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indice de las ponencias de 2006
EL ESTADO CONTRA LA NACIÓN
por Cliff Du Rand
INTRODUCCIÓN
El término estado–nación, unido por un guión, refleja el vínculo de dos fenómenos sociales históricamente relacionados pero independientes. El termino ‘nación’ se refiere a una población interconectada que tiene un sentido de su unidad común. Una nación existe tanto objetivamente en la interdependencia de sus compatriotas como subjetivamente en la conciencia que comparten. El término ‘estado’, por otra parte, se refiere a las instituciones políticas que rigen sobre la población de un cierto territorio o país donde los miembros de una nación (o más de una) podrían vivir. El pueblo es la nación; las instituciones políticas son el estado.
Históricamente, el ascenso de la sociedad burguesa fue testigo del vínculo de la nación y el estado a tal punto que en muchas mentes la nación-estado llegó a ser concebida como una entidad única (aunque compleja). Un canadiense, por ejemplo, se consideraba al mismo tiempo como ciudadano de un estado y miembro de un pueblo. La resultante identificación de la nación-estado como una entidad única se convirtió en una importante fuente de identidad. Quien una persona era tenía un significado en gran medida por las personas con quien uno compartía una cultura y una historia. Y en tanto que la nación se vinculó al estado, el sometimiento a sus leyes también se convirtió en parte de nuestra identidad. De esta forma, la identidad de una persona como canadiense significaba al mismo tiempo estar en una nación y bajo el gobierno de un estado. Así fue como la nación-estado se convirtió en un elemento importante en las identidades personales modernas.
No obstante, una nación tiene sus propios intereses así como el estado tiene los suyos, a menudo diferentes. La convergencia de estos dos grupos de intereses fue lo que le dio credibilidad a su fusión en una única entidad llamada nación-estado. Lo que quiero sugerir es que en la presente etapa histórica del capitalismo, conocida como la globalización, los intereses de las naciones y aquellas de los estados están divergiendo, y de esta forma las dos partes de este término unido por un guión se están separando. No sólo se están moviendo en direcciones diferentes, sino que los estados globalizados se están enfrentando a las naciones que gobiernan. Quisiéramos explorar las posibles implicaciones de esto para las luchas sociales de esta época, pero primero necesitamos examinar más de cerca cómo una nación se constituye y su relación con el estado que la gobierna.
LA FUNDACIÓN DE UNA NACIÓN
Objetivamente, los miembros de una nación son económica y socialmente interdependientes. A menudo complejas instituciones, que dichos miembros ni siquiera conocen, los vinculan a unos con otros. Mientras que estas instituciones pueden haber evolucionado por una variedad de razones, a veces dichas instituciones son deliberadamente construidas como si fueran una nación. La creación de los Estados Unidos es un ejemplo evidente.
Al originarse como una confederación de trece estados relativamente independientes, el gobierno central creado por su confederación construyó una red de interconexiones durante el siglo XIX. El estado federal se ocupó de la construcción de caminos, canales y más tarde vías ferroviarias para unir a las personas dentro de su territorio. El estado también promovió las vías de comunicación: un sistema postal, el telégrafo, el teléfono, etc., puso a las personas en contacto a través de un área cada vez más vasta. Esta infraestructura de transporte y comunicaciones facilitó el desarrollo de una integración económica. El comercio (que utilizaba una moneda común y pesos y medidas estándares provistas por el estado) se expandió de una base local a escala regional y más tarde nacional, mientras que la población se hizo cada vez más interdependiente. Por ejemplo, al comienzo del siglo XIX, la población de la ciudad de Baltimore se alimentaba del trigo cosechado en la ciudad rural de Maryland. Al final del siglo, el grano que proveía a esta y otras ciudades venía de granjas del medio oeste, transportado por ferrocarril, hacia los molinos de Minneapolis y Chicago, y la harina era distribuida de aquí a las dulcerías y cocinas a través de todo el país. Como intercambio, la industria del acero en el Este proveía de arados y otros implementos de labranza, que se utilizaban para labrar el trigo, así como los rieles sobre los cuales todo se transportaba. Y fue el estado el que promovió el desarrollo de este mercado integrado nacionalmente; fue el estado el que promovió las interconexiones necesarias para la creación de una nación.
Pero las naciones existen no sólo objetivamente, sino también subjetivamente: objetivamente en la interdependencia económica y social de múltiples personas, y subjetivamente en la consciente identificación de aquellos en esa multitud con otros. Subjetivamente una nación es lo que Bebedict Anderson llamó “una comunidad imaginada”. Pero diferente a la comunidad real de una villa o pequeño pueblo, que se basa en el conocimiento personal cara a cara, una nación es una comunidad que existe en la imaginación de millones de personas que son perfectos extraños entre ellos.
¿Cómo esa imagen llega a la mente de tantos? En muchos casos esto sucede por la guerra. Cuando hombres y mujeres salen junto a otros a defender su casa y su comunidad es que ellos se llegan a identificar con aquellos con los que son objetivamente interdependientes. Es en este momento que ellos llegan a imaginarse todos como parte de esa única comunidad llamada “nación”. Es por esto que el tema de tantos himnos nacionales es sobre la guerra (en la defensa contra el bombardeo Británico del Fuerte Mc Henry en 1912, en el caso de nuestra nación) en vez de sobre el territorio que un pueblo llama su país (como en el himno “La bella América” o “Esta es nuestra tierra”). Las naciones nacen de la virtud cívica en lucha.
Es importante comprender el papel esencial del liderazgo en la creación de la nación. Las naciones no evolucionan por proceso natural; son creadas. La comunidad imaginada de una nación nace cuando un liderazgo triunfa en movilizar una multitud, por demás diversa, detrás de un proyecto común. (No siempre tiene que ser la guerra. Puede ser llevar un hombre a la luna). Pero tal liderazgo nacional siempre representa los intereses de una clase o grupo, y es capaz de vincular esto con los intereses de otras clases o grupos para ganar su apoyo en el proyecto común. Como Marx apuntó, hace ya algún tiempo, una clase emergente siempre se presenta representando un sector de la población más amplio y general. Es entonces que a través de la experiencia de participar en tales proyectos comunes, que una multitud de personas llega a imaginarse como una nación y un pueblo.
Las naciones-estados modernas son creaciones de la burguesía y las élites políticas que sirven a sus intereses. Estas élites políticas, que actúan a través de los instrumentos de poder que los estados proveen, crean las condiciones necesarias para la producción y el intercambio capitalistas. La función del estado es mantener el orden social. Y lo hace no sólo proporcionando la defensa común, sino también sus leyes y políticas económicas y políticas. Una función fundamental del estado burgués es la protección de la propiedad privada y el cumplimiento de los contratos. Pero la sociedad capitalista está dividida en clases con diferentes y a veces conflictivos intereses. Dentro de esa sociedad los intereses de la clase capitalista son dominantes en tanto que otras clases dependan de ello. Por ejemplo, los intereses del trabajo asalariado dentro de tal sociedad dependen de los salarios y beneficios que ellos reciben y las condiciones bajo las cuales trabajan. Pero precisamente su empleo depende de que el capital sea capaz de producir un beneficio de su uso del trabajo asalariado. De esta manera, al mantener el orden social, el estado invariablemente promueve los intereses del capital, porque sólo si el capital puede sacar provecho es que ese trabajo será empleado. En el capitalismo, como en todas las sociedades divididas, la función del estado lo lleva a promover los intereses de la clase dominante dentro de la sociedad civil. Es de esta manera que la élite política sirve la clase económicamente dominante de los capitalistas.
Debemos recordar siempre que cuando hablamos del estado como actante, cuando decimos que el estado hace esto o lo otro, estamos utilizando una expresión conveniente. Estrictamente hablando, es la élite política la que está actuando a través de la estructura de poder de las instituciones del estado. Si olvidamos esto, es fácil materializar al estado. En realidad, la actividad está en la élite política; el estado es su instrumento.
Sin embargo, para poder gobernar eficazmente un estado tiene que tener algún grado de legitimidad, i.e., su gobierno tiene que ser aceptado como justo y bueno por la población en cuestión. Esto quiere decir que la élite política que controla la instrumentalidad del estado tiene que tener legitimidad. A menudo una forma de lograr esto es por elecciones. Al ser capaz de elegir cuales miembros de la élite los gobernaran, el estado y su gobierno tienen probabilidades de ser aceptados como legítimos, aún si las elecciones son la única la participación política popular. La poliarquía puede ser un sistema político muy efectivo para mantener la dominación de clases. (1) Sin embargo, como veremos en breve, no debe ser confundido con una genuina democracia. (2)
Más allá de la mera formalidad de las elecciones, para mantener legitimidad el estado también tiene que responder en algún grado a las demandas de las clases populares, aunque esto pueda significar limitar los beneficios de la clase dominante. Es decir, el estado debe adoptar la forma de justicia para asegurar la gobernabilidad (3). De tiempo en tiempo el estado puede tener que cambiar los beneficios y pérdidas del sistema económico hacia el favor de las clases populares en nombre de la justicia. Esta justicia oficial probablemente no llega tan lejos como la justicia radical demandada por las clases populares. Cuán lejos llegue dependerá del nivel de actividad política de dichas clases. Cuando esas clases están organizadas y activas, pueden a veces ganar concesiones significativas para sus intereses. Estos son los momentos democráticos en la historia de una nación. El estado puede cambiarse para servir a los intereses populares, aunque dentro de ciertos límites. Pero cuando las clases populares están inactivas, el estado se revierte a su posición alternativa que favorece las clases económicamente dominantes y gradualmente se pierden las victorias previamente obtenidas.
Este es el patrón que podemos ver claramente en el sistema político poliárquico de los Estados Unidos durante los últimos 75 años. Las décadas de 1930 y 1960 fueron dos momentos democráticos en la historia de esa nación. Los movimientos sociales de esas décadas forzaron al estado a adoptar medidas de gran alcance para los intereses de las clases populares, aún cuando estaban en fuerte confrontación con las clases dominantes. Pero una vez que las fuerzas populares fueron desmovilizadas, como durante la década del 70, la élite política pudo comenzar a socavar tales concesiones. Hemos visto tres décadas de lucha de clases por la clase capitalista dominante, con muy poca resistencia efectiva por parte de las clases populares. Y así hoy lo que queda de las victorias liberales de bienestar de la política del New Deal ( Nuevo Trato) está en peligro.
Quizás podemos ver más claramente la relación entre la nación y el estado, si comparamos a los Estados Unidos y Cuba. La lucha por la independencia de los EEUU en la última parte del siglo XVIII fue liderada por la clase adinerada, que proyectaba sus intereses como los de toda la sociedad. Ellos triunfaron en definir la nación en términos de su proyecto como clase. La nación cubana, por el contrario, ha sido definida por un proyecto de clase diferente. Nació en el siglo XIX en las luchas por la independencia de España. Sin embargo, los esfuerzos de la nación cubana por crear su propio estado fueron frustrados por la intervención de los EEUU. Bajo las resultantes condiciones de neo-colonialismo, los intereses de la burguesía cubana no eran idénticos a los intereses de la nación como un todo, y por lo tanto cualquier intento de promover justicia social era peligroso. La justicia oficial siempre se quedó por debajo de las demandas más radicales de las masas populares. A través de las luchas de los años 50 y 60, el liderazgo revolucionario que tomó el estado fue capaz de proyectar una visión socialista que fue aceptada por la mayoría de los cubanos. De esta forma, el proyecto socialista definió a la nación cubana (4). Por medio de este proyecto las luchas populares por justicia social encontraron su realización. El estado fue reestructurado, para que pudiera reflejar más directamente los intereses de las clases populares. La justicia social es asegurada por medios colectivos, con la agencia del estado. Como una sociedad socialista, el bienestar de cada uno es un asunto público y les concierne a todos. De hecho, el alcance de los asuntos públicos es mucho más amplio que en los EEUU. El estado se convierte entonces en la legítima estructura institucional para la participación en las decisiones colectivas de gran alcance. La justicia oficial es instruida por la justicia radical. Es por esta razón que Cuba es más democrática que los EEUU.
En los EEUU, por otra parte, la nación aceptó el proyecto capitalista como suyo. En los años después de la 2da Guerra Mundial, se adoptó un acuerdo de capital-trabajo. A cambio de la paz laboral, el capital compartió con el trabajo las ganancias de la creciente productividad y la dominación económica de los EEUU en un mundo devastado por la guerra. En un acuerdo mediado por el estado, las luchas por el trabajo aceptaron el gobierno del capital, en búsqueda de solamente incrementar sus ganancias dentro de las existentes relaciones de producción. Por su parte, el capital aceptó el derecho de los obreros de negociar colectivamente, particularmente desde que el propio sindicato se convirtió en el que hacía cumplir el contrato sobre sus miembros.
En gran medida las clases populares llegaron a identificar sus intereses con los intereses del capital. Como resultado, pocos se cuestionaron la afirmación del antiguo Funcionario Principal Ejecutivo de la General Motors (quien fue más tarde Secretario de Defensa de la administración Eisenhower) que “Lo que es bueno para GM es bueno para los EEUU”. Tal ofuscación ideológica resultó en un sindicalismo que se vio como un socio del capital corporativo, y una clase trabajadora rabiosamente anti-comunista, que definía el patriotismo como oposición al enemigo del capitalismo. Tal fue la unión de la nación y el estado durante los años de la Guerra Fría; fue una unidad bajo el liderazgo del de una élite política que servía a los intereses del capital nacional.
LA GLOBALIZACIÓN
En las décadas finales del siglo XX, el desarrollo del capitalismo alcanzó una nueva etapa. En un sentido del término, globalización no es un fenómeno nuevo. El capital ha estado globalizando durante los últimos 500 años. Pero a pesar de su extensión hacia nuevas áreas del planeta, permaneció enraizado en las naciones-estado que eran su patrocinador. Había capital británico, capital francés, capital alemán, y capital estadounidense. No importa cuán lejos fuera, seguía siendo capital nacional. De esta manera, las clases populares, quienes identificaban a la nación con los intereses de “sus capitalistas”, podían ser engañadas para que apoyaran proyectos imperialistas que no estaban dentro de sus intereses. La juventud de las clases trabajadoras luchaba y moría por la bandera y el país, aunque eran sus propios explotadores quienes se beneficiaban de su sacrificio.
Aunque las corporaciones ya habían entrado en el comercio internacional, y algunas ya habían establecido la producción en otros países, el capital seguía siendo nacional en el sentido de que operaba dentro de una economía nacional que estaba extremadamente vinculada a otras economías nacionales. Las mercancías eran producidas dentro de la nación, primeramente para el mercado nacional, y sólo secundariamente para la exportación. Cada estado capitalista promovía y protegía los circuitos nacionales de acumulación dentro de su territorio.
Lo que es nuevo ahora es que el capital se esta volviendo no sólo internacional, sino transnacional. Como William I. Robinson ha planteado, el capital se está globalizando en el sentido de que lo que lo que eran previamente circuitos nacionales están siendo destruidos y funcionalmente integrados en un nuevo circuito global de acumulación (5). Esto se refleja en el surgimiento de cadenas de producción global que vinculan la producción y ensamblaje de componentes de varias partes del mundo bajo un mando y control centralizados de corporaciones transnacionales. Esta producción descentralizada y fragmentada es una característica del nuevo régimen de acumulación flexible. El capital ya no está ligado por el modelo de producción en masa verticalmente integrado del régimen Fordista de acumulación. El capital ya no está confinado a una economía nacional, en el que mejores salarios para los obreros quiere decir mejores consumidores, en tanto que le permita obtener un beneficio. Con lo que David Harvey ha llamado “la compresión espacio-tiempo”, debido a la transportación a bajo costo y las comunicaciones globales, las mercancías y los servicios pueden ser producidos fuera de las fronteras. Ahora el capital ha sido liberado para que ande errante por el mundo en búsqueda de trabajo barato y dócil, regulaciones ambientales relajadas, bajos impuestos, un sistema legal amistoso con el trabajo, y estados que protejan sus intereses, mientras que sea capaz de vender mercancías en mercados segmentados donde haya una demanda efectiva del consumidor.
En efecto, el capital transnacional ahora puede aprovecharse del desarrollo desigual y combinado que la era del colonialismo nos ha dejado. Los países del Norte se enriquecieron por la industrialización que fue posible mediante la explotación del Sur. A su vez, esto empobreció a los países del Sur (muchos de los cuales habían sido mucho más ricos que Europa antes de la colonización) y subdesarrolló sus sociedades hasta convertirlas en apéndices dependientes del Norte. Cuando Inglaterra llegó a la India, ésta era una oscura isla pobre a poca distancia de la costa oeste de Asia e India era una tierra de grandes riquezas. Cuando Inglaterra fue forzada a abandonar el territorio, ésta era rica e India era pobre. Ahora el capital transnacional está a cargo de la proletarización del Sur, penetrando su fuerza de trabajo de bajos salarios para producir mercancías para los consumidores de altos ingresos en el Norte, así como para los enclaves privilegiados del Sur. La conquista continúa (como apropiadamente Noam Chomsky lo ha llamado) para desmantelar las relaciones sociales no-capitalistas que quedan, desarraigando poblaciones de sus comunidades tradicionales, y de esta forma engrosarlas multitudes de trabajadores de bajos salarios excedentes, y al mismo tiempo apropiándose de sus recursos y conocimientos tradicionales. Esta renovada acumulación por despojo permite al capital transnacional obtener inmensos beneficios.
William I Robinson ha planteado que este proceso de globalización está creando un sistema económico único, mundial por su extensión, comparable con las economías que el capital nacional construyó en el siglo XIX. Las políticas neoliberales del “Consenso Washington” promueven una liberalización del mercado a nivel mundial, y “la reestructuración interna e integración global de cada economía nacional. La combinación de estos dos elementos tienen el propósito de crear… una economía mundial abierta y un régimen de política global que rompa todas las barreras nacionales para el movimiento libre del capital transnacional entre las fronteras y la libre operación del capital dentro de las fronteras…este proceso iguala la etapa de creación de la nación del capitalismo en sus comienzos, en el cual se construyó un mercado integrado nacional con un único grupo de leyes, impuestos, moneda, y consolidación política alrededor de un estado común. La globalización está repitiendo este proceso, pero a escala mundial.”(7)
De la misma manera que la creación de la nación tuvo lugar bajo el liderazgo de una clase y la elite política que la representaba, así también sucede con la creación de un sistema económico capitalista global. El capital hiper-móvil se ha separado de las naciones particulares que en un momento dado lo nutrían. Como resultado, los capitanes de la industria global y las finanzas están surgiendo como una clase capitalista transnacional. Estos dueños y gerentes de las corporaciones transnacionales, junto con el personal burocrático de las agencias transnacionales como el FMI, el Banco Mundial y la OITC, y en concierto con las elites políticas de los países centrales del Grupo de los 7, comprenden un bloque global dominante que ha estado conformando este nuevo orden mundial. En las reuniones del Forum Económico Mundial y otros cónclaves, este bloque global dominante ha operado ampliamente fuera del dominio público, y sin la participación democrática de las naciones del mundo, cuyos pueblos están siendo profundamente transformados. Sólo a través de la oposición militante de un creciente movimiento de justicia global es que esta conspiración global se ha vuelto visible. Más adelante se hablará sobre esto.
EL ESTADO GLOBALIZADO
Así como el capital se está separando de las naciones, también se separan los estados que una vez nutrieron al capital dentro de estas naciones. Las élites políticas nacionales que han estado sirviendo por largo tiempo los intereses del capitalismo como sistema, se han convertido en élites políticas globales al servicio del capital transnacional. Al hacer esto, han doblegado a los estados a alejarse de los intereses puramente nacionales (aunque la retórica del “interés nacional” todavía es comúnmente usada como camuflaje) a favor del capital transnacional y el naciente sistema globalizado (8). Muchos observadores han afirmado que los estados se están volviendo obsoletos. Por el contrario, queremos demostrar que en su forma globalizada, los estados son todavía fundamentales para el capitalismo. Sólo se están debilitando en su habilidad de servir a su nación. ¿Cómo es que ha sucedido esto?
Como resultado de la última crisis terminal del capitalismo – la depresión mundial de los 1930 – los estados fundamentales habían adoptado políticas liberales de bienestar social. En respuesta a las demandas de sus naciones y la necesidad de salvar al capitalismo de sí mismo, estos estados buscaron proteger a sus pueblos de los efectos negativos del mercado y promovieron medidas de desarrollo humano a través del apoyo a la educación y la cultura; llevaron a cabo la regulación de sus mercados para asegurar que no fracasaran; y adoptaron políticas Keynesianas para promover la productividad corporativa y una demanda del consumidor efectiva a través de gastos deficitarios y los impuestos.
De forma similar, muchos estados en la periferia, respondiendo a las presiones populares de sus pueblos, habían adoptado similares políticas liberales de bienestar social. Utilizando una estrategia de sustitución de importaciones, dichos países buscaron escapar del subdesarrollo al promover la industria nacional, como los países nucleares habían hecho anteriormente en sus historias. Tales estados ‘desarrolladores’ estaban respondiendo a los intereses de sus naciones, a menudo en contra de la oposición de los estados centrales, que esperaban continuar beneficiándose del desarrollo desigual que habían mantenido por largo tiempo.
El proceso de globalización ha involucrado la transformación de las naciones-estado en estados globalizados. Los estados se están globalizando no en el sentido que su gobierno se esta volviendo mundial en extensión (con la única excepción de los Estados Unidos), sino en el sentido que ellos sirven a los intereses del capital mundial transnacional más que la nación a la cual gobiernan. Esta transformación de los estados puede verse en el abandono de políticas de bienestar y de desarrollo, hacia políticas neoliberales en las últimas décadas (9). Este cambio ha tenido lugar tanto en el Sur como en el Norte globales por igual.
En los países del Sur el cambio se facilitó por la crisis de la deuda externa de principios de los 1980. Entonces, como condición para el refinanciamiento de la deuda, el FMI impuso programas de reajuste estructural que comprendían el desmantelamiento de los programas de bienestar social, la privatización de la economía y su apertura a la inversión extranjera, es decir, transnacional. La reorientación de la economía hacia exportaciones se diseñó para obtener la divisa necesaria para pagar la deuda, pero esto significó también que la producción fuera menos para el consumo nacional. Fue la población de la nación la que sufrió por esto.
Para poder imponer estas duras condiciones al pueblo, el estado tuvo que ser aislado de las presiones populares. Esta es una de los requerimientos políticos fundamentales para que exista un estado globalizado efectivo. La élite política tiene que ser capaz de servir los intereses del capital transnacional aun a expensas del pueblo que gobierna, y a quien nominalmente sirve. Esto debe hacerse por lo que el Banco Mundial ha llamado ”administración macro económica por una élite tecnocrática aislada” (10) que esté dispuesta a llevar a cabo reformas impopulares y capaz de resistir los resultantes “disturbios del FMI” (como el antiguo economista principal del BM Joseph Stiglitz las ha llamado).
Un ejemplo de cómo puede hacerse esto lo encontramos en el caso de Méjico. Como resultado del ALCA, Méjico es ahora una de las economías nacionales más ampliamente integradas al sistema global. Esto se logró a pesar de la herencia revolucionaria de principios del siglo XX, que produjo un estado fuertemente desarrollador legitimado a través de extensos programas de bienestar social. Una suerte de estado patrimonial nacionalista había sido consolidado en la década del 1930 durante la presidencia de Lázaro Cárdenas, y que continuó bajo la organización política que evolucionó hacia el Partido Revolucionario Institucional o PRI. Como partido oficial, el PRI, en las palabras de la historiadora mejicana Elisa Servin, “funcionaba como un aparato estatal, utilizando una poderosa estructura corporativa y una red de intereses y relaciones densamente entretejida, para operar como un espacio privilegiado para la mediación y la negociación entre el estado y la sociedad” (11) El poder político del PRI continuó sin obstáculos hasta el final del siglo, a través de una combinación de comité de fuerzas populares (campesinos, trabajadores, y las clases medias), patronato, fraude electoral, y cuando todo lo anterior falló, el asesinato y la represión violenta. Durante siete décadas Méjico experimentó la estabilidad política bajo el gobierno de una élite aislada – justamente las condiciones políticas necesarias para lograr, dirigida por el estado, una integración al sistema capitalista globalizador.
La fuerza para utilizar este poder político para globalizar el estado vino desde dentro de la burocracia partido-estado. Bajo el ímpetu externo de la crisis de la deuda, los tecnócratas formados en Harvard consiguieron capturar al PRI y a través de éste a la presidencia. Comenzaron a llevarse a cabo las reformas neo-liberales, primero bajo la presidencia de Miguel de la Madrid (1982 – 88) y después consolidadas durante la presidencia de Miguel Salinas de Gortari (1988 – 94), culminando en la incorporación de Méjico al Tratado de Libre Comercio de Norte América, NAFTA. Salinas construyó una base política independiente de aquellos líderes del PRI que todavía estaban comprometidos con la herencia de la Revolución alentando la elección de grupos campesinos y neutralizando o invitando a la unión a los grupos del PRI – todo esto para abrir paso a la neoliberalización del estado mejicano que De la Madrid había comenzado. Como observó Nicolas Scheele, presidente de la Compañía Ford Motor en Méjico, “¿Hay algún otro país en el mundo donde la clase trabajadora…pruebe a obtener poder en un 50% en exceso durante un período de ocho años y no haya una revolución social?” (12) Esto fue una gran proeza política, comparable con la ruina del New Deal de Roosevelt en los EEUU, que comenzó durante la presidencia de Reagan y que se completa ahora bajo la presidencia de Bush.
Los métodos que Salinas utilizó en el campo a través de PRONASOL (Programa Nacional de Solidaridad) agrupó grupos opositores de la sociedad civil, previamente autónomos, y hasta los vinculó con líderes Maoístas locales, por medio de la promoción de programas basados en “la participación máxima factible de los pobres”, atrayéndolos así a este campo políticamente, para que él pudiera llevar a cabo las políticas nacionales (NAFTA) que eran contrarias a sus intereses. La estrategia que Salinas usó en el campo está bien resumida en la consigna que LaBotz le sugiere: “donde está la sociedad civil, allí estará el estado.”(13)
Esta unión de la sociedad civil a las élites del estado cuya hegemonía es aceptada es la esencia de lo que los científicos políticos llaman la poliarquía. Como un sistema político de gobierno élite basado en elecciones competitivas disfrazadas de democracia, los EEUU han promovido la poliarquía a través del Sur globalizado, como William I. Robinson plantea en su libro Promoting Polyarchy: Globalization, U.S. Intervention and Hegemony (14). El gobierno de Salinas es un caso de clásico de tal gobierno de la elite, que fue eficaz en transformar el estado mejicano de una nación estado en un estado globalizado. Sin embargo, esta transformación y sus efectos socavaron la legitimidad el PRI y debilitaron el sistema del presidencialismo, los dos pilares del sistema político que el presidente Ernesto Zedillo (1994 – 2000) no pudo reparar. Aunque el PRI perdió la presidencia en el 2000, el gobierno del Partido de Acción Nacional (PAN) de Vicente Fox entusiastamente sigue las políticas neoliberales de sus antecesores del PRI. El estado mejicano parece haber estado efectivamente involucrado en servir los intereses del capital transnacional, por encima de los de la nación.
Lo mismo puede decirse del estado central de los Estados Unidos. EEUU es el estado globalizado hegemónico. Desde el final de la Segunda Guerra Mundial ha utilizado su dominio para construir un sistema capitalista globalizado. E inicialmente fue capaz de hacerlo y a su vez mantener las políticas liberales de bienestar social. Esto fue posible porque en ese entonces el capital era todavía nacional, y en medio de la devastación de otros países industriales principales, el capital de EEUU no tenía competidores. Sin embargo, ya en la década del 1970 esto iba a cambiar.
Las dos guerras mundiales fueron una consecuencia de las rivalidades inter-imperialistas entre los capitales europeo y japonés actuando a través de sus respectivos estados-naciones. Ya en 1945 los estados victoriosos decidieron evitar otra guerra como ésta, con la creación de instituciones internacionales para mantener la paz entre los estados (el sistema de las Naciones Unidas) y construir un orden económico internacional que condujera al capitalismo (las instituciones del Breton Woods del FMI y el BM y el Acuerdo General sobre Comercio y Aranceles o GATT – que más tarde se convirtió en la Organización Mundial del Trabajo). La delantera en estos esfuerzos fue tomada por el único estado con una base industrial todavía intacta, los Estados Unidos. EEUU enfrentó este reto, sin embargo, no solamente por él mismo, sino también en nombre de los poderes económicos coloniales que estaban debilitados por la guerra en ese momento. Se entendía que para evitar las rivalidades fratricidas inter-imperialistas, este liderazgo debía representar los intereses de todos países capitalistas – un interés general más que particular. Esto fue lo que hizo posible que se reconociera el liderazgo de los EEUU. Esto fue lo que hizo posible la hegemonía de EEUU. Y utilizo el término ‘hegemonía’ en el sentido Gramsciano de ‘dominación consensual’. Otros principales países capitalistas aceptaron la dominación de EEUU en la alianza de la posguerra en una forma de ‘imperialismo colectivo’ sobre las que en poco tiempo serían antiguas colonias del sur de Europa (15). EEUU se convirtió en la ‘nación indispensable’, la primera entre sus iguales, según las palabras de Madeleine Albright, la Secretaria de Estado de Clinton.
Lo que ha sido construido paso a paso durante la subsiguiente era histórica fue un sistema global a la vez económico, político, cultural y militar, diseñado para dar al capital movilidad sin restricciones mientras busca una acumulación cada vez mayor. Las instituciones han sido construidas para regular el comercio y eliminar barreras a la penetración del capital, intervenciones al descubierto y secretas han buscado asegurar el dominio de las élites locales que están a favor del capital, y el capital mismo ha sido consolidado y concentrado en corporaciones aún más grandes. Mientras el estado estadounidense guió estos esfuerzos, el sistema que evolucionó no estuvo más localizado en ningún territorio nacional; era mundial. Respondía a la descripción de lo que Hardt y Negri llamaron un Imperio, diferente del imperialismo.
“El imperialismo fue realmente una extensión de la soberanía de los estados naciones europeos mas allá de sus fronteras…El imperio… es un aparato de gobierno desterritorializador y descentrado que incorpora progresivamente el reino global dentro de sus fronteras abiertas y expansivas… [L]a soberanía ha tomado una nueva forma, compuesta de una serie de organismos nacionales y supernacionales unidos bajo una única lógica de dominio. Esta nueva forma global de soberanía es lo que llamamos Imperio.”(16)
Esta estructura global evolutiva de gobierno político y económico hizo posible la gradual separación del capital de sus raíces históricas en los estados-naciones. Como vimos anteriormente, el capital se ha expandido más allá de los confines de las economías nacionales que una vez lo nutrían y protegían, tomando la forma organizativa de corporaciones transnacionales. Y así como el capital se ha globalizado, también se ha globalizado su principal estado patrocinador. Los Estados Unidos se han convertido en el estado hegemónico globalizado.
Del mismo modo el capital, que en su estado de adolescencia como estado – nación había necesitado la protección del estado, las corporaciones transnacionales requieren la protección que viene de las nuevas instituciones transnacionales de dominio. El Banco Mundial, el Fondo Monetario Internacional, la Organización Mundial del Trabajo han sido cruciales en la apertura de nuevos mercados, destruyendo viejas estructuras económicas competidoras, estableciendo mercado basado en el normas, arbitrando en conflictos, etc. – todas las funciones necesarias para la expansión global ordenada del capital. Pero por ahora el capital transnacional requiere del servicio de los estados globalizados que han evolucionado de las naciones estados. Como podemos claramente ver en la PIT, las reglas están siendo escritas por las corporaciones transnacionales, apoyadas por los estados principales, arbitradas por tecnócratas transnacionales y la imposición justificada de la ley es llevada a cabo por los estados globalizados, unos contra otros, y contra sus propias poblaciones nacionales.
Y cuando todo esto falla, allí están los militares estadounidenses listos para hacer ese trabajo. Como el reportero del New York Times Thomas Friedman ha observado tan cándidamente:
“[L] la mano oculta del mercado no funcionará sin un puño oculto…El puño oculto que mantiene al mundo seguro para las tecnologías del Silicon Valley se llama el Ejército, la Fuerza Aérea, la Marina y los Marines de los Estados Unidos. (17)
Como la fuerza hegemónica global, los Estados Unidos reclaman una suerte de soberanía imperial, imponiendo los requerimientos del capital transnacional en los estados desobedientes, alias estados rebeldes, cuya soberanía debe ser restringida. Esto es una marcada separación de los conceptos tradicionales de soberanía. Desde que el tratado de Westfalia en 1648 proclamó la inviolabilidad de las fronteras nacionales, los estados no debían intervenir en los asuntos internos de otros estados. Mientras que este principio fue de hecho violado a menudo, era aceptado como norma para los asuntos entre los estados. Pero ese concepto de soberanía ha sido significativamente alterado. Los EEUU están proclamando una nueva norma: la soberanía imperial para ellos y soberanía restringida para otros. El cambio de régimen es impuesto como un derecho legítimo de dominio imperial.
La soberanía imperial significa que un estado puede actuar unilateralmente (sin tener que justificarse ante otros; mantener en secreto sus razones para la acción; capaz de ejercer la coerción sobre otros para que acepten estas acciones) y con impunidad (ser un superpoder significa nunca tener que decir “lo siento”; no ser responsable ante la ley internacional, ser eximido del Tribunal Mundial de Justicia y la Corte Internacional de Derecho Penal; las tropas estadounidenses nunca estarán bajo comando extranjero). Al modificar fundamentalmente el sistema de estado Westfaliano, hay una relación asimétrica entre un estado con soberanía imperial y aquellos con soberanía limitada.
Aún antes de la administración de Bush, en la década de los 1990, esta soberanía sufrió una severa erosión. Las llamadas “intervenciones humanitarias” contribuyeron a ganar el reconocimiento de que un gobierno era responsable ante otros estados por la forma en que trataba a su población; el ejercicio de la soberanía estaba limitado por ciertos principios universales de los derechos humanos. (18) Esta fue la brecha para la aceptación de un tipo de soberanía limitada. Los Estados Unidos rápidamente reafirmaron esto para otros, pero nunca para ellos. Fueron los EEUU los que reclamaron la “responsabilidad” de liderar “la comunidad de naciones” para traer a los estados rebeldes a los nuevas normas - los estados rebeldes eran aquellos que estaban aún fuera de la órbita del capitalismo global. Fue así como reclamó una soberanía imperial para sí mismo. Pero, debemos recordarnos que esa fue la forma en que los poderes imperialistas europeos del siglo XIX actuaron con los pueblos que no seguían los principios del tratado de Westfalia en cualquier parte del mundo. En realidad, el ‘nuevo imperialismo’ no es más que el vino del viejo imperialismo en el nuevo envase de la globalización.
EL ESTADO CONTRA LA NACION
Como hemos visto, durante mucho ha habido vínculos entre los intereses de clase dentro de la sociedad civil que le permitía al estado representar a la nación mientras que en realidad servia a los intereses de una parte de la sociedad civil. Sin embargo, con la globalización del capital, el estado se ha separado de la nación. El capital transnacional ahora anda errante por el planeta en busca de la acumulación. Sin embargo, la función del estado todavía es servir a los intereses de las corporaciones transnacionales, aún cuando esto sea en contra de la nación donde tenga su base. De esta forma, el estado globalizado se enfrenta a la nación. Con el neoliberalismo, el estado (tanto en los países centrales como en los periféricos) ha abandonado al pueblo por el capital transnacional.
Estamos presenciando el surgimiento de los estados globalizados tanto en el centro como en la periferia; estados que ya no pueden representar los intereses colectivos de sus pueblos por el compromiso con el comercio neoliberal y las políticas de inversión. Con respecto a sus naciones, estos estados han depuesto sus armas, ya sea por complicidad o por amenaza. La elite política hace oídos sordos del pueblo, bajo el reclamo de que la competitividad internacional les impide responder a sus reclamos de justicia social. Pero con respecto al capital, especialmente las corporaciones transnacionales, los estados se mantienen poderosos y activos. De esta forma los estados, ahora más que nunca, se convierten cada vez más transparentemente en el instrumento del capital.
Esto representa un problema de justificación. Mientras que la globalización neoliberal convierte en transnacionales al capital y a los estados globalizados, enfrenta a esos estados contra sus naciones. Mientras más globalizado es el estado, no sólo tiene menos capacidad de promover el bienestar social, sino que evita que lo promueva. Los salarios deben mantenerse bajos en nombre de la competitividad; los trabajadores deben mantenerse desorganizados (el capital siempre ha soñado un centro de trabajo libre del sindicato); la salud, la seguridad y las regulaciones medioambientales deben ser relajadas (“quítenos al gobierno de arriba”, dijo Ronald Reagan); el peso de los impuestos debe ser levantado del capital como un incentivo a las inversiones (por tanto afectando a los programas sociales); las corporaciones son alentadas a moverse hacia “alta mar”, llevándose los puestos de trabajo con ellas, y así sin cesar. Cuando el pueblo protesta, el estado responde “el mercado me obligó” – fingiendo impotencia ante el mercado que él mismo creó.
¿Cómo es que la élite política puede seguir impune ante esta estafa? ¿Cómo son capaces de mantener la conformidad de la población sometida, calmándola para que acepten su derrota? En el caso de los EEUU, la cultura del individualismo y las seducciones del consumismo han jugado papeles vitales. Ambos han promovido una privatización de la vida que ha despolitizado a la sociedad. Y que ha dejado al estado y a la elite política relativamente libre de las demandas de las clases populares. Y como Frederick Douglas observó hace tiempo, ‘el poder nunca concede nada sin una exigencia, siempre ha sido así y siempre lo será”.
El consumismo masivo ha sido especialmente efectivo en aplacar al pueblo estadounidense. Aún enfrentando ingresos en descenso por mas del último cuarto de siglo, la inundación de mercancías baratas de las fábricas explotadoras del Sur global ha nutrido el apetito, insaciable y estimulado por los medios, de los consumidores. Aunque esto ha sido sostenido por la deuda personal y nacional (la cual no es sostenible a la larga), ha sido hasta ahora una profilaxis efectiva contra retos populares a la globalización corporativa neoliberal. Walmart ha hecho una contribución significativa a la pasividad política del pueblo estadounidense.
Si miramos al Sur, vemos un proceso diferente que contribuye a la estabilidad de los estados globalizados. Méjico de nuevo es un caso particularmente instructivo. La frontera entre Estados Unidos y Méjico es el único lugar donde un país del Primer Mundo y otro del Tercer Mundo coinciden. La relación dialéctica entre estos dos países es reveladora. Más arriba llamamos la atención sobre cómo la élite política mejicana fue capaz de imponer políticas globalizadoras neoliberales sobre una población reticente, privatizando sectores claves de la economía y reduciendo el apoyo social. Esto ha buscado también el desmantelamiento de la pequeña agricultura tradicional, que había sido exitosa en alimentar la creciente población, reemplazándola por la agricultura comercial a gran escala para la exportación. (19) Esto ha liberado más a la fuerza laboral de la agricultura, para proveer a la industria de trabajadores de bajos salarios. Como resultado, la industria mejicana ahora provee al mercado estadounidense con amplias cantidades de vegetales frescos, mientras Méjico importa más y más comida para alimentar a su población. Los campesinos desplazados trabajan en condiciones similares a una prisión, en las industrias maquiladoras, o se desplazan hacia las fronteras en búsqueda de trabajo. A su vez, esa industria es parte de cadena de montaje que se provee de componentes foráneos, y que consecuentemente no genera proveedores locales. Para ser competitivos en el “mercado libre” global el sistema depende de mano de obra barata, y como resultado el standard de vida de la mayoría de la población permanece bajo o hasta ha disminuido.
Mientras tanto, al norte de la frontera, la economía de consumismo de los EEUU depende de la mano de obra barata de inmigrantes de Méjico o América Central, así como de mercancías que requieren de trabajo intensivo y barato importadas de esas áreas de bajos salarios. Lo que mantiene los salarios de los inmigrantes tan bajo no es sólo el amplio suministro de trabajadores desesperados por encontrar un trabajo, sino también que muchos de ellos se encuentran ilegales y por lo tanto altamente vulnerables e incapacitados para presentar demandas a sus empleadores. Esto saca a la luz una de las funciones importantes de una frontera territorial, como la que divide a EEUU de Méjico: al limitar la movilidad del trabajo, a la vez que el capital disfruta de gran movilidad, los niveles de los salarios se mantienen bajos en ambos lados de la línea divisoria que ambos estados hacen respetar. Los territorios controlados por los estados podrían ser entendidos como “zonas de contención poblacional”, utilizando una frase muy acertada del sociólogo Philip McMichael. Robinson comenta que “el sistema de estado-nación restringe y controla las poblaciones dentro de límites (territoriales) físicos establecidos para que su trabajo sea explotado más eficientemente y su resistencia esté contenida”. (20)
La migración, tanto legal como ilegal, de Méjico a los EEUU es masiva. En el estado central de Guanajuato, por ejemplo, se estima que el 36% de la población trabaja al norte de la frontera al menos parte del año. Hay pueblos completos donde no se ven a los hombres fuertes y sanos, sólo a las mujeres, los niños y los ancianos. Y muchas de las mujeres jóvenes también se han ido a trabajar en las maquiladoras. Las familias que se quedan detrás se sustentan de las remesas que son enviadas del Norte (un estimado de $10 mil millones anualmente a todo Méjico).
Cabría preguntarse, ¿qué pasaría si la válvula de seguridad de la emigración no estuviera al alcance de los campesinos mejicanos? A principios del siglo XX, similares funestas condiciones en el campo dieron lugar a la gran revolución campesina. Ahora los dólares que llegan a las casas por la emigración les han dado a los campesinos otra opción, otra forma de sobrevivir. Sin la emigración, el campo podría explotar de nuevo. La emigración ha sido un factor importante en la estabilidad política, aislando a la elite mejicana de las consecuencias de su servicio al capital transnacional. ¿Y las otras regiones más distantes del Sur global, donde la opción de la emigración no está tan disponible? Como esas sociedades están más atrapadas en las redes del capital, sus economías nacionales debilitadas, y sus estados globalizados, ¿podría ser que sus elites sean confrontadas por nuevas fuerzas revolucionarias? Aquellos nacionalistas en los EEUU que quieren terminar con la emigración deben tener cuidado – podrían obtener lo que han pedido… y junto a ello consecuencias inesperadas.
Lo que se puede ver en todo esto es estados globalizados tanto en los países del centro como en los periféricos, que actúan al servicio del capital transnacional aún a expensas de sus propias poblaciones nacionales. La función histórica del estado de preservar el orden social, se cumple cada vez más sólo con una mirada a la forma de justicia que había asegurado una vez la gobernabilidad. El gobierno ejercido por los estados globalizados asciende a proveer estabilidad política y macroeconómica, mientras que hace cumplir en su población normas establecidas a nivel transnacional.
Este último punto esta bien ejemplificado por el Capitulo 11 del Tratado de Libre Comercio para el Atlántico Norte, NAFTA, negociado por tecnócratas para los tres grandes estados del continente de América del Norte. Le da a las corporaciones el derecho de demandar a los gobiernos para recobrar futuros beneficios perdidos resultantes de la acción del estado, aún si esa acción fue tomada para promover el bien común de su nación, es decir, proteger la salud, el medio ambiente, las condiciones laborales, los niveles de ingresos, etc. Además, tales demandas no son juzgadas en cortes nacionales, sino por un cuerpo transnacional de expertos que operan en secreto. Se supone que los estados hagan cumplir sus decisiones a los contribuyentes de su propia nación. El hecho de privilegiar los derechos de los inversionistas (es decir, los intereses del capital transnacional) sobre los derechos democráticos de una nación, acordados por su propio estado, muestra el grado al cual el estado ya no es una nación-estado, sino un estado globalizado.
El esfuerzo de los estados centrales en 1998 de globalizar el principio de los derechos de los inversionistas en un Acuerdo Multilateral sobre Inversiones (MAI), muestra la dirección que el capital transnacional busca para tomar la economía global. Aunque este esfuerzo, llevado a cabo por la Organización para la Cooperación Económica y el Desarrollo u OECD (un club de los países más ricos), fue abortado debido a una oposición popular mundial, se mantiene en la agenda de la clase capitalista transnacional. La exitosa (por ahora) resistencia al capital apunta a la contradicción fundamental de la globalización corporativa: la contradicción entre el capital transnacional y los estados globalizados que le sirven y, por otro lado, las naciones con las cuales las clases populares se identifican. Y esto apunta a la centralización de la democracia en resistencia a la globalización corporativa.
Los estados, y hasta los estados globalizados, requieren alguna medida de legitimidad para poder gobernar. Esto significa que las élites políticas tienen que responder a coordinadas presiones populares, aún aquellas que se oponen a la agenda del capital transnacional. La oposición al MAI creció cuando se comprendió que su adopción les negaría la oportunidad de proteger sus propios intereses contra el capital foráneo. Nació de una preocupación nacionalista de preservar la soberanía, con la esperaza de que la presión democrática podría hacer al estado un instrumento de la voluntad popular. Ellos estaban renuentes a rendir ante el capital transnacional los últimos y mejores medios para proteger los intereses nacionales – el estado-nación.
Esto sugiere una estrategia en oposición al capital transnacional: 1) una lucha popular por la recuperación democrática del estado por la nación, y 2) resistencia en todas partes a los esfuerzos del capital transnacional a consolidar su dominación global. (21) Hasta la fecha, el movimiento por la justicia global anti-corporativa se ha enfocado principalmente en la segunda de estas estrategias. Pero este movimiento no debe renunciar al llamado poderoso de un nacionalismo ilustrado a las clases populares para “recobrar el estado” de la élite globalizadora que ha traicionado a la nación. El estado – nación sigue siendo un terreno importante de lucha política aún en un mundo globalizado.
Como hemos visto, un estado puede servir tanto a los intereses de una clase dominante o a las clases populares. A cual servirá, dependerá de la actividad política de las diferentes clases y el liderazgo que ellos presenten. Los estados globalizados son liderados por élites políticas en deudas con el capital transnacional. Estas élites políticas han presentado un proyecto neo-liberal que identifica al interés de la nación con el del capital, y especialmente el del capital transnacional. Pero esta identificación está cada vez más y más gastada, ya que las desigualdades económicas se han incrementado tanto dentro de las naciones como entre ellas. En respuesta, han surgido movimientos sociales radicales; algunos, como el movimiento piquetero en Argentina y el movimiento
Indígena y popular en Bolivia, han sido capaces de derrocar a los gobiernos neo-liberales. Los movimientos sociales de Latinoamérica están proponiendo proyectos alternativos para las naciones y hasta redefiniendo lo que es una nación. Algunos han sido anti – estado, mientras que otros han reconocido que si el estado puede ser capturado por las fuerzas populares, puede ser un poderoso instrumento contra el capital transnacional. Observen el Chavismo en Venezuela, que ha dado lugar a un liderazgo participativo y poder en las comunidades pobres, en un tipo de “partido político y a la vez movimiento social a nivel nacional” (22) Este tipo de extensión de un estado revolucionario en la sociedad civil y extensión de la sociedad civil en el estado es similar al desarrollo de las primeras etapas de los Comités de Defensa de la Revolución o CDR en la Cuba revolucionaria. En otros casos los movimientos sociales se mantienen apartados del estado, evitando de este modo unirse a partidos políticos establecidos y preservar la habilidad de actuar independientemente a través de la sociedad civil para atacar la política del estado, como por ejemplo el Movimento dos Trabalhadores Rurais Sem Terra (Movimiento de los Trabajadores Rurales Sin Tierra) o MST en Brasil.
A menudo los movimientos sociales pueden representar los intereses de una nación mejor que las élites políticas que están tan atadas a los intereses particulares de las clases dominantes. Esto sucede porque para crecer a la escala de un movimiento de masas social, deben universalizar su agenda para atraer un amplio apoyo y construir alianzas. Para un movimiento social es hasta posible construir un tipo de poder paralelo al estado y a la clase dominante. Esto puede hacerse creando instituciones económicas alternativas (por ejemplo, cooperativas, como en Yucatán, Méjico, o las fábricas ocupadas de Argentina y estructuras de gobierno participatorias autónomas (por ejemplo, las Juntas Zapatistas de Buen Gobierno y sus Caracoles), que refuerzan la sociedad civil como una alternativa al estado globalizado. De esta forma, las fuerzas populares pueden literalmente reestructurar la nación de forma tal que quede fuera del control del estado. Cuál de estas varias relaciones entre los movimientos sociales y el estado es el óptimo depende de factores coyunturales tales como el liderazgo político del país, la correlación de fuerzas dentro de la sociedad civil, las presiones desde fuera por el capital transnacional, etc. La pragmática, no la ideología, debe darle forma a la estrategia que se escoja.
Es importante reconocer que tales luchas populares no están motivadas únicamente por el interés material. Como dijimos anteriormente, una nación es una comunidad imaginada. Y como tal, la imagen de lo que es esa comunidad, es crucial. ¿Cómo se entienden los miembros de esa nación? ¿Cuáles son los valores esenciales que comparten? ¿Qué tipo de vida ellos aspiran para todos los miembros de la nación? Las respuestas a esas preguntas definen cómo es una nación en particular. El pueblo estará motivado a luchar en defensa de esa imagen tanto como, y a veces mucho más, que sus propios intereses. Esto es así porque la nación a la cual ellos pertenecen es parte de su propia identidad. Decir “soy estadounidense”, o “soy mejicano”, o “soy cubano”, define más que nuestro lugar de origen, define nuestro ser. De esta forma, una amenaza a lo que lo que la nación representa en la imaginación de uno, es una amenaza a nuestro propio ser, a nuestra identidad. Al defenderla, uno está defendiendo lo que uno es, uno está defendiendo su dignidad.
Esta auto-imagen puede desempeñar un papel vital en la lucha por recobrar el estado. Por ejemplo, los estadounidenses se ven a ellos mismos como una nación bien intencionada, generosa y bondadosa. La agresividad de la política exterior de la administración Bush viola esta auto imagen nacional. Por esto muchos estadounidenses se sienten profundamente inquietos. Invadir otros países o intimidar a pequeñas naciones no es el significado los Estados Unidos en sus mentes. La elite política tiene que justificarlo en términos de “seguridad nacional” o en “defensa de la libertad” o en la “promoción de la democracia”. Pero si estas razones peden ser expuestas y el pueblo es capaz de saber que su liderazgo político ha estado llevando a cabo tales acciones por muchos años, el pueblo se siente violado, traicionado. Cuando las verdades ocultas salen a la luz, el descubrimiento de la realidad puede ser una experiencia radicalizadora.
Cuando los estados globalizados pierden legitimidad con sus propias poblaciones nacionales, surge la posibilidad de una política de unidad nacional. Mientras sea guiada por las clases populares, esta unidad puede incluir a la pequeña burguesía y, al menos en la periferia, hasta estos sectores del capital nacional amenazados por las corporaciones transnacionales. Esto es similar a la política de unidad nacional por la cual luchó José Martí para obtener la independencia de España para la nación cubana. Y esa es la misma política de unidad nacional que se lleva a cabo hoy por la dirección de la Revolución Cubana.
La Revolución Cubana fue única entre las muchas revoluciones en el siglo XX: fue la que ocurrió en la sociedad más altamente neo-colonizada. Durante la primera mitad del siglo Cuba fue un satélite dependiente de los EEUU. El estado cubano representó los intereses de los Estados Unidos más que los de la propia nación. La pérdida de legitimidad resultante contribuyó a su desaparición.
Hoy en la rea de la globalización los estados globalizados están en una posición similar, sólo que ahora no estamos en deuda con un país extranjero, tanto como o estamos del capital transnacional. Las naciones descubren que sus intereses han sido traicionados, sus relaciones sociales establecidas han sido rotas, sus sustentos amenazados, sus pueblos empobrecidos – y su propio estado es cómplice es todo esto. Tales son las condiciones que pueden dar lugar a las revoluciones nacionales del siglo XXI. Las contradicciones de globalización están dando lugar a su desaparición. La historia aún puede testimoniar que la Revolución Cubana no fue tanto una excepción como una precursora del porvenir. Solo se adelantó a su tiempo – fue la primera revolución del siglo XXI.
NOTAS
* Este ensayo fue preparado para el concurso internacional de ensayos “Thinking Against the Current”. Mis reconocimientos a Olga Fernández Ríos y Miguel Limias por las discusiones que ayudaron a perfilar las ideas desarrolladas en este ensayo. Quiero agradecer también a Mike McGuire, Bob Stone y Steve Martinot por sus comentarios reflexivos en la primera versión del ensayo.
1. Cf. William I. Robinson, Promoting Polyarchy: Globalization, U.S. Intervention and Hegemony, Cambridge University Press, 1996.
2. Cf. Peter Bachrach, The Theory of Democratic Elitism: A Critique, Little Brown, 1967.
3. Agradezco a Milton Fisk por la teoría de la justicia y la distinción entre los conceptos de forma y función del estado usado utilizados aquí. . Cf. The State and Justice: An Essay in Political Theory, Cambridge University Press, 1989
4. Cf. Cliff DuRand, “Cuban National Identity and Socialism“ at http://www.CubaConference.org
5. William I. Robinson, A Theory of Global Capitalism: Production, Class and State in a Transnational World, Johns Hopkins University Press, 2004, p. 11.
6. David Harvey, The New Imperialism, Oxford University Press, 2003.
7. Robinson, op. cit., p. 78.
8. Samir Amin ha sugerido el término ‘estados de mercado’ [“Capitalismo, Imperialismo, Mundialización”, Marx Ahora, No.4-5, 1997-1998]. Pero esto no llega a enfocar lo que es nuevo en la fase actual de la globalización. La función del estado siempre ha sido el servir al capital. El estado globalizado de hoy asume la responsabilidad de servir al capital global.
9. Cf. Cliff DuRand, “Neo-liberalism and Globalization” en http://www.globaljusticecenter.org/papers/durand2.htm
10. World Development Report 1997: The State in a Changing World, Oxford University Press, 1997, p. 152.
11. Elisa Servin, “Another Turn of the Screw: Toward a New Political Order”, Cycles of Conflict, Centuries of Change: Crisis, Reform and Revolution in Mexico, Duke University Press, en preparación.
12. Citado por Charles Bowden, “While You Were Sleeping: In Juarez, Mexico, Photographers Expose the Violent Realities of Free Trade,” Harper’s, December 1996, pp. 44-52.
13. Dan La Botz, “Carlos Salinas and the Technocratic Counter-Revolution” chapter 6 from Democracy in Mexico: Peasant Rebellion and Political Reform, South End Press, 1999.
14. Cf. Cliff DuRand, “Democracy and Struggles for Social Justice” at http://www.globaljusticecenter.org/papers/durand1.htm
15. El término ‘imperialismo colectivo’ es del trabajo de Samir Amin, “The Alternative to the Neoliberal System of Globalization and Militarism Imperialism Today and the Hegemonic Offensive of the United States” Febrero 25, 2003.
16. Michael Hardt y Antonio Negri, Empire, Harvard University Press, 2000, p. xii.
17. Thomas Friedman, “Manifesto for a Fast World,” New York Times Magazine, March 1999.
18. Edward D. Marks, “From Post-Cold War to Post-Westphalia,” American Diplomacy http://www.unc.edu/depts/diplomat/AD-Issues/marks-westph.html
19. David Barkin, “The End of Food Self-sufficiency”, Distorted Development: Mexico in the World Economy, Westview Press, 1990, pp.11-40.
20. Citado por Robinson, A Theory of Global Capitalism, op. cit., p. 106.
21 Una estrategia multilateral incluye los siguientes componentes:
a. exponer y quebrantar la estructura de gobierno transnacional emergente
b. recuperación democrática del estado por la nación (e.g. Venezuela, Brasil)
c. construcción de una sociedad civil global como una futura nación global
con democracia popular (solidaridad mas allá de las fronteras)
d. globalización alternativa desde abajo: una estrategia liliputiense global de
localismo cooperativo.
Si bien estas estrategias pueden apuntar en direcciones bien diferentes,
juntas pueden llegar a detener la globalización neoliberal corporativa.
22. Jonah Gindin, “Chavistas in the Halls of Power, Chavistas on the Street”, NACLA Report on the Americas, Vol. 38, No. 5 (March-April 2005), pp. 27-29.
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