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MUJERES PRODUCTORAS

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indice de las ponencias de 2006

La gran ciencia: la fragmentación del trabajo y la curiosa noción izquierdista de progreso

Mitchel Cohen, U.S.A. Greens
Junio 2006

traducido por Mara Tubert

Introducción:

El año 2004 marcó el trigésimo aniversario de la publicación del libro de Harry Braverman Labor and Monopoly Capital (Trabajo y monopolio del capital). Su libro fue y sigue siendo un trabajo original que analiza desde una perspectiva marxista la fragmentación del proceso de producción en la sociedad capitalista moderna, sus muchos efectos sobre la fuerza de trabajo y la forma de los movimientos de resistencia.

He estado trabajando en una serie de ensayos que desarollan una crítica verde sobre la ciencia y la tecnología en las que extiendo el análisis marxista, pero que permanecen muy críticos de los típicos puntos de vista marxistas sobre lo que constituyen los términos de “progreso”, “desarrollo”, “eficiencia”, “producción científica” y “la buena vida”. En lugar de presentar una visión sobre una nueva sociedad basada en una muy diferente organización de la producción (por ejemplo, donde no haya fábricas y una línea de producción, etc.), esa versión del marxismo ha llevado a los seguidores a apoyar la estrategia de tener un brazo de la clase dominante cuya implementación de su esquema de “desarrollo” es, en gran parte, responsabilidad de los desastres ecológicos que enfrentamos hoy en día.

En este trabajo, y en consideración a las percepciones de Harry Braverman, espero viajar hacia direcciones inesperadas, pero productivas, que podrían ayudar a informar a una perspectiva verde, así como una perspectiva marxista emancipatoria y anarquista.

“Eres un muy buen trabajador”, dice el experto en eficiencia educado bajo los estudios de tiempo y movimiento de Fredercik Taylor, conforme vio a un carpintero aplanar una pieza de madera. “Ahora, si tan sólo pudiéramos meterte un amortiguador al brazo podrías aplanar y pulir la madera con el mismo movimiento”.

“Sí”, respondió el carpintero, “y si te pegaras una escoba a tu trasero podrías tomar notas y barrer el piso al mismo tiempo”.

La atomización del trabajo

En la película “Tiempos modernos”, Charlie Chaplin representa a un trabajador de una línea de montaje cuyo trabajo es enroscar pernos todo el día conforme caen cada vez más rápido en la línea de transporte. Charlie no tiene idea alguna de por qué lo hace. Tan sólo le pagan por hacerlo y distorsiona tanto su mente como su cuerpo.

La película es una acusación severa sobre la producción industrial al tenor del capitalismo. Como otros trabajadores de la línea de montaje, Charlie es una víctima de la “ciencia” de la producción en masa. A principios de la década de los noventa, Fredercik Taylor introdujo sus estudios de tiempo y movimiento a la industria, examinando los movimientos fragmentarios repetitivos del proceso del trabajo industrial con la meta de aumentar el empuje y la eficiencia al subdividir cada tarea y reducir cada uno de los movimientos de trabajadores tanto como sea posible para parodiar los movimientos mecánicos de una máquina. Harry Braverman, en Labor and Monopoly Capital, explica el significado de este cambio cualitativo en la manera en que se estaban produciendo las cosas en la sociedad en general, y lo que lo hace único para un capitalismo industrial:

La división del trabajo en la sociedad es característica para todas las sociedades conocidas; la división del trabajo en los talleres es un producto especial de la sociedad capitalista. La división social del trabajo divide a la sociedad entre las ocupaciones, cada una adecuada a una rama de la producción; la división de trabajo específica destruye a las ocupaciones consideradas en este sentido y vuelve incapaz al trabajador de llevar a cabo cualquier proceso de producción completo. En el capitalismo, la división social se implementa en forma caótica y anárquica por el mercado, mientras que la división del trabajo en los talleres se ve impuesta por la planeación y el control. De nuevo en el capitalismo, se cambian los productos de la división social del trabajo por mercancía, mientras que los no se intercambian los resultados del trabajo del trabajador especializado dentro de la fábrica como dentro de los mercados, sino que todos son poseídos por el mismo capital. Mientras que la división social del trabajo subdivide a la sociedad, la división minuciosa del trabajo subdivide a los humanos, y mientras que la subdivisión de la sociedad puede acentuar al individuo y las especies, la subdivisión del individuo, cuando se lleva a cabo sin tener en cuenta las capacidades y necesidades humanas, es un crimen en contra de la persona y de la humanidad.

Mientras que todas las sociedades han destacado históricamente varias divisiones del trabajo (algunas personas cultivando, otras cazando, etc.) la atomización del trabajo hacia movimientos mecánicos repetitivos dentro de las divisiones ocupacionales era algo nuevo, que conduce hacia un por completo nuevo periodo descrito por Marx como la transición de la dominación formal del capital a su “dominación real”.

Los experimentos de Hawthorne: “Este es el tiempo, y este es el registro del tiempo”(Laurie Anderson)

Durante la década de los veinte y principios de comienzos de la década de los 30, la organización en la gran industria y las minas llevó a huelgas de paro de labores descaradas en las plantas de autos, lo que desencadenó la Depresión. Los industriales más “avanzados” encontraron necesario balancear las tensiones del lugar de trabajo ocasionadas por la rigurosa aplicación de la divisón del proceso de trabajo de Taylor para poder anticipar las rebeliones y manejar las quejas de la clase trabajadora. Ellos comenzaron a experimentar con diferentes condiciones de trabajo, incluyendo diversas relaciones de la administración y la fuerza de trabajo, y les preguntaron si era posible disminuir la resistencia de los trabajadores a la agotadora rutina y con ello incrementar la producción al introducir distintos estilos de administración. Su meta era exprimir incluso una mayor producción por hora de trabajo por parte de los trabajadores, mientras que se proyectaba una imagen más humana.

En 1924, los psicólogos de la Universidad de Harvard, Elton Mayo y Fritz Roethlisberger, comenzaron con una serie de experimentos psicologicos sobre los trabajadores en la planta de Hawthorne de la compañía Western Electricity en Chicago para examinar las tensiones en el lugar de trabajo, con vista hacia aliviarlos sin afectar la productividad. Surgió una nueva escuela de “psicología industrial” a partir de estos estudios, misma que promovía las “relaciones humanas en la industria”. Los investigadores creían que sus esfuerzos deberían aminorar muchas preocupaciones de los trabajadores y permitirles ser más productivos.

Mayo Y Roethlisberger fueron precursores de los sociólogos liberales de hoy en día. Sus estudios de Hawthorne se volvieron lectura obligatoria para los académicos en todo el país. Tanto liberales como conservadores escribieron comentarios y descripciones sobre los estudios, lo que culminó en nuevas técnicas de manejo “humanísticas”. Recibieron aclamaciones de los capitalistas industriales, desesperados por ganar el apoyo de la fuerza de trabajo en sus luchas en contra de la Asociación Nacional de Productores y otros estratos de la clase capitalista.

El ala del capital representada por Roosevelt ayudo a darle forma a las suposiciones, a determinar y realizar los experimentos de Hawthorne. Mientras que se pretendía estudiar el proceso del trabajo industrial libre de discriminación, Mayo y Roethlisberger se cubrieron con el manto de la “objetividad”, pero las suposiciones subyacentes al estudio permanecieron escondidas. La aceptación del encuadre capitalista de los propietarios y los trabajadores, y la visión de lo que era beneficioso para los propietarios (la expansión de la producción industrial) también se enfocaba en los mejores intereses para los trabajadores, si tan sólo se pudieran aminorar algunos de sus aspectos más explotadores. Por ello, Mayo y Roethlisberger promovieron las técnicas de Hawthorne como las más lucrativas para la industria, y esto era su gancho, ya que se suponía que las técnicas aminoraban la resistenciaante la alienación, los ritmos no naturales, y los peligros de la producción industrial. Los experimentos tomaron esto como prueba de una superación de la explotación.

Sin embargo, es claro a partir de la reevaluación de la información original que los trabajadores que ellos estudiaron sí se habían resistido, contrario a lo que Mayo afirmaba; pero su resistencia tomó nuevas formas y no se adecuó a los anteriores lineamientos comprendidos como “resistencia”; esto se cubrió como para no poner en peligro el consenso capitalista liberal emergente que se estaba promoviendo. El nuevo trato.

La nueva “ciencia” del proceso de trabajo industrial sostuvo que los trabajadores y los jefes “avanzados” tenían ingualdad de oportunidades en el sistema. El punto principal que estaba equivocado con la industria capitalista, la nueva ideología liberal impuesta, fue lo que ocasionó el mal carácter de algunos jefes individuales, la falta de una adecuada regulación gubernamental de la industria, administradores hostiles que no se habían actualizado con las últimas técnicas administrativas, enfriaron en forma innecesario los ambientes de trabajo y la falta de redes de seguridad social, no la relación capitalista de la producción por sí misma, con su explotación o su forma industrial.

Los investigadores dijeron que la armonía de clase, sobre los intereses comunes, debía reemplazar a la explotación por la lucha de clases. Las técnicas liberales de administración fueron diseñadas para fomentar esa ilusión; muy pronto se congelaron para dar paso a un nuevo paradigama, aquel de la cooperación entre la fuerza de trabajo y el capital, que ofrecían un encuadre “democrático” para intensificar la explotación y las ganancias.

La crítica subyacente a las suposiciones del estudio de Hawthorne y por ende el nuevo trato.

En 1981, al abrir su camino en la reevaluación de Hawthorne, los psicólogos sociales de SUNY Stony Brook, Dana Bramel y Ron Friend, expusieron la naturaleza ideológica escondida en el acercamiento Hawthorne. Su análisis tiene implicaciones importantes para la forma en la que los radicalistas ven a la historia de la clase trabajadora (incluyendo a la revolución rusa) y por desarrollar una crítica marxista del capitalismo industrial, lo que retó a la glorificación judeo-cristiana sobre la “ética del trabajo” y las aseveraciones sobre lo que constituye el “progreso” y la buena vida”.

En primer lugar, Bramel y Friend mostraro que el “efecto Hawthorne”, en el que los trabajadores parecían ser más felices y productivos dentro de un estilo administrativo diferente y supuestamente más humano, “no se levantaron de la ‘supervisión revolucionada’ simple y espontánea, como nos habían hecho creer”. De hecho, continuó la resistencia de los trabajadores a la explotación, y en algunos casos aumentó, lo que tomó algunas formas nuevas (y con frecuencia desconocidas). Bramel y Friend escriben:

Esto ilustra un tema constante en el trabajo industrial de Mayo: el conflicto entre los trabajadores y la administración siempre se ha debido [y se ha dicho que se ha debido] a algo más que un antagonismo básico de intereses en las relaciones explotadoras capitalistas de la producción. En [un] caso… la rebeldía de los trabajadores… se debe a una condición médica que produce “preocupaciones paranoides”. En otros casos, esto representa un mal entendido, una falta de comunicación. Como dice Mayo en repetidas ocasiones, la “es raro que la queja, si es que lo hace alguna vez, de cualquier clave lógica sobre el problema del cual se ha originado”.

Fue en absoluto esencial, desde el punto de vista de unos EE.UU. en expansión, basado en un capital industrial, que toda la resistencia a la explotación se encuadró como un problema individual. Esto permitió a Mayo y a otros a anexar el sentido de falta de importancia y enojo de los trabajadores que surgió de su trabajo tipo robot cada vez más chaplinesco, antes de que se volviera un odio sistemático y penetrante de la clase dominante. Las malinterpretaciones de Mayo y de Roethlisberger y los falsos retratos de su información cubrieron una importante función ideológica. Ellos ayudaron a racionalizar un sistema explotador, al sentar las bases ideológicas para el liberalismo corporativo en los siguientes años, y que incluían la cooperativización de los sindicatos industriales.

La estrategia comunista en la era del capital liberal y la tecnología del “progreso”.

Los sectores industrial liberal y bancario de la burguesía representados políticamente por Franklin Roosevelt en la década de los treinta y principios de los cuartena, necesitaba con desesperación del apoyo de la clase trabajadora para poder vencer a las políticas de otros sectores capitalistas y consolidar su hegemonía sobre ellos. Esta lucha entre los sectores capitalistas rivales se ha estado dando durante muchos años, cada uno ha tenido su propia forma de organización de la producción, que han requerido de mecanismos de control y políticas sociales diferentes y con frecuencia contradictorias. Roosevelt, en representación del capital industrial y banquero, lo logró al tomar el control de los mecanismos del estado, con la ayuda de la fuerza de trabajo organizada y de las organizaciones comunistas declaradas entonaron las alabanzas para la nueva ideología liberal. Al grado en que la perspectiva de Hawthorne comenzó a meterse poco a poco hacia los poros ideológicos del sistema, ayudó a forjar un consenso nacional en apoyo al acercamiento del ala más avanzada del capital. El término de Hawthorne de “cooperación de la fuerza de trabajo y la administración” proporcionó a Roosevelt el fundamento racional que necesitaba para legalizar los sindicatos (bajo condiciones estrechas) y generar una alianza con ellos, permitiendo que el capital industrial y de la banca lucharan por el control permanente del aparato del estado federal tomando de otros sectores que compiten mientras que la sistematizan la producción, la inversión y el flujo de ganancias.

Ganar el derecho legal a organizarse fue una gran victoria para los trabajadores en todos lados. Pero resultó ser una bendición mezclada. El acto nacional de relaciones laborales de 1935 y otras leyes federales permitieron a los trabajadores que por primera vez obtuvieran protección legal sobre algunas áreas para negociar con sus empleadores, pero sólo al aceptar la legitimidad de la forma de producción de las fábricas, en contra de la cual había habido oposiciones masivas a lo largo de la historia. Al aceptar la legislación que legalizó a la organización sindical, se le solicitó a la clase trabajadora organizada que reconociera y aceptara los límites circunscritos en los nuevos “derechos” sociales, en particular los afirmados por los capitalistas para poseer en su totalidad el producto de un día de trabajo y para distribuirlos como lo decidieran, un “derecho” que se da por hecho hoy en día pero por el cuál se han realizado grandes batallas y que se continuarían luchando antes de que se ganara una aceptación general en la década de los cincuenta. Las nuevas leyes codificaron ciertas formas sindicales y las estamparon con una aceptación estatal oficial a costa de otras organizaciones más radicales de la clase trabajadora con las que también había competido durante cuarenta años. De esta manera, el nuevo trato tuvo éxito al rescatar al capitalismo por medio de la perfección de un proceso que había comenzado a principio del siglo XXI con la asención apoyada por Rockefeller de la Federación Estadounidense del Trabajo y la subsecuente derrota del grupo de los Caballeros del Trabajo, la Federación de los Mineros del oeste y los Trabajadores Industriales del Mundo.

En cierto sentido, la legalización del derecho de organización de los trabajadores dentro de ciertos límites bien definidos adoptó las luchas de la clase trabajadora y sostuvo aquellas formas que eran m{as amenas e los intereses del capital a largo plazo. Ahora conocemos a esas formaciones legítimas de la clase trabajadora como “sindicatos de las empresas” La mayoría de los marxistas y de otros capitalistas han gastado una inmensa cantidad de energía al defender las luchas de los trabajadores por encima de sus cadenas y ya no más por encima de la existencia de las cadenas por sí mismas.

Como yo comprendo al análisis de Marx, la forma de producción no se podía separar de las relaciones sociales en las que se desarrolla, tanto como las ideas no pueden separarse de las condiciones sociales de una sociedad dada donde éstas hayan surgido. Sin embargo, en la práctica muchos socialistas como Lenin y Trotsky, han separado la forma del contenido. Ellos han insistido en que sólo la maquinaria de producción, mientras que ha evolucionado en el capitalismo, debe colocarse bajo la propiedad y control públicos, al tiempo que perdonamos las enormes luchas de la clase trabajadora alrededor del mundo en contra de la imposición de la forma de la fábrica. Al hacer esto, ellos fallan en realizar un análisis dialéctico, aunque incluso algunas veces alaban, la institucionalización de las fábricas como una faceta progresiva del capitalismo, aún cuando el modelo de la fábrica comienza a extender la educación, la recreación y otras áreas de la vida diaria.

Se equivocaron al proyectar una manera diferente de producir los bienes que necesitamos y deseamos, sin decir que investigaron de dónde provenían nuestros deseos v cómo se manufacturaban en la sociedad donde vivimos.

Mucho de los partidos comunistas que punteaban el panorama político de los Estados Unidos a finales de la década de los sesenta y los setenta veían la política de la tecnología solamente como un asunto en el que la clase es la propietaria y qué uso se hace de la misma. Sin embargo, la tecnología no es una composición de instrumentos “neutrales” desprovista de la política. Las condiciones sociales y económicas en las que se desarrolló la forma de producción en las fábricas, tanto fuerzas como relaciones, habían estampado en forma indeleble la rapacidad del capitalismo a cada momento del proceso de producción. El capitalismo está “en sus genes”, por decir algo tanto en forma figurativa como, cada vez más en nuestros días, literal. Y nosotros, alzados en estas mismas condiciones, apenas podemos concebir a las sociedades modernas como productoras para satisfacer sus necesidades humanas en cualquier otra manera.

La transformación del proceso laboral de Taylor y las racionalizaciones ideológicas del lugar de trabajo industrial de Mayo, a la cual muchos marxistas apoyaban (y todavía lo hacen), han tenido, de acuerdo con Braverman, un enorme efecto negativo sobre la clase trabajadora y sobre el desarrollo de la estrategia socialista:

El marxismo… se enfocó no en la profunda naturaleza interna del capitalismo y la posición del trabajador dentro del mismo, sino sobre sus diversos efectos coyunturales y crisis. En particular, la crítica del modo de produccion dio paso a la crítica del capitalismo como una forma de distribución… Los marxistas adaptaron el punto de vista de una fábrica moderna como una forma inevitable, pero perfectible, de organización del proceso de trabajo . En la democracia social, el movimiento socialista previo a la primera guerra mundial, la evolución de los sindicatos y los partidos marxistas estaba mano a mano, como parte de la cercana asociación entre los dos y su rumbo conjunto hacia una perspectiva completamente no revolucionaria.

Uno de los primeros admiradores de Frederick Taylor fue V.I. Lenin, quien se enamoró con los estudios de línea de producción y estudios de tiempo y movimiento como un medio para el incremento dramático de la productividad de los trabajadores en la Rusia revolucionaria. La adopción de la técnica de la línea de producción capitalista por parte de Lenin alentó a los partidos comunistas en todo el mundo a adquirir un punto de vista marxista “estructural y evolucionario”, cuyo propósito principal era acelerar la producción de bienes en los países pobres por medio del desarrollo de las fábricas. Tomando un tópico de Marx, que en la post revolución “a menos de que se elimine la escasez revivirá toda ‘la vieja mierda’”, Lenin defendía eliminar la “escasez” al imponer a un régimen de desarrollo industrial (como si la escasez de fábricas fuera la causa del hambre, por ejemplo). De tal modo que en lugar de visualizar a una sociedad basada en una organización de las fuerzas productivas y de una propiedad de la tierra muy distintas, el marxismo, en particular en los llamados países “en desarrollo” y en el bloque soviético, se transformó de una filosofía de la liberación a un instrumento de industrialización rápida y de un control del estado centralizado, cuyos beneficios, a través de la planeación central, según esperaba Lenin, podrían distribuirse de forma más equitativa.

Lenin veía al taylorismo, como al marxismo, como una ciencia: la ciencia de la producción. Una vez etiquetado como tal y aceptado como una “ciencia”, la legitimidad de Taylor a los ojos de la vieja izquierda gano una nueva altura.

Siguiendo los pasos de Lenin, la crítica de la ciencia de la vieja izquierda pocas veces ha ido más allá de criticar la manera en que la sociedad burguesa ha usado sus productos, a pesar de las crisis sociales y ambientales que enfrentamos hoy en día como resultado de la fusión de la ciencia, la tecnología y la producción. Ya que la ciencia es vista, para la vieja izquierda, como un valor neutral (cuando en realidad sus presuposiciones capitalistas son inherentes en cada proposición), Lenin creía que se podría destinar en su totalidad con tan sólo un poco de arreglos por aquí y por allí para hacerlo funcionar como una función emancipadora. Como Lenin observó:

[El taylorismo], como todo progreso capitalista, es una combinación de una brutalidad refinada de la explotación burguesa y un número de los más grandes logros científicos en el campo del análisis del movimiento mecánico durante el trabajo, la eliminación de movimientos extraños y superfluos, la elaboración de métodos correctos de trabajo, la introducción del mejor sistema de contabilidad y control, etc. La república soviética deberá adoptar a toda costa todo lo que es valiosos en los logros de la ciencia y la tecnología en este campo. La posibilidad de construir un socialismo depende exactamente de nuestro éxito de combinar el poder soviético y la organización de la administración soviética con los logros más recientes del capitalismo. Debemos organizarnos en Rusia y estudiar y enseñar el sistema de Taylor y probarlo sistemáticamente para adaptarlo a nuestros objetivos.

La aseveración de Lenin de que la tecnología tan sólo se podría apropiar, escoger y desechar a voluntad, como muchos todavía creen, se ha vuelto una de las pesadillas de la izquierda. Uno de los retos más importantes para lograr la aceptación proviene del movimiento de la justicia verde. El grado al cuál los “progresistas” creen que la ciencia y la tecnología deben ser un “valor libre” y que “básicamente el problema es cómo se usa”, sólo menoscaba la profundidad real del origen del problema.

El reencuadre del paradigma dominante

En general, los marxistas han retratado a la ciencia como un método para descubrir las verdades objetivas, y a la tecnología como el medio libre de política para realizarse y desarrollar productos basados en ella. Por ello, tenemos la famosa sentencia de Lenin de que “el socialismo iguala los consejos de trabajadores [soviéticos] más la electrificación”. En este sentido, el punto de vista marxista de la ciencia no es muy diferente que el de los que hacen las políticas liberales en una sociedad capitalista industrial.

Lenin, como la mayoría de los marxistas, reconocía que la economía política capitalista pervierte estos medios al doblarsos para servir a los dioses de la acumulación de las ganancias privadas en vez del bien universal. Pero argumentó que la esencia de la ciencia y la tecnología está desprovista de una ideología, un juicio de valor y de subjetividad.

A principios de la década de los setenta, muchos nuevos izquierdistas viraron las lentes de la ciencia sobre ella misma y comenzaron a formular una crítica radical de la ciencia. El movimiento produjo revistas tales como Science for People (La ciencia para la gente), con el objetivo de desmitificar la ciencia y, a diferencia de hoy en día, retar a las nociones centrales de la ciencia y las tendencias de los científicos, así como los peligros de la manera en se estaba aplicando la investigación. Los feministas socialistas llevaron esa crítica más allá al publicar críticas sustentadas sobre la ciencia, que han ayudado a mi propio análisis, como lo ha hecho el trabajo de Richard Levins, Martha Herbert, Ivan Illich y otros. Por ello “El Niño”, dentro del vasto océano de la ciencia, continuó hasta finales de la década de los ochenta, cuando los anarquistas emitieron crítica tras crítica sobre el ambientalismo, y que se habían agrupado en la escuela de ecología social. Estos análisis permitieron a los izquierdistas revelar la imperativa ideología capitalista concentrada en la misma esencia de la ciencia. En proporción con los movimientos sociales masivos en contra de la energía nuclear, la ingeniería genética, el calentamiento global, la globalización de capital, la robotización del trabajo y a favor de los derechos de los animales, las alternativas al modelo industrial farmacéutico del cuidado de la salud, estas incisivas investigaciones intelectuales penetraron en el corazón de la ciencia y han creado un renovado interés en la crítica radical de la ciencia y la industrialización.

En la actualidad, muchos en el nuevo movimiento verde, que siguen la crítica feminista de la ciencia de la década de los setenta y las críticas emitidas por Sciencie for the People and Social Ecology, están desafiando el análisis de Lenin. Ellos dicen que la forma de producción industrial está empapada con la ideología y que la idea de que la ciencia y la tecnología de alguna manera son “neutrales” u “objetivas” es por sí misma una construcción ideológica, una ilusión de la mitología capitalista, junto con su invención de una demostración similar de una naturaleza humana universal, ambiciosa e incambiable, “objetivo” que la ciencia primero establece y luego encuentra deficiente. Al hacer esto, la ciencia hace que la forma industrial parezca necesaria para controlar y poner los irrefrenables impulsos humanos al servicio del trabajo productivo, asegura que son componentes inevitables de la naturaleza humana.

Por otro lado, los marxistas de la vieja escuela limitan su crítca de la ciencia y la tecnología al argumentar la necesidad de: 1) Liberar a la ciencia y la tecnología del control corporativo y usarlas para que sirvan a fines humanos en vez de al Dios de las ganancias; y 2) hacer que las comunidades de científicos e investigadores sean más reflexivos sobre la comunidad en general en términos de su composición racial y de género. Aquellas son las únicas áreas en las que se puede ver a la ciencia y la tecnología como “políticas”, en lo que respecta a su aplicación. En esencia, para la mayoría de los marxistas, “la ciencia pura” busca verdades objetivas que se erijan sobre la ideología y la política y que se mantengan alejadas de ellas.

Con certeza, los esfuerzos para democratizar la realización de la investigación científica y hacer que sirva a los intereses sociales más que los privados se tratan de batallas significativas; utilizados por una sociedad socialista, la ciencia y la tecnología deberían servir al pueblo, producir mejores y más sanos productos y aplicarse a diferentes tareas más humanas tales como el acortamiento de la semana laboral y encontrar curas a enfermedades mortales. Incluso lograr estos objetivos se requeriría de una revolución política y económica. Pero está faltando una crítica más fundamental sobre los argumentos de Lenin: como Lenin, la izquierda en general descuida, bajo su propio riesgo, la ciencia de la ciencia y la tecnología. Los izquierdistas no pueden estar satisfechos con tan sólo considerar a la ciencia y a la tecnología como existen ahora en las manos de la clase trabajadora (o de un estado que pretende actuar en su nombre), a pesar de que esperaríamos ver que se aplicaran con fin de cubrir las necesidades humanas. Mientras que continúa la crítica capitalista de la ciencia, debemos comenzar a desarrollar nuestra propia ciencia revolucionaria. La ciencia no dialéctica del capitalismo no puede resolver los problemas que su propio sistema nos ha impuesto en parte debido a que no quiere hacer y, aún más importante, porque es incluso es incapaz de hacerse las preguntas correctas.

Pídale a un marxista investigar el método científico por sí mismo y las suposiciones capitalistas de no sólo condicionar su aplicación sino inculcar su “esencia”, y le darán una disertación sobre la “verdad objetiva” que es la ciencia cuando “se hace bien”. Sin embargo, los argumentos paralelos hechos por los puntos de vista de la vieja y nueva escuela de la izquierda sobre las luchas políticas, la nueva ecología basada en las críticas radicales argumenta que la forma industrial de la producción científica se ha vuelto un modelo que, como el estado, desafortunadamente el marxismo oficial busca imitar, controla y administrar, sino que aplastar.

¿Se encuentra allá afuera la “verdad”?

Los principales científicos fascistas comprendieron que existe una política inherente a la creación de la “búsqueda de la objetividad”. Este encuadre proporcionó la información para el trabajo de, por ejemplo, el físico Werner Heisenberg, quizás el más conocido científico que además “resultó ser” un fascista en sus primeros años. Heisenberg desarrollo su famoso (y todavía perturbador en el oeste) “principio de incertidumbre” sobre la tesis de que la “ciencia natural no tan sólo describe o explica la naturaleza. Esto es parte de la interacción entre la naturaleza y nosotros mismos; describe a la naturaleza como expuesta a nuestro método de cuestionamiento”.

¿De dónde proviene “nuestro método de cuestionamiento”? ¿En qué consiste? ¿Acaso todos los científicos en una sociedad dada usan este mismo “método”?

Al hacer el llamado para una “ciencia revolucionaria” en una sociedad industrial por completo desarrollada ya sea en el capitalismo o el socialismo, uno debe preguntarse éstas y otras preguntas. Pero en general, siguiendo la línea de Lenin, las críticas marxistas han fallado en hacerlo. Ellos continúan siendo, en una manera no dialéctica, los proponentes más fuertes de la interpretación burguesa durante la Ilustración, con su establecimiento de la “racionalidad científica” como su religión principal.

Algunos marxistas están en contra de la noción occidental de que los hechos científicos “objetivos” están en algún lado “allá afuera” esperando ser descubiertos, independientes de nuestros métodos de cuestionamiento. Ellos apenas son capaces de aceptar la gran visión de Heisenberg cuando se trata de la física cuántica, y mucho menos aplicarla para analizar la “causa y el efecto” de la fusión lineal de la ciencia y la tecnología en la que se basa la forma de la fábrica. Stephen Jay, una figura importante en la ciencia del siglo XX, fue un izquierdista que desafió a los ortodoxos dominantes formulando las formas en las que los científicos categorizaban al mundo. Sus análisis demandan que analicemos las condiciones sociales que dieron lugar al pensamiento científico. Gould escribió que “la ciencia no es un camino inexorable hacia la verdad, mediado por la colección de información objetiva y la destrucción de la supersticiones anteriores. Los científicos, como seres humanos ordinarios, reflejan inconscientemente en sus teorías las restricciones sociales y políticas de su tiempo. Como miembros privilegiados de la sociedad, la mayor parte del tiempo terminan defendiendo los arreglos sociales existentes como biológicamente predestinadas.

Este argumento y aquellos de los movimientos ecológicos radicales han fallado en influir a los partidos comunistas formales, con excepción de forzar los temas ecológicos que se añadirán a los programas marxistas. La concepción de V.I. Lenin ha sido en extremo influyente al encuadrar la manera instrumentalista en la que los partidos comunistas en todo el mundo no sólo entienden la “ciencia”, sino el completo proceso en el que la clase trabajadora se vuelve conciente de sí misma y de su misión, como una parte esencial de un proceso histórico “objetivo”, una conciencia en el punto de vista de Lenin que debería impartirse desde fuera al movimiento de la clase trabajadora. De manera parecida, al defender al marxismo como un socialismo “científico” y a la ciencia por sí misma como libre de valores,  los partidos comunistas definen a la ciencia, la tecnología y las “fuerzas de producción” como procesos en esencia objetivos que ganan la politización tan sólo “desde afuera” en el contexto de la lucha entre clases sobre quién es el propietario y sobre qué uso se les da.

Por consiguiente, en general los partidos marxistas han respaldado el desarrollo de los proyectos tecnológicos expandidos tanto en países capitalistas como en los que se describen como socialistas; se piensa que el bien social que van a traer vale más que cualquier ramificación negativa a largo plazo que se pueda tener en términos que no son visibles desde dentro de la tendencia “evolucionista” que la ideología capitalista describe como “progreso”. Los partidos comunistas en todo el mundo promovieron la energía nuclear en las décadas de los cincuenta y los sesenta, y la llamaron de manera errónea la revolución “verde”, con diagnósticos incorrectos masivos y la administración de narcóticos a niños “hiperactivos”, el regreso de la “terapia” de electrochoques, e incluso la llegada de la ingeniería genética y el desarrollo de la biotecnología, todas afirmaciones racionalizadas de los supuestos “beneficios sociales” que resultaron ser pocos y débiles y que en realidad fueron devastadores a nivel ambiental y social.

Muchos grupos de izquierda apoyaron a la “Revolución Verde” como un atajo para acabar con el hambre, aún cuando hacerlo favoreció el control de la producción agraria por parte del cartel internacional del petróleo, que manufacturaba los costosos fertilizantes provenientes del petróleo. Entre muchos otros problemas, la nueva tecnología agrícola requería del uso de grandes volúmenes de agua fresca y presagió la creación de patentes privadas de las semillas, lo que llevó a la creación de la jurisprudencia bajo el auspicio de la ley “de los derechos de la propiedad intelectual” y la ingeniería genética en las décadas de los ochenta y los noventa. La izquierda compró la idea de que el hambre mundial provenía de circunstancias naturales y se olvidó que era la propiedad y el control de la producción mundial de comida, del agua y de la tierra capitalistas, posibles gracias a las nuevas tecnologías y promovidas en todo el mundo gracias a los “Programas de Ajuste Estructural” del Fondo Monetario Internacional y del Banco Mundial, lo que desplazó a millones de campesinos agricultores. Fue este desplazamiento y el uso de las tierras confiscadas para producir cosechas para exportación que crearan ganancias, y no una previa “escasez” de comida, lo que provocó la epidemia de hambre que el mundo ha experimentado por los últimos 40 años.

Muchos izquierdistas también apoyaron:

  • La fluorización del agua potable por parte del gobierno de los EE.UU. (una estafa de la industria del aluminio en la década de los cuarenta y principios de los cincuenta para deshacerse de los desechos tóxicos).
  • La “factorización” del nacimiento: el nacimiento “moderno” con sus  piernas sobre los estribos (la peor posición posible), los ultrasonidos sistemáticos, las amniocéntesis, las cesáreas, los cortes vaginales, las histerectomías, la vacunación masiva indiscriminada de los niños y el uso de otras técnicas invasivas rutinarias (no estamos hablando sobre situaciones de emergencia)
  • La biotecnología y la ingeniería genética como un “avance científico” que racionalizan las patentes sobre la vida al afirmar que estas tecnologías pueden descubrir la cura del SIDA y del cáncer, sin discutir, para empezar, qué es lo que provoca que tanta gente se enferme de gravedad a edades cada vez más tempranas.

La izquierda de la vieja escuela aclama a todas estas aplicaciones de los desarrollos tecnológicos como ejemplos de “progreso”.

Conforme las plantas diseñadas genéticamente convierten a cada célula del organismo en una fábrica de un mini pesticida; y conforme los químicos diseñados como la hormona del crecimiento bovina envenenan nuestra comida en nombre del “progreso”, así como la radiación de las plantas de poder nucleares, las pruebas de armas nucleares, la aplicación masiva de pesticidas tóxicos y el uso de una gran cantidad de antibióticos en los alimentos de los animales crean las epidemias actuales de cáncer, SIDA y otros síndromes que comprometen al sistema inmune; también conforme el complejo de la industria farmacéutica-militar inventa nuevos químicos para curarnos de las enfermedades que esas mismas empresas han creado y conforme ocurren las guerras de alta tecnología para obtener el control del petróleo para abastecer los automóviles que “ingieren” gasolina y cuyas emisiones están destruyendo la capa de ozono, una de las causas principales del calentamiento global, los partidos de la vieja escuela comunista enfrentan, en el mejor de los casos, algunos aspectos sobre estos temas, pero con todo  eso continúan justificando el desarrollo desenfrenado de la tecnología capitalista que subyace en la devastación que enfrentamos a escala global hoy en día.

Entre más hagan que el marxismo parezca “científico”, la mayor validez que se otorga a sus defensores (y que ellos se otorgan a sí mismos). Ellos apilan sus credenciales y doctorados, y hacen llover “expertos” marxistas sobre la sociedad desde las torres de marfil de la academia y, cada vez más, sobre las fundaciones no lucrativas. La izquierda de la vieja escuela parece demasiado ansiosa de reproducir este paradigma.

Por supuesto, el sector más avanzado de la burguesía le da la bienvenida a este acercamiento, ya que el sistema requiere de nuevos procedimientos para amenguar sus crisis, de nuevos administradores para expandir su hegemonía ideológica y de nuevos mecanismos con los cuales dominar a la naturaleza, a la clase trabajadora y al estado. Ya que cada paso hacia la Gran Ciencia requiere de un Gran Gobierno, un Gran Capital y un fondo centralizado, en la actualidad el capital necesita atraer a los líderes de la clase trabajadora hacia sus programas para usarlos como aliados en sus batallas en contra de las tecnologías inapropiadas y de las políticas sociales de los sectores rivales dentro de la clase dominante, al mismo tiempo que se unen las resistencias de los trabajadores, justo como se necesita hacer a principios del siglo XX y de nuevo en la década de los treinta.

Al esforzarse en descientificar a los científicos sociales burgueses para comprobar la validez del marxismo y la predecibilidad del comportamiento de las masas en respuesta a ciertos estímulos clave, los marxistas no sólo reducen a la dialéctica a un grupo lineal de relaciones de causa y efecto, sino que reproducen las dualidades falsas que marcan a la ideología capitalista, lo que hace más difícil que se de la transformación revolucionaria social.

Como una religión del estado capitalista, la ciencia es la forma en la que el capital nos enseña a observar y a apropiarnos del mundo que nos rodea sin pensar en la “manera en la que pensamos”. Es incluso difícil para aquellos hundidos en la propaganda que se encuentra en la Gran Ciencia cuestionarse sobre dichas normas sociales como la vacunación masiva de los niños en los EE.UU. La vacunación masiva de los bebés, producto del “avance” de la tecnología, es una mejora tan “obvia” que uno ya casi no se cuestiona sobre ella, en particular cuando ese tema, y otros como la fluorización del agua o el papel de la Organización de las Naciones Unidas, ha sido durante muchos años la pesadilla de la Sociedad John Birch y otras organizaciones del ala derecha (pero por los motivos equivocados). Y, a pesar de ello, los legítimos investigadores alternativos están ligando con la vacunación infantil con una variedad de enfermedades auto inmunes serias.

Por supuesto, muchos activistas han luchando en contra de las aplicaciones específicas de la tecnología en los EE.UU. A principios de la segunda mitad de la década de los setenta, un extenso movimiento emergió en contra de las plantas de energía nuclear; a finales de la década de los ochenta y principios de los noventa, muchos se involucraron en grupos como ACT UP, que desafiaban la manera en la que se realizaba la investigación médica y apoyaban aquellos puntos de vista con fuertes acciones militantes en las calles. Pero pocos marxistas iniciaron estos movimientos, que involucraban un análisis y una resistencia de los paradigmas científico, tecnológico, médico e industrial dominantes. Hoy en día, en parte debido a la explosión de movimientos sociales en países de África, Latinoamérica y Asia que han relacionado la devastación de sus tierras, el suministro de alimentos y de agua a los acuerdos económicos de libre comercio impuestos por los EE.UU. ( un imperialismo bipartidista tanto de los demócratas como de los republicanos), muchos más izquierdistas en los países desarrollados han sido forzados a enfrentar temas como la ingeniería genética de la agricultura y otras tecnologías como no se vio nunca antes. Esto, entonces, es un progreso real.

Aún así, se ha sabido durante muchos años que un gran número de enfermedades y muertes son contingencias “iatrogénicas”; la intervención normal de la medicina moderna en los procesos de curación de las enfermedades es la que las ocasiona; más de cien mil personas mueren cada año en los hospitales de los EE.UU de manera innecesaria por la mala nutrición provocada por las dietas hospitalarias y por enfermedades contraídas durante la estancia en ellos. Aún así, la izquierda promueve lo que podemos describir mejor como la medicina industrial.

Más de 70,000 trabajadores estadounidenses han fallecido en el trabajo en la última década. Miles más lo han hecho por problemas pulmonares y otras enfermedades relacionadas con las profesiones. Las epidemias de enfermedades relacionadas con el sistema inmune acaban con el área rural. Estas son consideradas como naturales, pero son ocasionadas por la contaminación que ataca de manera impresionante a nuestros sistemas inmunes, una contaminación provocada por las industrias petroquímica, agrícola y nuclear durante los últimos cuarenta años. Los marxistas tienden a pensar que ellos o nosotros podemos reparar todo esto con tan sólo apretar un botón una vez que se apoderen del Estado, de las fábricas y de las minas, sin desenraizar la forma industrial de producción como tal.

Por otro lado, los ecologistas radicales afirman que la ciencia, la medicina occidental y la industrialización (capitalista o de cualquier otro tipo) no tan sólo mantienen la tremenda promesa de enfrentar nuestros problemas, sino que los ocasionan en primer lugar a pesar de quienes controlan esa interrelación de instituciones y creencias. Ellos afirman que a pesar de que una revolución en las relaciones sociales de la producción, que busque poner a la vasta maquinaria de producción en manos de la clase trabajadora, podría aliviar algunos de los peores abuso de la explotación del trabajo sobre la que se basa el sistema de salarios, no transformaría (y quizás no podría transformar) el sistema industrial (como por magia) para que fuera compatible con la ecología de un planeta sano. Tampoco el control socialista del gobierno podría terminar con el penoso trabajo de la asamblea y la gestión, la producción masiva de relaciones rancias y sueños putrefactos, la conversión de todas las cosas y las personas en objetos que se pueden comprar y vender, la reproducción de la jerarquía, la dominación y el patriarcado, ni con los intentos de subyugar a la naturaleza (y la naturaleza dentro de nosotros) ante las exigencias de la producción y el mercado. De hecho, la historia de los movimientos capitalistas ha mostrado una intensificación, y no una relajación, del desarrollo industrial.

Los ecologistas radicales dicen (como lo dijo la nueva izquierda hace una generación), que los revolucionarios ya no pueden “tomar el control” de las industrias y ejercer su poder para sus propios propósitos comunitarios más de lo que podría hacer el estado. (Marx era particularmente incisivo en este enfrentamiento cara a cara con el estado, pero más bien reservado cuando se trataba del tema de las industrias). Como menciona Braverman:

En la práctica, la industrialización soviética imitaba al modelo capitalista, y conforme la industrialización avanzaba, la estructura perdió su carácter provisional y la Unión Soviética se estableció en una organización del trabajo que difería de la de los países capitalistas tan sólo por detalles, así que la población trabajadora soviética aguanta todos los estigmas de las clases trabajadoras occidentales. Durante el proceso, se sintió el efecto ideológico a lo largo del mundo marxista: la tecnología del capitalismo, a la cuál Marx había tratado con precaución y reserva, y la organización y administración del trabajo, a la que había tratado con una hostilidad apasionada, se volvió relativamente aceptable. Ahora la revolución contra el capital se concebía cada vez más como un asunto de despojar ciertas “excrecencias” del mecanismo capitalista altamente productivo, mejorando las condiciones de trabajo al añadir a la organización industrial una estructura formal de “control de los trabajadores”, y reemplazando los mecanismos capitalistas de acumulación y distribución con una planeación socialista.

… [L]a crítica de la forma capitalista de producción, que en su origen era el arma más poderosa del marxismo, poco a poco fue perdiendo su filo conforme el análisis marxista de la estructura de clases de la sociedad no pudo mantener el paso con el rápido proceso de cambio. Ahora se había vuelto de lo más común afirmar que el marxismo sólo era adecuado para la definición del “proletariado industrial”, y que con la relativa reducción de ese proletariado en cuestión de tamaño y peso social, el marxismo, al menos con respecto a esto, se había vuelto “obsoleto”. Como resultado de esta obsolescencia sin corrección, el marxismo se debilitó en el mismo punto donde alguna vez había radicado su fuerza/a>.

La forma industrial de producción y reproducción a la que habían dado paso el capitalismo y la industrialización tuvieron una gran influencia en las maneras en las que hemos llegado a pensar acerca de la organización y la administración del trabajo, y sobre nuestras propias necesidades como individuos, como una clase, como una sociedad, como una especie y como una parte de un planeta vivo. Hemos hecho en extremo difícil pensar holísticamente y actuar para crear un futuro sano. ¿Podemos desafiar a la sabiduría popular actual e imaginar una vida diferente? ¿Es todavía incluso posible para nosotros imaginar cómo la maquinaria utilizada hoy en día en la producción para extraer el valor del trabajo de los trabajadores y de los recursos naturales para convertiros en ganancias para la clase capitalista, ser por completo diferente, quizás irreconocible para la actual posición de superioridad, en una sociedad en la que trabajadores astutos eclógicamente diseñaron los diferentes lugares en donde ellos trabajarían y donde producirían bienes para cubrir las necesidades humanas en vez de que se alcanzaran ganancias privadas en el mercado? El socialismo requiere de una revolución en las relaciones sociales. ¿Quién sería el propietario y controlaría la producción? A menos de que también desmantele la forma industrial, el capitalista y las relaciones patriarcales continuarán impulsándose desde la tecnología y destruirán a la naturaleza, tanto ecológica como humana, al tenor de un gobierno “socialista”.

La vieja izquierda jamás ha sido capaz de proponer esta visión. En su lugar, siempre ha ofrecido a la Gran Ciencia como una forma para “desarrollarse”, para “crecer” y ha confiado en ella como una rápida solución de la tecnología para “resolver” muchos de los problemas actuales. Ahora los activistas ecologistas, muchos de los cuáles son una nueva raza de marxistas anárquicos, están desafiando la afirmación de que el crecimiento es algo deseable por sí mismo. Ellos argumentan que la necesidad de expansión de la producción se encuentra dentro de la tecnología industrial (es decir, en las fuerzas de la producción), mientras que la mayoría de los marxistas de la vieja escuela creen que la expansión del sistema industrial es solamente inherente en las relaciones sociales de producción dentro del capitalismo; su visión también permite que éstos últimos apoyen los proyectos de desarrollo industriales muy destructivos a gran escala (represas, granjas industriales, biotecnología, energía nuclear) en los países colonizados, lo que ellos esperan que sirva como la base para eliminar la escasez al proporcionar trabajos y con ello alcanzar una mejor forma de vida.

Por otra parte, si los movimientos ecologistas tales como Earth First! y algunos grupos verdes se ofrecieran para ello, se trata de algo muy profundo: incluso en las manos de personas bien intencionadas sin un motivo como la competencia y una ganancia monetaria, ellos aseguran que existe una dinámica interna compleja dentro de la naturaleza de la tecnología como tal que va más allá de lo que las clases poseen y controlan (las “relaciones sociales”), cuestionando así todo el esquema industrial, lo que constituye el progreso y las nociones de crecimiento y “desarrollo” que tienen tanto los izquierdistas conservadores como los burgueses.

Así es como regresamos al profundo análisis ofrecido hace treinta años en el libro Labor and Monopoy Capital. Braverman aró un nuevo camino para los movimientos marxistas al señalar de manera incisiva el impacto del error del marxismo al aplicar el mismo escepticismo que usa para rechazar la postura gubernamental sobre temas económicos del modelo industrial de producción. Como resultado de la abdicación de la izquierda, los movimientos del ala de ultra derecha han entrado en ese vacío y están defendiendo los acercamientos alternativos al cáncer y el SIDA, entre otros, con un giro fascista; donde la izquierda oficial ha apoyado por mucho tiempo a la Gran Ciencia como un medio para el progreso, la ultraderecha se ha metido en una veta muy real y válida de desconfianza ante el gran gobierno, las grandes corporaciones y la gran ciencia al exponer iniciativas gubernamentales que carcinógenas (como la fluoración del agua, la construcción de plantas de energía nuclear, el desarrollo de la biotecnología e industrias de ingeniería genética, así como la supresión de tratamientos alternativos contra el cáncer y el SIDA), temas que involucran a un gran número de personas donde ellas están muy involucradas emocionalmente y biopolíticamente desapoderadas.

Uno de los tópicos que desarrolla Braverman en Labor and Monopoly Capital es que los izquierdistas necesitan dejar de romantizar la ciencia como si su metodología y premisas fueran de cierta manera independientes al capitalismo, y virar nuestra lente intelectual hacia las aseveraciones capitalistas y hacia las maneras de ver lo que subyace a toda la ciencia en occidente. Un primer paso es volverse mucho más crítico acerca del taylorismo y aquellos que tratan de reducir la visión marxista del ser humano total, para Marx el sujeto histórico, a un objeto que produce un valor en una línea de montaje. Debemos rechazar la idea de Lenin de la tecnología capitalista tan objetivamente neutra, de que la ciencia está, o debería estar, libre de valores y por encima de la ideología, que dicha meta es incluso deseable, y que se podría utilizar la tecnología industrial como ya está, pero con pequeñas modificaciones para el uso socialista. Mientras que con certeza necesitamos remover a toda la industria de la producción para lograr una ganancia privada y usarla para cubrir las necesidades inmediatas de la gente, ya no podemos considerar que tal expropiación del sistema industrial del capital podría ser algo más que un medio temporal, del que entre más rápido uno se deshaga será mejor. Y lo logramos, en parte, al rechazar permitirnos a nosotros mismos, o a la sociedad que queremos crear, de exaltar o de idolatrar la “eficiencia” como un rasgo cultura del trabajo guía, no en los EE.UU. de hoy en día ni en nuestra visión del socialismo, aunque lo demanden la gran competencia y la caída de las ganancias. La búsqueda de la eficiencia es inseparable de la forma industrial y del modelo capitalista de producción que destruyeron las formas no industriales de vida y a la que, en Europa, sólo los Luddites se opusieron en cualquier tipo de forma semi organizada.

No soy nadie para romantizar esas forma tempranas, aunque en muchos aspectos de la vida comunitaria entre los iroqueses y otras sociedades son ciertamente convincentes y los izquierdistas radicales necesitan aprender de ellos. No obstante yo estoy proponiendo responsabilidades nuevas para los radicales actuales si es que alguna vez nos vamos a deshacer de la falacia de las relaciones capitalistas de producción, lo que sigue reapareciendo como una hidra sin importar cuántas veces le cortemos una de sus cabezas, pero están “incorporadas” a la forma industrial. Justo como la lucha de una asociación sindical y de la práctica electoral, en palabras de Rosa Luxemburg, pierden su efectividad habitual y dejan de ser los medios de preparación para la clase trabajadores para la conquista del poder una vez que se las reformas buscadas se consideren instrumentos en la socialización directa de la economía capitalista) en oposición a los paliativos temporales), nosotros debemos cuidar que nuestra lucha por obtener reformas en las políticas del estado y nuestros intentos de aminorar la destrucción ambiental provocada por la industria capitalista, (“ que deprivan de ciertas “excrecencias” del altamente productivo sistema capitalista al mejorar las condiciones de trabajo, añadiendo a la organización industrial una estructura forma del ‘control del trabajador’ y reemplazando los mecanismos capitalistas de acumulación y distribución con la planeación socialista”, en palabras de Braverman), no deben sustituirse por la necesidad de desafíos directos a la forma industrial de producción por sí misma. Al ver hacia atrás, la devastación de Chernobyl fue un presagio de acontecimientos incluso más catastróficos que llegarían tan sólo unos pocos años después. Concentrados en ese único acontecimiento fue mucho de lo que estuvo equivocado con la creencia de la Unión Soviética sobre la “neutralidad” de la ciencia capitalista y del deseo de apropiarse de su tecnología y usarla ara sus propios propósitos. (Algunos argumentarían que esos propósitos ni siquiera eran socialistas, así que es debatible su cuestionamiento). Las revelaciones de un vastas áreas inhabitables de la ex Unión Soviética y el Europa del este, al menos debería presentar como problemática la noción atribuida a Marx de que las fuerzas de producción podrían de alguna manera separarse conceptualmente de las relaciones capitalistas que han llegado a actuar como un yugo sobre ellas, sin reproducir por completo estas relaciones implícitas, y que pudieran surgir sin cambios y salir victoriosas en una revolución.

¿Son los “virus socialistas” más seguros que los capitalistas, como argumentan muchos izquierdistas? ¿Puede existir cierto desarrollo industrial sin que éste destruya el medio ambiente y la calidad de vida de la clase trabajadora, incluso al tenor del socialismo? De ser así, ¿en qué punto dicho desarrollo se vuelve ecológicamente destructivo?

Muchos marxistas escriben a favor sobre la lucha para subordinar la naturaleza al control humano para alcanzar a cubrir nuestras necesidades, ¿es esa perspectiva anti-ecológica inherente al marxismo o se trata de un ejemplo evitable sobre la forma en la que los izquierdistas han interpretado la historia, y el marxismo, a través de ojos capitalistas? La falla en comprender a la Gran Ciencia, a la idea de “progreso”, a la industrialización, a la institucionalización y a la expansión de las industrias como términos ideológicos poderosos por sí mismos e impregnados en su centro con la lógica del capitalismo, lleva a los marxistas, como a cualquiera, a la tendencia de reproducir su propia opresión y la de los demás, y de la naturaleza, incluso al tiempo que luchamos contra ella.

NOTAS


Harry Braverman, Labor and Monopoly Capital: The Degradation of Work in the Twentieth Century, Monthly Review Press, 1974, p. 73.

La deshumanización del proceso del trabajo a pedazos fragmentarios se intensificó bajo la “tiranía del reloj” y la rigidez de los horarios de trabajo que se impusieron con las jornadas de 8-12 horas diarias de trabajo por 50 semanas al año, y que no le dejan a la gente tiempo para tener una vida, como señala Ellen Buff en su correspondencia privada de 2004. La atomización del trabajo fomentó las formas reduccionistas de ver, lo que resonó a través de la cultura. Artistas radicales como Duchamps han intentado reflejar y criticar sobre sus lienzos el surgimiento de formas reduccionistas de ver a la sociedad en general. (Por ejemplo, vea “Nude Descending a Staircase” – “Descendiendo las escaleras al desnudo”).

Dana Bramel y Ron Friend: “Hawthorne, the Myth of the Docile Worker, and Class Bias in Psychology”. En American Psychologist, Vol. 36, No. 8, Agosto 1981, pp. 867-878.

Ibid., p. 871.

Weinstein, James, The Corporate Ideal in the LiberalState 1900-1918. (El ideal corporativo en el estado liberal 1900-1918).

Un reportero, Tadit Anderson, escribe para recordarnos que las alternativas dentro de la tradición liberal se han aplastado y olvidado, tales como los “contribuyentes como Mary Parker, quien abogaba por que el lugar de trabajo y la comunidad se basaran en un proceso integrador en el que no se incluyeran una variedad de partidismos. Su publicó su trabajo en 1918 y se ignoró rápidamente por la versión taylorista de liberalismo. En efecto, ella trató al lugar de trabajo y a la comunidad como un área pública y, por lo tanto, dichos elementos como la ‘economía’ serían tratados de manera parecida”. (Correspondencia privada, 2004)

“Cada escuela es una fábrica de desesperación” cantó el trovador Phil Ochs en contra de la guerra en la década de los sesenta.

Braverman, Op. Cit., p. 10-11.

La legitimación de la ciencia tiene beneficios ideológicos adicionales: un viejo amigo de la familia, un optometrista, firmaba sus columnas en un periódico local del partido comunista con las iniciales M.D. después de su nombre. Yo me quejaba de esto diciendo: “Pero su columna no tiene nada que ver con la medicina, incluso eso ni siquiera importa, ya que su M.D. no representa a un médico. Además, es probable que yo conozca muchisimo más sobre este tema en particular de lo que usted lo hace, y yo no tengo un grado de doctor, así qué ¿por qué usar sus credenciales? ¿Y qué es lo que eso dice sobre sus lectores quienes creen que lo que usted dice vale más porque están las iniciales M.D. después de su nombre?” Tras una larga discusión, mi amigo optometrista aceptó mi punto. Sin embargo, él dijo que “es más importante que las personas traten lo que yo estoy diciendo con seriedad. Si las iniciales M.D. provoca que lo hagan (y yo de hecho tengo un doctorado, aunque sea en optometría), entonces ponerlas es prioridad”. En ese momento me sentí, y todavía me siento, que ese acercamiento tipifica con claridad la necesidad de la vieja izquierda de la validación de expertos con credenciales, de la aprobación del presidente y de ganarse a los seguidores a través de la manipulación. Esta es una de las razones por la que constantemente invitan a representantes burgueses del congreso para hablar desde el estrado en las marchas anti-guerra, para aumentar la credibilidad de lo que están diciendo los izquierdistas. Y esto es por lo que nosotros en la nueva izquierda les aventamos piedras y los bajamos de los estrados.

V.I. Lenin, “The Immediate Tasks of The Soviet Government” (“Las tareas inmediatas del gobierno soviético”) (1918), en Collected Works, vol. 27 (Moscow, 1965), p. 259. Como se citó en Braverman, Op. Cit.

Werner Heisenberg, Physics and Philosopy, Harper & Row, 1962.

Stephen Jay Gould, Ever since Darwin (Por siempre desde Darwin), 1973.

V.I. Lenin, “What is to Be Done?” (“¿Qué es lo que se hará?”), en Selected Works, International Publishers, 1967, Vol. 1, p. 122. También vea Mitchel Cohen, “The Shortcomings of Traditional Leftist Strategy” (“Los defectos de la estrategia izquierdista tradicional”), parte de una sere sobre el marxismo zen, publicados por Red Ballon Collective, 1993.

Mitchel Cohen, “Listen Bookchin” (“Escuchen a Bookchin”), en A Red Ballon Collective Pamphlet, 1999.

Mitchel Cohen, “The Politics of World Hunger” (“Las políticas del hambre mundial”). Por ejemplo, el FMI planeo intencionalmente la remoción de una tercera parte de la población rural campesina de Haiti en un documento que delineaba su programa de ajuste estructural para aquella región en 1981.

Frances Moore Lappé y Joseph Collins, Ten Myths of World Hunger.

Joel Griffiths, “Fluoride: Commie Plot or Capitalist Ploy” (“Fluoruro: complot comunista o táctica capitalista”) en Covert Action Quarterly, Otoño, 1992.

Vea mi serie de panfletos: “Zen-Marxism: Subjective Factors in Devising Revolutionary Strategy” (“El marxismo zen: factores subjetivos al idear una estrategia revolucionaria”), para obtener una crítica de las falsas dualidades, comenzando con la separación forzada (y legítima) de lo “objetivo” y lo “subjetivo” que marca a la filosofía capitalista. También vea el libro de Morris Berman, The Re-Enchantment of the World.

Sin embargo, vea: “Vaccination: A Sacrament of Modern Medicine” (“La vacunación: un sacramento de la medicina moderna”) de Richard Moskowitz, en Mothering, Primavera, 1922 y “Vaccines and Natural Health” (“La vacunación y la salud natural”) de Neil Z. Miller, en Mothering, Primavera, 1994, para obtener un acercamiento balanceado hacia este difícil tema.

Howard Brandstein apremia a los partidos interesados a leer el trabajo seminal de Jacque Ellul, The Technological Society (La sociedad tecnológica) que amplía el análisis de la maquinaria y la industria de la tecnificación y

Braverman, Op. Cit., p. 12-13.

Vea los debates en Fifth Estate sobre la ciencia, la tecnología y la natrualeza y las premisas capitalistas ocultas que subyacen sus desarrollos.

N. de T.: Miembro de los grupos laborales de Inglaterra en el siglo 19, que se opusieron a la revolución industrial destruyendo maquinarias que en su opinión les sacaba el sustento.

N. de T.: miembros de un grupo de tribus indias que viven en los E.E.U.U. y el Canadá.

Franklin Rosemont, “Karl Marx and the Iroquois”; vea también Mitchel Cohen, “Beyond Bookchin”, ambos panfletos publicados por the Red Ballon Collective.

 

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