo más fuerte de liderazgo patriarcal del pasado mítico estadounidense, la figura del Buen Hombre Vaquero Vengador. También son relevantes los actuales conflictos culturales en torno a la “pregunta sobre la mujer” en EEUU, que ha promovido el movimiento de la mujer, el efecto cultural en contra de este movimiento y los conflictos ideológicos en los valores estadounidenses expresados por la creencia en la igualdad para todos, incluyendo a las mujeres, aún cuando la persistente lógica de género asume que las mujeres son inferiores a los hombres ya que éstas debe de ser protegidas por ellos.
Una vez que entendemos la lógica de género por medio de la cual el estado se representa a sí mismo hacia el pueblo estadounidense, podremos entender que existe una simbología similar de lucha de géneros a nivel de relaciones internacionales. Los líderes estadounidenses masculinos o identificados como masculinos—al ser líderes del nuevo poder imperial dominante a nivel mundial, que se rige por un nuevo género simbólico del Vaquero masculino—personifican conflictos con gobiernos adversos al mostrar a sus líderes como los “malos”, los malvados. Ejércitos extranjeros (clasificados como instituciones masculinas) deben formar parte de nuestra “partida”—por ende estarían bajo el comando de nuestros buenos hombres [abiertamente identificados como los buenos soldados cristianos y judíos]—o son los malos, que representan al Otro racializado como inferior y una religión inferior [Islam]. Entonces, la masculinidad de ellos es más primitiva, no se rige por leyes, y debe traerse para que forme parte el reino del Imperio de la rectitud moral, de libertad y democracia, que controla el gobierno estadounidense del mundo y no las Naciones Unidas [se ve a las Naciones Unidas como un tipo de “mala” democracia, ya que EEUU no siempre la controla; por consiguiente, está sujeta a que la mayoría de las naciones gobernadas por masculinidades inferiores la tomen].
En la actual crisis del Medio Oriente, nuestros líderes masculinos y sus compinches femeninos, tal como Laura Bush, la esposa del Presidente, se representan a sí mismos como quienes llegan en ayuda a mujeres oprimidas por su cultura inferior, “retrógrada” del fundamentalismo islámico, encabezado por una masculinidad aún más primitiva y malévola. De una forma paternalista, nuestros líderes pretenden afirmar que están plantando los cimientos para una supuesta igualdad moderna de género en los países que nosotros “liberamos”. Esta maniobra ideológica hace también invisible a aquellas fuerzas indígenas dentro de estas culturas, tales como “RAWA”, la Asociación Revolucionaria de Mujeres en Afganistán [Revolutionary Association of Women in Afghanistan], la cual se ha opuesto—dentro de la cultura afgana—a la opresión del Talibán en base al género, o “OWFL”, la Organización para la Libertad de la Mujer [Organization for Women’s Freedom], la cual estuvo en oposición de Saddam Hussein en Irak y también se opone al fundamentalismo islámico.
Globalización Capitalista,
La Guerra Estadounidense contra el Terrorismo, y las Mujeres
Si examinamos ahora el sistema económico de la globalización capitalista- neoliberal que ha decidido apoyar a las guerras estadounidenses contra el terrorismo, es evidente que tal globalización ha empeorado mucho más la situación de la mujer alrededor del mundo, dentro de un contexto sobre los efectos de las relaciones materiales de género. Es decir, con una división laboral patriarcal de los sexos a nivel mundial, en la cual la mayoría de las mujeres trabaja una segunda jornada de labores domésticos y de cuidado en el hogar sin salario, en tanto que se les paga menos por su jornada laboral asalariada. Muchas mujeres se ven forzadas a trabajar más horas por menor remuneración. Otras—abandonadas por sus esposos emigrantes—cuidan y mantienen solas a sus hijos en sus países de origen. Otras llegan como inmigrantes y se ven forzadas a dejar a sus propios hijos en sus países de origen para ganar dinero y enviarlo como remesas. Mayormente, se reclutan mujeres jóvenes para que formen parte de la línea global de ensamblaje de las maquilas, en donde su salud y seguridad son secundarias, mientras se explota su trabajo (sin sindicato). Es por esto que hay una contradicción muy fuerte entre la realidad de los efectos que empeoran la situación de la mujer y la ideología del progreso para la mujer, que políticos neoliberales tales como George Bush promulgan, como el efecto de la globalización corporativa y la imposición, por medio de la guerra, de regímenes “democráticos” serviles a EEUU. Mientras tanto, muchas mujeres en EEUU continúan dejándose llevar por las políticas del temor y el deseo por un estado protector masculino que apoye las políticas exteriores neoliberales e imperialistas estadounidenses. Dichas políticas van ultimadamente en contra de los intereses de sus propio género: los recortes en la salud, educación y los servicios para el bienestar social puestos en pie por ajustes estructurales neoliberales afecta más a las mujeres que a los hombres en EEUU pues la mujer tiene la mayor responsabilidad sobre los hijos y familiares de edad avanzada ya que la labor del cuidado se basa en género.
Conclusiones
He apuntado que hasta este momento el gobierno de Bush Jr. ha sido exitoso al combinar una estrategia “real politik” unilateralista de guerra en Irak y Afganistán, con un cambio en el género simbólico patriarcal de una imagen paternalista multilateral hacia otra unilateralista del vaquero macho. Pero de ninguna forma debemos considerar invencible este tipo de política. Existen señales que indican que algunos sectores de la élite capitalista están rechazando las políticas de guerra unilaterales de Bush; por ejemplo, el multimillonario George Soros donó 10 millones de dólares para una campaña para vencer a Bush en las elecciones presidenciales del 2004. El extenso movimiento global en contra de la guerra ha tenido gran éxito en cambiar la opinión de muchos estadounidenses y de mucha gente a través del mundo en contra de las políticas de guerra de Bush. El movimiento en contra de la globalización continúa educando a la gente, incluyendo a los estadounidenses, acerca de cómo las políticas de la Organización Mundial de Comercio, el Fondo Monetario Internacional y el Banco Mundial están claramente a favor de los intereses de las corporaciones multinacionales basadas en el Primer Mundo. Esto crea un argumento moral en oposición al Imperio estadounidense y a todos aquellos que lo dominan. Entonces, aunque no podamos suponer que los intereses racionales de los votantes vencerán los temores, traumas y representaciones confortantes del estado estadounidense: como el buen padre y los ciudadanos como sus hijos protegidos [cf. Lauren Berlant 1997 The Queen of America goes to Washington city, Duke University], las continuas contradicciones entre varias ideologías y poderes del estado estadounidense podrían permitir, en los años venideros, una conjunción de fuerzas que puedan forjar un triunfante discurso de oposición y una estrategia en contra del neoliberalismo y de la Masculinidad Vaquera.
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