La forma en que los Estados Unidos de América justificaron su guerra: Una lectura feminista de la consigna “Impresionar...

Bonnie Mann
University of Oregon, U.S.
Domingo, Octubre 1, 2017

Traducido por Cecilia Cross y Florencia Partenio
Consejo Nacional de Ciencia y Tecnología, Argenti

Las armas de destrucción masiva. El encubrimiento de los terroristas. Las conexiones con Al Qaeda. Estas fueron las razones que convirtieron la prevención en defensa propia, una guerra de agresión imperialista en una “guerra justa”. Meses más tarde cuando las “razones” se desvanecieron para convertirse en una serie de excusas mal intencionadas y repetidas, más aún, en especulaciones definitivamente infundadas y fantasiosas, la mayoría de los estadounidenses se mostraron poco sorprendidos. El apoyo local a la guerra apenas decayó.

Parciera que los habitantes de los Estados Unidos no necesitaran en realidad las razones de Bush, para apoyar la guerra de Bush. Todavía no hay protestas generalizadas, nomanifestaciones masivas convulsionan la Casa Blanca,ni ninguna sublevación popular ha pedido su renuncia por iniciar una guerra sin ninguna razón. Incluso las feministas han mantenido el silencio, aún más allá de lo esperable. Lo que ha sido discutiblemente la mayor demostración feminista de la historia, – La Marcha por la Vida de las Mujeres (March for Women’s Lives) que tuvo lugar el 25 de Abril de 2004 – en la que participaron 750.000 mujeres, no llevó una posición pública oficial contra la guerra.

Se podría pensar que en una nación democrática, un presidente podría ser echado de su oficina por una sospecha de este tipo. Aún después del éxito de la película Fahrenheit 9/11 de Michael Moore, en la que se expuso la hipocresía de la guerra a una audiencia masiva, Bush fue reelecto.

Pero quizás lo que ocurrió es que, desde el principio nadie le creía realmente a Bush. O quizás que creer lo que Bush y sus funcionarios sostenían como justificaciones para la guerra, no resultaba crucial para apoyarla. Quizás la cuestión de si la guerra es “justa” o “injusta” es algo diferente respecto a la forma en que la guerra es justificada. Quizás haya una “estética de la guerra” que desplaza totalmente la necesidad de tener buenas razones. Mi punto de vista es que esta dimensión estética opera pre-reflexivamente y con mucha más fuerza que las justificaciones racionales. Que la estética producida para justificar esta guerra, toma su forma de una identidad nacional hiper masculinizada.

Más que una mera reproducción de una antigua estética masculina moderna, este estilo masculino tiene una particular impronta post moderna. Cierta sensibilidad post moderna ha sido incorporada en esta nueva versión de la antigua estética. Una mirada cercana de dicha estética no sólo nos dirá algo acerca de cómo la actual política de guerra agresiva ha ganado este nivel de aceptación,sino que también nos enseñará algunas lecciones filosóficas sobre que tan equivocados estamos cuando asociamos unívocamente los impulsos liberadores sin lugar a duda con una perspectiva posmoderna, y los impulsos totalizadores con una perspectiva moderna.

Polítca y Estética

La diferencia entre política y estética es precisamente que la primera debe justificarse permanentemente a sí misma y la segunda no lo necesita. Las acciones politicas, las decisiones políticas no están “autojustificadas” o al menos no deberían estarlo. No recaudamos impuestos porque hacerlo sea un valor en sí mismo, ni tenemos elecciones por el placer de tenerlas. El reino de la política siempre debe tomar prestados sus valores de otra parte.

La estética está liberada de todo esto, o al menos es deseable que así sea. La estética no se justifica a sí misma apelando a la religión ó a la ciencia, y menos aún (porque eso sería suicida) apelando a la política. Esto no significa por supuesto, que no tiene absolutamente nada que ver con algún tipo de “justificación”. Pero ciertamente la justificación en el caso de la estética es siempre “autojustificación,” los valores que se ponen en juego cuando contemplamos la belleza de la naturaleza o el producto del arte se generan en el reino de la propia estética, o eso es al menos lo deseable.

La política debería ser una expresión de la vida estética de un pueblo. Y deberíamos dejarlo de esa forma, no tener una mirada post estructuralista que nos obligue a introducirnos en la cuestión de la temporalidad de estas felices nociones, forzándonos a preguntarnos si el lugar de la “expresión” de los valores no debiera ser más bien el espacio de su producción, si el valor en sí mismo no debiera estar en construcción en el momento de su supuesta expresión. El apoyo de los estadounidenses a la guerra de Bush en Irak no depende de buenas razones, depende del éxito de la producción de una estética de la guerra entrelazada con nuestro sentido de la identidad nacional.

Impresionar y Atemorizar

La mañana posterior al bombardeo aéreo másivo del pueblo de Bagdag que significó el lanzamiento de la guerra contra Irak por parte de la administración Bush, aparecieron titulares de tres pulgadas (7 cms) en nuevos puestos extendidos a lo largo de todo el país que decían: “Impresionar y Atemorizar”

Habiendo apenas terminado un manuscrito sobre la noción de lo sublime, me sentí a la vez horrorizada y apelada por el lenguaje de las fuerzas armadas y los medios de comunicación estadounidenses.

Quería descubrir de donde provenía ese lenguaje, un lenguaje que estaba inspirada en y reiterando una estética de lo sublime en términos estratégicos y militares. Mi tarea no fue dificil: Un documento publicado por la National Defense University en 1996, escrito por un grupo de estudio de siete hombres, la mayoría de los cuales habían sido oficiales de alto rango, se encontraba fácilmente en internet. Llevaba el título de “Impresionar y Atemorizar: Alcanzando la Dominación Rápida”. Este documento de más de ochenta páginas era un bosquejo teórico de la campaña militar inicial contra el pueblo de Bagdad.

En este documento, los autores subrayaban lo que han llegado a considerar la forma apropiada de hacer la guerra en la era posmoderna. Se ven a sí mismo como revolucionarios cuyos pensamientos transformarán la forma en que la Guerra es conducida, y habilitan a los Estados Unidos para mantener su estatus como única superpotencia mundial.

Los autores establecen una estética de la Guerra que es a la vez su propia justificación y la colocan por encima de cualquier necesidad de llevar a cabo tal justificación. En este documento la soberanía estadounidense no aparece como una cuestión de asegurar las fronteras o los intereses – los autores entienden que éstos no están bajo amenaza – sino que la soberanía se convierte en un estilo de masculinidad y la guerra aparece como un espacio de autoconstrucción, más que de autodefensa..

Los ataques al World Trade Center y al Pentágono cinco años después de la publicación de Impresionar y Atemorizar, fueron un ocasión para la producción de la experiencia sublime que los autores deseaban en 1996. Judith Butler escribe en Precarious Life:

Lo que el gobierno de los Estados Unidos y su ejército han llamado la estrategia de “Impresionar y Atemorizar” sugiere que lo que se está produciendo es un espectáculo visual que adormece los sentidos y que, como ocurre con lo sublime en sí mismo, pone fuera de juego la mera capacidad de pensar. Esta producción tiene lugar no sólo para la población iraquí que se encuentra en el campo de batalla, cuyas capacidades de percepción se suponen afectadas a partir de este espectáculo, sino también para los consumidores que confían en CNN o Fox…2

Por supuesto la estategia de Impresionar y Atemorizar no es solamente “como” lo sublime, está “llamada a ser” sublime. La experiencia de lo sublime tiene una larga y oscura historia, profundamente enraizada con cuestiones de género. El espacio disponible no me permite trazar una perspectiva de género de la noción de sublimidad, un proyecto que nos llevaría hasta mucho antes de Kant, e inclusive al informe posmoderno de Lyotard de lo sublime, en el cual éste relata el momento de la experiencia sublime como la imagen de una violación, en la que la razón paterna adquiere su independencia del mundo natural, mediante la violación de la imaginación imaginación materna. Entonces, baste decir que lo sublime es narrado como la quintaesencia de la experiencia masculina de dominación en relación a la naturaleza y lo femenino.La campaña militar estadounidense de impresionar y atemorizar contra Irak recurre y recrea esta historia, pero la recontextualiza en un extraño contexto posmoderno.

Lo sublime que emerge en el programa de Impresionar y Atemorizar es descripto en términos modernos en primer término, en un tradicional marco tripartito kantiano. Una división entre percepción, entendimiento y deseo es repetido a lo largo de todo el documento. El objetivo, se nos dice al menos doce veces, es volver impotente la percepción, el entendimiento y el deseo del adversario, con el objetivo final de “castrar el deseo” creando una experiencia de lo sublime que arrolle su percepción y su entendimiento.

Así esta perspectiva moderna está fusionada y confundida a lo largo del documento con una sensibilidad post moderna: El “grupo de estudio” proclama el final de la antigua estrategia militar, llamada “Fuerza Arrolladora”, que se mantuvo desde la época de Napoleón hasta la caída del “Bloque Oriental” en 1989. Se describe el “nuevo orden mundial” como un pasaje de un mundo bipolar a uno multipolar, caracterizado por el desdibujamiento de todos los límites, aún aquellos que parecían más sólidos. La gran borradora de límites en este esquema es “la autopista de la información” que es descripta como un pene superactivo que relaciona al ciudadano con el soldado, que penetra lo doméstico y lo extranjero, lo privado y lo público, la nación y la corporación. De hecho, los autores nos dicen en un eufórico momento de erotismo tecno – marcial que su estrategia va a permitir a las fuerzas militares estadounidenses penetrar a este gran penetrador, una cópula tecnológica que asegurará la supremacía estadounidense en el escenario mundial.

Hay tres cuestiones muy atemorizantes que caracterizan este documento en general: primero, se repiten las invocaciones ritualizadas a la superioridad estadounidense después de la Guerra Fría, que es descripta como absoluta. Segundo: Por supuesto, la cuestión de como justificar el uso de armas capaces de un nivel indecible de fuerza destructiva, diseñadas para acabar con vidas humanas, destruir infraestructura y hacer estragos en el medio ambiente durante el próximo milenio en una escala impensable, se convierte en una falacia cuando tu nación es la indiscutible e indesafiable potencia mundial y esta situación de omnipotencia es entendida como un terrible problema económico. Sin la presencia de un enemigo creíble, se nos enfrenta a la castración bajo la forma de reducción del presupuesto militar. Los autores pintan horribles cuadros de “encogimiento”, “disminución” y “reducción de la capacidad”. (Esta es ciertamente la peor forma de castración porque se va cortando de a poquitos, y nunca se sabe que pedacito va a ser cortado…). Quizás Irak o Corea puedan ser buenos lugares para buscar un oponente, nos dicen en un momento (en 1996). Si alguien tiene armas de destrucción masiva eso puede justificar una estrategia preventiva, nos dicen (en 1996).

Cuestión aterrorizadora número tres: En la búsqueda de un precedente histórico positivo del Impresionar y Atemorizar, los autores deliran acerca del bombardeo a Hiroshima y Nagasaki en cinco párrafos diferentes. “Los japonenses sencillamente no podían comprender el poder destructivo llevado por un solo avión” nos dicen admirados, “Esta incomprensión generó un estado de terror” (Intr. p. 5).” Se colocan a sí mismos dentro de la tradición de esta historia y la señalan el punto del origen y la génesis del impresionar y atemorizar … el primer acto sublime de guerra que prefigura positivamente la era militar posmoderna.

Algunas concepciones posmodernas, particularmente en lo que se refiere al tiempo, el lugar, el poder y la mente, emergen de este documento, en un camino que mezcla lo moderno y lo posmoderno, reafirmando a través de esta misma mezcla la omnipotencia estadounidense. Aquí el poder totalizador es confirmado a través de una dispersión del poder, la compresión del tiempo se convierte en función de la posesión del tiempo, la mente absoluta o universal gana su absolutividad, su misma unidad, en la medida en que se encuentra dispersa a lo largo del territorio de lo particular, y la naturaleza se convierte en una función de la cultura tal, que sirve al proyecto de la dominación unilateral de todo el escenario mundial por parte de las fuerzas armadas de los Estados Unidos.

Tiempo: La estrategia de impresionar y atemorizar depende de la habilidad de las fuerzas armadas estadounidenses para comprimir la experiencia temporal del adversario, para hacer caer en una trampa al adversario al instante. “Poseer la dimensión del tiempo será crítico para el éxito de la Dominación Rápida”, nos dicen los autores. Los autores nos llaman a una rápida, instantánea, concurrente destrucción o disrupción en múltiples espacios y niveles, desde la destrucción física a la disrupción del comando, la estructura de control o la red de información del adversario. La posesión del tiempo se debe colocar a lost estadounidenses afuera del tiempo, y a la vez arrasa al adversario con la impresión de la mortalidad, de no tener tiempo, de que el tiempo se ha acabado.

Espacio: Impresionar y atemorizar require el colapso de la naturaleza dentro la cultura del terror producida por las fuerzas armandas estadounidenses. Requiere “control físico de la tierra, el mar, los cielos y el espacio exterior y del “eter” en el cual la información circula y es recibida…” escriben los autores, “Privando al adversario del uso físico del tiempo, el espacio y el eter, jugamos en el plano de su voluntad y ofrecemos una prospectiva de que la destrucción cierta sobrevendrá a la resistencia” Tierra, aire, y agua no son suficientes para la dominación rápida, el “eter” que aquí es la sustancia a través de la cual circula la información, es colapsado en un ambiente de terror producido por la destrucción y la disrupción instantáneas a lo largo de miles de puntos específicos de impacto. La estrategia, centralmente, es convertirse en el ambiente mismo.

Poder: Del mismo modo, el poder es concebido a la vez como absoluto y como disperso en micro-espacios. De hecho, es la misma dispersión del poder la que garantiza su fuerza totalizadora. Los autores usan el término “contro de sintonía” para denominar la capacidad de controlar qué trozos de informción llegan a qué soldados, comandantes o decisores políticos del lado de los adversarios, y a quién éstos perciben como el autor o generador de esa información. El poder es ejercido a través de micro –intervenciones, micro – penetraciones simultáneas, en el puesto o sistema de información de los adversarios. Esto junto con los dispositivos de “poder masivo de fuego” producen la experiencia de “impresionar y atemorizar” que, los autores nos aseguran, permitirá alcanzar una rendición inmediata e incondicional.

Mente: La mente absoluta toma una extraña forma postmoderna en Impresionar y Atemorizar. Producir impresión y temor requiere “un conocimiento y compresión casi total o absolutos de sí mismo, del adversario y del ambiente” nos dicen los autores, “información perfecta o casi perfecta” y “conciencia total de la situación”. Aunque podemos confundirnos si entendimos la referencia a la “mente” con la noción moderna de conciencia o introspección, que ocupa al sujeto individual, otras referencias en el documento clarifican que mente aquí es el contexto en el cual los soldados y comandantes individuales actúan antes que el contenido de alguna mente individual. Mente es el dispotivo, la red, el sistema disperso que es producido por los técnicos a través de “data mining”, de la explotación de los datos.

Y la mente es el pene que puede penetrar al penetrador. La “inserción directa”, nos dicen, es todavía muy importante, pero en realidad “entrar en las mentes” del enemigo, es más importante en la era posmoderna, “actuar dentro de su circuito de decisión”, “meterse en su sistema de control”. La estrategia de penetrar la “mente” de los enemigos involucra una curvatura de género también, desarrollando “sistemas de sistemas”, ese falo que devora y penetra al mismo tiempo.

De esta forma se vuelve obvio que aquí la humillación sexual de los prisioneros de guerra iraquíes es parte de Impresionar y Atemorizar. El sometimiento homosexual de los prisioneros, la exposición del ano, haciendoles vulnerables a la penetración, tienen lugar en consonancia con los intelectuales de la defensa estadounidense que escriben acerca de penetrar al gran penetrador. En ambos casos, las imágenes, son importantes. Los fotógrafos de Impresionar y Atemorizar, y los fotógrafos de las torturas, nos invitan a compartir la omnipotencia, para afirmarnos como pequeños puntos en la cuadrícula de un sujeto con cualidades divinas.

En esta estética tecno-militar, todos los estadounidenses somos parte de un hipermasculinizado, pero disperso y tecno-militarmente sistematizado sujeto de la experiencia sublime. El tiempo es poseído. El espacio colapsa. Sea lo que sea la “naturaleza”, es producida por el sistema mediático militarizado. El poder está disperso, aunque condensado. Encontrarse con este poder, es como una confrontación directa con Dios, pero un dios disperso en incontables micro-puntos de una grilla.

Lo que resulta filosóficamente importante es que podemos aprender de esta mezcla que lo que, en ámbitos filosóficos, tan diligentemente separamos y distinguimos—cuidadosos de comprender en que forma tan distinta se constituyen lo moderno y lo postmoderno- es lo que se encuentra totalizado y universalizado en un sentido negativo en este caso, adquieriendo su propia vitalidad y capacidad de expansión a partir de la dispensión y particularización que hemos intentado encontrar-desde un punto de vista teórico- tan esperanzadamente. Esto importa, e importa particularmente a las feministas que estén interesadas en continuar con la articulación de una filosofía liberadora, frente a la indecible injusticia y violencia que son el sello de esta política exterior.

Pero más allá de esta lección filosófica hay una lección política sobre la militarizada estética estadounidense de la masculinidad y la soberanía. Cuando la guerra se convierte en una expresión de este estilo, entonces está más allá de las mundanas estructuras del derecho internacional. Cuando la soberanía se convierte en una identidad estilizada de Rambo – con – esteroides, antes que en el status de un estado nación, la guerra no es más una cuestión de proteger las fronteras o los intereses nacionales, sino simplemente un problema de autoexpresión y autoconstrucción. Este tipo de aproximación funde y confunde las cuestiones relativas al estilo masculino con cuestiones que son de vida o muerte. Las razones para la guerra pueden ser construídas al paso, pueden ser cambiadas en cualquier momento, porque al fin y al cabo la real justificación no son los motivos que llevaron a la guerra, sino el sujeto que se constituye a través de ella. En este contexto toda crítica es un ataque al estado, todo disenso es una amenzada a la identidad, las protestas internacionales son un irritante malentendido acerca de quienes somos.

Si el apoyo a la política exterior de Bush descansa en un estilo nacional que demasiados americanos aceptan como parte de sí mismos, llevar a cabo un cambio en esta situación no es una cuestión superficial. Existen quizás algunas causas para tener esperanzas, dado el hecho de que los estilos de masculinidad estadounidenses son notablemente cambiantes. La guerra de Vietnam nos dio entre otras cosas, al varón poeta pelilargo, pacifista, consumidor de LSD, quién a pesar de no ser amigo de la liberación femenina, al menos rechazaba el tipo de aproximación hacia los otros que generó la política de golpe preventivo y guerra perpetua. De hecho, la emergencia de otro estilo nacional puede requerir un movimiento de resistencia nacional a la actual política que pueda capturar los imaginarios de suficientes ciudadanos estadounidenses, lo bastante poderosos, para volver la estética de la Guerra de Bush tan absurda y repulsiva como, en realidad, es. Y la construcción de este otro orden nacional require un análisis y un movimiento feministas que tomen una inflexible y activa posición frente a la guerra en Irak.


1 “Shock and Awe” en ingles.

2 En ingles en el original: “That the US government and military called this a ‘shock and awe’ strategy suggests that they were producing a visual spectacle that numbs the senses and, like the sublime itself, puts out of play the very capacity to think. This production takes place not only for the Iraqi population on the ground, whose senses are supposed to be done in by this spectacle, but also for the consumers of war who rely on CNN or Fox… (p. 148)”