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indice de las ponencias de 2006
EPISTEMOLOGÍA DE LA TRANSICIÓN SOCIALISTA EN CUBA
Miguel Limia David
Universidad de Habana
Uno de los asuntos más importantes para el debate del tema de la fisonomía de la construcción del socialismo en el siglo XXI consiste en la elaboración de una nueva perspectiva epistemológica de análisis de las experiencias socialistas surgidas durante el siglo XX, la cual ha de centrarse no tanto en el eje de referencia de la preparación de las fuerzas revolucionarias para la conquista del poder y sus tareas iniciales, cuanto en el modo con que se produce, promueve y fundamenta la cooperación social de los agentes del cambio en la creación de la nueva cotidianidad política, laboral, social e ideológico-cultural en la compleja y contradictoria dialéctica de las tareas destructivas y constructivas históricamente configuradas. Es decir, esto implica aplicar de manera consecuente la concepción materialista de la historia a la propia práctica revolucionaria atendiendo al condicionamiento histórico de sus premisas y resultados de actividad.
Este enfoque resultaría un modo epistemológico de construir conocimiento sobre este proceso a partir de comprender a fondo las premisas desde las que se produce la actividad revolucionaria práctica e ideológica y sobre las cuales no se reflexiona en la conciencia cotidiana.
Consecuentemente con la lógica materialista histórica, es necesario asumir entonces que –siguiendo la afirmación de Marx contra los oportunistas en relación con la posición de éstos frente al Estado burgués--, el órgano estatal de esta transición y el sistema político que a su alrededor se configura, no son “…un ser independiente, con sus propios fundamentos…” , sino que los tienen en la sociedad concreta que transita a un nuevo modo de producción y de vida mediante un determinado proceso revolucionario. Ello se refiere no sólo al contenido de sus alianzas sociopolíticas, clasistas, genéricas, étnicas, etc. sino también a la naturaleza específica de sus tareas, a sus procedimientos, vías y formas de participación popular, fundamentos ideológico-espirituales, normas y características organizacionales y de funcionamiento. Esta problemática no puede ausentarse del lenguaje político estratégico ni sustituirse por consideraciones sólo de carácter técnico-organizativo.
Por eso considero que resulta insostenible desde el punto de vista científico y político-práctico pretender que el modo en que se organiza política y estatalmente la incorporación de las masas populares a la “cosa pública” en los inicios del proceso de tránsito al socialismo sea cualitativamente idéntico a como requiere la dinámica social que se le organice en etapas ulteriores, cuando ya se ha resuelto en principio la cuestión de quién vencerá a quién, al menos en los marcos nacionales. Sin embargo, este asunto ha sido sistemáticamente y en lo fundamental obviado en la literatura marxista dedicada al análisis de la construcción socialista, sobre todo en los estudios de la relación vanguardia-masa, vanguardia-clase, etc.
Las evidencias históricas arrojan como resultado que la naturaleza de las tareas iniciales del tránsito al socialismo, así como las características socioclasistas básicas de las masas populares, el estado de su cultura espiritual y los rasgos personológicos básicos dominantes en ellas, requieren que en el origen del proceso, es decir, en la creación de los fundamentos primigenios de un nuevo tipo de vida pública y de su enlace con la vida privada, el involucramiento de las más amplias masas en la “cosa pública” se organice de “arriba hacia abajo”, con el fin de capacitarlas para resolver las tareas destructivas de los fundamentos del régimen de explotación anterior y defensivas del poder revolucionario, frente a las amenazas de la contrarrevolución interna y externa. Ello condiciona por necesidad que la forma concreta de involucramiento se canalice de forma movilizativa, verticalista, centralizadamente.
En consecuencia, las instituciones políticas revolucionarias configuradas en esta etapa inicial –tengo en cuenta a la vanguardia política, al Estado revolucionario, a las organizaciones socio-políticas--, plasman y consolidan en su estructura y estilos de dirección esos rasgos esenciales, sin los cuales resultaría imposible que la revolución fuera capaz de defenderse y de poner en manos del pueblo trabajador los medios fundamentales de producción y de vida, así como el acceso a la riqueza espiritual acumulada por la sociedad. Estos rasgos integrales del régimen político revolucionario en su etapa primigenia pueden ser detectados con toda precisión si se analizan detalladamente las diferentes formas de democracia directa e indirecta históricamente constituidas, incluida la forma institucional de organizarse la relación vanguardia—masa.
Los mencionados rasgos son también consecuentemente fijados por el discurso ideológico de carácter político y ético que se configura en esa etapa histórica, ya que responden a las premisas básicas que condicionan la actividad revolucionaria en esa época. Téngase en cuenta que la ideología revolucionaria funge socialmente como premisa espiritual de la actividad práctica revolucionaria y en sus inicios ella posee un carácter heroico trascendental atendiendo al modo como relaciona los intereses individuales, colectivos particulares y sociales generales; este modo de vincularlos supone la construcción de la unidad de las masas revolucionarias, del pueblo trabajador, sobre la base de la identidad de sus intereses frente al enemigo de clase interno y externo. No hay cabida en ella para la diferencia pues ésta se manifiesta esencialmente como contrarrevolucionaria, antidemocrática y socavadora de las premisas elementales del nuevo poder popular.
A medidas que avanza el ejercicio del poder político revolucionario de la dictadura del proletariado se producen modificaciones radicales no sólo en la redistribución de los ingresos, sino en la redistribución de las condiciones de la producción, es decir, en todo el conjunto de las relaciones de producción, en las relaciones dirigentes-dirigidos, en el ciclo socializador, en el sistema integral de la producción espiritual, en la estructura de la personalidad, etc. Este es un proceso que posee una estructura en el tiempo siempre específica y más o menos dilatada, naturalmente. No pueden obviarse sus resultados acumulativos en la constitución de los sujetos sociales así como sus consecuentes impactos sobre la vida política de la sociedad en transición.
Entonces, puede concluirse que no existen fundamentos científicos ni políticos para asumir una supuesta simetría en los fundamentos del modo de participación popular como corrientemente se presupone.
La naturaleza y estructura socioclasista misma de las masas populares, su composición generacional y las relaciones intergeneracionales, la estructura personológica de los individuos, van sufriendo cambios sumamente profundos que hacen modificar la propia naturaleza de los sujetos populares que se involucran en la “cosa pública”.
Y lo que es más importante aun, el tipo de tareas que ha de enfrentar el poder revolucionario constituido se va modificando paulatina pero inexorablemente. El énfasis se pone cada vez más en tareas de tipo constructivo, incluso las tareas destructivas y defensivas pasan a ser crecientemente un derivado de la realización exitosa de las constructivas. Esto es un asunto medular.
Es en esas concretas circunstancias cuando comienzan los dilemas de la participación popular . Por un lado, la orientación estratégica del proyecto histórico revolucionario y las demandas prácticas del desarrollo ulterior de la construcción socialista sobre fundamentos comunistas apuntan a la necesidad de incorporar crecientemente a las masas populares a la actividad de dirección estatal, política en general, en las nuevas condiciones creadas tanto interna como externamente a la comunidad nacional; y por otro, sin embargo, las estructuras políticas, los estilos de dirección configurados y las pautas ideológicas establecidas con las que se han socializado por décadas a los individuos, empujan sensiblemente a mantener la participación popular en los marcos cualitativos iniciales, aun cuando cuantitativamente pueda crecer en número.
Mientras el proceso no se hace traición a sí mismo, permanece ideológicamente irrebatible que la construcción socialista es ante todo un proceso histórico de superación integral de las desigualdades sociales, de desenajenación masiva y personal efectiva, y no simplemente de desarrollo económico instrumental. Los ejemplos de Europa del Este y la desaparecida URSS muestran que la no observancia en la práctica de esta pauta de idealidad ha comprometido la suerte histórica del socialismo por razones internas en la mayoría de las sociedades que han pretendido construirlo.
En esas circunstancias el contenido que se abre paso rebasa la forma. Las paradojas se hacen manifiestas y se expresan en múltiples contradicciones y antinomias palpables sobre todo en la relación psicología social-ideología durante la vida cotidiana. En la solución progresiva diaria de estas contradicciones de desarrollo se encierra una de las claves del devenir histórico de la sociedad socialista alternativa al capitalismo.
La necesidad de configurar paulatina pero indeclinablemente un nuevo modo de participación popular (y de discurso) que sea apto, por una parte, para mantener la capacidad movilizativa alcanzada por el antiguo a fin de proveer la defensa del proceso y sus premisas económicas, sociales, políticas y espirituales básicas; y por otra, para garantizar el involucramiento actual de masas y personas raigalmente modificadas, a la “cosa pública” en su especificidad constructiva contemporánea, es un profundo reto al pensamiento científico, a la ideología revolucionaria y a la práctica política consuetudinaria.
Desde el punto de vista político práctico se requiere en general la implementación de un modo de participación que provea la construcción del poder no sólo o fundamentalmente “desde arriba”, sino también “desde abajo”; es decir, que descentralice la distribución de las cuotas de poder sin perder la capacidad de concentrarlas para la toma de las decisiones estratégicas; además, que conjugue la movilización centralista para las grandes tareas heroicas con la descentralizada, que se encamina a la marcha cotidiana de la producción y de la vida consuetudinaria. Todo ello ha de realizarse en un contexto internacional donde predomina la hegemonía imperialista cada vez más agresiva, cosa que limita sensiblemente la gama de opciones capaces de proporcionar el perfeccionamiento necesario de forma legítima y conservando la gobernabilidad.
Lo dicho demanda, además, que se tomen en cuenta los nuevos rasgos adquiridos por los distintos sujetos sociales colectivos susceptibles de participación política. En cuanto a la persona, resulta clave tomar cuenta del grado de individualización que gracias a la obra de la construcción socialista alcanza, lo que implica colocarla normativa y organizativamente cada vez más en la condición no sólo o tanto de receptor de las conquistas sociales, sino que, sin perder esta condición existencial elemental, devenga cada vez más sujeto portador de derechos y de responsabilidades.
Desde el ámbito de la ideología esto requiere construir las conclusiones que necesariamente se derivan del cambio objetivamente ocurrido en la correlación de los intereses personales, colectivos particulares y sociales generales en la vida de la sociedad revolucionaria. Si en los inicios los primeros se subordinan a los últimos en el mismo orden, cada vez más deviene una condición de desarrollo progresivo elemental de la sociedad que la realización de los últimos pase por la consideración práctica e ideológica diferenciada de los primeros.
Ello supone entonces que la unidad del pueblo no pueda seguir construyéndose asumiendo fundamentalmente la identidad de intereses de los trabajadores todos frente al enemigo capitalista exterior e interior, sino que también se dé cabida a la diferenciación de los intereses en la práctica constructiva para la construcción de la unidad de acción.
De aquí se desprende que la ética que fundamenta la actividad masiva y personal no pueda seguir siendo esencialmente la ética del heroísmo episódico o trascendental, sino la del heroísmo cotidiano; cosa que nuevamente supone dar el espacio necesario en el paradigma a la diferenciación de intereses y su conceptualización definitiva. Sobre este asunto llamó la atención Ernesto Guevara desde la década del 60.
En consecuencia, la ciencia política y la economía política marxistas y leninistas tienen que dar respuesta a complejos problemas relacionados con el perfeccionamiento ulterior del sistema político, particularmente del Estado, así como de la organización de la producción y la regulación de la conducta laboral y pública en general de las personas involucradas en la construcción socialista.
Estas elaboraciones se han de llevar a cabo sin contar con un paradigma previo, sino sólo con ideas estratégicas de principio, de ahí la importancia de defender a fondo la coherencia y consecuencia revolucionarias y el carácter ininterrumpido de la construcción socialista y comunista. Se necesita de un profundo y rico pensamiento creador cada vez más masivo y capaz de elaborar no sólo una crítica a la modernidad capitalista, sino una propuesta equitativa y viable de desarrollo sostenible sobre la base de la emancipación y la dignificación humana creciente en términos nacionales e internacionales. Esa es una de las implicaciones más importantes de la actual Batalla de Ideas que se desarrolla en Cuba, encaminada a la conquista, entre otros fines socialmente importantes, de una cultura general integral.
Carlos Marx. Crítica al Programa de Gotha. Obras escogidas en tres tomos. Editorial Progreso, Moscú, 1974, T-III, p. 22.
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