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indice de las ponencias de 2006
Lo que significa la existencia de los movimientos de justicia social
Steve Martinot
San Francisco State University, EEUU
Traducido por Mara Tubert
Introducción:
En los días 15 y 16 de febrero de 2003, 15 millones de personas en todo el mundo de las que más de un millón estaban en los EE.UU., tomaron las calles para decir no, y quizás para obstruir políticamente, la inminente invasión a Irak. Esta acción global representó una amplia conciencia popular de lo que eran los EE.UU., y el horror y la destrucción de lo que esta inmotivada invasión y arbitraria criminalidad podría significar. Dicha comprensión profética de una poderosa institución representa el conocimiento profundo de la misma.
De manera extraña, después de que comenzó la invasión a Irak, el sentimiento en los EE.UU. cambió. Donde el asunto antiguerra principal había girado sobre la soberanía, el crimen de violar la soberanía de otra nación, al final se nacionalizó al “apoyar” a las tropas. Además, los medios de comunicación manipularon al pensamiento social alejándolo de la ética de la soberanía hacia la cuestión de la popularidad de Bush. Aunque las invasiones (tanto de Irak como de Afganistán) violaron las leyes internacionales, la Carta de la ONU, los tratados internacionales sobre los prisioneros de guerra, la constitución de los EE.UU. y la ética internacional, la oposición se enfocó en la seguridad de los prisioneros de guerra estadounidenses. Esto no sólo implicaba el hecho de que las tropas estadounidenses fueran consideradas como una forma más elevada de ser humano que el pueblo de Irak y la cultura destruida durante la invasión; sino la conciencia sobre lo que el gobierno de los EE.UU. estaba haciendo como institución. Parecía que la realidad de la violencia triunfaba sobre el concepto de justicia. Entre que la criminalidad y la idea orwelliana de agresión era la defensa (en contra de una agresión no existente), el pensamiento estadounidense (incluso durante el movimiento) parecía sentirse como en casa.
A pesar del orgullo de haberse formado antes de que la guerra a la que se oponía hubiese comenzado, el movimiento parecía perder el toque con el significado de su existencia. Se sumergió a sí mismo en la campaña electoral del 2004, como si pudiera detener una guerra a través de los canales oficiales de las elecciones, donde no había tenido ninguna oportunidad de opinar a ningún nivel institucional. Donde en un principio se había entendido las ilegitimidad de las intenciones de la maquinaria de guerra, más adelante se legitimizó y le dio credibilidad a las operaciones de la maquinaria de guerra. Nada es menos democrático que hacer una guerra, incluso el acto mismo de declarar la guerra es en realidad autocrático . Aún con todo, el movimiento en contra de la guerra se obligó a creer que los EE.UU. eran democráticos a pesar de que la guerra probaba que no lo eran. Esto es algo que el movimiento no reconoció de sí mismo, este ensayo busca analizar lo que habría pasado de haber sido así.
Los movimientos de justicia social.
Un “movimiento de justicia social” es un movimiento de personas cuya necesidad consensual es combatir las injusticias existentes. La discriminación racial, la explotación económica, la exclusión cultural o la opresión son algunas categorías generales de injusticia y los movimientos se forman en contra de ellas en términos de oposición ante la vivienda segregada, una industria racializada de prisiones, la brutalidad policíaca y los perfiles, la pena de muerte, la violencia de los hombres en contra de las mujeres y sus los cuerpos, el despojo del medio ambiente por parte de las empresas, la intervención económica y militar de los EE.UU. en las naciones postcoloniales en todo el mundo, y la guerra. Los sindicatos de trabajadores, a pesar de haber sido absorbidos por las instituciones, surgen de movimientos de justicia social que luchan por conseguir condiciones de trabajo más humanitarias y por el derecho a la organización. Los múltiples movimientos que han emergido en los EE.UU. en un pasado reciente surgieron de las luchas más directas en contra de la supremacía de los blancos y la discriminación racial y se expandió para incluir a los movimientos de mujeres, de estudiantes, a las campañas para liberar a los prisioneros políticos y a la oposición de la globalización de las empresas. Cada movimiento contenía una panoplia de formas organizacionales, de comunidades y de agrupaciones ideológicas; un espectro que iba desde las comunidades tradicionales hasta temas orientados a la afinidad de grupos y las reuniones populistas. Lo que todos tienen en común en su existencia es su llamado a la justicia. El movimiento en contra de la guerra es un llamado en realidad muy directo a la justicia, ya que hace un llamado para acabar con el asesinato arbitrario de las masas que es lo que la guerra hace.
Sin embargo, la idea de los movimientos de justicia social no incluye a organizaciones pro-racistas tales como el Consejo de los Ciudadanos Blancos o la milicia. El grito de los blancos de que hay una “discriminación invertida” es un llamado para que los blancos obtengan justicia, una justicia de exclusión, y por lo tanto, para la injusticia. De hecho, la confusión generalizada de la “justicia blanca” con la justicia en el la corriente principal del pensamiento es lo que permite que la sociedad estadounidense sea en esencia una sociedad de derecha.
Como un aclamación de la gente en contra de la injusticia, cada movimiento de justicia social confronta a una institución, pero lo hace más allá de esto, fuera de esa institución y en esencia se la excluye por el llamado mismo a la justicia. Es sobre dicha la naturaleza y su significado lo que este artículo pretende analizar.
En el pensamiento tradicional, se toma la existencia de un movimiento de justicia social como una prueba de que la sociedad es democrática, es decir, una prueba de una apertura hacia toda expresión política. Sin embargo, en realidad la existencia de los movimientos sociales indica lo opuesto. Si la democracia significa el gobierno del pueblo y para el pueblo, entonces las vías y los canales de expresión y participación tendrían que permanecer abiertos para que el pueblo los use. Esto implica mucho más que tan sólo escribir cartas sobre temas propuestos por el gobierno, o votar por los candidatos proporcionados por los partidos institucionales. Significa participar en la toma de decisiones sobre cuáles son los temas importantes y cuáles no lo son; significa debatir sobre aquellos temas en formas que permitan la participación para hacer sus políticas, así como elegir a los representantes que entonces representen esas discusiones y debates, más que elegir a representantes que pretendan entonces debatir y discutir en lugar del pueblo.
Si en realidad existieran las vías de participación necesarias, la gente no tendría que organizar nuevas formas de expresión para que el gobierno la escuche y poder tener una influencia sobre éste. Si la sociedad fuera democrática, entonces no sería necesaria la organización de manifestaciones masivas o la invención de estrategias especiales. El hecho de que la gente tenga que organizar movimientos para expresarse sobre dichas preocupaciones importantes como la justicia significa que esas vías o canales de expresión, de debate, de influencia y de participación no están abiertos y ni siquiera existen, pero que son necesarios. Como una fuerza de expresión y participación, un movimiento es en esencia una fuerza prodemocrática confrontando la ausencia o la retención de los medios de expresión y participación. Por ello al grado en que se deba aplicar esta fuerza prodemocrática en contra de los canales cerrados (de expresión y participación), ésta va a permanecer por fuera de la institución. De hecho son el mismo cierre de los medios democráticos y la exclusión del pueblo de la participación, lo que permite que estos movimientos existan en primer lugar.
De esa manera, el primer significado ligado a la existencia de los movimientos es que las instituciones sociales, a pesar de su retórica política, no son democráticas, y que los movimientos señalan dónde se encuentra el problema. Aún más, el hecho de que la sociedad o el gobierno hagan que sea necesario para el pueblo construir una organización o movilizarse en eventos masivos justo para establecer una presencia ante la sociedad civil es por sí mismo una injusticia. De ese modo, los movimientos de justicia social señalan a la injusticia tanto por su contenido (demandas) como por su forma (su misma existencia).
Es insólito aclamar que la representación legislativa sea la que proporcione dichos canales de expresión, ya que eso es precisamente lo que la representación no puede hacer. Cada representante elegido representa a un distrito que está compuesto por muchos intereses de clases contradictorios o en conflicto, por tradiciones culturales, por identidades de la comunidad, por perspectivas ideológicas y por valores sociales. Es políticamente imposible para un solo delegado representarlos a todos. El representante termina por representarse a sí mismo/a dentro de una cultura legislativa aislada del electorado, y, por lo tanto, se vende al mejor postor. En los primeros tiempos de la República, este representacionismo podría haber sido democrático cuando el electorado era homogéneo, compuesto tan sólo de terratenientes blancos. No obstante, conforme los movimientos masivos (de trabajadores, de gente de color y de mujeres blancas entre otros) extendieron sus derechos políticos, el representacionismo se volvió por completo inadecuado para realizar esta tarea. Hoy en día, el representacionismo tan sólo parece democrático porque preserva el ritual de votar, aunque se confronta su incompetencia cada vez que se forma un movimiento comunitario para elegir a un candidato de la oposición o que no pertenece a ningún partido o institución. En seguida reconoce que la tarea más difícil es hacer que ese representante continúe siendo responsable por el movimiento que lo/la eligió. Los muros de la legislación conforman una separación y no una conexión entre el pueblo y el gobierno. El representacionismo marca una desconexión estructural, el lugar donde se cortan las vías y canales de expresión . Nada prueba esta desconexión de manera más enfática que el tema de la guerra, que el hecho de que una nación pueda ser tomada a la fuerza, como lo han hecho los EE:UU.
Además de señalar los lugares donde la sociedad no es democrática, los movimientos de justicia social son intentos necesarios para establecer una democracia donde ésta no existe. El repertorio de tácticas (peticiones, marchas, huelgas, boicots, desobediencia civil, etc.) son algo más que simples medios para ganar visibilidad, para atraer hacia ellos la atención tanto del pueblo como de las instituciones del gobierno, porque constituyen la construcción de canales de expresión y participación alternos. Los boicots en contra de Nike, por ejemplo, que atrajeron la atención por las condiciones de trabajo explotadoras y esclavizantes de sus fábricas, no sólo señalaron la ausencia de un impulso democrático en la toma de decisiones de una empresa, sino que buscaban vencer sobre aquellas decisiones de la autocracia corporativa desde fuera. La existencia de los movimientos para la participación de la comunidad en la educación, en el establecimiento de las propias políticas, en el control de las instalaciones de salud (para reemplazar la comercialización del cuidado de la salud) son todos movimientos por la democracia, al mismo tiempo que señalan hacia donde ésta no existe. En efecto, son intentos del pueblo para reconstituirse a sí mismo como sujeto histórico, para dejar de permitir que otros hablen por él ya sea a nivel político o social y para abrir un espacio de participación real.
Un tercer significado que acompaña a los dos anteriores, es que la ausencia de la democracia, representada por la injusticia institucional, no es una omisión institucional, sino que también es estructural. Trasciende la determinación de los individuos que en su a su vez es posible por las estructuras sociales antidemocráticas. En realidad, los actos individuales de injusticia (tales como la tortura que hacen los guardias de seguridad a los prisioneros) requiere de un contexto estructural que les dé valor.
El principio de la soberanía del movimiento.
Si los movimientos necesitan emerger de fuera del sistema contra el que luchan, entonces sus actividades prodemocráticas deben permanecer fuera del sistema que buscan democratizar, a pesar de lo mucho que exijan participar en él. Ya están logrando tener algo más que su sola presencia en un sistema que se rehúsa a escucharlos (vea la nota 2).
Contra una autocracia institucional estructural, un movimiento se valoriza por estar fuera de la institución, como una voz que se alza para enfrentar la injusticia de ese lugar. No obstante, abandona esta auto valoración y su carácter prodemocrático al grado de reintegrarse a la misma institución contra la que se está enfrentando. Esto es lo que el movimiento en contra de la guerra no comprendió durante la elección del 2004. Si uno de los principales papeles de los movimientos sociales es darle una voz al pueblo, quien antes había permanecido en silencio, al proporcionar un espacio en el que la gente pueda hablar por sí misma como un centro alterno del ser social y de la decisión política, entonces el dejarlo atrás para reintegrarse a la institución es como participar en ese acto institucional de silenciamiento.
A pesar de ello el espacio que el movimiento se abre para sí es un espacio contradictorio. Está fuera del sistema para ser un lugar donde la voz puede ser autónoma y donde las personas puedan hablar por sí mismas, aunque cuando le hace demandas al sistema, esas peticiones son precursoras de la inclusión, así como lo es la presentación de los motivos para estar fuera del sistema. En ese sentido, el movimiento se basa en una conexión con el dominio (y con frecuencia con los recursos) controlados por la institución en el momento en que se opone a ésta. Por lo tanto hay una interrelación de la autonomía (desde su exclusión), de la pro-democracia (en su existencia) y de una demanda contradictoria por su reincorporación a la institución (en sus demandas).
Lo que junta a estos elementos que estaban separados, pero que eran inseparables, es la pregunta de la soberanía del movimiento.
Un movimiento de justicia social se forma para plantear un sentido alterno de democracia en contra de la autocracia institucional y la injusticia, sin importar si la institución se llama a sí misma democrática o no. El movimiento se forma para crear un espacio político en el que la gente pueda tomar decisiones por sí misma con respecto a sus propias metas y destinos políticos de una forma cooperativa y para poder expresarse a sí misma. Este espacio y sus acciones autónomas colectivas dentro del mismo constituye la soberanía del movimiento. La soberanía no simboliza permanecer fuera de la institución contra la que lucha; sino que nombra la condición interior en la que un movimiento vive su alternativa ante la antidemocracia a la que se opone. Se trata del interior para el cuál la institución permanece afuera. La soberanía es la base donde las estructuras democráticas alternas se construyen de manera tal que las personas no tan sólo no puedan hablar sino que también puedan tomar decisiones con respecto a sus vidas sociales y su destino.
La soberanía del movimiento se refiere a las personas, no al territorio ni al control (como un “rey”); es el “lugar” social donde se lleva a cabo la democracia, donde se rechaza a la autocracia institucional. Es decir, la soberanía constituye una condición necesaria para la democracia. Si la democracia significa que una persona o grupo determine su propio destino, ellos mismos tienen que ser soberanos de este destino para poder determinarlo y controlarlo. Cualquier intervención extranjera o del estado (tal como la de EE.UU. durante la invasión a Irak, o la nulific3ación federal de una elección sindical como lo hizo el gobierno ante la elección de Carey en el sindicato de Teamster) en definitiva corrompe dicha soberanía y destruye la capacidad del pueblo de establecer la democracia por sí mismo. Una organización, así como un sindicato, puede ser soberana tan sólo si puede determinar sus propias políticas, sus propias tácticas y, por ende, su propia fuerza como organización. Las regulaciones legales de los sindicatos reducen bastante la posibilidad de una democracia sindical.
En el movimiento en contra de la guerra de Vietnam, la capacidad de los grupos locales de utilizar diferentes tácticas para detener o descarrilar a la maquinaria de guerra reflejó la inherente naturaleza soberana del movimiento, el cuál no tenía una jerarquía que pudiera forzar a uniformar tácticas en todo el país y con ello constituir una institución política formal. Se fue a las juntas de reclutamiento y se habló con los reclutas más que con el gobierno. Al enfocarse en cómo las personas podían ayudar a terminar la guerra, se recuperó del gobierno la soberanía del pueblo. Cuando el movimiento apoyó a la campaña de Mcgovern en 1972, se abandonó esa soberanía al relegitimizar la del gobierno y por poco se puso un alto a sí mismo.
El dilema central de un movimiento yace entre mantener su propia autonomía y soberanía o aceptar las demandas del sistema y dejar de ser una alternativa para reintegrarse a su estructura. El movimiento enfrenta la opción entre realizar sus demandas desde una posición que rechaza el compromiso de la soberanía, o de realizar demandas que, al ligar el movimiento a la institución, relegitimiza su carácter antidemocrático. La primera opción comprende la naturaleza antidemocrática de las estructuras gubernamentales; la segunda pretende, contrario al significado de su propia existencia, que aquellas estructuras en realidad sí son democráticas. Si la característica principal de un movimiento es la de abrir un espacio político en el que se puedan construir estructuras democráticas de participación en contra de la exclusións b y la injusticia que se sufren institucionalmente, entonces se debe tomar con mucha seriedad la existencia de la soberanía que ya se tiene. Esta es una cuestión ética y no política, ya que el movimiento proporciona un espacio donde la gente puede hablar por sí misma, en lugar de que la callen o que hablen por ella; la relación ética consigo mismo radica en el sentimiento de responsabilidad de aquellas voces.
Por supuesto que nada obvia la posibilidad de que un liderazgo pueda cerrar el espacio político dentro de un movimiento a través de sus acciones autocráticas. La naturaleza democrática de un movimiento es sólo una posibilidad creada por la apertura del movimiento de un espacio político gracias a su inherente soberanía. El poder cierra el espacio político cuando el liderazgo del movimiento comienza a pensar en términos del poder y esto es una de las cosas que pasan.
El poder no admite nada sin una demanda.
Frederick Douglass ha dicho que: “el poder no concede nada sin una demanda; nunca lo ha hecho y nunca lo hará”. Sin embargo, hay dos tipos de demandas y Douglass no hace distinción alguna entre ellas. Existen aquellas demandas a las que el poder puede admitir dentro de los límites de su institución gracias a un cambio en sus políticas, a un beneficio concedido o a una conducta alterada (“demandas de agravio”). También existen las demandas que requieren que las instituciones concedan algún poder (“demandas democráticas”). Una ley de control de la renta es una concesión para los arrendatarios que los arrendadores y la ciudad, desde el punto de vista de sus intereses sobre las propiedades, pueden hacer sin romper con su estructura de poder. Una ley de control de la renta sólo limita el grado de opresión representada por la renta misma (esto resulta opresivo porque la vivienda es una necesidad básica para vivir). En las “huelgas de renta”(i) y las acciones masivas de vecinos para evitar los desalojos demandan una concesión del poder a los vecinos a tal grado que ellos transforman la vivienda de un servicio a un derecho. El aumento en el salario y los beneficios para los trabajadores en las fábricas son concesiones que éstas pueden hacer sin disminuir su poder, mientras que la creación de un hiring hall(ii) sindical es una concesión de poder. La soberanía del movimiento es la base para ambos tipos de demandas, y por tanto, para su diferencia.
El poder negocia la demandas de agravio y no concede poder sino ante una soberanía alterna, es decir, ante demandas democráticas. La diferencia radica no sólo en la naturaleza de la demanda, sino también en la comprensión acerca de la relación de la soberanía del movimiento frente a las instituciones que confronta.
En otras palabras, no hay una separación clara entre los dos tipos de demandas. Las manifestaciones masivas, por ejemplo, son tanto expresiones de las demandas de un movimiento como una demanda concomitante de un espacio político que no existe. El poder puede buscar regular dicho espacio (aún como un derecho constitucional), pero la expansión inherente de una demostración del espacio político de un movimiento implica una concesión de poder. El grado de concesión podría medirse por el grado de fuerza represiva utilizada en contra de las manifestaciones (que puede ir desde requerir permisos y restringir las rutas, hasta los arrestos masivos y los tiroteos). La manifestación del funeral de Patrick Dorismund en Brooklyn terminó en un ataque por parte de la policía, en el que muchas personas resultaron hospitalizadas, para criminalizar la conciencia que tenía la comunidad de que él había sido asesinado gratuitamente por un detective vestido de civil.
Cada manifestación en contra del racismo se ha tratado de una demanda a la sociedad blanca (al gobierno y al pueblo) para detener la segregación, para acabar con la demonización de la guerra contra los negros y personas de color y para abrir nuevas vías de democracia. Las iniciativas del registro de votantes en los movimientos pro derechos civiles de la década de los 60 fueron demandas para terminar con la discriminación y para otorgar su legítimo poder a las personas de color a través del voto.
Las manifestaciones en contra de las grandes asociaciones como la Organización Mundial de Comercio (OMC) en Seattle en 1999 comprendió a la OMC como una organización internacional que podía tomar decisiones sobre el trabajo, el medio ambiente y las condiciones de inversión por las naciones que la designaron, pasando por encima de la legislación local en el nombre de las ganancias corporativas multinacionales. Es decir, la OMC contradecía a la democracia local al grado de que su existencia misma. Las manifestaciones en Seattle fueron enfrentamientos entre las soberanías alternas, con uso de la represión policíaca (por medio del gas lacrimógeno y golpizas) que representaban la amenaza que las manifestaciones constituyen para las asociaciones.
El tema de la soberanía levanta la pregunta sobre la conciencia de los movimientos ya que proporciona la capacidad del movimiento de seguir distintos caminos, dependiendo de su comprensión colectiva, tanto de lo que busca alcanzar como de las instituciones que confronta, pero desde el significado de la soberanía por sí misma. Analicemos por un momento esta pregunta.
Debido a que un movimiento opera desde afuera de la institución o del sistema político al que se opone, de inmediato se ve frente a dos opciones a seguir: una hacia la institución que busca cambiar, y otra hacia la gente a la que le ofrece una condición social alterna. Desde estas bases se puede decir que surgen dos tendencias: una que comprende que la soberanía del movimiento es una demanda para la democracia y la otra que se enfoca en ganar concesiones institucionales. La primera demanda el reconocimiento para sí misma como una alternativa de espacio de participación, mientras que la otra intercambia las posibilidades de erigir sobre su soberanía la posibilidad de ganar de inmediato concesiones institucionales. Aunque estas dos actitudes son inconmensurables para la soberanía del movimiento, ambas surgen de la soberanía misma.
Si un movimiento sólo hace demandas de agravio para lograr cambiar una política, un servicio o las condiciones de empleo, sin insistir en el respeto de su soberanía como movimiento, entonces le está dando crédito a la legitimidad institucional, a un grado tal que actúa en su propia contra y es responsable por aquellos a los que le dio una voz, al rechazar que las instituciones hablaran en su lugar. Si tan sólo la democracia considera que la soberanía se hace posible sin realizar demandas de agravio, entonces ésta actúa en su propia contra al ignorar a la institución en contra de la cual se formó.
De manera clara, las dos tendencias (la que se enfoca en la soberanía y la que se enfoca en la institución) están interrelacionadas y son inseparables. No obstante, a pesar de su inseparabilidad, están siempre en conflicto al generar conciencias de movimiento separadas alrededor de las estrategias particulares. La negociación entre ellas y las estrategias que emergen de un movimiento conforme estas negociaciones continúan, pueden llamarse la “conciencia de movimiento” (por la analogía con la “conciencia de clases”, una clase o grupo que es políticamente conciente de sí mismo).
En el movimiento pro derechos civiles, el poder de los negros atacó al integracionismo por buscar una participación tradicional en una estructura socio-cultural anti-negros, y que sólo se podía alcanzar al volverse un anti-negro, vendiendo de esta manera la conciencia comunitaria de las personas de color. Los integracionistas atacaron el poder de los negros porque buscaban la separación, abandonando de esta forma lo que la sociedad estadounidense le debía a las personas negras por su papel al erigirla como una sociedad, vendiendo de la misma manera a las comunidades de negros. Sin embargo, ninguno de los dos podría haber tenido la fortaleza o el peso que alcanzaron sin la existencia el otro. En el movimiento en contra de la guerra, los activistas directos, desorganizando las juntas de reclutamiento y frenando los trenes de las tropas, atacó a aquellos más interesados en las intrigas del congreso al traicionarlos y dividir el movimiento, mientras que los traidores acusaron a los activistas directos de antagonizar con el pueblo quienes estaban en medio del camino y debilitando sus propios esfuerzos.
La conciencia del movimiento es una conciencia colectiva al grado de que es una estructura política alterna, así como soberana, y al que podría o debería otorgar la legitimidad de la institución política existente al realizar demandas de agravio. La diferencia entre que una demanda sea una demanda de agravio y una democrática radica en la conciencia del movimiento, en la conciencia existencial de tener una soberanía como un sentido de justicia y de enfrentar los peligros de la relegitimación de la soberanía institucional al tratar de obtener la justicia. (Aquí no estoy hablando de las formas de organización.) La conciencia del movimiento es una conciencia colectiva que conjunta a aquellos que piensan que las instituciones a las que se enfrentan son democráticas con otros que comprenden que una opresión sistemática significa que la injusticia es estructural. El racismo sistemático en los procedimientos judiciales, las prisiones, la pena de muerte y la guerra son más que suficientes para convencer a muchas personas de que la injusticia es institucional y de que las instituciones no son democráticas. A pesar de ello, el racismo de estos procedimientos se lleva a cabo, un acto a la vez, como un reflejo de la política, y ésta podría cambiarse a nivel político en el sentido en que se llegara a democratizar a la institución. Ambos acercamientos piensan que la justicia es posible aunque difieren en la manera de obtenerla. Al buscar las respuestas y al reflejarse en el otro, están creando la conciencia de movimiento.
Según la tradición, las personas han etiquetado a los movimientos como reformistas o revolucionarios según si consideran que el gobierno es democrático (sin importar el grado de democracia del que se trate) o de si requiere de una transformación radical. Pero esto es una distinción ideológica superficial que no comprende el punto principal. Los reformistas otorgan la legitimidad a la soberanía del gobierno y buscan alterar su forma. Los revolucionarios buscan apoderarse del poder para transformarlo, al mismo tiempo que reafirman la legitimidad del poder como tal. Para creer que se puede democratizar al poder después de un arrebato de poder es como pensar que el poder se puede democratizar en un principio, lo que significa que el arrebato del poder es tan sólo una táctica. Así el ataque revolucionario sobre la injusticia hace demandas en la institución que otorgan la misma soberanía al poder que los reformistas. Ambos ignoran el hecho de que un movimiento para la justicia ya es una democratización y por ello es la alternativa al poder institucional. Esta es la capacidad del movimiento bolivariano en Venezuela de transformar la conciencia de la esfera electoral a la autonomía de los círculos de su electorado, y así construir las estructuras alternas fuera y junto con el gobierno que marquen su genialidad como movimiento. El hecho de que la nueva constitución proporcione algunas de las cosas que busca es incidental, ya que poner en práctica a la constitución requiere de un pensamiento autónomo.
La diferencia real entre los movimientos no es el reformismo o el revolucionarismo, sino el grado de soberanía que se reservan, su propia conciencia de lo que su propia existencia significa como una personificación de justicia social y una alternativa. Para reconocer la importancia de las estructuras políticas alternas en su confrontación con las injusticias antidemocráticas del poder tenemos que entender que el problema real de la conciencia del movimiento es su propia soberanía.
La interrogante de la mente hegemónica.
En este contexto, analicemos brevemente otra cuestión. Existen dos polos que marcan el espectro de la conciencia de movimiento: en primer lugar, existe una comprensión de que se trata de un sujeto histórico escribiendo la historia a través de sus estructuras autónomas y políticas alternas; en segundo lugar, existe el entendimiento de que debe buscar, en su exterior, influir en las instituciones sociales para ganar concesiones para el pueblo. Pero como mencionamos con anterioridad, los movimientos ya son intentos de las personas de reconstituirse a sí mismas como sujetos históricos y dejar de ser silenciadas o de que alguien hable por ellas. Volverse un sujeto social con voz, para trascender el haber sido tratado como objeto por la institución y hacer un objeto de los otros, significa luchar dos batallas al mismo tiempo, en lo externo en contra de la injusticia de la opresión y en lo interno en contra de la propia aceptación de las identidades y de la objetización impuesta por la sociedad. Un movimiento de justicia social hace posible la capacidad de discernir de las identidades institucionales impuestas que nos tienen atrapados, también poder ver la propia interiorización de haber sido tratado como un objeto para que se puedan rechazar o transformar. Por el contrario, convertirse en un sujeto social significa hacer que la sociedad se vuelva un objeto para uno en el pensamiento colectivo crítico, en el cuál se piensa de manera crítica sobre la propia situación y las relaciones sociales, y donde imaginar las relaciones políticas va más allá de las instituciones sociales dadas.
Pero lo anterior alza la pregunta de cómo es que las personas se vuelven los objetos de los otros en primer lugar. Las personas no escogen volverse un objeto, sino que se les impone. Este fenómeno es algo que un grupo de personas le hace a otro. Las categorizaciones sociales creadas por la raza, por ejemplo, son algo impuesto en las personas de color por parte de los blancos a través de la colonialidad del poder; es la manera en que las personas blancas se vuelven blancas al discriminar a otros como no blancos. Entonces, la raza, como una forma de imposición social, es más fácil de comprender como un verbo (“racializar”) que como un sustantivo. De manera similar, la minorización es algo que un grupo mayoritario hace para excluir a otros grupos con menos poder de votación, designándolos con anterioridad como las “minorías”, antes de que se realice cualquier votación para ver su poder real de votación y poder institucionalizar su propia hegemonía como una mayoría. La racialización de las personas de color por parte de los negros, la minorización de los grupos étnicos o de alguna raza en particular y la discriminación de las clases altas en contra de la clase trabajadora, son todas formas de objetizar. Como una designación social impuesta, este fenómeno es una cara de la inclusión (por ejemplo, el término “minoría” viene de una declamación de la democracia), mientras que en realidad está excluyendo a aquellos tratados como objetos de la participación como sujetos sociales. Es decir, se designa a los términos de la objetización para “naturalizar” el proceso artificial de la dominación que representa la exclusión social.
El hecho social de ser tratado como un objeto es una forma de opresión que ocurre bajo las manos de individuos que pertenecen a instituciones hegemónicas y que adquirieron su subjetividad social a través de la identificación con dichas instituciones. Por ello es que hasta ahora la blancura es una institución social debido a que constituye la matriz o arena en la que se llevan a cabo los actos de racialización de los otros. Dichas instituciones no tienen edificios u oficinas ya que residen dentro del drama social, de las actividades de grupo, de los códigos de conducta y de las normas del comportamiento para aquellos que tratan como objetos. Todos estos componentes juntos constituyen la membresía de una persona en la subjetividad particular de un grupo (tal como el chovinismo nacional con respecto a los inmigrantes, la supremacía blanca con respecto a la blancura, el machismo con respecto a las mujeres, etc.).
La capacidad de imponer este estado de objeto en los otros, ganando por consiguiente un sentido de subjetividad que tiene la apariencia de un comportamiento “natural”, es la marca de la “mente hegemónica”. La mente hegemónica expresa y representa las formas de dominación de una cultura como un componente de la vida diaria en la persona que domina, de forma que se trata de una estructura cultural donde se adquirió la identidad de los individuos a través de la identificación con la institución que los hace objetos. Así se representa la identidad social con respecto a un socio exclusivo para aquellos que pertenecen a esa institución.
Pero es una subjetividad tenue ya que su condición esencial es su capacidad de imponer ese estado de objeto a los otros, para lo que depende de la institución social. Los blancos piensan que son sujetos sociales porque las estructuras de racialización de los EE.UU. les otorgan la capacidad de objetizar a las personas de color y tratarlos como objetos. No obstante, ellos tan sólo cumplen con la función de delegados, a los que se les proporcionó un guión, de la blancura institucional.
Las tres formas dominantes de pensamiento hegemónico en los EE.UU. son la mente blanca, la mente masculina y la ética de los derechos de propiedad. Los derechos de propiedad son diferentes del derecho de poseer una propiedad. El derecho de poseer una propiedad es una condición otorgada a los individuos por la jurisprudencia. La ética de los derechos de propiedad significa priorizar a la propiedad por encima de las personas, atribuyéndose a uno miso el poder de usar la propiedad para oprimir, comercializar o esclavizar a las personas.
La mente hegemónica ve a los demás como objetos humanos con voz o pensamientos subordinados desde los que pueden hablar. Llena su panorama social usando a las personas como columnas, marionetas, imágenes o representaciones, es decir, como objetos que se pueden mover a voluntad como la expresión de su identidad. Y lo más difícil para ella es escuchar a los demás debido a que ya se encuentra hablando por ellos al colocarlos en el escaparate como objetos. Sus actos de auto-superiorización parecen tan sólo una manera de ser natural.
Esta mente hegemónica aparece dentro del contexto de los movimientos de justicia social y no puede ser excluida por el movimiento opuesto de las instituciones a las que representa. Incluso dentro de un movimiento no se puede percibir a sí misma como actuando su hegemonismo. Por ejemplo, en muchos de los movimientos de la década de los 60 en contra de la guerra y el racismo, los hombres buscaron dominar el liderazgo y desacreditaron la participación de las mujeres. El liderazgo blanco de los movimientos en contra de la guerra de Vietnam no podía agarrarse del colonialismo de la que los negros y los latinos eran sujetos en EE.UU., aún cuando muchos vieron al racismo bajo esos términos. De esa manera, ellos eran incapaces de escuchar las voces de los demás con el resultado de que al final el movimiento en contra de la guerra se volvió un movimiento de blancos. Los activistas que todavía buscan priorizar el cabildeo para ganarse a los congresistas para que voten en contra de las invasiones, son personas que no pueden ver las instituciones de la legislatura contemporánea como una parte de la maquinaria de guerra y esto forma parte de su nacionalismo.
Por último, la contradicción central dentro de un movimiento de justicia social se encuentra entre la soberanía del movimiento y la mente hegemónica. La mente hegemónica encuentra difícil verse a sí misma como fomentadora de las estructuras de silenciamiento dadas. Así minimiza la necesidad de un espacio autónomo desde el cuál se pueda hablar. A pesar del sentido de justicia que lleva a la mente hegemónica a participar en un movimiento, su sentido de hegemonía conduce su participación hacia un enfoque institucional, que ignora las injusticias de la institución.
Los movimientos constituyen situaciones en las que las personas luchan para producir nuevas identidades a partir del rechazo de la objetización social previa. La mente hegemónica (los derechos de propiedad de los hombres blancos) argumenta (con frecuencia como el liderazgo de un movimiento o un activista) que el movimiento debe hacer demandas realistas y, por ende, presentar sus demandas a la institución contra la que se levantó. Esto es porque las instituciones constituyen lo “real” para la mente hegemónica. Por el contrario, las demandas se vuelven realistas cuando incluyen la transformación de la mente hegemónica, junto con aquellas hechas por las instituciones de hegemonía. Esto significa que las demandas en realidad son irreales cuando le regresan la soberanía a la institución social y no solicita ninguna concesión del poder.
Incluso la victoria puede ser momentánea sin desestabilizar las estructuras culturales que han producido tanto una situación injusta como una mente hegemónica. La educación integrada en una sociedad de supremacía de los blancos permanece como una educación contextualizada por lo blanco de la sociedad. La transformación de las estructuras culturales subyacentes a la institución injusta (base de la mente hegemónica) es el otro lado para transformar la educación, detener la segregación o elegir una representación real. Las estructuras culturales subyacentes no desaparecerán por la integración o consiguiendo concesiones. Sin dicha transformación, la mente hegemónica tan sólo revalorizará el control institucional.
De esta manera, una pregunta central sobre la conciencia de movimiento es: ¿cómo resistir en oposición a la mente hegemónica?; en este problema también nos enfrentamos a la pregunta de: ¿cómo transformar los valores culturales?. Este es un problema diferente a transformar las relaciones de la propiedad. En primer lugar, es más difícil de realizar porque no tenemos una teoría para cómo transformar las estructuras culturales. No se puede realizar a través del arrebato del poder porque aquellos que piensan en términos del poder, y no de la democracia, no pueden ver a su propio pensamiento como hegemónico. Por ejemplo, los que piensan que los EE:UU. son una democracia no pueden ver el sentido de silenciamiento de la supremacía de los blancos al servicio del representacionismo; quienes, al pensar en términos de cómo usarlo para su propio beneficio, terminan por defender los intereses especiales de los blancos.
Lo que está en juego es la magnitud a la que un movimiento está dispuesto a enfrentar las bases culturales fundamentales de las estructuras políticas que confronta, en particular a las instituciones orientadas hacia la propiedad subyacentes a la supremacía de los blancos. Lo que resulta crítico no es la diferencia entre la revolución y la reforma, sino la lucha que se lleva a cabo entre la democracia y la mente hegemónica.
Notas:
Jamás se ha declarado ninguna guerra a través de un plebiscito. Por reglamentación e intervención, esto hace que la democracia resulte imposible en ambos lados, tanto el propio como el del otro. Además, la guerra es una situación artificial de una profunda enormidad; se coloca a las personas en una situación artificial en la que se deben intentar matar los unos a los otros, aunque se trate de personas con las que no se tiene ningún problema. Para el soldado no hay manera de zafarse de lo absurdo de este ciclo una vez ya comenzada la guerra, por lo que debe esperar a que los autócratas que están en otro lugar tomen sus propias decisiones ambiciosas y arrogantes.
De hecho se han escrito libros completos sobre esta situación contradictoria, sin siquiera mencionar que ella existe. Tanto el libro de Bill Moyer Doing Democracy, como el de Rules for Radicals de Raul Alinsky, son manuales para los activistas que explican cómo erigir un movimiento en torno a temas importantes y demandas que el gobierno no está tratando. El impulso principal del libro es cómo organizar luchas para que contrarresten y venzan los rechazos y exclusiones rutinarios. Incluso en cara a la exclusión, Moyer ve al sistema como realmente democrático y a fin de cuentas deseoso de acceder a las demandas del pueblo si luchan lo bastante fuerte para lograrlo. Moyer proclama que el propósito de los movimientos es efectuar un cambio social democrático pero no sugiere una sola vez que el medio político pudiera no ser una democracia.
En general, el aislamiento impuesto por el representacionismo ha ocasionado una forma de cultura legislativa que está principalmente caracterizada por representantes que todo el tiempo están comerciando con el apoyo para sus proyectos respectivos, bien aislados del pueblo. Ellos inventan proyectos que se pueden usar como moneda corriente con otros representantes, mientras que proclaman algunos proyectos designados para atraer la atención del electorado según los intereses de reelección. Sólo un sistema de distritos con múltiples delegados y una representación proporcional, que cubra todas las funciones legislativas y ejecutivas, podría rectificar esta corrupción inherente en el sistema representacionista.
El asunto de la soberanía se ha vuelto un tema central global debido al neoliberalismo y a la globalización de las empresas. Lo que se conoce como “globalización de las empresas” no es únicamente una hegemonía económica de empresas multinacionales, sino la formación de una estructura política trasnacional (compuesta de cuerpos internacionales como la OMC, el FMI y el Banco Mundial, la OECD y numerosos think tanks) para los que las empresas son los ciudadanos y los verdaderos humanos son políticamente irrelevantes. Debido a que las naciones-estado se reducen a unidades administrativas para esta estructura trasnacional, el asunto de la soberanía nacional ha tomado un significado distinto al que tenía después de la segunda guerra mundial para las revoluciones de liberación nacional.
Vea Piven y Cloward, Poor People’s Movements: éste es su relato sobre el movimiento de los derechos de bienestar social de finales de la década de los 60 y principios de la década de los 70.
Las manifestaciones recurrentes que no van más allá de hacer demandas de agravio se vuelven ejercicios inútiles. aunque es raro que esto ocurra. Las manifestaciones masivas que demandaban el fin de la guerra de Irak provocaron que las organizaciones de soldados, de veteranos y de padres de los soldados, marcaran una independencia de acción que ya está debilitando el esfuerzo del gobierno para mantener la guerra. Cindy Sheenan recorrió caminando una carretera en Texas para confrontar a Bush en nombre de su hijo y la policía la obligó a caminar en una zanja en vez de permitirle caminar sobre el asfalto transformándola a ella y a ese recorrido en un acontecimiento alrededor del cual la soberanía del movimiento se volvió conciente de sí misma. De manera similar, un sindicato que estaba organizando una campaña demandando su reconocimiento y su derecho a la organización funciona sin un sentido conciente de su soberanía; pierde su soberanía cuando se conforma con el reconocimiento y lleva sus negociaciones a puertas cerradas en las que los obreros no pueden participar, además de conviertese en una parte de la institución de la fábrica.
Es una intuición de esta estructura la que lleva a que muchos blancos busquen su etnicidad en sus orígenes europeos. Ellos disciernen la subjetividad que un movimiento proporciona a los que se resisten a su propia (blanca) hegemonía como algo que ellos (como blancos) en realidad no tienen.
i Las Rent strikes (por su nombre en inglés) se tratan de un método de protesta que suele usarse en contra de grandes propietarios. En éste un grupo de arrendatarios se juntan y acuerdan rehusarse a pagar su renta en masa hasta que se les cumpla una serie de demandas específicas.
iiEl hiring hall es una organización sindical que tiene la responsabilidad de ubicar a los trabajadores según su antigüedad en una empresa que tiene un contrato colectivo con el sindicato.
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